sábado, septiembre 11, 2010

LA INMORTALIDAD ACCIDENTAL

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Los Fusilamientos de la Moncloa (1814)

Que el lector vea por un momento la imagen anterior, que imagine la desesperación y el miedo de los hombres que están siendo fusilados, que se figure el dolor de quienes los lloran en segundo plano, que conciba siquiera el automatismo de quienes están jalando el gatillo…

Y sobre todo, invito al lector a reflexionar acerca de lo fortuito de la vida, pues esos hombres, que en el la pintura están en trance de muerte, pudieron haber pasado desapercibidos por la historia; ser, quizá, unos más de los miles de millares de huesos con los que está sembrada la tierra. Sin embargo, quiso el destino que el día de su fusilamiento, un 3 de mayo de 1808, Francisco de Goya fuera testigo del hecho. Desde su finca, el pintor español pudo observar cada uno de los detalles de su muerte con la ayuda de un catalejo para así bosquejar lo que sería una de las pinturas más dramáticas y conmovedoras del arte. Así pues, los combatientes que ese 3 de mayo cayeron abatidos por las balas, jamás supieron de la anónima inmortalidad con que los obsequió el pincel de Goya.

Todos los seres vivos, incluido el homo sapiens, buscan trascender su existencia biológica. A pesar de que los humanos somos los únicos que tenemos conciencia de nuestra propia finitud, compartimos con las amibas, los pulpos, los tiburones y los osos el impulso instintivo de proyectarnos hacia el futuro.

La manera más directa que tiene un organismo para dejar su impronta es la reproducción, que ya sea sexuada o no, permite que su carga genética sobreviva un tiempo más. Sin embargo, el hombre, al ser también un animal cultural, ha creado otras maneras de engañar a la muerte: las letras, las artes, la acumulación de bienes, la celebridad por cualquier causa, todas han servido como vehículo para ser recordados, y si se puede también, admirados.

Es posible afirmar que las más grandes manifestaciones de la civilización son causa de ese deseo: Los zigurats de oriente medio, las pirámides de Egipto, las pistas de nazca, los guerreros de Terracota Chinos, Stonehenge, las incorruptibles jetas de piedra de Pascua y de los Olmecas del sureste mexicano. De inicio, todos estos portentos se han interpretado en su momento como alabanzas a los dioses; sin embargo, siendo un poco más sinceros, deberemos aceptar que son, más bien, maneras de los gobernantes de asegurarse la posteridad. Paradójicamente, de casi ninguno de los que ordenaron erguir semejantes monumentos se recuerda el nombre.

El dejar obras que inscriban al autor, o al mecenas, o al gobernante, en el libro de la posteridad, ha sido privilegio casi exclusivo de las clases dirigentes. Han sido los Ramseses, los Nabuconodosores, los Carlomagnos y los Moctezumas los únicos con el suficiente poder y recursos como para granjearse la inmortalidad a base de piedras labradas y edificios colosales. Los grandes ingenios y artistas también lo han logrado: Da Vinci, Dédalo, Gutenberg, Picasso, Rabelais, Fulton, todos aquellos que han legado algo útil o hermoso a la humanidad por lo general han sido inscritos también en su memoria. Pocos son los que con obras pías lo han logrado: más frecuentes son los déspotas y asesinos que con muerte y dolor se han hecho memorables. Ahí están Vlad Tepes, Madame Bathory, los Borgia, o Iván el Terrible, quienes han demostrado que la tinta que mejor fija en el pergamino de la historia es la de color rojo sangre.

Hay otra categoría de inmortales, quizá menos ilustre y más proletaria: aquellos que han pasado a la historia sin querer, así nomás, como actores de reparto. Hombres y mujeres que nunca en su vida se imaginaron ser recordados siglos después de su muerte, personas anónimas que, por accidente, mala leche o por acción de la tragedia, se han convertido en parte del acervo cultural de la humanidad. He aquí tres puntualísimos ejemplos:

Mater (d) olorosa


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Muerte de la Virgen (1605-1606)

No está de más recordar que Michelangelo Merissi, mejor conocido como Caravaggio (1573-1610), fue un pintor italiano que perfeccionó la técnica del claroscuro y que será recordado principalmente por dos cosas: su cáustico talento, generador de imágenes de hermosa tenebrosidad, y su tormentosa vida, llena de amantes, vino, caballeros de Malta, emboscadas y huídas. De pincel inspirado y daga pendenciera, Caravaggio fue de los primeros pintores en utilizar modelos humanos y en negarse a hacer bocetos previos. Además, era dueño de un espíritu burlón que le permitió pitorrearse de los íconos que los mecenas le ordenaban representar: en muchas de sus pinturas los santos y vírgenes tienen el rostro de los efebos que le brindaban sus favores, de las concubinas que le calentaban el lecho, de las prostitutas que frecuentaba y de los mendigos con los que cruzaba copa. Sin embargo, sería con su obra “Muerte de la Virgen”, concluida en 1606, con la que haría su máximo chascarrillo. Se dice que la modelo utilizada para la madre de Cristo no era otra sino una mujer que se había ahogado en el río Tíber y que fue sacada de la corriente cuando ya presentaba un avanzado estado de putrefacción. Tal rumor no está confirmado, pero la manera en que el pintor representó a María, con el vientre hinchado y claros signos de descomposición cadavérica, no hacen sino aumentar los decires

