miércoles, diciembre 03, 2008

FLOR DE TINIEBLA



La primera (y más ilustre) mass killer mexicana



Humana crueldad

Asesinos múltiples siempre han existido.

En los tiempos antiguos, a este tipo de seres se les consideraba víctimas de las potencias del averno, endemoniados o nativos del infierno. Para muchas de las sociedades antiguas (e inclusive para las que surgieron luego de la revolución industrial), aquellos hombres (y mujeres), que gustaban de la tortura y el asesinato no eran seres humanos —no podían serlo—, sino que pertenecían al padrón de la otredad. Tanto era nuestro miedo a ver sus acciones que teníamos que conceptualizarlos como hombres lobo, vampiros o brujos para poder asimilar sus actos.

Lo cierto es que la crueldad es parte de nuestra naturaleza, tanto como la inteligencia o la compasión. El siglo XX, tan pródigo en exploraciones y descubrimientos, también aprendió muchos de los mecanismos de la mente humana gracias a los estudios de Sigmund Freud y todos sus seguidores y detractores.

Uno de ellos, (que perteneció a ambas categorías), El psicoanalista Erich Fromm, afirmó que en el ser humano existen dos tipos de impulsos agresivos: los positivos y los negativos. Definió los primeros como aquellos que provienen de manera natural de nuestros instintos de conservación y que se encuentran en cualquier persona, desde un niño de dos años hasta un anciano de 85. Para Fromm, este tipo de agresión es reactiva, no premeditada y automática. Un padre que se salva a sí mismo y a sus hijos asesinando a un asaltante está utilizando este tipo de agresión.

Por otro lado, la agresión negativa la explicaba como aquella que se ejerce como consecuencia de una patología. Para Fromm, este tipo de impulsos destructivos eran —al contrario de los positivos—, un producto meramente social, pues no aparecen en ninguna otra especie animal. El psicoanalista explica que la agresión negativa es premeditada, activa y planificada, y que su fuente no es el mero deseo de supervivencia, sino el placer.

Tal vez el viejo doctor Fromm estaba un poco errado en su percepción acerca de la crueldad en la naturaleza. Hay que recordar, por ejemplo, que el oso polar acostumbra destripar vivos a los cachorros de las focas sólo para que los alaridos de la víctima hagan a los padres acudir en su auxilio para que así el plantígrado pueda completar su cena, o que los gatos caseros pueden jugar y mutilar a un ratón por horas antes de matarlo, o aquella especie de avispa que, luego de paralizar a un gusano, le inocula sus huevos para que, cuando las avispitas bebés nazcan, puedan alimentarse del hospedero —que, por cierto, sigue vivo y sufre tremendos dolores en el momento de ser devorado—. La crueldad, tal y como la entendemos los seres humanos, existe también en la naturaleza. Sin embargo, la diferencia entre las conductas animales descritas y los asesinatos de John Wayne Gacy es que, mientras el oso polar o la avispa tienen que actuar de manera sanguinaria para asegurar su supervivencia o la de su especie, el alter ego de Pogo violaba y destazaba pre-púberes sólo por deleite.

Placer. Quizá esa es la palabra clave de todo este asunto. Hay personas predispuestas a dañar a sus semejantes por que les resulta placentero, por que el observar el sufrimiento ajeno —e infringirlo, por supuesto—, los hace felices. Por siglos se ha debatido acerca de las causas que forman este tipo de personalidades: hay quien dice que son biológicas y que tales impulsos vienen entre las espirales de nuestro ADN; otros afirman que tales personas se vuelven sanguinarias luego de una infancia infeliz y llena de maltratos, que son víctimas transmutadas en verdugos.

Sin importar las causas, lo probable es que esa ansia por la sangre exista en todos nosotros, asechando, esperando el mejor momento de saltar a la luz. Es posible que la mayoría de nosotros hayamos deseado matar a algún semejante y que únicamente el miedo al castigo, las restricciones de la vida social, las convenciones religiosas o la simple conciencia hayan bastado para disuadirnos.

Sin embargo, para algunos seres estos frenos no son suficientes. Ahí es donde surge el criminal.




