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lunes, junio 30, 2014

PORQUE NO ME GUSTA EL SOCCER








A juzgar por los rostros de la mayoría de la gente, el día de ayer México vivió una vejación sólo comparable con la firma de los tratados Guadalupe -Hidalgo (que marcaron la pérdida de la mitad del territorio en el siglo XIX). Con dos goles a favor -uno producto de un penal-, el equipo mundialista de Holanda se impuso ante la escuadra nacional para así clasificar a la siguiente ronda de cuartos de final. La Selección Mexicana volvió así, humillada y ofendida, a quedarse en la rayita del triunfo, a pesar que su desempeño había sido sorprendentemente bueno.

Conforme pasaron las horas, se fueron develando hechos que indignaron y frustraron aún más a los mexicanos: el famoso penal que derivó en la eliminación de los mexicanos fue una farsa. Arjen Robben, mediocampista de la selección de los Países Bajos y aparente fauleado, aceptó que la susodicha falta nunca existió, que él, en una actuación digna de Marlon Brando, fingió que Rafa Marquez le había golpeado para que el árbitro marcara penal a los mexicanos y así remontar el empate en el que ambos equipos se encontraban.

En pocas palabras, un fraude descarnado.

Y tengo que decirles: Justamente por eso nunca me ha gustado el futbol, porque los chanchullos de este tipo son la norma, por que es un juego en el que, por lo general, no gana el mejor, ni el más esforzado, sino el que más eficazmente sabe engañar a los árbitros o, peor aún, el que puede comprar sus decisiones.

El también llamado balompié se ha convertido, con mucho, en el juego más popular de la historia moderna, muy por encima de otros, quizá más sofisticados y cerebrales como el Fútbol Americano (llamado Football por los estadounidenses, mientras que al otro lo llaman Soccer), el baseball o el basket ball. La popularidad de juego se debe, creo yo, a dos factores: A su simpleza: sólo hace falta un balón -o algo que lo emule-, algo para marcar una portería, y un grupo de entusiastas para convertir cualquier calle del mundo en el Maracaná, y a su velocidad: sólo hacen falta noventa minutos aproximadamente para definir una partida, muy alejadas de las dos o tres horas que tarda cada partido de Americano o de Beis.

Esa simpleza de reglas hace que cualquiera con aceptable condición física, desde un niño de cinco años hasta un anciano de ochenta, lo pueda jugar: el objetivo es meter el balón en la portería contraria con los pies y nunca se toca con las manos; si se toca con las manos, o si se tira a un rival a propósito, hay un castigo que puede ir desde un tiro de esquina hasta un tiro penal.

Quizá esa sencillez también lo haga tan vulnerable a las jugarretas como las de Arjen Robben: hay un árbitro y dos jueces de línea que tienen que ver las jugadas todo el tiempo; muchas veces, el árbitro tiene que tomar decisiones de las que no está seguro, y un jugador mañoso y experimentado puede hacerle ver cosas que no pasaron. En otras, el mismo árbitro actúa de manera misteriosa, por decir lo menos, como en aquel gol que le dio la victoria a la selección argentina en el mundial de México 1986 y que fue consecuencia de una claro golpe de mano por parte de Diego Armando Maradona. El también llamado “Pelusa” se excusó después con una actitud muy cercana a la de Arjen Robben “Fue la mano de Dios”.

El Fútbol es fascinante, eso ni quien lo dude. Sólo hace falta ver un buen partido por unos cuantos minutos para quedar prendado de su encanto que mucho tiene de cosmogónico -como bien lo intuyeron los mesoamericanos quienes, si bien no lo inventaron, si jugaban algo muy cercano al balompié actual-, sin embargo, todas las trinquiñüelas que hay alrededor, el uso populachero que hacen de él políticos corruptos de todas las tendencias; el carácter mafioso de la FIFA, los negocios sucios que se hacen alrededor -desde las apuestas hasta el Mercado de Piernas-, y la falsa sensación de hermandad -falsa por que dura lo que dura la victoria, por que no trasciende a esfuerzos colectivos más valiosos, y porque se utiliza casi siempre para que algunos de los peores energúmenos sociales saquen sus frustraciones a costa de otros-, hacen que no sea mi deporte favorito.

Y bueno, también porque yo era el niño gordo al que nadie escogía para jugar, pero eso es otra historia.

