sábado, enero 31, 2009

EVEN WITH THEE

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Edgar Allan Poe (daguerotipo postmortem) 1839

El 19 de enero se cumplieron 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe.
Poco tengo que agregar a lo que se ha dicho del autor de El Cuervo. Lo cierto es que la literatura moderna (desde el relato corto a la novela de géneros), no seria lo mismo sin sus inmensas aportaciones.
Alrededor de la vida -y la muerte-, de Poe existen las más aventuradas suposiciones. Hijo de actores, Huérfano temprano, genio precoz, alcoholico, fumador de opio, asesino de jovencitas, reformador de la novela gótica, narrador universal, fundador del relato corto, creador de los generos policiacos y de ciencia ficción, etcétera, etcétera.
Edgar Allan Poe es, en si mismo, un personaje literario, tanto que muchos afirmaron en su momento -y aún afirman-, comprender su escencia más profunda. Curiosamente, quien lo pudo haber conocido mejor, lejos de todo el vituperio y la alabanza, fue Virginia Clemm, su prima y esposa. Even With Thee, el poema q
ue acompaña este post, es la única obra que se conoce de Virginia y la que, quizá, refleja con más intimidad a ese hombre -que no personaje-, tan complejo, sufriente y dolorosamente vivo como lo fue Edgar Allan. En el, no habla el experto, historiador, ni el maravillado literato, ni el autonombrado juez de la moral; habla una mujer a su amado.
Y recordar tales palabras es, quizá, el mejor homenaje que le podemos hacer a Poe.
Gracias, maestro.

Omar Delgado
2009




jueves, enero 22, 2009

HOLOCAUSTOS

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Holocausto (1945)

I



Holokauston. Es un término en griego clásico cuya traducción más cercana sería “Todo quemado”. Se refería Era un antiguo ritual judío en donde se entregaba un cordero a las llamas para honrar al altísimo. Se quemaba al animal para separar la materia –propia del mundo y sus falacias-, de su sustancia espiritual, la cual era absorbida por la divinidad.

En general, en todas las religiones, el fuego es el gran purificador. Generalmente los fines de ciclo, edad, eón o sol eran cerraros con el broche de oro de una inundación, una ventisca cósmica o de una lluvia de fuego, siendo este último el reservado para las eras más infaustas y para las humanidades que más profundamente se habían hundido en el vicio. También se le consideraba a este elemento el vehículo de lo divino. Moisés recibió las instrucciones de liberar a su pueblo del yugo egipcio a través de un matorral envuelto en llamas incombustibles —faltaba mucho para el e-mail y las blackberries—. Ese mismo patriarca recibió la ayuda de una columna de fuego que contuvo a los ejércitos de Faraón mientras él abría una brecha a través de las aguas del mar rojo.

Holocausto, en su acepción moderna, también se entiende como el exterminio sistemático de un pueblo por otro más poderoso ya sea por medios bélicos y directos —misiles, balas, tanques, morteros, granadas, campos de exterminio—, o por métodos indirectos —bloqueos económicos, sanciones unilaterales, ghettos, restricciones de ayuda humanitaria—. Este término es utilizado históricamente desde el siglo XII, pues se menciona en el marco de la conmemoración del ascenso al trono de Ricardo Corazón de León. En apariencia este rey, que tan heroico aparece en las historias de Robin Hood, ordenó un exterminio sistemático de judíos en la vieja Bretaña. Quizá por eso —por la antigüedad del término, por lo macabramente constante de su uso—, es que muchos piensan que los holocaustos se perpetúan exclusivamente en contra de los hijos de Sión; tal vez por ello, muchos —judíos y simpatizantes—, consideran herético hablar de otros holocaustos. El exterminio de los Armenios por parte de los Turcos a principios del siglo XX; el de los Tutsis por parte de los Humus en la década de 1990; las cazas de esclavos del África central por parte de ingleses y portugueses, el despoblamiento de la América indígena perpetuado por los españoles durante los siglos XVI y XVII fueron simples matanzas; infamias chiquitas. Holocausto, lo que se dice Holocausto, sólo el judío.




