sábado, diciembre 26, 2009

ARTES DE LO SUPERFICIAL


Reseña de la novela Genji Monogatari (Relato o Romance del Príncipe Genji)

Si en este momento algún ocurrente nos viniera con que ha escrito una novela basándose en la vida del Príncipe Rainero, de alguno de los hermanos Bibriesca o de Paris Hilton, y que desea que lo leamos para encontrarle cualidades estilísticas y literarias, seguramente le estrellaríamos el manuscrito en la tatema. Sin embargo, si dicho mamotreto hubiera sido escrito hace más de mil años en algún lugar del extremo oriente, es probable que nos harían falta epítetos para alabar su cuidada prosa, su preciso retrato de la época y su sensible manera de retratar las emociones humanas.


Esa es la impresión que me queda luego de leer El Romance de Genji (Genji Monogatari), obra que es considerada por algunos la primera novela de la humanidad y que fue escrita en el siglo XI por Murasaki Shikibu, una dama de la corte del Japón medieval. El romance, como su nombre lo indica, trata acerca de la vida y las peripecias amorosas del mencionado príncipe Genji, un bon vivant –si se me permite el anacronísmo-, de la corte del emperador, casado con la hija de un funcionario de la corte y poseedor de una legendaria belleza que cautiva a todos a su paso –especialmente a las mujeres-. Murasaki Shikibu, la autora, nos narra a través de 54 capítulos –de los cuales los primeros 9 son los que conforman la versión existente en español-, un conjunto insufrible de anécdotas banales cuyo protagonista es aún más banal y cuyas únicas cualidades sobresalientes son unas delicadas facciones y un exquisito gusto en el vestir. Genji llega a ser cansino en la medida en que toda su vida gira alrededor de sus apetitos, sus azotes –creo suponer que tenemos al primer emo de la literatura-, sus arbitrariedades –como cuando rapta a una niña prepuber para cultivarla-, y sus huecas conversaciones con los demás personajes de la obra –las cuales, como dictaban los cánones de la época, están articuladas en verso y en más de una ocasión recuerdan el duelo entre Pedro Infante y Jorge Negrete en la película Dos tipos de cuidado-.

Sin embargo, lo más insufrible de El Romance… son los extenuantes esfuerzos de la autora por subrayar y enaltecer la condición preciosísima del príncipe, los cuales llegan a volcarse en verdaderas joyas de humor involuntario. En ese sentido sólo hay que mencionar que, en algún momento de la narración afirma que “[…] Su hermosura era tal que incluso los bonzos[1], cuando lo admiran, no pueden evitar recordar los placeres del mundo”.


Por supuesto que la obra de Murasaki no carece de interés: su cuidado retrato de las costumbres de la época, la explicación de las intrincadas costumbres japonesas –las ceremonias fúnebres de Utsusemi-, e incluso la madeja de intrigas palaciegas en las que se maneja Genji hacen del Romance… Una obra de gran valor histórico. Por otro lado, la autora es particularmente diestra en impregnar su prosa con una atmosfera mágico- religiosa capaz de dotar de verosimilitud episodios que lo mismo van de lo puramente terrenal –la vida cotidiana de palacio y la sucesión del trono, por ejemplo-, a lo abiertamente sobrenatural -el capítulo en donde Utsusemi, es atacada y asesinada por un espíritu maléfico, verdadera perla de lo real maravilloso-.

Por último, no está de más mencionar que el leer la historia de Genji significa una revelación –en ocasiones incómoda-, acerca de las costumbres sexuales de otras épocas en relación con la nuestra. Genji no titubea a la hora de raptar a la niña Murasaki –interesante proyección de la propia autora dentro de su obra-, con el fin de educarla para que con el tiempo se convierta en la esposa ideal. Esa acción, que en nuestra época sería causal de prisión y/o condena social, es retratada en la obra como una simple extravagancia e, incluso, como un privilegio para la menor. En ese sentido, para los estándares de la época actual, el también llamado Príncipe Resplandeciente no sería sino un vulgar pederasta que se aprovecha de su posición para satisfacer sus apetitos, no muy distinto de los compas del Gober precioso.

Aunque, hace apenas cien años, las mujeres parían su primer hijo no bien cumplian 15 años.

Interesante para leer en este año nuevo.

Omar Delgado
2009


[1] Monjes budistas conocidos por su ascetismo.

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viernes, noviembre 27, 2009

FRONTERIZO


Ciudad Juárez a principios de siglo XX
(Antes de los feminicidios, los narcos, el ejército y demás)


Reflexiones acerca de la vida en la border

A diferencia de su equivalente español, que se refiere casi exclusivamente a una división política, el término anglosajón frontier implica más la delimitación existente entre el mundo de lo conocido y el de lo indómito; más que referirse a una rayita en el mapa, variable según la volubilidad o la estulticia de los políticos del momento, engloba el fin de la civilización y el inicio de la barbarie. Durante todo el siglo XIX, para el imaginario colectivo, La gran frontera americana, esa que se extendía justo después de las Rocallosas y hasta el Pacífico, estuvo infestada de apaches, desiertos asfixiantes, bandoleros y tramposos; lo habitaban putas irlandesas, opiómanos chinos y bandidos mexicanos; lo surcaban las manadas de búfalos y los monstruos de gila. Dicha región era, en muchos sentidos, y tanto para mexicanos como para norteamericanos, un terreno tan fantástico e inesperado como lo fue la América para los conquistadores españoles durante el siglo XVI; el territorio de las posibilidades infinitas, el reino del revés.

México comparte con los Estados Unidos la que quizá sea la frontera más grande del mundo. Tal división geográfica mide alrededor de 3,300 kilómetros que corren desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México y es, probablemente, la más cruzada del orbe ―tanto legal como ilegalmente―. Esa permeabilidad, que todos conocemos, pero que disimulamos, es la base de la economía de la región a la par que es definitoria para la identidad de sus habitantes. La cicatriz fronteriza es, curiosamente, un factor importante de unión entre las comunidades que viven a ambos lados de la misma. Un juarense o un tijuanense se parecen infinitamente más –en sus modos y sus emociones-, a un ciudadano de El Paso o de San Diego que a un chilango o a un neoyorquino.

