miércoles, octubre 11, 2006

La Bruja de Jules Michelet

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Jules Michelet (París, 1798- Hyères, 1874), es uno de los historiadores franceses más reconocidos. Su clásica Historia de Francia es aún texto canónico para quien quiera adentrarse en el conocimiento del país galo. Michelet, de unos años para acá, ha sido duramente criticado por otros medievalistas por sus métodos poco rigurosos de investigación: generalmente hacía sus estudios de memoria, citando y mencionando libros y documentos que había consultado años atrás. Estas irregularidades no son para nada raras enla mencionada disciplina. Sólo hay que recordar, como ejemplo, que Bernal Díaz del Castillo escribió su célebre Historia verdadera de la conquista de la Nueva España cuando era un anciano, a más de cinco décadas de distancia de los hechos que le tocó presentar como soldado veniteañero.
Quiza la pugna se debe a la concepción que la obra de Michelet sostuvo respecto a la Edad Media. El historiador trató ese periodo oscuro como una edad en donde la ignorancia y la barbárie reinaban. Para él -como para muchos-, el mundo occidental no comenzó su avance sino hasta que llegó el renacimiento. En cambio, otros estudiosos, de entre los que destaca Régis Boyer, han intentado revalorar el medievo presentándolo como un periodo en donde las artes, las ciencias y la vida social tuvieron un avance significativo, interrumpido, entre otros factores, por la catástrofe de la peste negra (1350), que mató en poco tiempo a una tercera parte de la población de Europa.
De acuerdo a los descubrimientos de los detractores de Michelet, los primeros tres siglos del segundo milenio (1000-1300), hubo regiones en donde las ciencias y las artes alcanzaron un gran desarrollo, y donde, al contrario de la creencia popular, ciertas clases sociales como los siervos y las mujeres gozaban de un estatus, si no privilegiado, por lo menos aceptable. Como ejemplos de ello enarbolan a personajes de la talla de Leonor de Aquitania (1122-1204), mujer de gran belleza y poder, mecenas de numerosos artistas y pionera en la emancipación femenina en occidente.
Lo cierto es que la obra en general de Jules Michelet perpetúa la idea de que toda la Edad Media (476-1450), fue un agujero negro en la historia de occidente, una época llena de de hachazos, inquisidores locos, derechos de pernada, barbacoas brujeriles, señores feudales sanguinarios, cruzadas, mujeres objeto, potros, calabozos, catacumbas y monjes perversos y lujuriosos.
Un ejemplo de ello es su obra La Bruja.
La esposa y la hechicera
Michelet comienza a escribir su obra en el invierno de 1861, inspirado por las enseñanzas de su esposa. Años antes, en el invierno de 1853, el historiador se encontraba en una profunda depresión consecuencia del fracaso de la segunda república francesa, y sólo la sensibilidad de su mujer, Athenaïs, lo salva. Ella le enseña a leer el libro de la naturaleza: los pájaros, los insectos, el campo y la armonía natural del mundo, además de que le devela los secretos del bosque y del mar. Michelet, entusiasmado, deja la elaboración de su magna obra, la mencionada Historia... y se consagra al estudio de la hechicería medieval.
La historia de Ella.
El resultado es La bruja. Un estudio de las superticiones en la edad media, un libro que cabalga entre la elaboración literaria y el dato histórico. La obra está dividida en dos libros. En el primero, Michelet abandona el rigor del estudioso y narra, con las herramientas propias del prosista, la historia de la bruja, la hechicera propotípica. Ella en un inicio es la mujer campesina, noble e inocente, casada con el siervo que obedece al gran señor, y se enfrenta a las difíciles condiciones de la vida en la época: la enfermedad, la muerte prematura, la indefensión ante el amo del feudo y los poderosos, eclesiásticos incluidos. Ella recrea las creencias de la religión natural, que durante los primeros tiempos del medievo conviven amigablemente con los preceptos de la religión católica. Para La bruja, cada fuente, cada pozo, cada árbol del bosque tiene un espíritu particular, un daemon en el más puro sentido griego, a