Omar Delgado
2014


martes, mayo 15, 2012

DE MAESTROS Y VERDUGOS

 
Siempre he pensado que hay cuatro profesiones que, en teoría, cualquier persona  es capaz de  ejercer: asesino, puta, vendedor y maestro.  Prácticamente todos tenemos lo necesario para matar a alguien (menos los ciegos y la gente sin miembros, incapaces de sostener una pistola, y eso, con sus asegunes), todos tenemos algún orificio que otro tenga interés en alquilar, todos podemos llegar a ofertar alguna mercancía y todos tenemos algún conocimiento que podemos transmitir a otras personas.
Esto, sólo en teoría, pues la realidad es otra. Hacen falta algo indefinible, pero muy concreto, para que una persona en particular las pueda realizar: sangre fría, necesidad de auto escarnio, capacidad de engaño y supresión de los escrúpulos… Qué se yo. En el caso específico del maestro, es necesario que la persona, además del conocimiento a transmitir, posea una generosidad natural que le impida el egoísmo intelectual;  es necesaria, también, cierta dosis de humildad, pues la verdadera vía del aprendizaje siempre tiene dos sentidos, y eso, por supuesto, hace que no toda la gente está capacitada para ponerse frente a un grupo.
En mi vida como estudiante me topé con docentes tanto buenos como pésimos. Esto fue especialmente marcado en las primeras dos escuelas a las que asistí: la primaria 5 de Mayo, en la Colonia Sinatel, y la Secundaria Diurna 148, en la Gabriel Ramos Millán, ambas de carácter público, aunque abismalmente distintas una de otra.  Ahí, en esos planteles, fue donde gocé y padecí a los más queridos y más odiados profesores de mi vida. Recuerdo, por ejemplo, de la primaria, a la maestra Nerey, una dicharachera anciana que me topé en tercero y que un día no tuvo mejor solución para combatir mi hiperactividad que amarrarme al pupitre ─anécdota que actualmente tanto mi madre como yo recordamos entre carcajadas, cuando cualquier pedagogo de la nueva ola pondría el grito en el cielo por semejante “maltrato”─.  A mi mente viene también la infame Godzilla, o María Elena, que es como aparece en los bestiarios. Pequeña, menuda, de enormes gafas y con el cabello peinado en  permanente, Godzilla era la pesadilla de cualquier escolar. Cuando algo la descontrolaba, o cuando se topaba con la natural energía de un grupo de niños de diez años ─ella fue mi maestra de quinto grado─, de inmediato su cabalgata interna de hormonas la obligaba a zarandear al compañero que tenía al alcance al tiempo que, como si fuera un mantra,  gritaba a todo pulmón sus más caros insultos. Aún recuerdo la serie, que nunca variaba: “Cínico, asqueroso, puerco, inmundo, desvergonzado…” Por lo general, María Elena se ensañaba con los chicos más morenos, lo cual le daba un cariz indudablemente racista a su furia. Desconozco cuantos de mis compañeros tuvieron problemas emocionales a partir de los maltratos de Godzilla. Quizá fue por ello que, para vacunarnos contra posibles traumas, mis amigos más cercanos y yo decidimos incluirla en nuestros juegos vespertinos: Con nuestras figuras de acción de STAR WARS® escenificábamos el aula escolar: El más carismático escogía a Han Solo, el más chaparro, a Yoda, el güerito, a Luke Skywalker, y a mí, el gordo del grupo, me tocaba ser el Guardia Gamorrean. La maestra estaba representada, indudablemente, por la reproducción en plástico del Monstruo Rancor, la  mascota de Jabba The Hutt.  Gracias a que la boca del juguete estaba articulada y podía moverse por medio de una palanca que se encontraba en la parte posterior del juguete, podíamos escenificar las retahílas de insultos y soliloquios esquizofrénicos de Godzilla y así burlarnos en la tarde de quién nos vejaba durante la mañana.
