sábado, julio 07, 2007

Ciudad Lago

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Ciudad de México. Plano del siglo XVIII

Cada temporada de lluvias, en la ciudad de México, los chilangos peleamos a brazo partido en contra de Nuestro Señor Tlalóc. Aparentemente, el dentudo dios está necio en que el altiplano central, en donde se encuentra la zona metropolitana, vuelva a ser la hermosa zona lacustre en la que extendió sus dominios.


Todos los años nos topamos estas lluvias cuasibíblicas que tratan de inundar nuestra capital. Las calles se llenan de agua, las avenidas se transmutan en rios que nada tienen que envidiarle al Papaloapan, las alcantarillas, hastiadas de tanta mierda, se rebelan y nos la regresan. En serio, es un milagro que no nos hayamos (todavía) despertado una mañana navegando en una laguna color cerote.
La relación de Chilangolandia con el agua siempre ha sido, por lo menos, extraña: esta ciudad se fundó sobre un islote rodeado de lagos; la región estaba llena de rios que fueron entubados y puestos bajo tierra conforme crecía la urbe. El centro de la ciudad está sembrado de mantos acuíferos que año con año se desecan más... Y al mismo tiempo, gran parte de los habitantes de la ciudad sufre por falta de agua. El líquido que consumen los habitantes de esta ciudad hay que traerlo desde el plan Cutzamala mientras que todas las aguas residuales que genera deben ser extraídas por pantagruélicos sistemas de bombeo que la arrojan hacia el gran canal.



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La gran Tenochtitlan. Mural de 1930

la ciudad de México, de todos mis amores, se funda históricamente en 1325, cuando un grupo de pránganas norteños, los aztecas, encontraron un águila en un nopal y una serpiente (las fuentes clásicas dicen que el ave devoraba al ófido; otras, menos serias y más divertidas, afirman que ambas bestias estaban en plena orgía inter- especies).

Cuando llegaron, los aztecas se tuvieron que subordinar al imperio dominante de ese entonces: los tepanecas de Azcapotzalco, quienes les permitieron quedarse en la región siempre y cuando actuaran como mercenarios para sus ejercitos y habitaran una fea peña que estaba justo enmedio del lago de Texcoco, habitada sólo por serpientes y alimañas (las tepocatas aún no estaban de moda). Los aztequitas muy comedidos comenzaron a construir su casa y a almorzarse con singular alegría a los ófidos con los que compartían la tierra. Además, los recién llegados descubrieron que podían ganar tierra cultivable por medio del sistema de chinampas: se delimitaba un cuadro a las orillas del lago, se clavaban cuatro postes sumergidos en el agua, se hacía una tarima de madera sobre ellos y, sobre el entablado, se cernía tierra cultivable. Este sistema no era invención de los aztecas, pues los acolhuas (genericamente se le llama así a los pueblos originarios del lugar, independientes de los tepanecas, que habitaban Culhuacan, Xochimilco, Mixcoac, Coyoacan y Cuahunahuac), lo utilizaban desde hace tiempo, pero los recien llegados lo perfeccionaron. La invasión del lago había iniciado.

Luego de la caída del imperio de Azcapotzalco, se formó la triple alianza, formada por las ciudades de Tenochtitlan (fundada por los aztecas comeculebras), los Texcocanos y los Tepanecas de Tacuba. Dichos pueblos consolidaron, en menos de cincuenta años, la civilización más poderosa de la américa del norte. Tenochtitlan, la capital del imperio, llegó a tener hasta doscientos mil habitantes a la llegada de los españoles, en 1519.

Los gobernantes de las tres ciudades de la triple alianza se encontraron que, conforme crecían sus respectivos dominios, también crecían los problemas relacionados con el agua. Y no era para menos: en la región convivían por lo menos cinco cuerpos acuosos: los lagos de Texcoco, Xochimilco, Zumpango, Xaltocan y Chalco. De estos, al primero, el más grande, lo formaban aguas saladas y a los otros cuatro, dulces. Era por ello que, aunque los lagos estaban naturalmente separados, el choque de las dos diferentes densidades ocasionaba constantes inundaciones. Nezahualcóyotl, el señor de Texcoco, decidió construir un dique que separara las aguas del lago de Texcoco de las de los otros lagos, lo cual disminuyó el problema.



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Dibujo de una inundación del centro de México. Siglo XVI

Aún así, antes de la llegada de los españoles hubo legendarias inundaciones en el año 1500, por lo que los mexicas, los habitantes de Tenochtitlan, iniciaran sus propias obras hidráulicas, las cuales ocasionaron, irónicamente, la muerte del tlatoani tenochca Ahuizotl. Dicho gobernante quiso apropiarse de las aguas dulces de un manantial de Coyoacan construyendo un acueducto entre ambas urbes, pero el gobernante de aquella se negó a aflorarselas (las aguas). Ahuizótl, enchilado, lo mando estrangular con una guirnalda de flores. El coyoacanense muere, pero no después de maldecir al tenochca anunciándole que las mismas aguas que se estaba robando iban a ser su perdición. Le atinó. En 1502, el acueducto de marras ocasiona una inundación en Tenochtitlan que cobra numerosas víctimas y ocasiona graves destrozos. Cuando el Tlatoani Ahuizotl inspeccionaba las obras de reparación, una de las vigas de construcción se le fue a estrellar en la imperial cabeza, provocando su muerte al poco tiempo.