II


Es imposible no sentir simpatía por ellos.
Son indudables sus aportes a esta humanidad. Es apabullante la superabundancia de genios —desde Miguel de Cervantes hasta Albert Einstein, pasando por Franz Kafka y Sigmund Freud—, que se han gestado bajo el ala de la cultura judía. Muchos de los adelantos, mejoras e ideas que disfrutamos en el mundo actual se le ocurrieron por primera vez a algún miembro de este pueblo. Quizá esto se debe a lo que menciona Stefan Zweig en su autobiografía acerca de que, para su pueblo, los logros del espíritu ocupan un lugar primordial. Es conmovedora la devoción que le profesan al arte y a la ciencia, el amor que le tienen a la razón y al argumento. Para ellos, el acto de alabanza al creador radica en pensar y no en creer a ciegas. Es la inteligencia, y no la fe, la que consideran la virtud cardinal. Muestra de ello es que, hasta donde sé, en hebreo, las acciones de “amar” y “aprender”, se amalgaman en un solo verbo.
Gran parte de la configuración actual de occidente —en especial, su vertiente anglosajona—, está inspirada en el pueblo que escribió el Antiguo Testamento. En nuestros referentes culturales el rey David comparte mesa con Edipo, Circe le enseña el arte de la seducción a Dalila (y esta se las bonifica con lecciones de peluquería), mientras Isaac espera el cuchillo de sacrificio tomado de la mano de Ifigenia.
De igual manera, es muy difícil no sentir una profunda empatía hacia su sufrimiento histórico: las purgas de la Edad Media, cuando se les consideraba culpables de la peste negra; la matanza de Praga en el siglo XIII; las infamias de la Santa Inquisición y su expulsión de la naciente España; los horrores de los campos de exterminio y las llamas de los hornos. Las listas de la Rusia estalinista; los muertos de Munich y demás horrores.
Sin embargo, quizá por ello mismo, porque no se puede ser selectivo en la piedad, es imposible cerrar los ojos hacia ese otro holocausto: el de Gaza y Cisjordania, el de las bombas de racimo, el uranio empobrecido, el fósforo y los misiles de altísimo IQ y pobrísima misericordia, hacia los inocentes triturados por los tanques israelitas, hacia las escuelas bombardeadas por pilotos nacidos en Tel Aviv que viven sus matanzas como en un playstation. Quizá por eso es impensable no sentir repugnancia hacia las excusas que esgrimen los perpetuadotes de tal masacre: que los muertos —incluso los recién nacidos—, son escudos humanos, que los miembros de Hamas se esconden en las escuelas y en los hospitales, que los inocentes deben de tener, siempre una cartulina en alto, escrita en correcto hebreo, explicando su condición de no- terrorista.
Adolfo estaría orgulloso.



III


Aquí conviene hacer una distinción radical.
El pueblo judío no es igual a la nación de Israel. Son dos conjuntos que, si bien tienen área en común, de ninguna manera están superpuestos. El gobierno Israelí, como el de cualquier país, es una estructura de poder que crece y se mantiene por el poder mismo. En sus entrañas existen hombres y mujeres dispuestos a defender y acrecentar una serie de privilegios de los que creen ser usufructuarios —de clase, de raza, de casta—. Muchas veces estas prebendas ni siquiera son compartidas —ni aceptadas—, por la mayoría de la población de Israel; mucho menos por la totalidad del pueblo judío, que habita a lo largo y ancho del orbe.
Incluso, se podría medir a la nación israelita con los mismos parámetros con los que se mide el comportamiento humano. Israel es un estado psicópata, cuyo maltrato en la infancia le hizo crear una absoluta falta de empatía hacia el resto del mundo. Sólo yo he sufrido, parece decir el sionismo. Sólo son ciertos los horrores de Auschwitz y Dachau, no los de Gaza ni los de Líbano. Ténganme pena, parece decir. He sufrido demasiado y ahora me toca repartir un poco del terror con el que me han inoculado. Estado mitómano en donde se viola al lenguaje, en donde se escribe “daño colateral”, en donde debe ir “baja civil”; en donde se dice “escudo humano”, donde debe referirse “niño de siete años”; donde se habla de un “escondite de terroristas”, donde lo que hay es un “hospital”.
Al igual que un asesino en serie, Israel no asume la culpa de sus crímenes. Maneja el argumento de que la víctima es culpable de su suerte. Un niño de seis meses destripado por una bomba es un tonto al dejarse usar como escudo humano; un refugio bombardeado debió de haber tenido algo que lo identificara (Por supuesto, la cruz roja no era suficiente); una niña partida en dos por un mortero debió pensarlo dos veces antes de pertenecer a un pueblo en donde se gestan organizaciones terroristas.
Dicha nación justifica sus crímenes por medio del argumento —más bien, delirio—, de un Dios que le exige matanzas. El dios que ellos dicen escuchar no se incomoda por la crueldad —muy por el contrario, en ocasiones la exige—, sino por la desobediencia. Es un dios que gusta de ver pueblos devastados y multitudes degolladas, uno que se indigna cuando alguno de sus suscritos muestra piedad —Saúl, el primer rey de las siete tribus, bien lo puede constatar—, un Dios cuya voz se parece demasiado a la que escuchaba David Berkowitz antes de salir a tirotear ciudadanos.