La frontera de lo permitido

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Esta cualidad fronteriza permea en todos los ámbitos de la vida en la región, desde la actividad económica ―que desde siempre ha caminado entre lo legal y lo ilegal―, hasta la esfera de la moral―para la gente fronteriza son permisibles muchas conductas que en otras regiones son impensables―. El delito es un viejo conocido en el lugar, es vecino, es compadre y amigo de parrandas. Es elección personal el acompañarlo en sus correrías ―con el riesgo que eso implica―, o seguirse por la derecha y vivir honestamente. La gente de la de la región está acostumbrada a vivir entre fronteras, a caminar entre dos realidades. La tajante división entre países hace que los demás límites, curiosamente, se difuminen.

La colisión entre dos culturas tan distintas, la mexicana y la norteamericana, es un factor clave para entender la realidad de la frontera. Así como en las desembocaduras de los ríos, donde las aguas dulces se enfrentan a las saladas, así la gringitud se mezcla con la mexicanidad. Es por eso quizá que las ciudades fronterizas son ―y han sido desde hace siglos―, aguas revueltas, llenas de remolinos y corrientes traicioneras.

El norteamericano promedio ve a las ciudades fronterizas como su Sin City particular. La moralidad tan estricta que le heredaron los puritanos del Mayflower le impide ver la perversión como algo inherente a su naturaleza y le obliga a focalizarla en un actor externo. En ese sentido, localidades como Ciudad Juárez o Tijuana se perciben como lugares sembrados de peligro y excitación en donde es posible ver un espectáculo de sexo en vivo, cuyos protagonistas sean una gorda y un burro, y sonreír pensando que eso, de ninguna manera, podría suceder en Houston o en L.A. Drogas, espectáculos bizarros, Horny señoritas o handsome muchachitos, Alcohol, todo está al alcance en estas disneylandias para adultos que le permiten al gringuito destramparse sólo para regresar, algún tiempo después, totalmente purificado, a su lado de la frontera. Como lo señala Lester Langley:

“[…] Cuando un americano, sobre todo si era hombre, cruzaba la frontera, dejaba sus convicciones morales de su propio lado. En México, él no era responsable de la inmoralidad, el peculado y la corrupción que en su concepto constituyen la cultura mexicana.”[1]

Y es qué, en realidad, la historia de las ciudades fronterizas no desmiente de todo al estereotipo. Pensemos, por ejemplo, en Ciudad Juárez: fundada como misión franciscana en 1659, la localidad tuvo muy poca relevancia en la vida del país durante más de doscientos años. A pesar de su papel protagónico en hechos históricos de trascendencia ―fue sede del gobierno en fuga del presidente Benito Juárez durante la intervención francesa y en ella se formalizó, en 1911, la salida de Porfirio Díaz de la presidencia, nada más por poner dos ejemplos―, la localidad no pasó de ser un caserío desvencijado hasta principios del siglo XX. Lo que la hizo crecer y fructificar fue, efectivamente, la industria del vicio: para 1903 ya contaba con plaza de toros; en 1909 con hipódromo y en 1910 aparece el Tívoli primer casino en México equipado con máquinas tragamonedas primitivas. La fama que adquirió fue tal que en 1915 un periodista del Boston Herald la catalogó como “`[…] La ciudad más perversa de América” y que estaba habitada por

“[…] Unos cuantos criminales famosos, pero también se aloja un enjambre de estafadores, falsificadores y pillos de baja estofa. Además de una rara colección de
drogadictos y borrachos, en Juárez abundan los soldados ociosos”.[2]

Es evidente el esfuerzo que hacen los periodistas norteamericanos por ver la paja en el ojo ajeno, pues lo que no mencionan es que tales soldados ociosos provienen, en la inmensa mayoría de los casos, de su lado de la frontera. En ese sentido, la base de Fort Bliss, en Nuevo México, tenía la misma función que actualmente tiene la base de San Diego para Tijuana: el proveer a la ciudad de los dólares de soldados ganosos y ávidos de las innombrables diversiones que jamás le contarán a su familia durante la cena de Thanksgiving.

En 1918 ocurrió lo que sería el motor de desarrollo para la localidad: en el vecino Texas entró en vigencia la ley seca, que pronto se volvería nacional. Fue entonces cuando Juárez se convirtió en la proveedora de bebidas etílicas y diversiones epidérmicas de los desesperados gabachos que huían de la insufrible moralidad de su tierra. El crecimiento de bares, casas de citas, casinos, destilerías y cantinas fue exponencial durante los años que duró en activo la enmienda Volstead. Ciudad Juárez, junto con otras ciudades fronterizas tales como Tijuana, fueron las mecas de la diversión para el sur de los Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo, y ni siquiera la fundación y auge de Las Vegas, en Nevada, les quitó su condición transgresora. Incluso el cónsul norteamericano de los años veintes, calificaba a la antigua Paso del Norte como: “[…] La Meca de los criminales a ambos lados de la frontera”

Nada ejemplifica mejor la condición de frontera moral de Ciudad Juárez que un bar, llamado “Hole in the Wall”, que dio servicio en aquellas épocas: el cuchitril estaba construido sobre las márgenes del Río Bravo y lo conformaban dos anexos. El primero, donde se apersonaban los clientes, estaba del lado norteamericano mientras que el segundo, donde se elaboraban las bebidas alcohólicas, del mexicano. Cuando algún gringuito quería un drink sólo tenía que pasar su cabeza por alguno de los agujeros que había en la pared que dividía ambas estancias. Así, el buen hombre calmaba sus ansias etílicas sin transgredir la ley. Este negocio trasnacional, precursor del Tratado del Libre Comercio (TLC o NAFTA), tuvo que cerrar sus puertas en 1931 a instancias de las autoridades paseñas.

Ciudad Juárez, al igual que sus hermanas fronterizas ―Tijuana, Matamoros, Reynosa―, en ese sentido, puede catalogarse como Ciudad Tugurio. Tan es así, que una canción que versa sobre cierto antro de mala muerte, “El Nóa Nóa”, de Juan Gabriel, es prácticamente considerado el himno no autorizado de la ciudad. Durante todo el siglo XX una de las principales actividades económicas de la ciudad fue la diversión nocturna, y ni siquiera la depresión de 1929 o el posterior auge de Las Vegas, en Nevada pudieron quitarle su condición de patio de recreo. Trágicamente, sería la violencia del narcotráfico la que, durante la primera década del siglo XXI, menguara la actividad crepuscular tan característica de la urbe.