Príncipes oscuros

Hay cierto tipo de asesino múltiple que resulta muy difícil de clasificar debido al contexto histórico y a la sociedad en la que surge. Si pensamos en que actualmente se considera a un asesino serial a aquel individuo que ha matado a tres víctimas con un determinado patrón… ¿Cómo se pueden concebir siquiera las acciones de matahombres tales como Vlad Tepes, Erzebeth Bathory o Giles de Reis, cuyas víctimas se cuentan por cientos o por millares? A muchos de ellos se les coloca en la gaveta de los asesinos seriales, aunque si se comparan las 40,000 víctimas del príncipe rumano, las más de 600 de la noble húngara o las cerca de 300 de Barbazul, las cincuenta Ted Bundy o las 17 de Jeffrey Dahmer parecen cosa de amateurs.

La dificultad de equipararlos radica en que los tres primeros fueron productos de su tiempo, una época en la que no había freno ni límites para las acciones de los miembros de su clase. Erzebeth, Vlad y Giles vivían en un mundo mucho más salvaje que el del siglo XX y su actuar no era muy distinto que el de otros nobles de su tiempo. Era usual hasta bien entrado el siglo XIX que las clases altas (léase las noblezas y castas sagradas), cometieran las más sangrientas atrocidades con miembros de las clases subordinadas. (De hecho, al Marques de Sade se le condenó no tanto por lo depravado de su obra, sino debido a que esta era incómodamente indiscreta al exponer sin tapujos el comportamiento de la corte de los Luises). Los villanos, siervos y pobres eran pasto de las patologías de los príncipes y duques, y no era inusual que alguno de ellos cazara indigentes o aldeanos como si fueran zorros o venados. En realidad, a Barbazul y a la Bathory se les castigó, más por la naturaleza de sus actos, por el hecho de que su ansia llegó a ser de tal intensidad que cometieron el error de asesinar a miembros de su propia clase. A la condesa húngara se le juzgó en el momento en el que comenzó a desangrar a jovencitas de sangre azul, mientras que al mariscal francés se le juzgó por incluir a algunos hijos de conde y duque en sus convites.

El caso de Vlad se cuece aparte, pues independientemente de que Bram Stoker lo tomó como modelo para su inmortal Drácula, al príncipe rumano se le considera un héroe de la cristiandad en Europa ya que, con su proceder —esa afición tan suya por los bosques de empalados—, evitó que el imperio otomano se apoderada del continente. La crueldad del príncipe intimidó de tal manera al turco que este prefirió olvidarse de sus planes de colocar la media luna sobre el Vaticano. Lo cierto es que Vlad el empalador, el hijo del dragón, el vástago del Diablo, es considerado actualmente uno de los pilares de la nación rumana.

En conclusión, podemos afirmar que a estos asesinos —y a la dama que nos compete a continuación, la princesa Chalchunenet—, no se les puede poner en la misma liga que a los serial killers del siglo XX por la sencilla razón de que su conducta no era extraña en la sociedad en la que les tocó vivir. Eran seres a los cuales se les permitía casi todo. (Y en ese casi es en dónde ellos tuvieron el error de caer). De hecho, la sentencia que se le infringió a la condesa húngara y el proceso que sufrió el mariscal francés obedecieron más a motivos políticos que a una auténtica condena de sus actos. Erzebeth, Vlad y Giles eran hombres y mujeres cuyo comportamiento fue más allá de lo aceptable en una sociedad en la que ser noble también daba potestad absoluta sobre la vida e integridad de otros, siempre y cuando estos fueran de clase baja.



Yohuallixochitl (Flor de noche o flor de tiniebla)

Situémonos en el año de 1498. En lo que ahora es la ciudad de México existían cinco lagos que conformaban un solo cuerpo de agua. En uno de los islotes del lago de Texcoco se erguía Tenochtitlan, la capital del imperio Mexica y líder de la confederación de ciudades, conocida históricamente como la Excan Tlahtoloyan o Triple Alianza, conformada por la mencionada metrópoli y por las ciudades de Texcoco y Tlacopan.

Dicha unión se forma luego de que dichas ciudades se unen para derrotar a sus enemigos los Tepanecas, quienes habitaban Azcapotzalco y los mantenían subyugados. Todo esto ocurre en el año de 1430.

Fue gracias a la unión de algunos de los más grandes caudillos de aquel tiempo que se pudo realizar tal hazaña. Entre los participantes destacan Itzcoatl, el líder de los Aztecas- Mexicas, Chimalpopoca, el Tlatoani de Tlacopan, y Nezahualcóyotl, el sabio guerrero de Texcoco, todos coordinados por Tlacaelel, uno de los políticos más inteligentes de toda la historia de México y que vivió hasta bien entrados los cien años.