IV


Por eso, para mi, el judío verdadero no es Ariel Sharon, ni mucho menos Ehud Olmert. Para mi es Sandro Cohen, mi entrañable amigo y maestro de hablar gentil y pensamiento claro. Fue el quien me enseño que judío no era, ni por asomo, un insulto; simplemente, un gentilicio. También es Edna Bronstein, la frágil dama cuya entereza —la misma que caracteriza a su pueblo—, ha sido suficiente para vencer tres veces al cáncer. Es ella, la de palabras chiquitas —no por ello menos contundentes—, la que me mostró que se puede amar a Israel y condenar sus atrocidades al mismo tiempo. Para mi son judíos tantos y tantos genios, tantos y tantos hombres y mujeres justos que se horrorizan ante la injusticia, tantos y tantos que condenan los holocaustos del mundo, sin importar que sea su propia gente —o personas que dicen serlo—, quien los perpetúe.
Es por ello que, para mí, los que ahora masacran palestinos, no son judíos.
Son simple y llanamente, asesinos.
Paz.



V


Leo en las noticias que los ejércitos de Israel ya salieron de Gaza.
Curioso… Ya antes se había puesto nombre a ese tipo de incursión armada: BLIETZCRIEG.

Omar Delgado

2009

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Holocausto (2008-2009)


Omar Delgado

2009

jueves, enero 15, 2009

DE REGRESO A LA ISLA




Ricardo Montalbán

(1920-2008)


Recuerdo cuando era niño y mi familia se congregaba en la sala de la abuela para ver el programa de "La isla de la fantasía".
Me aterrorizaba.
Un lugar de ese tipo, tan de sueño, con anfitriones tan elegantes y atentos, no podía ser -para mi mente infantil, cultuvada en pesadillas por una matrona cristera-, otro que el infierno. El buen señor Roarke (Montalbán), me parecía un taimado Mefistófeles mientras que Tatoo -encarnado por el actor francés Hervé Villechaize-, era en realidad un pequeño trasgo en frac que seguramente se cebaba con las carnes los incautos visitantes una vez que caían los créditos finales.
Luego, con los años, me di cuenta de que el demonio es, en realidad, aún más refinado.
"La isla de la fantasía", de sólo 14 capítulos, tenía el encanto inocentón de las series de su tiempo. sus tramas eran sencillas y repetitivas -variaban sólo en la medida en que variaban los deseos de los visitantes-, y sus personajes principales jamás sufrian progresión o proceso evolutivo alguno, eran los mismos en el primer y en el último capítulo de la serie. Todo el atractivo de La isla... recaía en el carisma de Montalbán, maduro latin lover de sonrisa topical, y en las gracias de Villechaize y en su archiconocido grito al anunciar el arribo de nuevos visitantes: El avión, jefe, el avión.
Ahora, Ricardo Montalbán se ha despedido de este (in)mundo. Seguramente, en el momento el que escribo estas líneas, va arribando a algún inframundo isleño mientras el ilustrisimo Tatoo -quien se le adelantó, incrustándose una dosis letal de plomo en el cráneo alla por 1993-, lo anuncia desde la torre vigía. Es de esperar que el chaparrito Hervé, tan sufriente en vida, haya encontrado en el otro mundo alguna cura para su desesperación.
De no ser así, por lo menos ya no está solo.
Buena estancia, don Ricardo.
Omar Delgado
2009