En la secundaria no me fue mejor. Tuve a mal asistir a un plantel enclavado en una zona con alto índice delincuencial, por lo que podrán imaginarse el catálogo de compañeros que tuve ─por cierto, uno de ellos, el Frankie, actualmente es el cappo di tutti cappi del oriente de la Ciudad de México. Por obvias razones, nunca he querido ir a saludarlo─. De esa etapa recuerdo al maestro Manuel Ojeda, hombre moreno y sospechosamente parecido a Díaz Ordaz que se la pasaba insultándonos con los sarcasmos y las ironías más afiladas. Era un cabrón, pero caía bien a pesar de su legendaria severidad y ojetez ─haciendo honor pleno a su apellido─, pues sabía cómo decirle a un alumno que era un estúpido o un huevón de la manera más fina posible. Esa manera tan peculiar de ser de Ojeda, aunque no nos sabíamos en ese momento, nos prepararía contra los golpes de la vida, y nos enseñaría a estar alerta de la doble función de las palabras.
También tuve una maestra de civismo, de la cual no recuerdo el nombre, que practicaba cierta peculiar costumbre: cuando estaba a solas en el salón recargaba su pubis sobre la esquina de la mesa y se masturbaba con el mueble. Siendo como era, muy bajita, la mesa le quedaba que ni mandada hacer para su auto satisfacción. Aunque todos sabíamos de su hábito, ninguno jamás intentó siquiera comentarlo, pues era una de las profesoras más crueles del plantel y no hubiera dudado en expulsar al indiscreto que descubriera su secreto. Sin embargo, todo tiene su fin: a cierto compañero se le ocurrió impregnar las esquinas de la mesa con tinta.  La pobre mujer perdió, además de un horroroso vestido de terlenka, su respetabilidad como docente.
Y todo por un mueble.
Otro de los maestros que sufrí por tres largos años era Oliva, el de dibujo técnico, hombre que, quién sabe por qué oscura razón, me agarró ojeriza desde la primera vez que me vio. Durante los tres años que fui su alumno padecí lo que luego se conocería como bulling: dibujos que me habían costado una semana tachoneados con pluma en mi cara, láminas con calificación reprobatoria por una pequeña mancha de grafito, promedios que con trabajos pasaron de seis y que, en varias ocasiones, llegaron a la ignominia del número rojo. Oliva, con su enorme nariz llena de pelos, sus trajes baratos y su rostro jamás sonriente, fue quien me alejó definitivamente de mi vocación como dibujante. El hombre, finalmente, al hacer eso, me preparaba sin saberlo para el mobbing al que estaría expuesto en mi profesión durante mi etapa adulta.
No sé si ir a agradecerle o a romperle la madre.
Por supuesto, también tuve grandes e infames profesores en la preparatoria y en la universidad; sin embargo, no quiero hacer referencia a ellos, pues en el fondo son los docentes que te topas en tus primeras escuelas los que pueden hacer que un chico tome confianza en sí mismo y salga adelante, o que se hunda definitivamente en la autocompasión que lleva a la tragedia.
En mi caso, afortunadamente, pesaron más los primeros que los segundos.

