lunes, agosto 31, 2009

DE ULISES A MALVERDE

Génesis y desarrollo de la figura heroica



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Superman


El Héroe. Ha sido el gran protagonista de las narraciones humanas desde que los primeros storytellers pudieron elaborar una historia para ser evocada alrededor del fuego. En general, el héroe narrativo como lo conocemos nació, más que como un personaje real, como una alegoría de la virtud, como la encarnación del ideal ético de una sociedad. Un grupo humano podía aprender, a través de la narración de sus andanzas, las conductas positivas y deseadas, contrapuestas a aquellas dañinas al bienestar común. En general, el héroe puede definirse como aquel […] Quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia”[1]



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Gilgamesh


El Reino de la aventura

Mircea Eliade establece en su obra, El mito del Eterno Retorno, que todas las culturas de la humanidad establecen la existencia de dos dimensiones temporales distintas: por un lado, existe el tiempo en donde se llevan a cabo las acciones cotidianas. Así pues, cualquier actividad humana, desde la cosecha de trigo hasta la construcción de catedrales, son efectuadas en el Tiempo Profano, que es lineal y medible en calendarios. Por otro lado, las acciones de los dioses y los héroes se ejecutan en el Tiempo Sagrado, de carácter cíclico, y que revive cada vez que los mitos fundacionales son recreados en un acto religioso. Cada vez que los griegos antiguos llevaban a cabo una bacanal, Dionisos volvía a ser destrozado por los titanes; cada vez que un sacerdote católico realiza la eucaristía, vuelve a transmutar el pan en carne y el vino en sangre, tal y como ―para la grey cristiana―, ocurrió en la última cena. El tiempo sagrado se repite una y otra vez, y en cada una de ellas, vuelve a evocar la fuerza creacional del origen.

Esta disrupción de la realidad, consecuencia de la inserción del tiempo sagrado en el profano, tiene eco en las andanzas del héroe, pues estas también se dan en un tiempo y un espacio particulares, distintos a la cotidianeidad en la que se encuentra sumergido el hombre común. Esa realidad, donde Heracles, Amadis de Gaula, Guillermo Tell y Dick Tracy encaran a las fuerzas de lo maligno es llamada por Fernando Savater, el Reino de la Aventura, el cual tiene las siguientes características:

a) Esta conformado por un tiempo lleno, frente al tiempo vacío e intercambiable de la rutina. En el momento en que la cotidianeidad es interrumpida, el mundo es posesionado por el tiempo cíclico. Todo vuelve a ser como el In Illo Tempore primordial. El héroe entonces será el agente que, por medio de sus hazañas, restablecerá la continuidad del cosmos.

b) En el Reino de la Aventura, las garantías de la realidad quedan abolidas. Todas las leyes, tanto naturales como humanas, quedan suspendidas en cuanto el tiempo sagrado irrumpe en la dimensión profana. Es el momento de los milagros y los maleficios, de la fuerzas de la naturaleza en su estado más primigenio y feroz. Aquí el héroe puede encontrar su perdición, pero también, si con su virtud logra vencer a las fuerzas de la oscuridad, la inmortalidad.

c) En la aventura la muerte siempre está presente. Ninguna hazaña tendría verdadero mérito si el entorno en que se lleva a cabo no es auténticamente hostil. El héroe debe de confrontarse con la muerte para, en caso de salir victorioso, salir inmunizado de ella.



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Odiseo

Nada ejemplifica mejor esto que la dicotomía Troya/Ítaca. Para Odiseo, lo cotidiano, apacible y seguro lo representa su reino, Ítaca, su palacio y los brazos de su amada Penélope. Sin embargo, será en el largo trayecto que lo llevará a Ilión ―y, sobre todo, en su accidentado regreso a casa, tan lleno de cíclopes, hechiceras y mares furiosos―, en donde probará su condición de héroe. Son las penurias que vive en el Reino de la Aventura las que lo harán inmortal.

La evolución de Ulises. Del héroe épico al literario

Si bien el héroe como protagonista de las grandes narrativas no ha desaparecido, si ha evolucionado y se ha vuelto más complejo. El héroe épico, a la manera de Aquiles, Gilgamesh o Roldán, tuvo su origen en la narrativa oral ―aunque luego, sus hazañas fueran registradas por escrito―, y tal procedencia le da unas características muy particulares: poca profundidad psicológica, estándares morales dualistas —bueno o malo, sin etapas intermedias—, y pautas de conductas previsibles. En este tipo de personaje la introspección es prácticamente inexistente. Es unidimensional.