La frontera laboral

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La otra importante actividad de Ciudad Juárez es la maquila, y su origen es, curiosamente, la cualidad fronteriza de la ciudad. La línea que separa ambos países también es la línea que separa los derechos laborales y los sindicatos de presión de las “Facilidades para la inversión” y “Las asociaciones gremiales por la productividad”, tan del lado mexicano.

| El empresario norteamericano encontró de este lado de la frontera su paraíso particular: millones de manos dispuestas a trabajar por una fracción de lo que cobra un obrero norteamericano, legislaciones laborales y de seguridad laxas y flexibles, funcionarios amigables dispuestos a mirar a otro lado por una mínima cuota, cultura de la sindicalización prácticamente inexistente ―resulta paradójico que el termino en inglés para sindicato, Union, sea precisamente de lo que carece el obrero mexicano cuando lucha por sus derechos―.

Las maquiladoras, plantas de ensamblaje que basan su estructura en las líneas de montaje y las labores monótonas y poco especializadas, comenzaron a aparecer en Juárez desde la década de los sesentas. Fueron promovidas por las autoridades juarenses de aquella época justamente con el fin de quitarle a la localidad el estigma de zona roja. Así:

“[…] Juárez cambió su rostro. Las aplanadoras arrasaron los odiosos burdeles y cantinas que tapizaban la frontera. En su lugar surgieron talleres y tiendas, donde se ofrecían artículos mexicanos a los turistas (atraídos por la devaluación del peso), y a los mexicanos que ya no podían pagar los precios más altos del paso. Al principio, los edificios antiguos se transformaron en “Maquiladoras”, donde las compañías americanas establecían plantas gemelas mexicanas. En las maquiladoras obtenían una fuerza de trabajo adecuada que sólo costaba una fracción de lo que pedían los trabajadores sindicalizados americanos por el ensamblado electrónico o la manufactura de vestidos. Aprovechando las tarifas arancelarias 806.30 y 807 de los Estados Unidos, las compañías americanas podían ensamblar partes en sus subsidiarias mexicanas pagando un impuesto sólo sobre el valor agregado al producto”[3]

Sin embargo, el verdadero auge de la industria maquiladora inicia luego de la firma del TLC en 1992. A partir de ese año, y hasta los primeros del siglo XXI, centenares de empresas corrieron gustosas a instalarse en las planicies juarenses. Los empresarios maquiladores comenzaron a contratar a millares de obreros, abrumadoramente mujeres, para ensamblar desde televisores Sony hasta tenis Nike.

Esto transformó permanentemente la configuración de la cultura y población de Ciudad Juárez: en primer lugar, ocasionó una ola migratoria enorme, proveniente en su mayoría de las poblaciones más pobres de Veracruz, Durango, Coahuila y Zacatecas. En segundo lugar, feminizó la economía, pues ya que más del 90 por ciento de los empleados de la maquila pertenecen al sexo femenino, su auge trajo como consecuencia una nueva generación de mujeres trabajadoras, cabezas de familia ―muchas de ellas madres solteras―, que lograron independizarse ―al menos, económicamente―, del hombre.

La industria maquiladora, sin embargo, representa una tremenda paradoja en la economía del estado, pues al tiempo que la sostiene, proveyéndola de los recursos económicos indispensables para su mantenimiento, también la ancla en un sistema de producción dependiente y pasivo. Las autoridades esperaban que el auge de las maquiladoras tuviera como consecuencia también la derrama de conocimiento que disparara el desarrollo industrial de la región. Sin embargo, los maquiladores, previendo esto, cuidaron muy bien de no compartir el saber tecnológico con sus obreros, al grado de que ningún mexicano puede escalar ―salvo contadísimas excepciones―, el grado de supervisor dentro del organigrama (los rangos superiores, donde se encuentra el Know how son, por supuesto, norteamericanos). La frontera, entonces, no se convirtió en un nuevo Japón, tal y como esperaban los gobernantes, sino en un Taiwan latinoamericano. La industria de la maquila acabó siendo freno para el desarrollo, pues:

“Para el gobierno mexicano, las maquiladoras plantean un problema aparentemente indisoluble. Como los antros de placer y las tabernas de medio siglo atrás, las maquiladoras representan la venta de mano de obra mexicana a salarios menores que los pagados al norte de la frontera, pero mayores a los percibidos en el interior. México desea desesperadamente obtener el control de su economía nacional, pero un endeudado gobierno mexicano tiene en las maquiladoras una preciosa fuente de divisas. La prostituta, el narcotraficante, el cantinero, al igual que los ensambladores de televisores, juguetes, prendas de vestir máquinas para oficina, instrumentos electrónicos y motores para autos, tienen una función económica común: ingresar dólares al país.[4]

Conclusiones

Sea ciudad inundada de cantinas y bares, sea plagada de plazas industriales, Ciudad Juárez no pierde su condición de paso entre dos estados. Estos pueden ser países, legislaciones, estados de la conciencia; pueden ser preferencias sexuales, oficios o morales. Gracias ―y debido a―, a esa condición privilegiada, dicha ciudad fronteriza guarda dentro de sí una gran riqueza. Por desgracia, su estatus también la condena a ser presa de la violencia. Los feminicidios, las ejecuciones de narco, las fosas enormes como de holocausto, son noticia diaria ―y hasta rutinaria―, en los diarios juarenses.

Y es que, sea como paraíso del pecado, sea como edén de las maquiladoras, ya sea como paso para estupefacientes, la ciudad ha sido utilizada como una gran red para pescar dólares. Para que algo cambie, deberá cambiar primero esa visión de Ciudad Juárez como presa, como mina de oro, como imán de los cueros de rana. Tendrá que ser considerada, por las autoridades y por la sociedad mexicana en general, como lo que primariamente es: un conjunto de mexicanos valiosos y con deseos de progresar y no sólo de vender barato el sudor de su frente, sin importar que tal comercio en una cama o en una mesa de soldar.

Sólo así, ciudad Juárez brillará más de lo que ya lo hace.


Omar Delgado

2009


NOTAS

[1] LANGELY, Lester D. Mexamérica. Dos Países, un futuro. 1990, México. FCE, p.43

[2] CARRERA, Mauricio. La noche de Ciudad Juárez. Artículo de investigación tomado de la página web: http://www.almargen.com.mx/notas.php?IDNOTA=867&IDSECCION=Periodismo%20de%20Investigaci%C3%B3n&IDREPORTERO=Mauricio%20Carrera

[3] LANGELY, Lester D. Mexamérica. Dos Países, un futuro. 1990, México. FCE, p.46

[4] Ibídem, p.54



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lunes, octubre 12, 2009

IRMA


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I

Ella es un ama de casa de sesenta y tres años que desde hace siete obtuvo su jubilación de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro (LyF). No se la regalaron: la consiguió luego de dedicar más de cuarto de siglo laborando para dicha empresa. Cuando habla de su trabajo, lo hace con el orgullo brillándole en los ojos, pues LyF le permitió desarrollarse laboral y humanamente a pesar de que las carencias de su juventud no le permitieron obtener un grado académico más allá del segundo año de secundaria. Cuando finalmente dejó el trabajo, ejercía como supervisora de tabuladoras —las mujeres encargadas de calcular los montos de las facturas eléctricas—, labor que actualmente realizan tres actuarios.