Omar Delgado
2012

lunes, abril 16, 2012

NEARER, MY GOD, TO THEE





El Titanic, a cien años.
Desde niño, siempre me atrajo lo extraño, lo fantástico, lo inesperado (Ripley Dixit). El primer libro que tuve, por allá de los siete años, se titulaba “Personajes Increibles”, y era una compilación de la vida y obra de los fenómenos más notables de la humanidad y de los personajes más notables de la historia. En ese maravilloso ejemplar, editado por editorial Panorama, lo mismo venía la chica cíclope francesa que vivió en la Francia de los Luises que Tarmelan, el temido nieto de Gengis Khan, quien se desaburría pirámides con los cráneos pelados de sus enemigos. Otro de mis libros fundacionales fue uno que encontré en la casa del padre de mi hermana menor, uno de esos tomos especiales que tenía a bien el Selecciones del Reader Digest: el  Gran Libro de lo Asombroso e Inaudito.
            He de confesar que ese libro lo consumí con el ánimo de un enviciado; lo leí una y otra vez hasta que la fricción le amputó las pastas. Historia tras historia, cada una de sus páginas nutrió con creces mi vocación de freak. Fue en ese texto en donde, por primera vez, me enamoré del naufragio más grande que la historia.
            El Titanic, como todo mundo recuerda en estos días, se hundió el 14 de Abril de 1912, llevándose a más de mil quinientas personas al fondo del Océano Atlántico. Muchos de los hechos que rodearon la tragedia, ya son parte del conocimiento popular gracias a James Camerón: que si los músicos tocaron hasta que el agua los barrió de la cubierta, que si la última canción que ejecutaron fue un himno cristiano, que si el capitán decidió encerrarse junto al timón para hundirse con su barco haciendo honor al lugar común, que si no se tenían suficientes botes salvavidas por preservar la estética de la nave, que si durante el naufragio se utilizó por primera vez el código de emergencia S.O.S, etcétera, etécera. Curiosamente, la tragedia del  barcote es recordada con mucha más intensidad que, por ejemplo, otros accidentes de peso histórico más significativo —por ejemplo, el hundimiento del Lusitania o la caída del Hindemburg—, y es menester preguntar las razones de ello.
            En otras palabras ¿Por qué es tan fascinante la tragedia del Titanic?
            Lo primero que podría argumentar es que, además de todo lo ya dicho, el hundimiento marcó simbólicamente el fin de la era victoriana y el inicio de la hegemonía de los Estados Unidos. Inglaterra estaba representada por ese barco debido a su absoluto dominio de los mares, y de cierta manera, fue esa hybris de creerse los soberanos absolutos del océano la causa indirecta de la tragedia. Lo que si es un hecho es que con el Titanic se inició el fin de la hegemonía del barco como medio omnímodo de transporte global de pasajeros. Ese lugar fue ocupado unos años después, por el avión, ese invento tan representativo del espíritu norteamericano que sería el gran protagonista del siglo XX. De cierta manera, Horacio Nelson y Sir Francis Drake fueron desplazados por Charles Lindberg y los Hermanos Writgh a consecuencia del naufragio.
            Por otro lado, el Titanic representó un microcosmos del universo que era la Inglaterra decimonónica: sus pasajeros divididos en primera, segunda y tercera, eran fiel reflejo de la división social victoriana: los nobles, pocos pero influyentes, en la punta de la pirámide (y en la parte superior del barco); una más numerosa clase burguesa en segunda y un extenso sector proletario en la base de la pirámide (ambas hospedadas en los camarotes que estaban por debajo de la línea de flotación). Por supuesto, estas divisiones pesaron al la hora del hundimiento, pues  la inmensa mayoría de los supervivientes pertenecieran a la clase acomodada, mientras que la mayoría de los cadáveres que quedaron flotando en las aguas eran de tercera clase. Como detalle curioso hay que apuntar que muchos de los marineros del barco, grumetes y sirvientes que ayudaron a los aristócratas a abordar las lanchas salvavidas acabaron hundiéndose junto con la nave. En otras palabras, prefirieron cumplir con su deber antes que arrojar a sus encopetados patrones al agua para salvarse ellos.
            No sé porque no los nombraron empleados del mes.
Los estudiosos de la catástrofe, esos que recopilan con gula las anécdotas, los indicios, los documentos y los objetos relacionados alrededor del hundimiento se encontraron con un hecho peculiar: un  porcentaje significativo de los que salieron vivos del trance eran norteamericanos. Luego de indagar las causas de esto, se descubrió que la causa de su supervivencia fue su mala educación. Explico: mientras que los ingleses esperaban muy disciplinados en la fila a que les proporcionaran un salvavidas, los estadounidenses, mucho menos refinados, llegaban, empujaban y hacían tal desmadre que los acomedidos marineros acababan por darles preferencia. Así pues, que la rudeza  y el egoísmo a ultranza les salvaron la vida mientras que los de mejor crianza no alcanzaron lugar y fueron devorados por el mar. El individualismo y desconsideración del American Way mostró su efectividad frente a la contención y decencia de los ingleses. Mala cosa.
            Por último y para no desentonar con la memorabilia, me permito recordar al único mexicano que murió en la tragedia: Manuel Uruchurtu, diputado y caballero que murió al ceder su lugar en los botes salvavidas a  Elizabeth Ramell-Nye, mujer de 29 años que cargaba un niño en brazos. El gesto sólo nos demuestra que hubo un tiempo en que los políticos mexicanos eran gente (medio) decente. Por desgracia, cien años después, no encuentro en las figuras de la polìtica nacional ningún prohombre o promujer que fuera capaz de un gesto tan digno. Muy por el contrario, la inmensa mayoría de los diputados, senadores, secretarios subsecretarios, gobernadores y presidentes o candidatos no dudarían un segundo en arrojar a la mujer con el niño en brazos al mar con tal de alcanzar un lugar en el bote salvavidas (o en el gabinete del siguiente sexenio)

Omar Delgado
2012

lunes, noviembre 21, 2011

TRES REFLEXIONES ACERCA DE "EL CABALLERO DEL DESIERTO"





Este fue el texto que leí en la presentación en sociedad de mi segunda novela, titulada justamente "El Caballero del Desierto", que se llevó a cabo el 17 de Septiembre de 2011 en la Librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, en el sur de la Ciudad de México. Me acompañaron mis queridos amigos y maestros Sandro Cohen, Armando Alanís, y Rodolfo J.M, a quienes les agradezco sus palabras.