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Lancelot


Por otro lado, el héroe literario, tal como el Quijote de la Mancha, Gargantúa o Naná, presenta una personalidad mucho más compleja. Su actuar ya no es intachable y su moralidad es ambigua; sus actos comienzan a ser imprevisibles y su introspección en él es acusada y profunda, lo cual permite que exista un contraste entre lo que piensa y lo que hace. En resumen, es multidimensional.

Esta diferencia tan radical entre el héroe épico y el literario sólo puede explicarse a partir de la generalización de la palabra escrita en detrimento de la narrativa oral. Walter Ong, en su obra, Oralidad y Escritura, postula la tesis de que el protagonista de los mitos ―el héroe―, evolucionó y se complejizó gracias a la invención de la escritura. En las culturas primigenias, donde no se tenía un sistema de escritura, el conocimiento era almacenado en la memoria humana. Este saber se expresaba por medio de alegorías y se estructuraba a través de la narración. Serían los bardos, los rapsodas y los cantores los que conservarían el conocimiento en sus mentes y lo transmitirían a otros.

Como bien lo menciona Ong, “[...] En una cultura oral, la restricción de las palabras al sonido determina no sólo los modos de expresión sino también los procesos del pensamiento. Uno sabe lo que puede recordar”[2]. De manera evidente, fue necesario que los miembros de una cultura oral adoptaran ciertas pautas mnemotécnicas para potenciar su capacidad de retención. Así pues, a las narraciones conservadas por la mente humana se le tuvieron que agregar mecanismos que facilitaran su almacenaje y posterior evocación: repeticiones, aliteraciones, exceso de epítetos, uso de rimas asonantes, incorporación de lugares y referencias comunes ―tales como refranes, frases hechas y referencias del tipo “La gran estancia”, “El campo de batalla”, “La sala del trono” ―. Estas técnicas de soporte a la memoria cumplían su cometido, pero, al mismo tiempo, limitaban la complejidad de lo narrado. Es por eso que, en las narraciones orales, se presentan esquemas conductuales básicos: el héroe es bueno y virtuoso; el antagonista, maléfico y lleno de vicios. La narrativa oral, puesto que implica un gasto importante de recursos mentales en su almacenamiento, también limita el procesamiento racional necesario para dotar a sus protagonistas de profundidad psicológica.

Es por eso que el auge de la escritura como tecnología para almacenar el conocimiento modificó tanto las mecánicas de la narrativa como la estructura de sus protagonistas. El texto escrito, al representar conocimiento almacenado en un elemento externo al ser humano, permitió el suficiente alejamiento emocional para permitir la reflexión sobre el mismo. Si en las narrativas orales los personajes esquemáticos y la ausencia de introspección eran necesarios para que el trovador, bardo o storyteller pudiera recordar y evocar la narración, con el texto escrito era posible reflexionar sobre la complejidad moral del ser humano. Como lo señala Ong:

“A medida que la escritura y finalmente la imprenta modifican de manera gradual las antiguas estructuras intelectuales orales, la narración se basa cada vez menos en las grandes figuras hasta que, unos tres siglos después de la invención de la imprenta, puede fluir fácilmente en el mundo vital humano ordinario que caracteriza a la novela. Aquí, en lugar del héroe con el tiempo encontramos incluso al antihéroe.” [3]



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Don Quijote de la Mancha

El ingenioso hidalgo, en su condición de antitesis del héroe épico, el ambivalente Vautrin de Balzac o el perverso ―aunque entendible―, conde Drácula hubieran sido impensables en la narrativa oral.


El héroe social

La diferencia entre el héroe épico y el literario es, como ya se expuso, la profundidad con la que se le trata a partir del auge de la escritura. Curiosamente, hay un tipo de figura heroica que bebe de ambas fuentes y que puede evolucionar hacia cualquiera de ellas: el héroe social.

Si, como afirma Savater, la figura heroica es la encarnación de un ideal ético, se puede afirmar que, más que reflejar la condición humana, trata de alejarse de ella. El héroe es un ente suprahumano por el hecho que encarna el corpus de valores deseables de una comunidad y es ejecutor de todas las conductas socialmente loables.