El sábado 10 de octubre tuvo que ver, con la impotencia amargándole la boca, cómo las fuerzas policiales del estado mexicano entraban en las instalaciones de la compañía a la que le dedicó la vida. Luego, durante un domingo caluroso y triste, sufrió los machacones mensajes de diversos funcionarios públicos —desde un porcino secretario de gobernación hasta el coproforme presidente de la República—, quienes por todos los medios la intentaron convencer de que ella era, y solo ella, la culpable de que su jubilación, su fuente de ingresos y, sobre todo, la empresa de la que orgullosamente formó parte, hubiera sido liquidada —en toda la terrible connotación del término—, por el gobierno mexicano.

Ahora Irma vive en una angustia permanente por su futuro. Aún no sabe si seguirá percibiendo su jubilación, aún no sabe por cuanto tiempo lo hará; aún no sabe que pasará con el porvenir de su hija menor, dependiente económica suya y estudiante. Lo único de lo que está segura es de que, luego de tantos fraudes y engaños caradura, luego de prometer la derogación de la tenencia y la generación de millones (pero millones, millones), de empleos, luego de perjurar que no se subirían impuestos a la población ni que se tocarían los fondos de las AFORES[1], la palabra de Felipe de Jesús Calderón, presidente impuesto de la república, no vale una chingada.

II

Irma no comprende porqué hay tanto encono hacia ella y hacia sus compañeros electricistas. Ha debido soportar burlas, reclamos y comentarios ácidos incluso de sus propias hermanas: “Ay, qué bueno… Hasta que se van a poner a trabajar”. “Son unos huevones”, “Tienen muchísimos privilegios: qué bueno que se los quiten” A ella, como a muchísimos segmentos críticos de la población —desde los estudiantes de universidades públicas hasta los militantes del movimiento Lopezobradorista—, los medios de comunicación los han hecho deleznables. Los han convertido en el receptáculo de las frustraciones de la mayoría de la población, como si fueran culpa de ella —de Irma—, las crueles políticas de despojo económico con las que desde tres décadas nos atacan las elites del país; como si fuera su responsabilidad que el gobierno federal, desde hace años, ha dejado de invertir en ciertas empresas paraestatales —como la extinta LyF , Pemex, la UNAM—, con el fin de volverlas obsoletas y evitar que presten un buen servicio para su posterior privatización. Por último, ella jamás ha comprendido porqué la gente, en lugar de enojarse por las condiciones de su contrato colectivo de trabajo —prestaciones todas ellas, por cierto, estipuladas en la Constitución Mexicana—, no luchan por obtener prebendas similares. Lo cierto es que Irma ha vivido, con toda crudeza, la tendencia natural del mexicano —que es casi una tradición como la Guelaguetza—, a atacar con rabia a quien ha logrado una situación un poco menos desesperada. “O todos jodidos, o todos jodidos”.

III

Irma es consciente que la batalla que sigue es crucial y será a muerte.

Intuye que la acción del gobierno mexicano —que expertos juristas han calificado como ilegal y anticonstitucional—, tiene como fin último la apertura del sector eléctrico al capital privado. Sabe que es un negocio más que jugoso, que tiene alcances internacionales y que los panistas en el gobierno —a quienes les quedan menos de dos años antes de dejar el poder—, harán lo posible por abrir la industria y llevarse una tajada del pastel. Es más que obvio que hay capitales extranjeros —especialmente españoles, cuyo personero y punta de lanza era el difunto Juan Camilo Mouriño—, que buscan incursionar en la generación eléctrica. Irma sabe también que algunos de los magnates mexicanos ya se frotan las manos por la infraestructura de LyF, indispensable para la distribución de fibra óptica que les permita invertir en el llamado Triple Play[2]

Tan grande es el negocio que viene que al gobierno federal no le importó dejar sin sustento a más de sesenta y seis mil familias; tampoco le preocupó —por cierto—, lanzar a la calle al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), una de las más antiguas y aguerridas organizaciones laborales de México. A Calderón, a sus socios y representados —quiero decir, a los que realmente representa, que es a la casta empresarial—, no les importa que corra sangre en las calles, que se paralice la ciudad de México —total, la gobierna la oposición—, ni que centenares de miles de personas queden en la indefensión. Es más, para ellos, todos estos inconvenientes no son sino ajustes necesarios para su proyecto de país.

Un proyecto de país en el que Irma, mi madre, no existe.

Pos ya veremos.

IV

A todos aquellos que piensan “A mi que me importa”, “¿Y yo por qué?”, “Me viene valiendo madres”, me gustaría que reflexionaran acerca de los argumentos que el gobierno utilizó para liquidar a LyF: ineficiencia, gasto excesivo, burocracia, mal servicio. Quisiera que pensaran que esos mismos argumentos pueden ser utilizados para liquudar cualquier paraestatal o instituto incómodo. Hoy es Luz y Fuerza del Centro, mañana será PEMEX, la UNAM, el IPN, el CONACULTA, el INBA, (El CNTE no: hay que mantener contenta a la maestra para que opere la elección del 2012); mañana será cualquier universidad pública, cualquier organismo descentralizado, o pueden servir para decretar la desaparición de poderes en algún gobierno local incómodo. Mañana la constitución —especialmente el artículo 123 que tantas nauseas causa a los empresarios—, puede ser derogado por obsoleto. El día de mañana podemos despertar en las mismas condiciones que teníamos hace cien años: como peones de hacienda henequenera o como internos de campo de concentración.

Mañana, si no nos solidarizamos con Irma y con LyF, puede pasar lo que consignó Martin Niemöller:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar”



LA PATRIA NO SE VENDE


Omar Delgado

2009



[1] AFORES: Fondos privados para el retiro de los trabajadores de México, actualmente en vías de ser requisadas por hacienda para financiar infraestructura.

[2] Triple Pay: Telefonía, Internet y Televisión. Un negocio en el que es necesaria infraestructura como la de LyF —postes, canaletas, subestaciones—. Para pasar líneas de fibra óptica e hincharse de billetes.

