lunes, febrero 19, 2007

Coloquio de los perros

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Crítica a la obra más perrona de Cervantes


En Miguel de Cervantes Saavedra habitaban varias plumas. Estaba la del cronista, puntilloso y quirúrgico, que daba una visión crítica y profunda de la vida de su tiempo; la del novelista, que se atrevió a construir las estructuras más intrincadas para el quijote; la del dramaturgo, capaz de dar voz fidedigna a los personajes y recrear de manera verosímil la manera de hablar del español del siglo XVI; la del escritor de sátiras, que pudo llegar a la médula de las novelas de caballerías, especialmente el Amadís de Gaula, para así elaborar su caricatura. Todas esas plumas fueron necesarias para forjar la obra máxima del idioma español: El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Obra con la que el Manco de Lepanto se ganó su nicho (extralarge size), en las letras universales.
Menos conocidas son sus obras dramáticas y sus otros trabajos en prosa. Con respecto a los primeros, hay que decir que no tienen buena fama; en los segundos destacan sus Novelas Ejemplares, en donde incluyó el Coloquio de los perros.
El Coloquio… es una obra en prosa, planteada a manera de diálogo, que trata acerca de la plática de dos chuchos del Hospital de la Resurrección: Cipión, perro filósofo que escucha las extravagantes aventuras de su compinche el Berganza, un animal con bastante camino andado. A través de los ojos de los perros cervantinos es posible ver una estampa múltiple y colorida de la España del siglo XVI, más no la de los palacios y los nobles, sino la de los ladinos y los pícaros.
La historia comienza cuando ambos animales se dan cuenta de que tienen la capacidad de entablar un diálogo, habilidad que ellos saben exclusiva de los humanos. Después de la sorpresa inicial, Berganza tiene a bien contarle su vida, obra y milagros a Cipión. Durante la narración, ambos cuadrúpedos dan sus opiniones acerca de diversos asuntos: desde las cualidades de su especie hasta las tonterías y transas en las que cae el género humano.
La vida de un perro, según el texto, se puede medir en amos. Berganza hace un recuento de todos los señores a los que ha servido: desde los temibles carniceros de Sevilla hasta los gitanos de uña larga, pasando por los cándidos pastores de ovejas o los astutos defraudadores que resultan el alguacil y el escribano, quienes utilizan a sus propias mujeres para engatusar marineros Bretones.
En general, el coloquio se realiza de Berganza a Cipión. El primero se la pasa contando su vasta experiencia, por lo que tiene las intervenciones más largas y mejor logradas. Cipión, por otro lado, no habla mucho de su vida, pero contrapuntea el diálogo de su amigo por medio de opiniones de carácter filosófico.
El texto tiene la virtud de que nunca pierde su perspectiva. Los perros hablan como perros y su perspectiva es de animales. Comparan, a través de los diálogos, los valores y las actitudes que tienen los miembros de su especie contra las costumbres humanas. Por supuesto que la especie del homo sapiens siempre sale mal parada. A pesar de ello, el Coloquio no tiene el tufo de libro moralizante; más bien, su tono es de burla y de sarcasmo. Gracias a la capacidad de descripción del autor, es posible ver la estampa completa de lo que nos está narrando. En la parte del matadero, se huele la sangre coagulada y, más aún, el miedo ante la crueldad de los carniceros; los pastores causan risa por su inocencia; las brujas hacen que el lector se entere de los ungüentos y los hechizos; con el alguacil y el escribano nos enseña el sublime arte de despelucar a otros. Todos son seres muy humanos, ladrones, lujuriosos, nobles o crueles.
Tal vez la cualidad más impresionante del Manco de Lepanto fue la de poder escribir y describir la realidad de sus contemporáneos (Además de darles la pitorreada de su vida). En su Quijote se ve el tope de ese talento tan peculiar, y en el Coloquio de los perros se repite esa mirada. Cervantes, además, se permite escribir de ciertas usanzas que aparentemente eran un secreto para los hombres de su tiempo: los rituales de las hechiceras y sus métodos para asistir al aquelarre. Aquí, a través de la narración de una bruja que le habla al Berganza, Cervantes desarticula todas las supersticiones que había alrededor de las prácticas de la brujería. No hay viajes en escoba, no hay machos cabríos copulando con las brujas. Simplemente hay ungüentos y drogas que provocan alucinaciones a las practicantes del arte negro.
Además, don Miguel demuestra un enorme valor para criticar los vicios del español promedio además de debatir con el lector tesis que pecan de temerarias (Recordar que eran los tiempos de la cacería de brujas). Tal vez la tesis más peligrosa del Coloquio fue insinuar que los sufrimientos del ser humano no provenían del diablo, sino de Dios mismo, afirmación que a más de uno lo hubiera mandado directo a la leña verde.
Como conclusión se puede afirmar que el Coloquio de los perros es una obra cervantina en toda la extensión de la palabra. En ella se encuentran (En mucho menor dosis, por supuesto), los elementos que hicieron al Quijote la obra por excelencia del idioma español. El Coloquio… al igual que la historia del Caballero de la triste figura, bebe de varios géneros, por lo que además de ser una historia, es un vehículo por el cual el autor hace llegar al lector sus opiniones. Leer a los perros narradores de Cervantes es adentrarse en ese territorio lleno de buscavidas, alcahuetas, ladronzuelos y aventuras que fue la España del renacimiento.

Omar Delgado
2007

1 comentario:

Caenis dijo...

Lobo,

buscaba yo 'El coloquio...' entre las arañas cuando tropecé con tu comentario. Voy a tomarlo prestado -con tu permiso, espero- para que me sirva de introducción con unos alumnos que tengo, nada dados a leer cosa alguna excepto 'Cancha' y, eso, si gana su equipo.

Gracias mil.