Muchas veces, en un grupo humano, estas conductas alentadas socialmente son respaldadas por un sistema legal que las premia al tiempo que castiga las conductas opuestas —los vicios, los delitos—. Sin embargo, a veces ocurre que el corpus de valores es distinto, incluso contrapuesto, al sistema legal que rige a un grupo humano. Cuando las leyes son emitidas para proteger, no al conjunto o a la mayoría de una población, sino a un segmento minoritario de la misma, los valores sociales se dislocan del sistema legal. Los miembros de la comunidad que vive bajo un régimen de esta categoría se consideran víctimas de un sistema injusto y es entonces cuando la rebeldía adquiere condición de virtud.



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Francisco Villa (Doroteo Arango)

Esta situación ocurre en comunidades muy estratificadas: la casta superior, dueña de los medios económicos y de los instrumentos de represión —ejércitos, policías, tecnologías bélicas—, le impone al resto de la comunidad un marco legal favorable sólo a sus intereses. El segmento mayoritario de la población percibe tales leyes como ajenas y, por lo mismo, no se siente en la obligación de acatarlas. En estos casos, cualquier miembro de la casta sometida que se rebele contra el poder se convierte en una figura admirada, se transmuta en un héroe social.

El antropólogo británico Eric Hobsbawm clasifica a este tipo de personajes como bandoleros sociales y sitúa su origen en las sociedades preindustriales en donde el campesinado es un factor de peso. Dicha figura es apreciada por sus pares debido a que ejecuta sus acciones fuera de la ley, pero dentro de los estándares éticos de la comunidad a la que pertenece. Por lo mismo, afirma que:

[…] Lo esencial de los bandoleros sociales es que son campesinos, fuera de la ley, a los que el señor y el estado consideran criminales, pero que permanecen dentro de la sociedad campesina y son considerados por su gente como héroes, paladines, vengadores, luchadores por la justicia, a veces incluso líderes de la liberación, y en cualquier caso, como personas a las que admirar, ayudar y apoyar.”[4]

Hobsbawm acota el surgimiento de este tipo de personajes a las sociedades rurales, quizá pensando en que estas son las más desprotegidas y golpeadas por marcos legales tendenciosos e injustos. Sin embargo, el héroe social —o bandido—, no suscribe únicamente a las sociedades campesinas: también los núcleos urbanos marginados son semillero de este tipo de personajes. Jesús Arriaga, conocido bandolero del México porfirista, apodado Chucho el Roto, es ejemplo puntual de ello.

La génesis de esta figura es similar en cualquier parte del mundo: un hombre común, con fama de honesto y confiable, sufre una injusticia de parte de la autoridad —le despojan de sus tierras, matan o deshonran a un miembro de su familia, le confiscan sus propiedades, etcétera—. En ese momento, el personaje agraviado decide abandonar el cobijo de la ley para pasarse a ese Reino de la Aventura que representa la ilegalidad. En ese instante se convierte en un rebelde, al cual sus pares lo verán como un vindicador de su propia clase. Esta figura, que en un principio es un personaje perfectamente real y reconocible, irá inscribiéndose en el padrón de los héroes míticos conforme pase el tiempo. Poco a poco, la conseja social lo dotará de cualidades más allá de lo humano: fuerza descomunal, don de la ubicuidad —capacidad de estar en dos lugares al mismo tiempo—, capacidad de desvanecerse en el aire o de convertirse en animal, entre otras. El personaje histórico, con el paso del tiempo, dejará su condición humana para convertirse en mito, pues, como lo subraya Mircea Eliade:

“[…] El recuerdo de un acontecimiento histórico o de un personaje auténtico no subsiste más de dos o tres siglos en la memoria popular. Esto se debe al hecho de que la memoria popular retiene difícilmente acontecimientos individuales y figuras auténticas. Funciona por medio de estructuras diferentes; categorías en lugar de acontecimientos arquetipos en lugar de personajes históricos. El personaje histórico es asimilado a su modelo mítico (héroe, etcétera), mientras que el acontecimiento se incluye en la categoría de las acciones míticas (lucha contra el monstruo, hermanos enemigos, etcétera)”[5]

Esta figura, con el paso del tiempo, puede llegar a convertirse en un símbolo de gran poder. Es probable que llegue a ser estandarte de toda una nación —Guillermo Tell para los suizos y William Wallace para los escoceses—, líder de una revolución social — Francisco Villa—, e incluso en un ente sobrenatural que vela desde el más allá por sus protegidos —el ánima de Jesús Malverde—.