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miércoles, septiembre 30, 2009

X GENERATION PRINCESS

Reseña de la novela “No tengo tiempo” de Arturo Vallejo



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En las artes —muy especialmente en la literatura y el cine—, hay personajes que, por su construcción, encarnan el espíritu de toda una época o de un momento histórico. Así pues, no se podría entender el espíritu del deber en la Grecia clásica sin las penurias de Edipo, a la España del siglo XVI sin la despatarrada figura del Ingenioso Hidalgo, la cruda realidad urbana de la Inglaterra del siglo XIX sin Oliver Twist o ese heroísmo cáustico y sin gloria que encarna Rick Blaine, el protagonista de la inolvidable Casablanca (Michel Curtiz, 1942), y que era la moneda de cambio en la vorágine de la Segunda Guerra Mundial.

De igual manera, en los últimos años del siglo XX surgieron personajes que de seguro en algunos siglos serán alegoría de la crueldad y cinismo de nuestros tiempos. Quizá el que vaya al principio de la fila sea el entrañable Hannibal Lecter, seguido de cerca por el relamidito y brutal Patrick Beatman de American Psycho, ambos asesinos que encarnan el individualismo a ultranza y el espíritu hedonista —a cualquier costo—, que la ideología reinante se empeña en ensalzar.

Sin embargo, faltaba el otro lado de la moneda. Era necesario que surgiera quien fuera alegoría del desencanto y la falta de dirección de los miembros de la archiconocida generación X, ese segmento de la población, nacida en los setentas y ochentas, que tuvo que conformarse con un trabajo sin futuro y con remojar sus aspiraciones en un café de máquina mientras desayuna en una tienda de conveniencia. Ya había surgido una novela que le reclamaba a la sociedad el fraude del que fue víctima: Fight Club, de Chuck Palahniuk, en donde a través de una disociación de personalidad el protagonista exhibe la falsedad de los postulados del neoliberalismo. Sin embargo, hacía falta que alguien hiciera lo propio para los damnificados de las periferias, aquellos para los que ni siquiera la locura es opción.

Arturo Vallejo (Ciudad de México, 1973), pudo resumir ese espíritu en la figura de la Chaparra, la protagonista de su novela No tengo tiempo (Premio Caza de Letras 2008). Ingeniosa sin llegar a ser genial, rebelde sin llegar a ser realmente subversiva, la apocada jovencita sobrevive entre sus mecánicas labores de vendedora de hamburguesas, el derrumbe de su vida familiar y la compañía desangelada de sus amigos —que más que amigos son compañeros de tabla después del naufragio.

El escritor tiene el enorme mérito de construir, a partir de un medio ambiente bien definido —el sur de la ciudad de México—, una fábula sin moraleja que tiende a lo universal. La Chaparra nace en Villa Coapa, pero igual pudo haber nacido en Nueva Dehli, en Caracas o en Brasilia. Igual su piel pudo ser negra o pesar 120 kilogramos; lo mismo pudo vender mates en buenos aires que remorar en un cubículo de callcenter en Barcelona. La inmensa personaje —y su muy personal corte de los milagros—, representan a esas multitudes abandonadas por las multinacionales y los gobiernos gerenciales; a aquellos a quienes la prosperidad que prometió el modelo económico reinante nunca llegó —ni llegará—; a aquellos, sobre todo, a quienes los hacedores de utopías defraudaron, amputándoles la esperanza de una mejor realidad.

La novela está escrita en una cuidada voz en primera persona, la cual la hace entrañable al tiempo que la limita: por un lado, es posible empatizar de inmediato con la realidad de la protagonista y condolerse —aunque no mucho—, de sus penurias. Sin embargo, su propia voz la acota en el sentido de que, al ser ella misma un personaje sin mucha reflexión, no permite ahondar con profundidad en su circunstancia. Aún así, con la pura relación de sus andanzas, la Chaparra nos regala la suficiente reflexión como para espejearnos en su deshilachada figura.

Una muy buena novela de un escritor que promete ser cronista de toda una época.

Leerla es indispensable (Con y sin 2% de impuesto a la pobreza)


Omar Delgado

2009

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lunes, agosto 31, 2009

DE ULISES A MALVERDE

Génesis y desarrollo de la figura heroica



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Superman


El Héroe. Ha sido el gran protagonista de las narraciones humanas desde que los primeros storytellers pudieron elaborar una historia para ser evocada alrededor del fuego. En general, el héroe narrativo como lo conocemos nació, más que como un personaje real, como una alegoría de la virtud, como la encarnación del ideal ético de una sociedad. Un grupo humano podía aprender, a través de la narración de sus andanzas, las conductas positivas y deseadas, contrapuestas a aquellas dañinas al bienestar común. En general, el héroe puede definirse como aquel […] Quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia”[1]



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Gilgamesh


El Reino de la aventura

Mircea Eliade establece en su obra, El mito del Eterno Retorno, que todas las culturas de la humanidad establecen la existencia de dos dimensiones temporales distintas: por un lado, existe el tiempo en donde se llevan a cabo las acciones cotidianas. Así pues, cualquier actividad humana, desde la cosecha de trigo hasta la construcción de catedrales, son efectuadas en el Tiempo Profano, que es lineal y medible en calendarios. Por otro lado, las acciones de los dioses y los héroes se ejecutan en el Tiempo Sagrado, de carácter cíclico, y que revive cada vez que los mitos fundacionales son recreados en un acto religioso. Cada vez que los griegos antiguos llevaban a cabo una bacanal, Dionisos volvía a ser destrozado por los titanes; cada vez que un sacerdote católico realiza la eucaristía, vuelve a transmutar el pan en carne y el vino en sangre, tal y como ―para la grey cristiana―, ocurrió en la última cena. El tiempo sagrado se repite una y otra vez, y en cada una de ellas, vuelve a evocar la fuerza creacional del origen.

