jueves, enero 22, 2009

HOLOCAUSTOS

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Holocausto (1945)

I



Holokauston. Es un término en griego clásico cuya traducción más cercana sería “Todo quemado”. Se refería Era un antiguo ritual judío en donde se entregaba un cordero a las llamas para honrar al altísimo. Se quemaba al animal para separar la materia –propia del mundo y sus falacias-, de su sustancia espiritual, la cual era absorbida por la divinidad.

En general, en todas las religiones, el fuego es el gran purificador. Generalmente los fines de ciclo, edad, eón o sol eran cerraros con el broche de oro de una inundación, una ventisca cósmica o de una lluvia de fuego, siendo este último el reservado para las eras más infaustas y para las humanidades que más profundamente se habían hundido en el vicio. También se le consideraba a este elemento el vehículo de lo divino. Moisés recibió las instrucciones de liberar a su pueblo del yugo egipcio a través de un matorral envuelto en llamas incombustibles —faltaba mucho para el e-mail y las blackberries—. Ese mismo patriarca recibió la ayuda de una columna de fuego que contuvo a los ejércitos de Faraón mientras él abría una brecha a través de las aguas del mar rojo.

Holocausto, en su acepción moderna, también se entiende como el exterminio sistemático de un pueblo por otro más poderoso ya sea por medios bélicos y directos —misiles, balas, tanques, morteros, granadas, campos de exterminio—, o por métodos indirectos —bloqueos económicos, sanciones unilaterales, ghettos, restricciones de ayuda humanitaria—. Este término es utilizado históricamente desde el siglo XII, pues se menciona en el marco de la conmemoración del ascenso al trono de Ricardo Corazón de León. En apariencia este rey, que tan heroico aparece en las historias de Robin Hood, ordenó un exterminio sistemático de judíos en la vieja Bretaña. Quizá por eso —por la antigüedad del término, por lo macabramente constante de su uso—, es que muchos piensan que los holocaustos se perpetúan exclusivamente en contra de los hijos de Sión; tal vez por ello, muchos —judíos y simpatizantes—, consideran herético hablar de otros holocaustos. El exterminio de los Armenios por parte de los Turcos a principios del siglo XX; el de los Tutsis por parte de los Humus en la década de 1990; las cazas de esclavos del África central por parte de ingleses y portugueses, el despoblamiento de la América indígena perpetuado por los españoles durante los siglos XVI y XVII fueron simples matanzas; infamias chiquitas. Holocausto, lo que se dice Holocausto, sólo el judío.




II


Es imposible no sentir simpatía por ellos.
Son indudables sus aportes a esta humanidad. Es apabullante la superabundancia de genios —desde Miguel de Cervantes hasta Albert Einstein, pasando por Franz Kafka y Sigmund Freud—, que se han gestado bajo el ala de la cultura judía. Muchos de los adelantos, mejoras e ideas que disfrutamos en el mundo actual se le ocurrieron por primera vez a algún miembro de este pueblo. Quizá esto se debe a lo que menciona Stefan Zweig en su autobiografía acerca de que, para su pueblo, los logros del espíritu ocupan un lugar primordial. Es conmovedora la devoción que le profesan al arte y a la ciencia, el amor que le tienen a la razón y al argumento. Para ellos, el acto de alabanza al creador radica en pensar y no en creer a ciegas. Es la inteligencia, y no la fe, la que consideran la virtud cardinal. Muestra de ello es que, hasta donde sé, en hebreo, las acciones de “amar” y “aprender”, se amalgaman en un solo verbo.
Gran parte de la configuración actual de occidente —en especial, su vertiente anglosajona—, está inspirada en el pueblo que escribió el Antiguo Testamento. En nuestros referentes culturales el rey David comparte mesa con Edipo, Circe le enseña el arte de la seducción a Dalila (y esta se las bonifica con lecciones de peluquería), mientras Isaac espera el cuchillo de sacrificio tomado de la mano de Ifigenia.
De igual manera, es muy difícil no sentir una profunda empatía hacia su sufrimiento histórico: las purgas de la Edad Media, cuando se les consideraba culpables de la peste negra; la matanza de Praga en el siglo XIII; las infamias de la Santa Inquisición y su expulsión de la naciente España; los horrores de los campos de exterminio y las llamas de los hornos. Las listas de la Rusia estalinista; los muertos de Munich y demás horrores.
Sin embargo, quizá por ello mismo, porque no se puede ser selectivo en la piedad, es imposible cerrar los ojos hacia ese otro holocausto: el de Gaza y Cisjordania, el de las bombas de racimo, el uranio empobrecido, el fósforo y los misiles de altísimo IQ y pobrísima misericordia, hacia los inocentes triturados por los tanques israelitas, hacia las escuelas bombardeadas por pilotos nacidos en Tel Aviv que viven sus matanzas como en un playstation. Quizá por eso es impensable no sentir repugnancia hacia las excusas que esgrimen los perpetuadotes de tal masacre: que los muertos —incluso los recién nacidos—, son escudos humanos, que los miembros de Hamas se esconden en las escuelas y en los hospitales, que los inocentes deben de tener, siempre una cartulina en alto, escrita en correcto hebreo, explicando su condición de no- terrorista.
Adolfo estaría orgulloso.



