sábado, agosto 06, 2005

A sesenta años del puño de sol





Ha corrido mucha tinta estos días acerca de el bombardeo de la ciudad nipona de Hiroshima, la cual este día cumple sesenta años de haber sido vaporizada.
Este hecho se toma como el término de la segunda guerra mundial, lo cual dista mucho de ser verdad: la guerra había terminado hacía mucho. En aquel 1945 Alemania ya estaba derrotada, Hitler muerto y el Duce Mussolini linchado; Japón estaba diezmado, sin ejercito y ya no representaba ninguna amenaza, es más, biscaba la rendición. Entonces... ¿Porqué el presidente de los Estados Unidos ordenó el ataque? La respuesta es tan simple como espantosa: porqué quería demostrar lo que podía hacer.
Hiroshima es una palabra que nos suena lejana, exótica. Nos remite a piedras ennegrecidas, a edificios colapsados, asfalto cristalizado y olor a quemado, pero no remite de inmediato a las más 200 000 personas que murieron ahí. Hiroshima suena a alguna bestia prehistórica tipo Godzilla a la que era necesario carbonizar con una bomba atómica, no como a los seres humanos que fueron borrados en ella, como a las generaciones enteras, a la humanidad que fue borrada en segundos, en aquella tórrida mañana japonesa.
¿Porqué se dice el nombre de la ciudad como algo ajeno, no humano? ¿Porqué no estremece, no mueve a las lágrimas, como lo hacen otros nombres de lo abominable , como Guernica, como Auschwitz? Tal vez porque en el caso de la primera estuvo Picasso y no nos dejó olvidarlo. Tal vez porqué en la segunda hubo sobrevivientes, hubo testimonios, fotografías. En Hiroshima no hubo sobrevivientes, no hubo nadie que diera fe del fuego que estalló en el cielo; del golpe de calor, tan parecido a un puño del sol; del cómo fue ser reducido a polvo en cuestión de milésimas de segundo.
Tal vez sea porqué los verdugos de Hiroshima fueron los ganadores de aquella guerra. Tal vez por que ahora son el pueblo que cree dirigir al mundo entero. Tal vez por que al resto de la humanidad nos apena aceptar que no pudimos juzgar a los carniceros de Hiroshima, y peor aún, los hemos aceptado como dueños del mundo.
Tal vez sea porque esa clase de crímenes nos son ya, incluso, tediosos.
Omar Delgado. 2005

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