Esta disrupción de la realidad, consecuencia de la inserción del tiempo sagrado en el profano, tiene eco en las andanzas del héroe, pues estas también se dan en un tiempo y un espacio particulares, distintos a la cotidianeidad en la que se encuentra sumergido el hombre común. Esa realidad, donde Heracles, Amadis de Gaula, Guillermo Tell y Dick Tracy encaran a las fuerzas de lo maligno es llamada por Fernando Savater, el Reino de la Aventura, el cual tiene las siguientes características:

a) Esta conformado por un tiempo lleno, frente al tiempo vacío e intercambiable de la rutina. En el momento en que la cotidianeidad es interrumpida, el mundo es posesionado por el tiempo cíclico. Todo vuelve a ser como el In Illo Tempore primordial. El héroe entonces será el agente que, por medio de sus hazañas, restablecerá la continuidad del cosmos.

b) En el Reino de la Aventura, las garantías de la realidad quedan abolidas. Todas las leyes, tanto naturales como humanas, quedan suspendidas en cuanto el tiempo sagrado irrumpe en la dimensión profana. Es el momento de los milagros y los maleficios, de la fuerzas de la naturaleza en su estado más primigenio y feroz. Aquí el héroe puede encontrar su perdición, pero también, si con su virtud logra vencer a las fuerzas de la oscuridad, la inmortalidad.

c) En la aventura la muerte siempre está presente. Ninguna hazaña tendría verdadero mérito si el entorno en que se lleva a cabo no es auténticamente hostil. El héroe debe de confrontarse con la muerte para, en caso de salir victorioso, salir inmunizado de ella.



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Odiseo

Nada ejemplifica mejor esto que la dicotomía Troya/Ítaca. Para Odiseo, lo cotidiano, apacible y seguro lo representa su reino, Ítaca, su palacio y los brazos de su amada Penélope. Sin embargo, será en el largo trayecto que lo llevará a Ilión ―y, sobre todo, en su accidentado regreso a casa, tan lleno de cíclopes, hechiceras y mares furiosos―, en donde probará su condición de héroe. Son las penurias que vive en el Reino de la Aventura las que lo harán inmortal.

La evolución de Ulises. Del héroe épico al literario

Si bien el héroe como protagonista de las grandes narrativas no ha desaparecido, si ha evolucionado y se ha vuelto más complejo. El héroe épico, a la manera de Aquiles, Gilgamesh o Roldán, tuvo su origen en la narrativa oral ―aunque luego, sus hazañas fueran registradas por escrito―, y tal procedencia le da unas características muy particulares: poca profundidad psicológica, estándares morales dualistas —bueno o malo, sin etapas intermedias—, y pautas de conductas previsibles. En este tipo de personaje la introspección es prácticamente inexistente. Es unidimensional.



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Lancelot


Por otro lado, el héroe literario, tal como el Quijote de la Mancha, Gargantúa o Naná, presenta una personalidad mucho más compleja. Su actuar ya no es intachable y su moralidad es ambigua; sus actos comienzan a ser imprevisibles y su introspección en él es acusada y profunda, lo cual permite que exista un contraste entre lo que piensa y lo que hace. En resumen, es multidimensional.

Esta diferencia tan radical entre el héroe épico y el literario sólo puede explicarse a partir de la generalización de la palabra escrita en detrimento de la narrativa oral. Walter Ong, en su obra, Oralidad y Escritura, postula la tesis de que el protagonista de los mitos ―el héroe―, evolucionó y se complejizó gracias a la invención de la escritura. En las culturas primigenias, donde no se tenía un sistema de escritura, el conocimiento era almacenado en la memoria humana. Este saber se expresaba por medio de alegorías y se estructuraba a través de la narración. Serían los bardos, los rapsodas y los cantores los que conservarían el conocimiento en sus mentes y lo transmitirían a otros.

Como bien lo menciona Ong, “[...] En una cultura oral, la restricción de las palabras al sonido determina no sólo los modos de expresión sino también los procesos del pensamiento. Uno sabe lo que puede recordar”[2]. De manera evidente, fue necesario que los miembros de una cultura oral adoptaran ciertas pautas mnemotécnicas para potenciar su capacidad de retención. Así pues, a las narraciones conservadas por la mente humana se le tuvieron que agregar mecanismos que facilitaran su almacenaje y posterior evocación: repeticiones, aliteraciones, exceso de epítetos, uso de rimas asonantes, incorporación de lugares y referencias comunes ―tales como refranes, frases hechas y referencias del tipo “La gran estancia”, “El campo de batalla”, “La sala del trono” ―. Estas técnicas de soporte a la memoria cumplían su cometido, pero, al mismo tiempo, limitaban la complejidad de lo narrado. Es por eso que, en las narraciones orales, se presentan esquemas conductuales básicos: el héroe es bueno y virtuoso; el antagonista, maléfico y lleno de vicios. La narrativa oral, puesto que implica un gasto importante de recursos mentales en su almacenamiento, también limita el procesamiento racional necesario para dotar a sus protagonistas de profundidad psicológica.

Es por eso que el auge de la escritura como tecnología para almacenar el conocimiento modificó tanto las mecánicas de la narrativa como la estructura de sus protagonistas. El texto escrito, al representar conocimiento almacenado en un elemento externo al ser humano, permitió el suficiente alejamiento emocional para permitir la reflexión sobre el mismo. Si en las narrativas orales los personajes esquemáticos y la ausencia de introspección eran necesarios para que el trovador, bardo o storyteller pudiera recordar y evocar la narración, con el texto escrito era posible reflexionar sobre la complejidad moral del ser humano. Como lo señala Ong:

“A medida que la escritura y finalmente la imprenta modifican de manera gradual las antiguas estructuras intelectuales orales, la narración se basa cada vez menos en las grandes figuras hasta que, unos tres siglos después de la invención de la imprenta, puede fluir fácilmente en el mundo vital humano ordinario que caracteriza a la novela. Aquí, en lugar del héroe con el tiempo encontramos incluso al antihéroe.” [3]



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Don Quijote de la Mancha

El ingenioso hidalgo, en su condición de antitesis del héroe épico, el ambivalente Vautrin de Balzac o el perverso ―aunque entendible―, conde Drácula hubieran sido impensables en la narrativa oral.


El héroe social

La diferencia entre el héroe épico y el literario es, como ya se expuso, la profundidad con la que se le trata a partir del auge de la escritura. Curiosamente, hay un tipo de figura heroica que bebe de ambas fuentes y que puede evolucionar hacia cualquiera de ellas: el héroe social.

Si, como afirma Savater, la figura heroica es la encarnación de un ideal ético, se puede afirmar que, más que reflejar la condición humana, trata de alejarse de ella. El héroe es un ente suprahumano por el hecho que encarna el corpus de valores deseables de una comunidad y es ejecutor de todas las conductas socialmente loables.

