lunes, mayo 21, 2007

YO,MACHO

Confesiones de un individuo que no baila las de Village People
(por lo menos, no en público)


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¿Llevas un macho dentro? Yo no lo diría


I. No somos machos, pero somos muchos

Macho, palabra que en estos tiempos es insulto. Calificar a un hombre —es uno de los pocos adjetivos que no es unisex—, es definirlo como primitivo, ignorante, autoritario, abusivo, madreamujeres, obtuso. Sin embargo, como otros epítetos, en nuestro idioma, tiene un significado que se adapta según la ocasión. “Eres un machote”, dicho por un grupo de amigos reunidos en una cantina es un doctorado honoris causa; “eres bien macho”, dicho por una sudorosa compañera de cama es una condecoración en la guerra entresabanas; “eres un pinche machito”, dicho por una compañera de trabajo, amiga o vecina, en público, es un sambenito moral.
Cuando esto último pasa, el individuo en cuestión queda marcado. Los demás hombres lo miran con cierto desprecio no carente de hipocresía; las mujeres, con rabia. Se transmuta en Lucifer con traje de charro, en Neanderthal que caza mamuts sobre avenida Reforma, en un arcaísmo ambulante, en un apestado.
Sin embargo, esta actitud es relativamente injusta, no por qué muchas de las conductas del machirrín no sean condenables, sino porque no surgió por generación espontánea, sino que es un producto de la sociedad misma.

II. La mujer, como la escopeta: cargada y en un rincón

La familia en la que tuve a bien nacer tiene sus raíces en el norte de México. Son gente de desierto, seca y calida al mismo tiempo; de palabras hoscas y muy escasa La abuela era guía y líder del clan de exiliados; era ella quien disponía de los destinos de sus siete hijas y sus dos hijos. Mi abuelo era un ser errante, exiliado doblemente de su tierra y de su familia. Sus hijas —mi madre y sus hermanas—, lo recuerdan como un buen padre, cariñoso, atento, que no tomaba una sola gota de alcohol. La jefa de la pequeña aldea que era mi familia lo condenó al ostracismo debido a un desliz que tuvo con otra mujer. Siempre se le consideró débil, pusilánime; siempre se le tuvo un discreto —y a veces, no tanto—, desprecio.
La abuela, recia matrona descendiente de cristeros, dispuso, por decreto gonadal, que las hijas trabajaran para mantener los estudios de los dos hijos menores. Aunque varias de mis tías eran lo suficientemente inteligentes para ser profesionistas, se les negó la oportunidad de estudiar para otorgársela de la parte testicular de la familia. “A ustedes va a llegar quien las mantenga. Ellos van a sostener a sus familias”, fue el argumento. Mala elección. A mis dos tíos no les interesó el estudio y la oportunidad de que hubiera algún ingeniero, licenciado o doctor en esa generación quedó cancelada cuando ambos formaron sus respectivas familias.
El macho no nace así, sino que lo forma la familia de la que proviene. Cuando al niño se le exime del trabajo doméstico, se le dice que son las mujeres las que deben de hacer los quehaceres de la casa, cuando son las hermanas y la madre la que le sirven la comida, le planchan la ropa, le zurcen un calzón, se le están inculcando las reglas del machismo. Se le enseña que hay trabajos que él, como hombre, no debe hacer. “Son para viejas”, le explicarán. El chamaco aprenderá que ese orden es el natural.
Otra parte importantísima de la Escuela del macho es la inhibición de los sentimientos, la cual también se da en la infancia. Al niño se le reprende cuando llora, cuando muestra compasión o ternura; se le censura cuando juega con juguetes impropios de su sexo, como juegos de té o muñecas. “Los hombres no lloran, cabrón”, “eso es para niñas”. En general, la única respuesta emocional que se le permite es la cólera, por lo que el chamaco aprende a tener respuestas agresivas ante cualquier emoción que lo invada. Sus momentos de melancolía, sus tristezas, sus depresiones las traducirá en enojo; crecerá siendo un bravucón aplaudido —veladamente o no—, por todos. “Es un hombre de mucho carácter”, le dirán cuando crezca.
Otro factor importante en el desarrollo del macho es la estrecha relación que entabla con la madre (o con alguna figura sustituta). En una buena familia machista, el padre usualmente será una figura lejana y temible, mientras que la figura materna será ambigua. El niño y su madre, por lo general, crearán una relación codependiente en la que estarán presentes la ternura y el chantaje. El charrín crecerá idolatrándola y con el tiempo, tomará esa imagen idealizada como medida para comparar a todas las mujeres con las que se cruce en su vida.
El niño, Pedrito Infante en cascarón, deja la infancia, está casi listo. Sin embargo, para que llegue a ser un machotote en toda la expresión de la palabra, le hará falta refinar sus conocimientos en el turbulento periodo de la adolescencia.

