jueves, marzo 01, 2012

QUIERO SER ELBA ESTHER



¿No me tienes confianza, Carlos Loret?

La verdad es que, después de ver De panzazo, documental de Juan Carlos Rulfo y Carlos Loret de Mola, no pude sino pensar lo anterior.
            Elba Esther Gordillo, líder magisterial del sindicato nacional de trabajadores de la educación (S.N.T.E), brilla con una luminiscencia putrefacta entre el mar de  mediocres y oligofrénicos que llenan los salones de la política mexicana. La neta, es tan, pero tan corrupta, y tan, pero tan cínica, que hasta me ha comenzado a agradar. Es el único personaje memorable por su crapulencia, por su gozosa malignidad, al único al que verdaderamente sería meritorio hacerle una novela, una ópera o una película. Elba Esther alcanza por sí misma dimensiones shakesperianas; es un Ricardo III con traje sastre Gucci.
            Piénselo usted, apreciado lector: La Maestra, como es llamada con admiración mal disimulada es, con mucho, la persona más poderosa del país. Ni siquiera el presidente tiene tal capacidad de influencia. Elba Esther controla alrededor de tres millones de personas de manera absoluta, con potestades que serían envidia de cualquier reyezuelo. Lo que ella ordena, sus agremiados lo hacen, por lo que es prácticamente gobernante de un país de millones de habitantes (el SNTE) que está incrustado dentro de otro (México) como un tumor dentro de un organismo que intenta sobrevivir. Más aún, estos tres millones de súbditos —no podemos llamarlos de otra forma—, son maestros, es decir, personas altamente capacitadas —para la grilla, no para dar clases—, preparadas y profundamente ideologizadas que, además, siguen una estructura de mando vertical. Si usted, amable lector, aún no puede visualizar las implicaciones de lo anterior, le recuerdo que en muchas comunidades  aisladas del México profundo, el maestro es quizá la única persona capaz de leer, hacer cuentas, o presentar peticiones ante el municipio. En otras palabras, Elba Esther tiene a su disposición un ejército de millones de personas que ante la más mínima orden pueden iniciar revueltas y levantamientos por todo el territorio nacional. Es decir, ella sostiene el cerillo en un páramo empapado de gasolina.
            Sin embargo, a la Maestra, como a los verdaderos hombres y mujeres de poder, no le interesa la violencia, sino que prefiere los arreglos entre caballeros (o entre ella y los caballeros). Ella es experta en negociaciones en donde el beneficio es mutuo —aunque, por supuesto, mayor para ella que para su contraparte—. No por cualquier cosa, y según el mencionado documental, tiene a su disposición casi una tercera parte del presupuesto nacional, del cual, más de noventa por ciento se va en sueldos y salarios —o sea, en pagar a los súbditos de su pequeño principado—; también es la que controla casi totalmente la secretaría de educación pública (S.E.P). y la Lotería Nacional. A su favor, tiene ese ejército de millones de maestros que pueden incidir en cualquier elección o proceso político. Ella es, verdaderamente, el fiel de la balanza a la hora de elegir presidente, diputados, senadores, y en general, todo lo elegible en las urnas. En el 2000 ella no prestó su apoyo a Francisco Labastida y, como consecuencia, ganó Vicente Fox; el S.N.T.E y su maquinaria electoral accionaron  a favor de Felipe Calderón en el 2006, lo que ayudó a imponerlo como presidente con las trágicas consecuencias que todos conocemos. Y ahora, en el 2012, parece que la maestra sigue subastando su amor. Veremos a quién se lo otorga.
            Muchos la han querido derribar: desde Ernesto Zedillo hasta el defenestrado Roberto Madrazo, pasando por supuesto por la actual candidata presidencial, Josefina Vázquez Mota. Ninguno lo ha logrado. La Maestra incluso se ha dado el lujo de echarse unas vencidas con la gran enfermedad de nuestros tiempos, el cáncer, saliendo airosa como sólo lo pueden hacer las malas hierbas. La Maestra tiene la resistencia de los grandes monstruos del cine y la literatura: por más que le disparen, sigue avanzando.
            Elba Esther lo tiene todo, hasta la pinta villana. A diferencia de otras figuras de la política nacional como la mencionada Josefina Vázquez Mota —quien oculta su profundo rencor y gran ambición detrás de su pinta de madre abnegada—, o Felipe Calderón —cuya apariencia de contador fracasado poco honor hace a su  hediondez moral—, la ojetez de la maestra es inocultable. Su hermoso rostro tiene matices lovecraftianos que haría que cualquier habitante de Insumouth se le tirara a los pies e, incluso puedo aventurar que entre sus dedos llenos de anillos se pueden adivinar los rastros de membrana con los que nació. Verla da miedo; escucharla, nos provee de material para nuestras pesadillas.  
            Pero, sobre todo, quiero ser Elba Esther Gordillo por que ella está plenamente consciente del papel que cumple en la sociedad mexicana, uno que ni siquiera los discursos seudomoralizantes tipo De panzazo, pueden ocultar. Ella sabe que al degradar la educación pública mexicana está protegiendo al status quo del que forma parte. Ella sabe que lo que menos le interesa a la oligarquía nacional es crear empleos o generar industria, entonces ¿Qué utilidad tendría una población altamente calificada? Elba Esther sabe que educar al pueblo de México sería un error garrafal. Lo ideal  es mantenerlo en el estado de embrutecimiento en el que se encuentra sumergido gracias a ella y a Televisa/TV Azteca: sin posibilidades de comprender el texto más sencillo, con dificultades para hacer las operaciones aritméticas básicas, sin las herramientas cognitivas que le permitan pensar que esta realidad puede ser modificada. Elba Esther sabe muy bien que es preferible tener a millones de gentes semianalfabetas procilves a ser manipuladas por el poder y los medios de comunicación a multitudes ilustradas que sepan pedirle cuentas a sus gobernantes. Capaz y nos hacen una primavera árabe…
            Y sólo por eso, por la necesidad que cumple de contendor social, de lobotomizadora masiva de las nuevas generaciones, Elba Esther seguirá vigente por otros cuantos sexenios.
            Eso ella lo sabe. Por eso se ríe.

Omar Delgado
2012

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