I
Comencé a escribir la novela que presentamos en esta ocasión movido —casi obligado—, por quien se convertiría en personaje involuntario de esta ficción: Sandro Cohen, mi amigo y maestro. En ese tiempo —alrededor de 2005—, la editorial que él dirigía en ese momento —Colibrí—, ya me había publicado el primero de mis trabajos novelísticos, Ellos nos Cuidan, como parte de un programa que tenía como fin nutrir las bibliotecas de Estados Unidos con textos enfocados al lector hispanohablante. Fue entonces cuando nació el insigne pollero, Pablo Disaki, y su contraparte/ complemento, el policía fronterizo Alexander Cohen. El avatar ficticio de Sandro, al igual que él, era un hombre recto y de buen corazón que un buen día se enfrenta ante la disyuntiva de su vida: ayudar a un delincuente o denunciarlo y dejar que un grupo de indocumentados muera a manos de un asesino. Evidentemente, Alexander Cohen, antiguo miembro de la policía fronteriza, decide actuar con rectitud sin medir las consecuencias, quedando así, curiosamente, como el verdadero protagonista de la novela.
            He de decir que el doble literario de Sandro se las ve muy duras en la ficción: camina en el desierto por días, le dan una tunda, lo balacean, lo encarcelan y lo estigmatizan como el criminal que nunca fue; en pocas palabras, lo dejan como aquel legendario caballo blanco: con todo el hocico sangrando. Conforme la escribía, tenía a veces que sacar fuerzas de flaqueza para poder imaginarme a mi gran amigo en tan amargos trances, tostado por el sol, sangrante de las comisuras de los labios, mugroso de tanto ser revolcado en el desierto, defenestrado… Y, finalmente, renacido.
            Por lo tanto, esta novela también es un homenaje al hombre al que pulió y cultivó con la paciencia y constancia de los verdaderos maestros mi vocación literaria, pues sin él, este trabajo, que tienen en sus manos, nunca hubiera nacido.
            Gracias, Sandro Cohen.

II
Hace cuestión de unos días leí en el periódico una noticia que me causó risa y encabrone de manera simultánea: un legislador de nulas luces pasó una iniciativa a las cámaras para penalizar hasta con cuatro años de cárcel la composición e interpretación de las canciones inscritas bajo el género de los Narcocorridos. El pelmazo en cuestión alegaba que este género musical fomenta la delincuencia e inspira a los niños jóvenes a pasarse del lado sombreado de la ley.  Esto me llevó a pensar que, de fructificar, es muy probable que mi próximo libro lo estemos presentando en el auditorio del Reclusorio Norte y mis presentadores sean el Charrascas, conocido atracador del metro La Raza, y el mohicano, narcomenudista que venía su mercancía bara bara en un puesto de jochos de Insurgentes Sur hasta hace un par de meses, cuando se peleó con el comandante de la zona.
            Y es que El Caballero del Desierto, es, también, un narcocorrido literario. Conforme lo iba escribiendo me dí cuenta que utilizaba las mismas pautas que utilizan los cantantes vernáculos para ensalzar a los paladines del crimen, que manejaba sus mismos símbolos y que me apropiaba su territorio lingüístico; que mis personajes habitaban, vivían y morían en ese medio ambiente tan enrarecido, sublime, peligroso y entrañable conocido como la frontera norte, mismo que no es sino un nuevo Reino de la Aventura, (término de Fernando Savater), en donde las leyes humanas y divinas se subvierten y en donde el héroe —sea cual sea su polaridad—, valida su condición.
            El Caballero del Desierto, al igual que los narcocorridos, construye una figura mitificada alrededor de un personaje común y corriente. Pablo Disaki, el ser humano que decide en algún momento de su vida se dedica a traficar personas al otro lado de la frontera, da lugar al Caballero del Desierto, el pollero legendario e invencible, de moral torcida pero intachable, y de procederes que hacen dudar del espíritu justiciero de las leyes. Quiero aclarar que esta novela de ninguna manera trata de ser —como lo afirmaría el diputado censor—, una apología de la delincuencia. Es, simplemente, y como toda manifestación artística, el reflejo de las preocupaciones de un creador ante su momento histórico, y su manera de lidiar con la realidad a la que se confronta.
            Y pensando en el brillante legislador de marras, emparentado con esos otros valientes procuradores de justicia que se dedican a perseguir tuiteros al tiempo que los Zetas florecen eu su jardín, si en un momento prosperara su desatino de penalizar los corridos del narco se tendría que encarcelar también a todos aquellos que leyeran El Mio Cid o El Lazarillo de Tormes, pues el narcocorrido, en el fondo,  extiende sus raíces hasta géneros tan variopintos como el Cantar de Gesta o la novela picaresca. Del primero de estos géneros adquiere su condición de epopeya, y del segundo, la ambigüedad moral de sus personajes, misma que hace que, sin quererlo, una parte del escucha —en el caso de los narcocorridos—, o del lector —en el caso de las novelas que tratan el tema—, simpatice con ellos. .Quizá por ello nos resultan tan vividos y poderosos los personajes que emanan de las canciones de Los Tucanes de Tijuana o Los Tigres del Norte, por que, en el fondo, Camelia la Tejana es prima de Rodrigo Díaz de Vivar y tía de el Periquillo Sarniento.
            Así que, si nos encarcelan a todos, pido litera.