Durante la conquista, los españoles aprovecharon los lagos para vencer a los mexicas. Cortéz, viendo que Tenochtitlan (a la cual la rodeaban las aguas) se había fortificado, mandó construir trece bergantines (No es albur, sino el nombre de un pequeño barco de batalla), que fueron botados en los lagos del altiplano. Las naves españolas, mejor diseñadas y con armas más poderosas, vencieron con facilidad a las canoas tenochcas. Finalmente, el 23 de agosto de 1521, gracias a sus barquitos y a la viruela, Hernán Cortéz y su grupo de finos caballeros pudieron entrar a la capital del imperio. El conquistador dudó en reconstruir Tenochtitlan, pues sabìa del problema de las inundaciones en el islote. (Que, por cierto, había empeorado al destruir el sistema de diques durante los ataques con su flota) Finalmente, no pudo soportar la tentación de fundar su nueva ciudad en lo que fue la regia Tenochtitlan.
Ni la sociedad ni los problemas con el agua cambiaron mucho durante el virreinato. Siguieron las inundaciones sistemáticas durante todo el siglo XVI y XVII, llevándose a la gente de pueblo y a uno que otro conde despistado. La cuidad continuaba lacustre, y la agricultura de chinampa siguió representando la principal fuente de alimentos para sus habitantes. En 1605, bajo el gobierno del virrey Luis de Velasco, se le encargó al italiano Enrico Martínez el crear un sistema dediques y canales que desviara las aguas del lago de Zumpango hacia el rio Tula, lo cual, en teoría, disminuiría notablemente los problemas de la capital. En 1629, con las obras aún incompletas, se sucitó una tremenda crecida en el río Cuautitlan (uno de los que alimentaba el lago de Texcoco), y Martínez tomó la decisión de cegar los diques que había construido para que el agua no los dañara. La ocurrencia del italiano fue catastrófica, pues el río se desbordó hacia la ciudad, ocasionando centenares de muertos y una inundación que llenó el centro de la ciudad de México por meses. Enrico Martínez fue culpado de negligencia y entambado con rapidez, aunque después fue liberado (se supone que por un ancestro del juez que liberó a Carlitos Ahumada). El contratista Martínez murió al año siguiente, en 1630, ain haber concluido su obra.

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Iztacalco. Canal de la viga. Siglo XIX
(Nótese el barco de vapor)


Llegó la independencia y la reforma, y los chilangos seguían sufriendo de sobrehidratación (además de malos gobiernos, guerras, revueltas, invasiones gringas e imperios de pacotilla). Durante su larga presidencia, Porfirio Díaz inició un proyecto que consistía en abrir un gran canal hacia el norte de la ciudad. Dicho desague, a diferencia del construido por Enrico Martínez, no desfogaba en el río Tula, sino por el rumbo de Tequisquiac (o sea, más al oriente que Huehueteoca, que era donde originalmente iban a llegar las aguas negras chilangas). La obra funcionó y fue inaugurada en 1900. Las inundaciones de la capital disminuyeron notablemente.

Durante la segunda mitad del siglo XX México capital se pobló a lo bruto. De los quinientos mil habitantes que había antes de la revolución, pasamos a ser más de veinte millones de chilaquiles hacia 1980. En realidad, lo que acabó con el agua del Anáhuac fue la sobrepoblación, aunque, por supuesto, recibió alguna ayuda. Durante su sexenio (1964-1970) Gustavo Díaz Ordaz ordenó el entubamiento de los rios que aún existían en la ciudad de México. Al parecer, el trompudo, además de odiar a los estudiantes, también aborrecía los rios, pues por su voluntad desaparecieron el canal de la viga, (el cual era navegable) el río Churubusco y el de La piedad, entre otros. La antigua Tenochtitlan había desaparecido junto con sus aguas; los ajolotes y garzas se fueron a mejores lares.



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Canal de la viga. 1910. Archivo Casasola.

Muchas y muy variados sistemas se han diseñado, desde hace siglos, para desecar la cuenca del Anahuac. En apariencia, han tenido éxito, aunque a últimas fechas en el 2007, los gobernantes han dado la voz de alarma: el sistema de desague de la capital está a punto de colapsar y el centro de la ciudad de México se puede volver a inundar de un momento a otro. A pesar de que dichos llamados mueven a la suspicacia debido a las tensiones políticas del país, no debemos ignorar una verdad evidente:

Esta ciudad fue lago y quiere volver a serlo.

Omar Delgado
2007


5 comentarios:

nOiSe dijo...

yo podría amar al DF con todo y sus defectos, con todo y tanta lluvia... por algo el DF es la ciudad del amor!!

:D

besos!

Oscar dijo...

Que atinado tu texto mira que en pleno 2009 el todo valle dorado se volvio color ocre pues el tuvo del drenaje se colapso y los inundo de desechos fecales.

en fin, saludos.

raul dijo...

Que verdad ven esto http://impreso.milenio.com/node/8720508

Anónimo dijo...

exquisito tu relato, muy ameno y verdadero.

Anónimo dijo...

ahu recuerdo los comentario de como cocechaban las personas sus verduras para vender sus verduras a la ciudad de mexico y el transporte era por canoa me comento mi abuelo hace muchos anos