los cuales ora y venera al igual que a los santos católicos. Los espíritus no son sino los dioses antiguos, la brava Diana, la tenebrosa Hécate, el cornado Cerunnos, quienes han decidido esconderse en la floresta ante la expansión de la religión de la cruz. Pero, para ella, siguen presentes. Ninguna noche falta un pocillo con leche o miel para que se alimenten, ni una brasa en el hogar para que no sufran por el frío. Ellos, los espíritus, las hadas, las prixis, los elfos, los gnomos la escuchan, son su compañia. A ellos los siente, los percibe en la naturaleza. A diferencia de los santos católicos, son cercanos. No están en el cielo, sino a su alrededor.
La vida para ella y su esposo es más dificil día con día. El señor feudal y su corte se vuelven cada día más agresivos, prepotentes y crueles. Cada mes el impuesto crece para financiar las guerras y un ejercito cada vez más abultado. La pobreza, ya antes invitada en casa, llama a su pariente la miseria. A ello, se aunan las prerogativas cada vez más grandes del amo. La tierra es de él, y por lo mismo, un día decide que la mujer del siervo es una extensión de su propiedad. Ella sufre los ujtrajes, y desesperada, se refugia en sus espíritus. Uno de ellos en particular se le revela. Es el príncipe del mundo. Le enseña las lenguas antiguas, los mecanismos de la naturaleza y la manipulación de los mismos. Ella se vuelve poderosa, y se puede defender, puede proteger a su esposo y a su casa. Pero todo tiene un costo: la antes inocente mujer se corrompe, ahora es orgullosa, impúdica y arrogante. Ya no es la dulce aldeana que el esposo conoce y ama, y por lo mismo, un día él la abandona.
Ahora el antiguo espíritu benévolo no lo es más, se rebela y obliga a la mujer a firmar un pacto. Se convierte en el amo, y ella, en su consorte. Ella obtiene más poder, pero es repudiada. s temida, los demás aldeanos la miran con temor, le preguntan acerca de maleficios, le piden favores especiales, pero en el fondo la tratan como la proscrita que decidió ser. Llega el tiempo de los aquelarres, de la fusión de los cultos antiguos con la nueva religión demoniaca,y ella se convierte en la oficiante, en la papisa de la iglesia nocturna.
La segunda parte de La Bruja, el libro segundo, se acerca más a el estudio histórico. En él, Michelet da cuenta de la creación del Santo Oficio, de la edición del infame Maellus Malleficarium (El martillo de las brujas), y las circunstancias históricas de la caza y exterminio de las hechiceras. Ella ahora tiene una perfecta contraparte en el Inquisidor, hombre religioso, casi siempre dominico, bienintencionado y por lo mismo, terrible. Para él, la tortura que sufre la bruja sirve para purgar su alma; el fuego de la pira, para limpiarla. Así, destrozarla en la rueda o quemarla viva no son para el eclesiásticos sino actos de piedad. Es el tiempo de las denuncias. Los vllanos, aterrados, comienzan a denunciar a sus conocidos antes de ser denunciados ellos mismos. Los juicios absurdos, las declaraciones y acusaciones que rayan en el delirio, el exterminio sistemático de regiones enteras se vuelven la norma.
El historiador galo concluye su obra con la narración de algunos de los procesos más célebres de brujería: Gauffridi (1610), Loudon y Urbano Grandier (1632-1634), Louviers (1633-1647), y el proceso de la Cadière (1730-1731), famosos por sus absurdos, sus contradicciones y sus -casi siempre-, trágicos descenlaces.
La Bruja no puede ser considerado un libro de historia aunque esté basado en documentos de la época. Para escribirlo Michelet deja a un lado la objetividad y se vuelve parte de su texto. Asume un narrador en tercera persona que está presente con sus juicios y sus opiniones en lo que está estudiando. Cuando el lector se adentra en La bruja, ahí está Michelet interpretando los datos, adelantando juicios, escandalizándose por lo que debería de estudiar más sobriamente.
En conclusión, La Bruja es malo como tratado de historia, pero como obra literaria es una delicia.
Referencia Bibliográfica
JULES MICHELET. La bruja. Un estudio de las superticioens en la edad media. Akal ediciones. Madrid. 2004.

6 comentarios:

Salvatore dijo...