Estas ciudades, a pesar de su alianza, eran muy distintas entre sí. Mientas que Tenochtitlan había sido fundada décadas atrás por tribus chichimecas —salvajes del norte—, Texcoco era habitada por gente nativa del lago —que se llamaban a sí mismos acolhuas—, herederos de los Toltecas, sofisticados y cultos. Tlacopan, por otro lado, había sido incluida como ciudad representante de los tepanecas de Azcapotzalco. De hecho, de las tres ciudades, Texcoco era considerada la capital cultural de la confederación, pues además de que dos de sus reyes tenían fama de sabios —Nezahualcóyotl y Nezahualpilli—, entre sus murallas se encontraba el Amoxcalli, la escuela-biblioteca de escribanos más importantes de todo Mesoamérica.

Las tensiones entre las tres ciudades de la Triple Alianza eran constantes, pues mientras los mexicas tenían una cultura guerrera que adoraba al sol, los acolhuas eran agricultores que tendían naturalmente al sedentarismo y a la vida pacífica. Finalmente, a pesar de sus diferencias, la confederación pudo sobrevivir hasta la llegada de los españoles en 1519. Pocas veces se puso en juego, en la historia del imperio del Altiplano, la viabilidad de la Excan Tlahtoloyan. Una de esas contadas ocasiones ocurrió cuando, el 1498, fue ejecutada la princesa tenochca Chalchunenet bajo el cargo de Adulterio.

Nezahualpilli la había recibido años atrás como esposa debido a que la mencionada princesa (cuyo nombre significa “Pezón de jade”), era hija del caudillo Axcayácatl, quien fue Tlatoani (gobernante) de Tenochtitlan, y hermana de Moctezuma Xocoyotzin. Chalchunenet fue entregada al rey texcocano para cerrar alianzas de sangre entre los gobernantes de las ciudades. La dama tenocha, llega a Texcoco en 1481, siendo aún una niña de seis años. Nezahualpilli le asigna un palacio especial para ella y sus sirvientes y decide esperar hasta que tuviera la edad apropiada para tomarla en matrimonio.

Se dice que entre 1481 y 1498, año en que fue ejecutada, la princesa Chalchunenet cometió junto con sus sirvientes más de doscientos asesinatos. Todas sus víctimas eran jóvenes guerreros o macehuales (plebeyos) atractivos de los que ella previamente había gozado en la cama —o en el petate, pues—. Quizá debido a la vergüenza que causo su proceder, no se encuentran muchos datos acerca de Chalchunenet. Una de las únicas fuentes que la menciona es la Historia de la nación chichimeca, de Fernando de Alva Ixtlixochitl, texto escrito años después de la conquista por uno de los descendientes de Nezahualpilli.

Fernando Ixtlixóchitl menciona a la princesa Chalchiunenet en el capítulo LXIV de su obra, haciendo referencia de que:





“ Al tiempo que el rey Nezahualpillitzinti le enviaron Axcayácatl, rey de México y otros señores a sus hijas para que de ahí escogiese la que había de ser la reina y su mujer legítima, y las demás por concubinas (para cuando falstase sucesor de la legítima, pudiese entrar alguno de los hijos de estas señoras, la que más derecho tuviese a la herencia por su nobleza y mayoría de linaje). Entre las señoras mexicanas vino la princesa Chalchunenetzin su hija legitima, la cual por ser tan niña en aquella sazón no la recibió, sino que la mandó criar en unos palacios con gran aparato y servicio de gente como hija de tan gran señor como lo era el rey su padre […]” [1]

Como se puede apreciar, en el México antiguo la poligamia era aceptada entre los pilli (los nobles), quienes podían tener tanto esposa legítima como concubinas. Los mexicas y texcocanos, por otro lado, no hacían distinción entre hijo legítimo y natural, por lo que el hijo de una esposa secundaria o de una concubina tenían tanto derecho al trono como el heredero legítimo. Continúa Fernando Ixtlixóchitl:

“[…] y aunque niña (La princesa Chalchunenet. N. del A.), era tan astuta y diabólica que viéndose sola en sus cuartos y que sus gentes la tenían y respetaban por la gravedad de su persona, comenzó a dar en mil flaquezas y fue a cualquier mancebo galán y gentil hombre acomodado a su gusto y afición, dando orden en secreto de aprovecharse de ella, y habiendo cumplido su deseo, lo hacía matar para luego hacer una estatua de su figura o retrato, y después de muy bien adornado de ricas vestimentas y joyas de oro y pedrería lo ponía en la sala a donde ella asistía, y fueron tantas las estatuas de los que así mató, que casi cogían toda la sala a la redonda, y al rey (Nezahualpilli), cuando la iba a visitar, y le preguntaba por aquellas estatuas, le respondía que eran sus dioses […] [2]

Es de notar la exageración con la que Fernando Ixtlixóchitl habla de la princesa Chalchunenet, a quien atribuye sus asesinatos desde muy temprana edad, lo cual es, cuando menos, improbable. Esto es debido a que era nieto de Ixtlixóchitl, guerrero texcocano que se pasó del lado de los españoles durante la conquista de México. Esto es significativo, pues dicho caudillo traicionó a su propia gente debido a que fue desplazado del trono, en 1515, por Cacama, otro de los hijos de Nezahualpilli y de quien se cree fue vástago de la princesa Chalchunenet. Así pues, al denostar a la princesa tenochca, Fernando de Alva Ixtlixóchitl legitimaba su propio linaje.

Aún así, hay suficientes elementos históricos como para afirmar que la princesa si cometió muchos de los asesinatos que se le imputan (su juicio y ejecución lo mencionan varias fuentes testimoniales, no así los motivos). Como se aprecia, la princesa tenía un patrón muy semejante a los del asesino serial del siglo XX, pues guardaba fetiches de sus victimas. Estas siniestras estatuas pudieron ser moldeadas con semilla de amaranto mezclada con sangre de las víctimas, ya que en varias fiestas religiosas mexicas se erguían efigies con dichos materiales. (Además, es improbable que la mencionada princesa tuviera también dotes de escultora en piedra).

Continúa Fernando de Alva:

“[…] A pocos lances fue descubierta de este modo: que los galanes por ciertos respetos dejó tres de ellos con vida, los cuales se llamaban Chuhcóatl, Huitzihuitzi y Maxtla, el que uno de ellos era señor de Tezoyucan y uno de los grandes del reino, y los otros dos caballeros muy principales de la corte. El rey reconoció en ellos una joya muy estimada que había dado a esta señora, y aunque seguro de semejante traición, todavía le dio algún recelo; y así, yendo una noche a visitarla, le dijeron las amas y criadas que se volviera como otras veces lo había hecho; más con el recelo entró a la cámara donde ella dormía y llegó a despertarla y no había sino una estatua con que estaba echada en la cama con su cabellera, la cual muy al vivo y natural representaba a esta señora; visto por el rey semejante simulacro y que la gente comenzaba a turbarse y afligirse, llamó a los de su guardia y comenzó a aprender toda la gente de la casa, e hizo gran diligencia en hacer parecer a esta señora que a pocos lances estaba, que en ciertos saraos estaba ella con sus tres galanes, los cuales con ella fueron presos […]”


Aquí es donde la historia raya en lo inverosímil al adquirir elementos de folletín. El detalle de la anacnólisis (el reconocimiento o revelación debido a algún elemento externo, tal como una cicatriz o una joya), era frecuentemente usado en las novelas de caballerías que Fernando Ixtlixóchitl, como indio deseoso de ser aceptado por los nuevos amos españoles, seguramente leía. Además, el hecho de que la princesa fuera descubierta en pleno prehispanic gangbang, si bien no es imposible, es altamente improbable por el simple hecho de que, en caso de ser cierto, ella y sus galanes hubieran sido ejecutados en el acto por la guardia de Nezahualpilli.

Como se mencionaba líneas arriba, el autor tenía un interés particular en denostar a la princesa tenochca. Fernando de Alva era descendiente del primer Ixtlixóchitl, el príncipe texcocano que había traicionado a su pueblo para unirse a los españoles en 1520.