III
Para concluir esta breve intervención, quiero manifestar que, al contrario de lo que he escuchado en diversos círculos, el género mal llamado Narconovela tiene cuerda para rato.
            Actualmente estamos viviendo en el país, además de una guerra que no pedimos, una transformación radical en los valores y símbolos sociales. En estos días, y aunque suene a chiste, considero que ya todo México es frontera, cada vez la forma de ser fronteriza —lo positivo y lo negativo—, se extiende y asienta cada vez más al sur, como si de repente el Suchiate quisiera matrimoniarse con el Bravo y el Colorado con el Usumacinta. Somos un país más fronterizo en gustos, música, vestimentas, medios de vida, pero, sobre todo, en ese espíritu alcahuete que hace posible la tolerancia cada vez más extendida de los valores delincuenciales dentro de la sociedad. En ese sentido, sería más apropiado comenzar a utilizar el término anglo Frontier, que no únicamente se refiere a una línea divisoria, sino también a ese espacio en donde dos comunidades disímbolas se unen para mezclarse en una tercera y en donde las leyes se vuelven relativas por la fuerza de las circunstancias. Por lo mismo, no podemos suscribir el género literario característico de este fenómeno al puro fenómeno del narcotráfico, ya que es mucho más complejo. El tráfico de drogas existe, efectivamente, así como el de personas —del cual trata el trabajo que les presento—, pero también existen las actividades honestas de gente que, a pesar de que convive un día sí y el otro también con estas actividades, deciden dedicarse a labores dentro de la ley.
            Es por eso que, a este género en el que trabajamos varios, no lo llamaría narconovela. Más bien, lo bautizaría como Thriller fronterizo, o bien, como novela negra norteña….
            Gracias, y buenas noches.
           
           

miércoles, agosto 11, 2010

LA BELLA INGENIERA

PhotobucketAlineación al centro


No acostumbro mencionar en este espacio mi otra ocupación, esa que lleva alimentos a mi mesa. Para mí, las letras hacen que la vida valga la pena, además de impedir que me desbarranque por las laderas de la locura. Sin embargo, por lo menos en este momento, me es necesario otro oficio para proveer al escritor de los insumos y lujitos necesarios para su desempeño. Esa otra profesión es la de ingeniero en comunicaciones, misma que concluí hace trece añios. Mi etapa como estudiante fue curiosa: en el día me nutría de cálculo diferencial e integral, funciones senoidales y cosenoidales, semiconductores, leyes de electromagnetismo de Maxwell y transformadas de Fourier; por las noche llegaban Borges, Kerouac, Cortázar, Sábato, Balzac y Kafka —por poner sólo algunos ejemplos—, a formar, deformar y conformar el otro hemisferio de mi cerebro.