sábado, enero 03, 2009

LA ERA DE SCROOGE



Cuando Charles Dickens escribió en aquel invierno de 1843 su famoso Villancico de Navidad (A Christmas Carol, traducido casi siempre “Un cuento de navidad”), seguramente no se imaginaba que le estaba regalando al mundo (Por lo menos al occidental), uno de sus estereotipos más entrañables: Ebenezer Scrooge, el anciano avaro y usurero por definición, ese capaz de abandonarse a la más absoluta de las soledades con tal de seguir acumulando riquezas y cosas, ese que, sin embargo, puede ser redimido.
Cualquier psicólogo de medio pelo podría leer en Ebenezer una personalidad anal acumulativa producto de un tremendo sentimiento de indefensión interior. El apergaminado Scrooge junta moneda sobre moneda tratando de conjurar al demonio de la escasez y del hambre, mismos que –según la novela-, vivió durante su infancia; pero, sobre todo, el avaro acumula para tratar de llenar los huecos emocionales que una vida infeliz le cavaron en el alma, tratando de resanar con oro su maltrecho espíritu, intentando alcanzar una unidad interna imposible de comprar.
Recordemos que, acorde a la historia del Villancico… el entrañable cuentachiles logra su redención durante la víspera de navidad por la obra de cuatro espectros: el de Marley, su antiguo socio, y los de las navidades pasadas, presentes y futuras. Dichos seres de ultratumba le muestran tanto sus orígenes como niño solitario y joven ayudante de notario, como las consecuencias de su proceder a corto y a largo plazo. Así, Scrooge puede tomar conciencia de las resonancias de sus actos para así corregirlas y cambiar su destino. Del anciano codicioso y workaholic que era transmutó hacia un apreciado y querido benefactor capaz de arrancar de las manos de la muerte al enfermo Tiny Tim y de llevar adondequiera que fuera ese calorcillo que sólo emana de las gentes bondadosas.

Por desgracia, su ejemplo ha sido desatendido.

Asistimos a la era de Scrooge, al tiempo de los hombres sin tiempo y sin entraña. Por donde nos volvamos, nos encontraremos con individuos e individuas –por supuesto que también hay she-scrooges-, de mirada predadora, manos temblorosas y labios endurecidos de avidéz. Esas personas son las que se quedan hasta las once o doce de la noche su trabajo sólo para presentarse nuevamente no bien pasadas las ocho de la mañana. Son esas personas las que atormentan a los incontables Bob Cratchits del mundo, las que matan con su indiferencia a los Tiny Tims que duermen en las calles. Son las que piensan que una flatscreen de 200 pulgadas, un BMW y un condominio en la Colonia Condesa[1] son parte indispensable de cualquier felicidad. (Navideña o no)

Pensemos también en esos otros herederos de Ebenezer, aquellos que construyeron el sistema financiero mundial. Esos mismos hombres que conformaron la maquinaria mercantil británica del siglo XIX, esos mismos que, mudados al otro lado del Atlántico, fundaron Wall Street para abalanzarse sobre los recursos naturales del mundo. Ellos fueron los que depredaron el petróleo, los que desmembraron la América Latina, África y Asia para poderlas despojar con más facilidad de sus riquezas. Esos herederos de Scrooge fueron los mismos que aplaudieron el auge del nazismo y la segunda guerra mundial; son también los mismos que signaron en consenso de Washington en los ochentas, los que apoyaron a Augusto Pinochet, a Margaret Tatcher, a Ronald Reagan y a otros protectores del libre mercado. Son ellos los mismos que aplaudieron la caída del muro de Berlín, los mismos que realizaron el fraude de Enron (y el de las Afores, y el del Fobaproa mexicano, y el del corralito Argentino, y…), y son los mismos que se enviciaron con los créditos subprime y que ahora tienen al mundo suspendido sobre el acantilado.

Ahora más que nunca, hacen falta esos fantasmas, ese Jacob Marley que les muestre lo banal de sus esfuerzos de acumular dinero. Hoy son indispensables esos espectros de las navidades que les muestren su propio pasado y que los confronten con su destino. Quizá es que tales espectros ya se jubilaron, quizá, como dicen algunos alucinados de lo paranormal, las radiaciones de los teléfonos celulares les impiden manifestarse. Lo cierto es que sería muy agradecible que se presentaran cualquier día de esos –no es necesario que sea en navidad-, para echar una platicadita con los hombres de negocios que -para nuestra desgracia-, mueven al mundo.

Millones se lo agradeceríamos.

Omar Delgado
2009


[1] Barrio de la ciudad de México para personas de alto nivel adquisitivo y ambiente bohemio. Podríamos afirmar que es la versión nativa del SOHO Neoyorquino.