En el tiempo de la llegada de los hispanos a México, se llevaba a cabo una agria disputa por el trono de Texcoco. A su muerte, en 1515, Nezahualpilli había dejado dos herederos, Cacama y el mencionado Ixtlixóchitl. A pesar de que el segundo era el heredero legítimo por ser hijo de la primera mujer de Nezahualpilli, Cacama era el más popular entre el pueblo debido a su valor y a sus dotes como líder. Ese mismo año (1515), Moctezuma Xocoyotzin, ya gobernante de Tenochtitlan, lo impone como Tlatoani de Texcoco, lo cual ocasiona que Ixtlixóchitl se levante en armas. El príncipe rebelde hubiera sido exterminado con facilidad de no haberlo favorecido la llegada de Hernán Cortéz, al que se unió en cuanto tuvo la oportunidad.

Cacama, quien murió en una matanza de nobles prisioneros perpetuada por los españoles justo antes del misterioso deceso de Moctezuma Xocoyotzin, era hijo de una de las concubinas más amadas de Nezahualpilli, a quien las crónicas mencionan únicamente como la “Señora de Xilomenco” y quien, aparentemente, no era otra sino la princesa Chalchunenet.

Es Fernando de Alva quien nos refiere el destino final de la princesa tenochca, ejecutada a la temprana edad de 24 años:

“El rey remitió el caso a los jueces de su casa y corte para que hallasen inquisición y pesquisa de todos los que eran culpados, los cuales con toda diligencia y cuidado lo pusieron por obra con muchas personas culpantes e indicadas en este delito y traición, aunque los más eran criados y criadas de ella, y muchos oficiales de todos oficios y mercaderes, que se habían ocupado unos en el adorno y compostura y servicio de las estatuas, y otros en traer y entrar en palacio los galanes que representaban aquellas estatuas y los que les habían dado muerte y ocultado sus cuerpos. Estando ya la causa muy bien probada y fulminada, despachó a sus embajadores a los reyes de México [Tenochtitlan], y Tlacopan, dándoles aviso del caso y señalando el día en que se habría de ejecutar el castigo de aquella señora,y en los demás cómplices de aquel delito,y asimismo envió por todo el imperio a llamar a todos sus señores para que trajesen a sus mujeres e hijas, aunque fuesen niñas muy pequeñas, por que se hallasen a este ejemplar castigo que se había de hacer […] Llegado el tiempo, fue tan grande el número de las gentes que vinieron a hallarse en él que, con ser tan grande la cuidad de Tezcuco, apenas podían caber en ella. Se ejecutó la sentencia públicamente, y a vista de todo el pueblo, dándole garrote vil a esta señora y a los otros tres señores, sus galanes, y por ser gente de calidad. Sus cuerpos fueron quemados por las estatuas referidas; y a los demás, que pasaron de dos mil, les fueron dando garrote, y en una barranca cerca de un templo del ídolo de los adulterios [La diosa Tlazoteótl. (N. del A) ], los fueron echando en un hoyo tan grande que para el efecto se hizo […] [4]

El estrangulamiento de la princesa tenochca tuvo consecuencias significativas no sólo para Texcoco, sino para toda la Triple Alianza. Luego de que se ejecutara la sentencia, Moctezuma Xocoyotzin, quien había sido entrañable amigo de Nezahualpilli, se enemistó con él y con su pueblo; las relaciones entre Tenochtitlan y Texcoco, si bien nunca llegaron a la guerra, si se agriaron lo suficiente como para que en 1515 Moctezuma manipulara el proceso sucesorio de Texcoco, con las consecuencias que se mencionaron con anterioridad. La razón más lógica del comportamiento del Xocoyotzin es que, muy probablemente, Cacama era su sobrino, hijo de su amada hermana Chalchunenet.

Conclusión. Tecuanicíhuatl


Tecuani es una palabra náhuatl que se refiere a una categoría zoológica. Aparece constantemente entre los informantes de Bernardino de Sahagun, quienes se la explicaron al religioso con reverencia y miedo. Sahagún, confundido, pensó que se referían a un tipo especial de fiera, y así lo consignó. En realidad, Los tecuani eran todas las bestias comehombres, tales como los ocelotes, los pumas y los coyotes.

Podríamos decir que la princesa tenochca Chalchunenet, más que ser una asesina serial (termino más propio para algún personaje del siglo XX), era una asesina de masas, o incluso, podríamos llamarla, en su lengua materna, tecuancíhuatl (mujer como fiera), o Yohuallixóchitl (Flor de tiniebla, debido a su belleza y a su crueldad). Es muy probable que, fuera de los exabruptos de Fernando de Alva Ixtlixóchitl, Chalchunenet si fuera culpable de muchas de las faltas que se le imputan, tanto de sus sistemáticos adulterios como de ser la asesina —por lo menos intelectual—, de decenas de mancebos.