Muchas veces, en un grupo humano, estas conductas alentadas socialmente son respaldadas por un sistema legal que las premia al tiempo que castiga las conductas opuestas —los vicios, los delitos—. Sin embargo, a veces ocurre que el corpus de valores es distinto, incluso contrapuesto, al sistema legal que rige a un grupo humano. Cuando las leyes son emitidas para proteger, no al conjunto o a la mayoría de una población, sino a un segmento minoritario de la misma, los valores sociales se dislocan del sistema legal. Los miembros de la comunidad que vive bajo un régimen de esta categoría se consideran víctimas de un sistema injusto y es entonces cuando la rebeldía adquiere condición de virtud.



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Francisco Villa (Doroteo Arango)

Esta situación ocurre en comunidades muy estratificadas: la casta superior, dueña de los medios económicos y de los instrumentos de represión —ejércitos, policías, tecnologías bélicas—, le impone al resto de la comunidad un marco legal favorable sólo a sus intereses. El segmento mayoritario de la población percibe tales leyes como ajenas y, por lo mismo, no se siente en la obligación de acatarlas. En estos casos, cualquier miembro de la casta sometida que se rebele contra el poder se convierte en una figura admirada, se transmuta en un héroe social.

El antropólogo británico Eric Hobsbawm clasifica a este tipo de personajes como bandoleros sociales y sitúa su origen en las sociedades preindustriales en donde el campesinado es un factor de peso. Dicha figura es apreciada por sus pares debido a que ejecuta sus acciones fuera de la ley, pero dentro de los estándares éticos de la comunidad a la que pertenece. Por lo mismo, afirma que:

[…] Lo esencial de los bandoleros sociales es que son campesinos, fuera de la ley, a los que el señor y el estado consideran criminales, pero que permanecen dentro de la sociedad campesina y son considerados por su gente como héroes, paladines, vengadores, luchadores por la justicia, a veces incluso líderes de la liberación, y en cualquier caso, como personas a las que admirar, ayudar y apoyar.”[4]

Hobsbawm acota el surgimiento de este tipo de personajes a las sociedades rurales, quizá pensando en que estas son las más desprotegidas y golpeadas por marcos legales tendenciosos e injustos. Sin embargo, el héroe social —o bandido—, no suscribe únicamente a las sociedades campesinas: también los núcleos urbanos marginados son semillero de este tipo de personajes. Jesús Arriaga, conocido bandolero del México porfirista, apodado Chucho el Roto, es ejemplo puntual de ello.

La génesis de esta figura es similar en cualquier parte del mundo: un hombre común, con fama de honesto y confiable, sufre una injusticia de parte de la autoridad —le despojan de sus tierras, matan o deshonran a un miembro de su familia, le confiscan sus propiedades, etcétera—. En ese momento, el personaje agraviado decide abandonar el cobijo de la ley para pasarse a ese Reino de la Aventura que representa la ilegalidad. En ese instante se convierte en un rebelde, al cual sus pares lo verán como un vindicador de su propia clase. Esta figura, que en un principio es un personaje perfectamente real y reconocible, irá inscribiéndose en el padrón de los héroes míticos conforme pase el tiempo. Poco a poco, la conseja social lo dotará de cualidades más allá de lo humano: fuerza descomunal, don de la ubicuidad —capacidad de estar en dos lugares al mismo tiempo—, capacidad de desvanecerse en el aire o de convertirse en animal, entre otras. El personaje histórico, con el paso del tiempo, dejará su condición humana para convertirse en mito, pues, como lo subraya Mircea Eliade:

“[…] El recuerdo de un acontecimiento histórico o de un personaje auténtico no subsiste más de dos o tres siglos en la memoria popular. Esto se debe al hecho de que la memoria popular retiene difícilmente acontecimientos individuales y figuras auténticas. Funciona por medio de estructuras diferentes; categorías en lugar de acontecimientos arquetipos en lugar de personajes históricos. El personaje histórico es asimilado a su modelo mítico (héroe, etcétera), mientras que el acontecimiento se incluye en la categoría de las acciones míticas (lucha contra el monstruo, hermanos enemigos, etcétera)”[5]

Esta figura, con el paso del tiempo, puede llegar a convertirse en un símbolo de gran poder. Es probable que llegue a ser estandarte de toda una nación —Guillermo Tell para los suizos y William Wallace para los escoceses—, líder de una revolución social — Francisco Villa—, e incluso en un ente sobrenatural que vela desde el más allá por sus protegidos —el ánima de Jesús Malverde—.

En general, esta figura aparece con más frecuencia en sociedades del tipo de las que Walter Ong llama verbomotoras, las cuales, a pesar de contar con un sistema de escritura alfabético perfectamente estructurado, todavía tienen un gran componente de narrativa oral. Para estas sociedades la información se divide en dos categorías: la escrita es la información estructurada, objetiva y controlada, mientras que la que se obtiene por medios orales (consejas, chismes, manifestaciones musicales tales como el corrido), es información más íntima y veraz. La narración oral es el terreno ideal para la mitificación del héroe social. Gracias a la información que corre de boca en boca; gracias a las comadres imaginativas y a los viajeros parlanchines; gracias a los bardos, trovadores y cantantes vernáculos, el héroe social se va despojando de su humanidad para revestirse de mito.

Curiosamente, llega un momento en que el héroe social pasa de la narrativa oral a la narrativa escrita. Muchos bandoleros sociales son convertidos en personajes de ficción e inmortalizados en las páginas de los libros. Ejemplos de ello los encontramos en Los Bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, en El Zarco de Ignacio Manuel Altamirano, en las distintas versiones literarias de la leyenda del zorro —que evoluciona directamente del bandolero californiano Joaquín Murrieta—, y en la actual corriente novelística que tiene su fuente de inspiración en el mundo del narcotráfico mexicano, especialmente en obra de autores como Elmer Mendoza, Federico Campbell, Luis Humberto Crosthwaite y, en mucho menor medida, Arturo Pérez- Reverte.



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Jesús Malverde


Conclusiones

La figura heroica está presente desde los inicios de la humanidad, pues desde siempre cumplió la función didáctica de enseñar a los miembros de una comunidad las pautas conductuales aceptadas por el grupo social. Sus andanzas, ordenadas en forma narrativa, eran también la manera en que una cultura oral conservaba el conocimiento que le había costado siglos acumular.

El héroe dejó su función didáctica con la generalización de la escritura como método de almacenar conocimiento. Dejó su carácter alegórico y se volvió más profundo conforme fue posible la reflexión de la naturaleza humana a través de la palabra escrita. Del héroe épico, unidimensional y de conducta previsible, propio de las narrativas orales, se avanzó hasta el héroe literario, complejo y reflexivo, cuyo medio ambiente es el género de la novela.