De ser cierto, nos encontraríamos con que la pobre ragazza, a quien la desesperación había arrojado al suicidio, fue convertida en protagonista de una de las pinturas más célebres del renacimiento. Ella, cuyo deseo fue disolverse en las aguas, por un chiste fue obligada a representar a María Madre para las generaciones venideras.

Sabor a mi


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Le Baiser (1982)

Peter Witkin (1939) y su cámara nos han regalado algunas de las imágenes más inquietantes y hermosas del arte moderno. Su fotografía, monocromática y de apariencia antigua, está llena de mutilados, freaks de circo, alegorías siniestras, miembros cercenados y reinterpretaciones sórdidas de los íconos del arte mundial. Una de las más destacadas es El Beso (Le Baiser), tomada en 1982. En ella muestra lo que en apariencia son dos ancianos en tórrido ósculo. Sin embargo, cuando el espectador mira con detenimiento, se percata de que son dos mitades de la misma cabeza, las cuales han sido unidas por los labios. La leyenda underground consigna que el dueño del despojo fue un homless anónimo que, por obra del destino y de un forense amigo del fotógrafo, fue inmortalizado en la más tierna y macabra alegoría del amor propio que se tenga memoria.

Adivinen quien viene a cenar


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Siguiendo el movimiento de las manecillas del reloj: Herbert, Bonnie, Kenyon y Nancy Clutter

No todo es ícono. También las bibliotecas están llenas de inmortales involuntarios. Detrás de cada crimen literario, se presume que existe uno real que lo inspiró, por lo que los libros también guardan cadáveres entre sus páginas. Esto es especialmente cierto para la familia Clutter, protagonistas a fuerza de uno de los libros más importantes de las letras norteamericanas del siglo XX: In cold blood

Es muy probable que, de habérseles preguntado, los cuatro miembros de la familia nativa de Holcomb hubieran preferido permanecer anónimos y vivir sus existencias de la manera más anodina y gris posible. Es seguro que Herbert, el paterfamilias, hubiera elegido morir de un paro cardiaco en su cama, luego de ingerir libras y libras de mantequilla hecha en casa; que Bonnie, la madre, hubiera optado por ser internada en un psiquiátrico en donde le ayudaran a soportar sus accesos depresivos hasta que una piadosa sobredosis de diazepam la enviara al otro mundo; que Nancy, la hija, hubiera preferido crecer y casarse y engordar acumulando hijos y que Kenyon, el menor, hubiera escogido reñir con su padre para irse al camino y seguir el hipster way of life. Para su desgracia, ninguno de los dos hombres que entraron a su granja el 15 de Noviembre de 1959 les preguntó su opinión. Perry Smith y Richard Hickock, dos ex convictos, luego de amordazarlos y desvalijar la casa, los mataron a escopetazos esa noche de sábado.

Quizá ninguno de los miembros de la familia Clutter, a pesar de tan horrendo fin, hubiera trascendido más allá de unas cuantas notas periodísticas de no haber sido por Truman Capote (1924- 1984), escritor neoyorquino que olfateó en su tragedia el material para un bestseller. Así, A Sangre Fría, paradigma de la novela de no ficción, vio la luz cinco años después, dejando para la posteridad la historia completa (ante, pre y postmortem), tanto de los Clutters como de sus verdugos. Para los miembros de esa familia de Kansas, unas descargas de calibre doce en la cabeza les valieron una cruel posteridad.

Conclusión

Cuando los chinos maldicen, desean que su enemigo tenga “una vida interesante”, quizá porque saben que la naturaleza humana es mucho más proclive a recordar tragedias que venturas. Es en nombre de ese espíritu que muchas personas alcanzan una inmortalidad que ni buscaron, ni desearon. Con lo cual se puede concluir que en ocasiones el arte se torna alimaña carroñera y se alimenta de cadáveres.

Y que nadie sabe quién lo acabará alimentando…

Omar Delgado

2010

3 comentarios:

Lydia dijo...

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Maya:
Tus palabras llegan, curiosamente, en un momento en el que pensaba seriamente cerrar este cuchitril electrónico. En otras palabras, gracias. Es un privilegio que me leas, y sólo por eso, y por todos los demás amigos y lectores sistemáticos, esta bitácora sigue.
LOobo