A la sanguinaria dama, recordemos, eran sus criados quienes le hacían el trabajo sucio. Esto la equipara un poco con Erzebeth Bathory, quien en pocas ocasiones metió las manos para desangrar a sus víctimas. Paradójicamente, a la princesa tenochca no se le ejecutó por asesina, sino por adúltera —las leyes texcocanas castigaban los amores ilícitos con la muerte por estrangulamiento—. Sin embargo, aún en una cultura tan amante de la hemoglobina como lo fue la mesoamericana, en donde se podían sacrificar diez mil prisioneros únicamente para inaugurar un nuevo templo, las acciones de Chalchunenet horrorizaron a la gente.

Una vez más, recordemos la tesis de la crueldad justificada. Los mexicas eran tan sanguinarios debido a que se creían los elegidos para alimentar a los dioses —en especial, al sol—. Ellos pensaban y creían que, si dejaban de hacer sacrificios, sus númenes morirían de hambre y las potencias oscuras dominarían la tierra. Así, por muy espantosas que nos parezcan sus acciones, los antiguos mexicanos, al sacarle el corazón a sus prójimos, estaban asegurando su existencia y la del cosmos.

Las acciones de la princesa tenochca, sin embargo, no tenían ninguna utilidad cosmogónica. Eran únicamente para su deleite personal. Es por eso que, aún en tal sociedad, tan acostumbrada a la muerte, Chalchunenet fue considerada una tecuancíhuatl.

Omar Delgado

2008

Nota: todas las imágenes que ilustran este post representan a Chihuateteo (en Náhuatl, mujeres como diosas), las cuales eran mujeres muertas en su primer parto y que, en ciertas noches, se aparecían en los cruces de caminos para atormentar a los trasnochadores y diseminar enfermedades.

BIBLIOGRAFÍA

DE ALVA IXTLIXOCHITL, Fernando. Historia de la nación chichimeca. Madrid. 2000, Dastin. Colección Crónicas de América. pp. 216-218


4 comentarios:

Dolores Garibay dijo...

siento una extraña fascinación por esos personajes que, más que matar por necesidad, lo hacen por placer.

Bien por Chalchunenet!!!

Hablando de estos extraordinarios personajes, ¿no tendrás entre tu vasta biblioteca "El oscuro pasajero" de Jeff Lindsay que puedas prestarme? ¡por favor! y te estaré eternamente agradecida.

Besos chilangos

El Lobo dijo...

Hola, Lolita preciosa:

Efectivamente, los Matahombres como la princesa Chalchunenet y otros ilústres miembros del santoral de lo infame son fascinantes. Lo interesante de estos casos es pensar que tan alejados estamos de ellos o, dicho de otra manera: Si tuvieramos absoluta libertad de actuar, si tuvieramos a nuestra disposición la vida de miles o millones de personas ¿Cómo nos comportaríamos?

La respuesta en muchos nos helaría la sangre.

Respecto al Oscuro Pasajero, sí lo tengo. Lo malo es que, al igual que la mitad de mi biblioteca, lo tengo prestado. Déjame se lo pido al actual usufractario y te lo paso al costo.

Besos a tí y a la otra adorada.

Lobo

Carmen dijo...

Ja, no me había detenido a leer tu estupendo ensayo.
Esos asesinos seriales tenían motivos menos oscuros como los de el nuevo que acaban de descubrir la semana pasada.
El pozolero del Teo. Ver para creer, pero sobre todo para escribir al respecto.
Un abrazo, auque lea posts atrazados.

El Lobo dijo...

Hola, deliciosa Carmen (en todos los sentidos):
Gracias por la flor a la flor de tiniebla. Seguro que ella te lo agradece desde el Mictlán.
Con respecto al Pozolero... No sé. Creo que ni siquiera podría llamarlo asesino serial, pues el únicamente desaparecía los muertitos de otros. Por hacerlos pozole le daban 600 U.S.D. a la semana, lo cual no es mucho si tomas en cuenta que le llegaban entre 60 y 100 muertos por mes (esos narcos si que saben de productividad).
Más bien creo que al pobre hombre lo podríamos poner en la misma categoría de los escarabajos carroñerlos y, de ninguna manera, en la de los depredadores.
Besos muchos.
Lobo