Muy interesante tu comentario sobre La bruja. Me parece muy bien escrito y bien comentado. Espero que te des la oportunidad de conocer mi opinión en mi propio blog. Coincido contigo en todos los aspectos. Fundamentalmente, en que es muy sabroso como lectura literaria, más que histórica.
Lamentablemente, este libro es un tanto difícil de hallar en las librerías.
He entrado a tu blog un par de veces y me parece muy interesante. Además de que me lo recomendó una amiga mutua, Dolores Garibay.
Espero que entres al mío y me des tu opinión sincera.

Anónimo dijo...

No me importa nada que La bruja sea o no un libro de Historia, sobre todo cuando en sí mismo es ya un documento historiográfico. Nos habla sobre cómo cambian las formas de pensar, sobre cómo se acaba una Europa cerril e inquisidora y fanática. Al fin y al cabo, Europa deja de ser carca al final del XIX. Y todavía más. La Bruja inicia una visión moderna de los estudios del género. en vez de antes o después de Cristo, casi debería hablarse de antes y después de la Comuna de París. La Bruja de Michelet va mucho más lejos de lo que pude ir un libor de historia: creo que es parte de la Historia del Pensamiento y de la Política. es filosofía. Para mí puede entenderse como uno de los primeras veces en las que la Cultura con mayúsculas empieza a reflexionar sobre lo que apenas ha reflexionado nunca: sobre el género, o más aún: sobre la cárcel del género, y supone un hito de tal importancia en la tradición cultural occidental, que ponerse a hablar sobre si es o no un libro de Historia es abrir un debate absolutamente baladí. ¿Alguien se pregunta por el caracter "historiográfico" de la obra de Aristóteles, Marx o de la misma Simone de Beauvoir, por poner una de las autoras en las que desemboca esta línea que empieza La Bruja de Michelet? Vaya tontería de cuestión. De lo que no cabe duda es de que La Bruja de Michelet es una obra maestra, casi fundacional, y que debería de ser una lectura más accesible y fácil de conseguir. en eso estoy de acuerdo con el señor de la noche. A mi ejemplar se le caen las hojas desde hace años. Que alguien lo cuelgue en la red! Por lo demás: enhorabuena...
Marcelo Soto

Anónimo dijo...

recientemente encontrè una copia de la bruja en el Pèndulo. caro y mal corregido, con un monetón de erratas, como si fuera unos de esos libros editados antes de la llegada de las compus. bien por el comentrio de la Bruja, pero creo que pierdes lo elemental: es la edad media vista desde ojos "modernos", ojos "iluminados". Y esos ojos iluminados ven en la era oscura, lo que la era oscura veìa en los bosques, mares, lugares desconocidos: veìa demonios y dragones. ese es su encanto.

Luis Ernesto González dijo...

Excelente comentario sobre La bruja de Michelet.
Me gustaría que leyeras mi libro Poemas de la bruja. ¿Cómo te lo hago llegar?
(quepena@hotmail.com)

Cristina Antonelli dijo...

Estimado Señor de la Noche: brillante comentario sobre La Bruja de Jules Michelet. Muy disfrutable la prosa, el conjunto de ideas, el exquisito vocabulario y la precisión textual. La suma genera un deseo afrodisíaco de lectura inmediata de la obra reseñada. Muy disfrutable el comentario de Marcelo Soto. Felicitaciones paradojales al "Señor de la Noche" que nos ilumina con su análisis literario breve, dejando un optimismo difuso de saber que aun hay individuos inteligentemente sensibles y sensiblemente inteligentes.Chapeau!
Cristina Antonelli

inna guadalupe medina santana dijo...

Pareciera que el tiempo no ha podido con la escancia. al leer este texto me pareció que las condiciones sobre la base de que la mujer es el origen del pensamiento, se han dejado pasar como apócrifos y esto me conduele dado que la mujer como centro y origen va más lejos de lo que estas páginas puedan condensar. Creo que por siempre se ha dejado de lado la figura femenina, pero que al mismo tiempo, tal que podría pasar por hechicera, al igual que a los niños se les ha condenado al área de lo esencialmente incomprensible... inadmisible... pero sobre todo, lo absolutamente místico...