Analizando la génesis del héroe social, es posible deducir que a través de la mitificación propia de las culturas orales un personaje real puede evolucionar al rango de héroe mítico y, de ahí, saltar a la esfera de lo literario. Un personaje histórico, gracias al paso del tiempo y a la idealización, va perdiendo sus características humanas para, poco a poco, convertirse en un arquetipo.



[1] SAVATER, Fernando. La Tarea del Héroe. Barcelona, 2004, DESTINO libro, p.165

[2] ONG, Walter. Oralidad y escritura, Santa Fe de Bogotá, 1987, Fondo de Cultura Económica, p.40

[3] Ibídem. p.74

[4] HOBSBAWM, Eric, Bandidos, Barcelona, 2001,Critica, p.33.

[5] ELIADE, Mircea. El mito del eterno retorno. Madrid, 2002, Alianza Editorial. p.50.




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domingo, agosto 09, 2009

LA GRAN PUTA




















En su soberbio libro Un arte espectral. Reflexiones acerca de la escritura, Norman Mailer (1923-2007) consigna una plática que tuvo con Gore Vidal acerca de la novela.

"[...] Gore, reconócelo. La novela es como la gran prostituta en nuestra vida. Creemos que nos hemos librado de ella, pasamos a otras mujeres, nos tomamos el pulso y decidimos que por fin estamos disfrutando de nosotros mismos, y después damos la vuelta en una esquina, y ahí está la prostituta sonriéndonos, y estamos atrapados.
Sabemos que todavía nos tiene agarrados.
[...] Es cierto -dijo-, la novela es la gran prostituta."

Y a partir de ese diálogo, Mailer se refina la siguiente disquisición:

"[...] Todo novelista que se haya acostado con la prostituta (sólo los poetas y los cuentistas tienen una musa) vuelven después jactándose como un soldado en campaña que sale de una parranda en un prostíbulo "Viejo... La hice gemir", dice el grito del escritor joven. Pero la Prostituta se rie después en su cama vacía: "Él fue tan dulce al principio -declara- pero al final sólo hacía Pip,pip,pip"
"Un hombre pone su carácter en juego cuando escribe una novela.Todo lo que en él es perezozo, o meretricio, o poco madurado, complaciente, temeroso, ambicioso en exceso, o aterrado por la lógica final de su exploración puede quedar reveleado en su libro. Algunos escritores tienen la habilidad de ocultar sus debilidades; algunos tienen cierto genio para convertir una debilidad en un manierismo de estilo aceptable. No obstante, ningún novelista puede escapar del todo de su propio carácter. Tal vez sea la peor noticia que un escritor joven puede oír."

Lo sospechaba.
Los novelistas somos padrotes en potencia.
Chale

Omar Delgado
2009

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lunes, julio 20, 2009

THE WONDER (TAKA TAKA) YEARS

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Reseña de "Tokio Blues" de Haruki Murakami

Ocurre que, cada cierto tiempo, la intelectualité mexicana -y me imagino que la de otros lares también-, adopta a un escritor como su gurú. De repente, cierto narrador o narradora, determinada poetisa, un específico tejedor de cuentos, se convierte en el nomameswey, en el tienesqueleerlodeahuevo, el estecabrónlanetadelplanetaysinololeesnotienesniidea, el non plus ultra de las letras, más grande aún que Homero o que Cervantes (Sí, Chucha...)

Diversos literatos se han posado en ese nicho sacramental en diferentes épocas: hace como quince años, Milan Kundera y sus ladrillos de papel eran la verdad absoluta; Luego siguió Umberto Eco y su Auguste Dupin del medievo; José Saramago fue mandamiento inscrito en piedra para la casta pensante de gran parte de los años noventas (cuando, además, era absolutamente indispensable ser fresapatista y escuchar a Madredeus); Paul Auster y sus neoyorquinos neuróticos se convirtieron en el paradigma literario post 11-S; Orhan Pamuk tuvo una fugaz gloria luego de su muy merecido nobel, y así hasta ahora...

Actualmente -creo-, en estas épocas en las que los miembros del gremio de los intelectuales quieren parecer surfers y vestir playeras aeropostale combinados con deshilachados cargo, el dueño de todas las netas parece ser Haruki Murakami (1949, Kioto), escritor de culto en el Japón que, gracias a Norwegian Blues, novela con tintes autobiográficos, también se ha vuelto uno de los narradores más leídos en el mundo occidental.

A pesar de que el tema del libro, también conocido como Tokio Blues, no es nada nuevo -la maduración de un chico llamado Toru Watanabe, alter ego del autor, de los 17 a los 21 años-, si lo es la mirada con la que el autor japonés recrea el entorno del Tokio de finales de 1960. En ella se retrata de manera sutil, y al mismo tiempo, contundente, la adoración por la muerte que es proverbial en la cultura japonesa: El mejor amigo del protagonista, así como su amante, se suicidan en distintos momentos de la historia; uno de sus conocidos desaparece sin dejar rastro; la hermana de una de sus cercanas se cuelga de una viga justo antes de cenar; la antigua prometida de uno de sus amigos se corta las venas sumergida en la bañera; los padres de la que será luego el objeto de sus cariños mueren devorados por sendos tumores cerebrales, probable regalo de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Lo que pudo ser una versión de "Los Años Maravillosos" con los ojos rasgados se transmuta, gracias a la pluma del autor, en un siniestro relato bañado de sol en donde Watanabe testifica cómo sus cercanos van cayendo presas de la desesperación, de la locura o de la simple apatía por vivir. La mayoría de estas muertes ocurre sin justificación, tal y como si algún dios vengativo gozara de llevarse jóvenes en la flor de la vida.

Las letras de Murakai se dejan leer. Son fluídas y certeras. Sin utilizar grandes machincuepas literarias ni forzadas elaboraciones filosóficas -aunque la historia se presta-, el autor teje una historia tan sencilla como llena de nostalgia. Tokio Blues es una novela muy competente, aunque, dicen los que han profundizado en su obra, desmerece ante trabajos más recientes del nipón. Aún así, su hermoso canto a los bosques noruegos es una excelente manera de acercarse a su obra.

Mandatorio el leerlo.

Omar Delgado
2009


TOKIO BLUES
de
MURAKAMI, HARUKI
TUSQUETS EDITORES 2005
16.0x22.0 cm
383 pags
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788483103074
Colección: ANDANZAS
Nº Edición:1ª
Año de edición:2005
Plaza edición: BARCELONA

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