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No te quejes, vieja. No sabes lo pesado que está este cigarro


III. Tú eres la catedral. Las demás son capillitas, nomás

Cambia la voz, comienzan los “gallos”, al hablar, el cuerpo cambia, se desdobla, surgen protuberancias y vellos en lo que era sólo piel llana. Ha llegado la pubertad.
Llegan también las primeras relaciones sociales independientes a la familia, los cuates entrañables, los enemigos acérrimos, los primeros amores. El niño, bien educado en la ciencia del macho macho men por su familia, completa y consolida sus conocimientos en la sociedad adolescente.
El macho no compite: gana. En la juventud primera todo se hace darwiniano: el chamaco lucha por no ser el pazguato del grupo, trata de que lo escojan en los equipos de Fútbol, presume el número de vellos que le han crecido en el pubis, demuestra lo rápido que puede correr o lo alto que es capaz de saltar. Compite por todo: el tamaño de su pene, la cantidad de novias de manita sudada, el número de puñetas que se puede hacer al hilo. El chamaco se vuelve un ser genital. Si su familia ha hecho bien su trabajo con respecto a su educación sexual —es decir, si no le ha dicho un carajo—, el adolescente llega totalmente ignorante, listo para ser guiado por otros congéneres igual de ignorantes. Se forman aquí los grandes mitos del machismo: el ciclópeo tamaño del sexo, las hercúleas proezas sexuales, los serrallos juveniles, la inexistencia de enfermedades venéreas. Comienzan los albures, donde se aprende que el dominio y el poder dependen de la potencia sexual del individuo, que el vencedor tiene la prerrogativa de penetrar al vencido, de humillarlo. Sabrá entonces que la condición natural del débil, del coyón, del pusilánime y de la mujer es ser poseídos por el fuerte. El jovencito se da cuenta de que su hombría dependerá de la cantidad de hembras a las que pueda desvirgar (o poseer), y de la cantidad de rajones a los que pueda subyugar.
Del lado de la cancha femenina, a las jovencitas se les enseña casi la misma cantidad de pamplinas: los embarazos por medio del beso, la dicotomía mujer buena- puta, el desconocimiento del cuerpo (que se considera virtud). A la chica también la han enseñado que tiene hacer los trabajos caseros mientras los hermanos varones hacen la tarea, que es su obligación levantarse primero de la mesa para recoger y lavar los platos, que es necesario que distinga a los buenos partidos de los muertos de hambre.
Todo está listo para el desastre.



IV. Todas son putas, menos mi jefita, y eso, por respeto

El jovencito inicia sus encuentros con el otro sexo. Paulatinamente va perdiendo el miedo a ese ser humano que es la mujer. Llegará una que finalmente le hará romper su caparazón. Primero, serán pláticas inocuas, luego, el tomarle la mano mientras caminan por la calle; luego, los besos torpes en el cine o en algún parque solitario. Las manos del chico toman vida propia y comienzan a explorar aquel cuerpo tan distinto. AL principio, será la ropa; luego, los dedos se aventurarán a tocar los encajes del brasier, los bordes de la pantaleta. Descubrirá que para él amor es hinchazón, y para ella, humedad.
Después de aquellas escaramuzas, seguirán los interrogatorios de los cuates, salpicados de risas nerviosas. “Entonces ¿Qué le hiciste?”,”¿sí te la cogiste?”. El jovencito lo afirmará, sin estar totalmente seguro de lo que significa esa palabra. “No, pos ya está ponchada”, le dirán. “Si es reputa. Aquel también se la echó”.
Es entonces cuando nuestro muchacho chicho de la película gacha distinguirá entre una mujer “decente” de una “fácil” y, sin saberlo, habrá aprendido uno de los pilares del machismo.
Este fenómeno es, más que un fenómeno aislado o exclusivo de un país, toda una estructura social e ideológica en la que descansan gran parte de las comunidades del mundo. Como todas las ideologías de poder, se basa en conceptos preestablecidos, estereotipos sobre los cuales se justifica y se alimenta. En la ideología machista uno de los más arraigados es la concepción de la mujer como una dualidad: mujer buena/mujer puta.
Para el macho y para las mujeres machistas —que las hay, por supuesto—, no existen matices en la conducta femenina. Una mujer será “una buena chica”, cuando sigue los cánones de recato, buena conducta y discreción sexual; por el contrario, será una “Ingrata, pérfida, mala pécora, cascos ligeros”, cuando viva su sexualidad —y su vida en general—, de manera distinta a cómo lo marca el canon social.
Sobra decir que este prejuicio que convierte a las mujeres en putas o en santas, las reduce a meros cuerpos aptos para la reproducción o para el placer. El machirrín diferenciará entre las muchachas “de buena familia, con buena educación, decentes”, con las cuales es posible contar como compañeras y madres de mis hijos, de las “güilonas, jaladoras, nalga fácil”, con las que es posible obtener un desfogue sexual efímero. En general, en una sociedad machista la mujer es calificada por su cuerpo y por la manera en cómo dispone de él: matrices fértiles o vaginas hospitalarias.
Es por eso que, si una sociedad quiere erradicar el machismo de sus entrañas, es necesario que ataque esta concepción a priori de la mujer. La dualidad santa/puta es uno de los pilares de la cosmovisión del macho; quebrarla es el primer paso para dejarlo atrás.
Paradójicamente, las mujeres que forman parte de una sociedad machista son las que en gran medida fortalecen el estereotipo. En general, a la fémina libre en su sexualidad la ven como “enemiga”, y le aplican el ostracismo y el escarnio social. La chica fácil —aquella que es pródiga en sus valores—, y la prostituta —la que trabaja con su cuerpo y cobra por su intimidad—, son etiquetadas y despreciadas más por las madres, hermanas, suegras, amigas, que por el macho en cuestión. Esa maldita puta me puede quitar a mi marido; esa lagartona se quiere amarrar a mi hijo.
Hay que recalcar que, para una sociedad falocrática, las relaciones heterosexuales son las únicas que importan en la medida de que permiten el nacimiento de nuevos miembros de la misma. Las conductas sexuales distintas, tales como la homosexualidad, son proscritas. En La cosmovisión machitsta tiee prejuicios muy arraigados en ese sentido: tanto gays como lesbianas son considerados apestados por no respetar los roles sexuales impuestos. Puto, joto, chotito, mujerujo, les dicen a unos; marimacha, manflora, tortilla, a las otras. Al homosexual masculino se le vitupera por querer ser una mujer habiendo nacido hombre (Gran insulto para el macho, pues el gay, siendo varón de nacimiento —es decir, el ser más privilegiado—, reniega de su condición); la homosexual mujer es objeto de burlas por sus esfuerzos de “querer ser hombre”.
Hago la aclaración pertinente: yo, como autor, no comparto ni por asomo esas ideas, pero muchas personas sí, por desgracia.