III


Aquí conviene hacer una distinción radical.
El pueblo judío no es igual a la nación de Israel. Son dos conjuntos que, si bien tienen área en común, de ninguna manera están superpuestos. El gobierno Israelí, como el de cualquier país, es una estructura de poder que crece y se mantiene por el poder mismo. En sus entrañas existen hombres y mujeres dispuestos a defender y acrecentar una serie de privilegios de los que creen ser usufructuarios —de clase, de raza, de casta—. Muchas veces estas prebendas ni siquiera son compartidas —ni aceptadas—, por la mayoría de la población de Israel; mucho menos por la totalidad del pueblo judío, que habita a lo largo y ancho del orbe.
Incluso, se podría medir a la nación israelita con los mismos parámetros con los que se mide el comportamiento humano. Israel es un estado psicópata, cuyo maltrato en la infancia le hizo crear una absoluta falta de empatía hacia el resto del mundo. Sólo yo he sufrido, parece decir el sionismo. Sólo son ciertos los horrores de Auschwitz y Dachau, no los de Gaza ni los de Líbano. Ténganme pena, parece decir. He sufrido demasiado y ahora me toca repartir un poco del terror con el que me han inoculado. Estado mitómano en donde se viola al lenguaje, en donde se escribe “daño colateral”, en donde debe ir “baja civil”; en donde se dice “escudo humano”, donde debe referirse “niño de siete años”; donde se habla de un “escondite de terroristas”, donde lo que hay es un “hospital”.
Al igual que un asesino en serie, Israel no asume la culpa de sus crímenes. Maneja el argumento de que la víctima es culpable de su suerte. Un niño de seis meses destripado por una bomba es un tonto al dejarse usar como escudo humano; un refugio bombardeado debió de haber tenido algo que lo identificara (Por supuesto, la cruz roja no era suficiente); una niña partida en dos por un mortero debió pensarlo dos veces antes de pertenecer a un pueblo en donde se gestan organizaciones terroristas.
Dicha nación justifica sus crímenes por medio del argumento —más bien, delirio—, de un Dios que le exige matanzas. El dios que ellos dicen escuchar no se incomoda por la crueldad —muy por el contrario, en ocasiones la exige—, sino por la desobediencia. Es un dios que gusta de ver pueblos devastados y multitudes degolladas, uno que se indigna cuando alguno de sus suscritos muestra piedad —Saúl, el primer rey de las siete tribus, bien lo puede constatar—, un Dios cuya voz se parece demasiado a la que escuchaba David Berkowitz antes de salir a tirotear ciudadanos.



IV


Por eso, para mi, el judío verdadero no es Ariel Sharon, ni mucho menos Ehud Olmert. Para mi es Sandro Cohen, mi entrañable amigo y maestro de hablar gentil y pensamiento claro. Fue el quien me enseño que judío no era, ni por asomo, un insulto; simplemente, un gentilicio. También es Edna Bronstein, la frágil dama cuya entereza —la misma que caracteriza a su pueblo—, ha sido suficiente para vencer tres veces al cáncer. Es ella, la de palabras chiquitas —no por ello menos contundentes—, la que me mostró que se puede amar a Israel y condenar sus atrocidades al mismo tiempo. Para mi son judíos tantos y tantos genios, tantos y tantos hombres y mujeres justos que se horrorizan ante la injusticia, tantos y tantos que condenan los holocaustos del mundo, sin importar que sea su propia gente —o personas que dicen serlo—, quien los perpetúe.
Es por ello que, para mí, los que ahora masacran palestinos, no son judíos.
Son simple y llanamente, asesinos.
Paz.



V


Leo en las noticias que los ejércitos de Israel ya salieron de Gaza.
Curioso… Ya antes se había puesto nombre a ese tipo de incursión armada: BLIETZCRIEG.

Omar Delgado

2009

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Holocausto (2008-2009)


Omar Delgado

2009

3 comentarios:

lully desnuda dijo...

Un tema que tratas con el don del conocimiento pero que me sensibiliza aún más.

REspiro profundo y me fortalezco. Es díficil manejar estas noticias tan terribles, tan frías.

¡Un abrazo renovador de energías cósmicas y mis mejores deseos para ti, en este 2009!

El Lobo dijo...

Lully:
Gracias por tu comentario.
Es imposible para cualquier persona con -aunque sea-, una rebanada de corazón en el pecho el no horrorizarse ante lo ocurrido en gaza.
Creo que lo principal de esto es -además de tratar de hacer lo que esté en nuestro alcance para pararlo-, el evitar que ese demonio llamado antisemitismo despierte. Hay que recalcar, y sobrayar, y volver a decir cuantas veces sea necesario-, que el gobierno de Tel Aviv -perpetuador de esta masacre-, ni representa ni actua en nombre de TODOS los judíos.
Ellos son más grandes que eso.

Paz y mucho calor -de todos los tipos-, para tí en este año que comienza.
Lobo

Anónimo dijo...

No he podido localizar el artículo exacto, ni un email que lo víncule a uds, por lo que le escribo aquí para comunicarle que:

Me complace comunicarle que su esbozo sobre la vida de Irma Grese forma parte del hortus memoriae dede el 4 Junio de 2008 con un idhm
(número de identificación en el HM) provisional 7181,

Para cualquier consulta, sugerencia, contages@hortusmemoriae.com
Para susanar errores de fecha, lugares, y/o anacronismo lapsusdata@hortusmemoriae.com

Atentamente:

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