Cualquier estudiante de ingeniería sabe que el elemento más escaso en la profesión son las mujeres, pues por lugar común, cliché, comodidad o por la negra fama que tiñe a las ciencias exactas, la mitad bella del género humano prefiere decantarse hacia profesiones como la psicología, la administración, la pedagogía o la arquitectura. No muchas son en realidad —o por lo menos, en mis tiempos—, las que se aventuran en las sendas de las matemáticas aplicadas, la física avanzada y el sofisticado albur de los inges. Las pocas que de repente se aparecíeron en las aulas de mi profesión, o bien estaban demasiado ocupadas defendiéndose del asedio masculino, o bien eran dueñas de una anatomía tan alejada de la proporción áurea que uno prefería verlas más como compadres que como potenciales compañeras de cama.

Por ello, para mi fue una agradable sorpresa descubrir que la diva del cine Hedy Lamar (1914-2000) era también una notable colega ingeniera.

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La hermosa inge, de nombre real Hedwin Eva María Keisler, nació en Austria en 1913. Era hija de una pianista y de un banquero de origen judío. Desde muy pequeña, demostró una notable inteligencia, misma que a los 16 años la lleva a inscribirse en la Escuela de Ingeniería en Comunicaciones. Sin embargo, tres años después, su belleza la lleva hacia la actuación. Siendo dirigida por el director Max Reinhardt, Hedwin protagoniza el primer desnudo del cine comercial en la cinta checa Ektase, en la que muestra sin ninguna inhibición su magnífica anatomía. Dicha escena ocasionó que su familia, para evadir la verguenza social, la prometiera y casara a la fuerza con el magnate Frederich Mandl, tratante de armas e influyente actor político.

El marido de Hedy resultó ser un energúmeno celoso que prácticamente la encerró en casa, y que incluso no le permitía bañarse si no era bajo su ojo vigilante, por lo que la hermosa tuvo el tiempo suficiente para concluir su formación como ingeniera. Al mismo tiempo, durante las reuniones y fiestas a las que asistía junto con su marido, quien por cierto proveía de armas al régimen de Mussolini, logró sonsacarle algunos secretos militares a los altos mandos del ejército fascista. Estos datos le serían de utilidad años después.

Hedwin logró escaparse de Frederich saliendo por la ventana de un restaurante y tomando carretera hasta llegar a París, en donde obtendría el primero de los seis divorcios que acumularía en el transcurso de su vida. Luego de viajar a Londres, se embarcó a las Américas en el trasatlántico Normandía. Ahí conoció a Louise B. Mayer, copropietario de los estudios Metro Godwin Mayer, quien le ofreció un contrato de exclusividad. Debido a la polémica del desnudo, su nuevo patrón le pidió que se cambiara el nombre artístico para no espantar a la pacata sociedad estadounidense. Así, la diva unió apócope de su primer nombre al apellido de Bárbara La Marr, actriz del cine mudo muerta por una sobredosis de heroína en 1926 (y que por cierto, había tenido un romance con Mayer). Hedy Lamarr, la mujer más hermosa de las películas, había nacido.

Lamarr protagonizó algunas de las cintas más representativas de la época, siendo las más recordadas Tortilla Flat (1943), Boom Town (1940), Samson and Dalila (1947) y The Female Animal (1957). Sin embargo, seria la representación de la ingrata pérfida filistea que ocasionó la caída de Sansón la que imprimió para siempre su imagen seductora en el inconsciente colectivo. De la misma manera, se enamora en 1941 de compositor vanguardista George Anteil (1900-1959), con quien accidentalmente haría uno de los descubrimientos más importantes de las telecomunicaciones: la conmutación de frecuencias.


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El desarrollo de misiles teledirigidos fue una preocupación para los dos bloques de países que pelearon la segunda guerra mundial. El problema de dicha tecnología radicaba principalmente en que los proyectiles eran controlados por señales electromagnéticas muy fáciles de interceptar e interferir por el enemigo, quien podía con relativa sencillez crackear la señal y mandar la bomba de vuelta a su destino. Hedy Lamarr pudo resolver el problema al diseñar el esquema que daría origen a la tecnología de espectro ensanchado por salto de frecuencias (FHSS).

Un día cualquiera, dándose arrumacos con su músico, Hedy decidió tocar el piano. Mientras calentaba los dedos, se le ocurrió que, al igual que un pianista alterna las notas del instrumento para construir una melodía, las frecuencias de un transmisor podían variar en intervalos cortos, de manera sincronizada con su receptor. En base a este principio, la bella inge, utilizando tanto sus habilidades técnicas como los conocimientos que le esquilmó a los socios de su ex marido, diseño un sistema, registrado bajo la patente 2.292.387, que permitía a los misiles ser dirigidos remotamente con una señal segura. Este sistema, llamado posteriormente de Espectro Ensanchado, es el mismo que casi ocasiona la voladura del planeta durante la crisis de los misiles de Cuba en 1962 y que, más de sesenta años después, adaptaría la compaía canadiense Blackberry para su esquema de trasmisión movil de datos.

