lunes, abril 16, 2012

NEARER, MY GOD, TO THEE





El Titanic, a cien años.
Desde niño, siempre me atrajo lo extraño, lo fantástico, lo inesperado (Ripley Dixit). El primer libro que tuve, por allá de los siete años, se titulaba “Personajes Increibles”, y era una compilación de la vida y obra de los fenómenos más notables de la humanidad y de los personajes más notables de la historia. En ese maravilloso ejemplar, editado por editorial Panorama, lo mismo venía la chica cíclope francesa que vivió en la Francia de los Luises que Tarmelan, el temido nieto de Gengis Khan, quien se desaburría pirámides con los cráneos pelados de sus enemigos. Otro de mis libros fundacionales fue uno que encontré en la casa del padre de mi hermana menor, uno de esos tomos especiales que tenía a bien el Selecciones del Reader Digest: el  Gran Libro de lo Asombroso e Inaudito.
            He de confesar que ese libro lo consumí con el ánimo de un enviciado; lo leí una y otra vez hasta que la fricción le amputó las pastas. Historia tras historia, cada una de sus páginas nutrió con creces mi vocación de freak. Fue en ese texto en donde, por primera vez, me enamoré del naufragio más grande que la historia.
            El Titanic, como todo mundo recuerda en estos días, se hundió el 14 de Abril de 1912, llevándose a más de mil quinientas personas al fondo del Océano Atlántico. Muchos de los hechos que rodearon la tragedia, ya son parte del conocimiento popular gracias a James Camerón: que si los músicos tocaron hasta que el agua los barrió de la cubierta, que si la última canción que ejecutaron fue un himno cristiano, que si el capitán decidió encerrarse junto al timón para hundirse con su barco haciendo honor al lugar común, que si no se tenían suficientes botes salvavidas por preservar la estética de la nave, que si durante el naufragio se utilizó por primera vez el código de emergencia S.O.S, etcétera, etécera. Curiosamente, la tragedia del  barcote es recordada con mucha más intensidad que, por ejemplo, otros accidentes de peso histórico más significativo —por ejemplo, el hundimiento del Lusitania o la caída del Hindemburg—, y es menester preguntar las razones de ello.
            En otras palabras ¿Por qué es tan fascinante la tragedia del Titanic?
            Lo primero que podría argumentar es que, además de todo lo ya dicho, el hundimiento marcó simbólicamente el fin de la era victoriana y el inicio de la hegemonía de los Estados Unidos. Inglaterra estaba representada por ese barco debido a su absoluto dominio de los mares, y de cierta manera, fue esa hybris de creerse los soberanos absolutos del océano la causa indirecta de la tragedia. Lo que si es un hecho es que con el Titanic se inició el fin de la hegemonía del barco como medio omnímodo de transporte global de pasajeros. Ese lugar fue ocupado unos años después, por el avión, ese invento tan representativo del espíritu norteamericano que sería el gran protagonista del siglo XX. De cierta manera, Horacio Nelson y Sir Francis Drake fueron desplazados por Charles Lindberg y los Hermanos Writgh a consecuencia del naufragio.
            Por otro lado, el Titanic representó un microcosmos del universo que era la Inglaterra decimonónica: sus pasajeros divididos en primera, segunda y tercera, eran fiel reflejo de la división social victoriana: los nobles, pocos pero influyentes, en la punta de la pirámide (y en la parte superior del barco); una más numerosa clase burguesa en segunda y un extenso sector proletario en la base de la pirámide (ambas hospedadas en los camarotes que estaban por debajo de la línea de flotación). Por supuesto, estas divisiones pesaron al la hora del hundimiento, pues  la inmensa mayoría de los supervivientes pertenecieran a la clase acomodada, mientras que la mayoría de los cadáveres que quedaron flotando en las aguas eran de tercera clase. Como detalle curioso hay que apuntar que muchos de los marineros del barco, grumetes y sirvientes que ayudaron a los aristócratas a abordar las lanchas salvavidas acabaron hundiéndose junto con la nave. En otras palabras, prefirieron cumplir con su deber antes que arrojar a sus encopetados patrones al agua para salvarse ellos.
            No sé porque no los nombraron empleados del mes.
Los estudiosos de la catástrofe, esos que recopilan con gula las anécdotas, los indicios, los documentos y los objetos relacionados alrededor del hundimiento se encontraron con un hecho peculiar: un  porcentaje significativo de los que salieron vivos del trance eran norteamericanos. Luego de indagar las causas de esto, se descubrió que la causa de su supervivencia fue su mala educación. Explico: mientras que los ingleses esperaban muy disciplinados en la fila a que les proporcionaran un salvavidas, los estadounidenses, mucho menos refinados, llegaban, empujaban y hacían tal desmadre que los acomedidos marineros acababan por darles preferencia. Así pues, que la rudeza  y el egoísmo a ultranza les salvaron la vida mientras que los de mejor crianza no alcanzaron lugar y fueron devorados por el mar. El individualismo y desconsideración del American Way mostró su efectividad frente a la contención y decencia de los ingleses. Mala cosa.
            Por último y para no desentonar con la memorabilia, me permito recordar al único mexicano que murió en la tragedia: Manuel Uruchurtu, diputado y caballero que murió al ceder su lugar en los botes salvavidas a  Elizabeth Ramell-Nye, mujer de 29 años que cargaba un niño en brazos. El gesto sólo nos demuestra que hubo un tiempo en que los políticos mexicanos eran gente (medio) decente. Por desgracia, cien años después, no encuentro en las figuras de la polìtica nacional ningún prohombre o promujer que fuera capaz de un gesto tan digno. Muy por el contrario, la inmensa mayoría de los diputados, senadores, secretarios subsecretarios, gobernadores y presidentes o candidatos no dudarían un segundo en arrojar a la mujer con el niño en brazos al mar con tal de alcanzar un lugar en el bote salvavidas (o en el gabinete del siguiente sexenio)

Omar Delgado
2012

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