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Ay, Mi rey... tú sólo te prendes el sábado de gloria


V. Casado, pero no capado


El charrito de marras crece y el grupo social lo presiona para que forme una familia. En este momento, cuando está en sus veintes, tendrá algo de experiencia en las cuestiones de amor, y muy especialmente, en las de sexo. Se buscará entonces a una pareja para formar una relación más duradera. Escogerá una muchacha que se acerque a los cánones de la “chica decente, de familia”; si la elegida acepta, se unirán y muy probablemente tendrán descendencia.
En el modelo tradicional, el joven era el que proveía al hogar de lo necesario para su subsistencia: desde muebles de baño hasta pañales para los chamacos. Sin embargo, en los últimos tiempos, en los que los dos miembros de una pareja tienen que trabajar, este orden ha tomado un matiz distinto: si bien él y ella son proveedores del hogar, el hombre es por lo general quien aporta más recursos para la economía familiar. El macho será aceptado y admirado según el éxito que tenga en el aspecto económico. Sin embargo, a pesar de la aparente estabilidad de su hogar, seguirá buscando aventuras sexuales fuera de su hogar con cualquier mujer que el considere “accesible”: compañeras de trabajo, amigas divorciadas, mujeres, ya sea solteras o casadas, con cierta reputación de desprendidas. La mayoría de estos idilios no tendrán consecuencias para la armonía familiar del macho en cuestión, pero habrá algunos, más profundos, que la pondrán en riesgo: casas chicas, amantes no tan discretas. Antes, cuando el divorcio era un estigma social, estos episodios terminaban en la resignación por parte de la mujer ante la indiscutible “masculinidad” de su pareja. Actualmente casi todos estos casos concluyen ante un juez de paz que dictamina la separación legal de la pareja.
Otra de las falacias que se manejan en la ideología machista dicta que el hombre, en general, carece de sentimientos. Sí tiene, pero están muy, pero muy dormidos. Desde el ya clásico “los hombres no lloran”, hasta el “le gustan las flores: ha de ser joto”. El machirrín vive toda su existencia sometido a la presión de demostrar, una y otra vez, su condición. Lo hace en la esfera laboral, donde se tiene que sostener ante la competencia, en satisfacer las demandas, cada vez mayores, de la familia; lo hace en lo social, donde se le exigen constantes pruebas de su condición de perforador anónimo. Con esto, de ninguna manera se justifica esta conducta; simplemente se trata de demostrar que la sociedad, en gran medida, la alimenta y la promueve. Todos estos factores le generan al macho una carga de sentimientos con las que no está preparado para lidiar.
Se reitera: en una sociedad machista, la única expresión emocional negativa que se le permite a un hombre es la furia. Ante la frustración, el cansancio, la tristeza, el vacío existencial, el individuo explotará de rabia y la desfogará con quien esté a su alcance. Niños maltratados y mujeres golpeadas son, por desgracia, el resultado del analfabetismo emocional del hombre.