En general, esta figura aparece con más frecuencia en sociedades del tipo de las que Walter Ong llama verbomotoras, las cuales, a pesar de contar con un sistema de escritura alfabético perfectamente estructurado, todavía tienen un gran componente de narrativa oral. Para estas sociedades la información se divide en dos categorías: la escrita es la información estructurada, objetiva y controlada, mientras que la que se obtiene por medios orales (consejas, chismes, manifestaciones musicales tales como el corrido), es información más íntima y veraz. La narración oral es el terreno ideal para la mitificación del héroe social. Gracias a la información que corre de boca en boca; gracias a las comadres imaginativas y a los viajeros parlanchines; gracias a los bardos, trovadores y cantantes vernáculos, el héroe social se va despojando de su humanidad para revestirse de mito.

Curiosamente, llega un momento en que el héroe social pasa de la narrativa oral a la narrativa escrita. Muchos bandoleros sociales son convertidos en personajes de ficción e inmortalizados en las páginas de los libros. Ejemplos de ello los encontramos en Los Bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, en El Zarco de Ignacio Manuel Altamirano, en las distintas versiones literarias de la leyenda del zorro —que evoluciona directamente del bandolero californiano Joaquín Murrieta—, y en la actual corriente novelística que tiene su fuente de inspiración en el mundo del narcotráfico mexicano, especialmente en obra de autores como Elmer Mendoza, Federico Campbell, Luis Humberto Crosthwaite y, en mucho menor medida, Arturo Pérez- Reverte.



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Jesús Malverde


Conclusiones

La figura heroica está presente desde los inicios de la humanidad, pues desde siempre cumplió la función didáctica de enseñar a los miembros de una comunidad las pautas conductuales aceptadas por el grupo social. Sus andanzas, ordenadas en forma narrativa, eran también la manera en que una cultura oral conservaba el conocimiento que le había costado siglos acumular.

El héroe dejó su función didáctica con la generalización de la escritura como método de almacenar conocimiento. Dejó su carácter alegórico y se volvió más profundo conforme fue posible la reflexión de la naturaleza humana a través de la palabra escrita. Del héroe épico, unidimensional y de conducta previsible, propio de las narrativas orales, se avanzó hasta el héroe literario, complejo y reflexivo, cuyo medio ambiente es el género de la novela.

Analizando la génesis del héroe social, es posible deducir que a través de la mitificación propia de las culturas orales un personaje real puede evolucionar al rango de héroe mítico y, de ahí, saltar a la esfera de lo literario. Un personaje histórico, gracias al paso del tiempo y a la idealización, va perdiendo sus características humanas para, poco a poco, convertirse en un arquetipo.



[1] SAVATER, Fernando. La Tarea del Héroe. Barcelona, 2004, DESTINO libro, p.165

[2] ONG, Walter. Oralidad y escritura, Santa Fe de Bogotá, 1987, Fondo de Cultura Económica, p.40

[3] Ibídem. p.74

[4] HOBSBAWM, Eric, Bandidos, Barcelona, 2001,Critica, p.33.

[5] ELIADE, Mircea. El mito del eterno retorno. Madrid, 2002, Alianza Editorial. p.50.




3 comentarios:

Juan Carlos Esquivel Soto dijo...

Mi estimado Disaki, ¡uqé buen ensayo acabo de leer! Felicidades.
Y acá entre nos, este ensayo me va a servir para un proyecto de narrativa que traigo en mente.
Ya se lo comenté a Gaby Valenzuela, creo que la conociste hace poco, de la UACM.

Saludos
Juan Carlos Esquivel
Encobijado del norte

El Lobo dijo...

Estimado Encobijado:
Es un placer verte por acá y más placer aún que mi escrito te haya servido para precipitar alguna buena historia.
Conozco a Gaby. Es académica -y de las más brillantes-, de la UACM. Me late mucho que andes en tratos literarios con ella.
Un abrazo
Disaki-Lobo

Anónimo dijo...

Ñu.