VI. Soltero y maduro, maricón seguro

El charrito Pemex se ha convertido en todo un señor; sus hijos ya son adolescentes y su mujer, una feliz ama de casa o esforzada trabajadora. El hombre, hastiado de tantas canitas al aire, se siente confundido y solo: a pesar de ser exitoso en lo material, con una familia sólida y un “buen lugar en la sociedad”, de repente tiene impulsos de los que no se atreve a hablar: ya no son las caderas femeninas las que lo atraen, sino los ángulos de un torso masculino. Probablemente ha tenido estos deseos desde la adolescencia, escondidos en lo más hondo de su mente. Comienza, para Don Machote, la atracción por los travestidos, las visitas a bares innombrables, los besos embigotados. De la ruleta de su vida sale el fatídico 41, número maldito por el que los machos machos de día se vuelven locas de noche.
En las profesiones en las que hay un número dominante de hombres (ingeniería, industria de la construcción), o en oficios en los cuales es requisito convivir mucho tiempo con individuos del mismo sexo (ejercito, marina), hay una incidencia muy alta de bisexualismo. Contrario a lo que se pueda imaginar, este fenómeno ha estado presente en todas las culturas falocéntricas: las falanges griegas basaban su poderío militar en que los hoplitas que las conformaban eran, más que compañeros de armas, amantes que se defendían unos a otros; las joterias de los samurais japoneses avergonzaban a los Shogunes; los caballeros medievales se desfogaban con sus pajes y escuderos mientras pensaban en la dama del castillo; los nórdicos cantaban a sus compañeros muertos elegías que eran verdaderas canciones de amor; la mayoría de los monasterios medievales podían organizar alegremente un gay parade, etcétera.
Esto es relativamente fácil de explicar si se piensa en que nos enamoramos de nuestros semejantes. El amor, entendido como complicidad, confianza, comunión entre dos seres, sólo se da entre iguales. En una sociedad machista la mujer es inferior al hombre; por lo tanto, los miembros de dicha comunidad buscarían entablar, conciente o inconcientemente, relaciones profundas con miembros de su propio sexo que muy fácilmente podían saltar a lo físico. Además, recordemos, el macho es un inválido emocional, sin un conocimiento profundo de sus sentimientos y con una presión social que le obliga a no demostrarlos. El único que podría entender a tan ilustre individuo es, obviamente, otro igual.


VI. Es de donde se dan los machos, pero unos a otros

Yo, como muchos miembros de la sección masculina de la humanidad, fui educado en este esquema. No escogí que, desde la infancia, me inocularan una serie de patrones de conducta que luego descubrí eran nocivos. Muchos de nosotros tomamos conciencia en algún momento de las fallas en nuestra educación emocional y tratamos de subsanarlas. No podemos hacerlo solos. El machismo es un fenómeno tan enraizado que muy pocos —y probablemente, ninguno—, estamos libres de su influencia. Todos tenemos nuestro charrito cantor escondido. Mujeres machistas, las hay, y muchas. Es por ello que los miembros de una sociedad —de todos los géneros, tendencias sexuales e ideologías—, tenemos que trabajar en conjunto para ir cambiando nuestros esquemas mentales. El macho es, finalmente, un hombre incompleto, mutilado en sus emociones y en su perspectiva del mundo. Para evolucionar, para completarse, necesita del apoyo de esa otra mitad, esa maravilla del género humano, llamada mujer.

Omar Delgado
2007

3 comentarios:

nOiSe dijo...

reafirmo que cada vez hay menos hombres que valen la pena!

snif!! luego ante tal falta de hombres las mujeres tuvimos que fijarnos en nuestras iguales, xD

José Francisco Gilberto dijo...

Hermoso el macho que presentáis en calzones.

Margarita dijo...

Hola, que leí tu comentario buscando fotos para escribir CONTRA el machismo. Es un fenómeno muy complejo, pero el mayor argumento siempre es "las mujeres educan a los machos". Es una tautología; también las mujeres son educadas por papás machos; son dos caras de la misma moneda.
Por otra parte, sería interesante que los hombres se vieran frente a frente: El macho contra el macho. El machismo entre hombres produce las guerras y la rivalidad por el tamaño del pene, para ver quién lo tiene mayor para satisfacer A LAS MUJERES.
El machismo no es sólo HACIA la mujer. De inicio, se da entre hombres. Hay que ver el ejemplo del PADRE maltratador que forma machos. No es tan fácil. Yo también soy norteña, por cierto.