La ingeniera Keisler también contribuyó a la victoria de los aliados al comunicar todos los tejes y manejes de los que se había enterado mientras era la esposa de Friedrich Mandl, por lo que, además de diva del cine y notable inventora, también debe guardársele un lugar de honor en el nicho de los espías antinazis. Luego de una vida llena de glorias, aventuras y turbulencias, Hedy Lamarr murió en Orlando, Florida, el 19 de enero del año 2000. Algunos años antes se le había hecho un reconocimiento público por sus descubrimientos en el campo de las comunicaciones, e incluso se decidió que el día de su cumpleaños, el 9 de noviembre, fuera declarado en su honor el día de los ingenieros.

Hedy Lamarr, además de sus invaluables méritos, demuestró que la belleza de ninguna manera está peleada con la capacidad cerebral. Al igual que sus colegas Katherine Hepburn (quien provenía de una familia de intelectuales y era dueña de un afilado ingenio) y Marilyn Monroe (casada con el dramaturgo Arthur Miller y lectora compulsiva de Kerouac y Joyce), Lamarr fue una de esas mujeres totales que cualquier hombre con más de tres dedos de frente busca con desesperación.

(Aunque sean tan complicadas)


Omar Delgado

2010

sábado, mayo 15, 2010

AMATXU


Itziar Alejandre Cerasolo (1937-2010)


Querida amiga, madre literaria:

Van ya tres días de que te desprendiste de esta carne tan falible, de que tu espíritu se deshizo al fin de ese cuerpo tuyo tan traicionero, mismo que hace veinte años se empecinó en volverse tu mortaja.Y hoy es también el tercer día en que me doy cuenta que el hueco que dejaste en nuestras vidas jamás se llenará del todo.

Recuerdo que el martes pasado, 11 de Mayo, te encontré anidada en la cama de hospital que se convertiría en tu lecho mortuorio. La enfermedad ya te había arrebatado la palabra, cualidad que siempre fue tu patrimonio y tu potencia. Era una mañana de calor untoso, y dormitabas. Parecías deshidratada. Una enfermera distraida me preguntó si te estaban dando suficiente agua, y yo no supe que contestar. Fue cuando abriste los ojos y tus labios vibraron apenas; ya no pudiste hablarme, ya los alientos se te quedaron atrapados en la mascarilla. Sin embargo, tus ojos me lo dijeron todo: supe que sería la última vez que te vería en este plano de la existencia. Se me concedió que te despertaras, y pude ver en la chispa de tu mirada que me reconocías, pero no se me concedió escucharte por última vez. Quizá sea en otro momento, en el instante en el que sea a mí a quien me toque entregar las ánimas, cuando podamos charlar otra vez.

Tu vida fue un tejido riquísimo y vasto, polícromo y complejo, lleno de vericuetos y espirales, un tejido cuyo primer hilo inició en el país vasco en 1937, en plena guerra civil española. Eras niña cuando ya huías de las barbaries de la guerra, cuando tomaste conciencia de lo que eran capaces de hacer la ambición desmedida y la crueldad del hombre. Tu venías de ese pueblo bravo de los vascos, ese que siempre ha tratado de trazar sus propios destinos y que siempre se ha confrontado a los tiranos. Quizá por ello tu espíritu también nació indómito y tal vez por eso siempre apoyaste y amaste a la mejor parte de este México, a los que buscan construir un país menos injusto.

Poco a poco, a lo largo de los años, nos fuiste revelando a nosotros, tus compañeros del taller literario, la maravilla de tu existencia. Tu llegada a México, después de vivir hambres y fríos en un campo de refugiados francés, después de viajar a La Habana en un carguero ingles —bajo la amenaza de los torpedos nazis—, después del arribo a Veracruz en los tiempos en que este país aún tenía un presidente digno de ese nombramiento Recuerdo embelesado como nos contabas de aquellas odiseas ultramarinas, de tu predilección por el té y las tostadas con mantequilla, de tus memorias del terrible calor cubano y de tu espanto infantil al ver a la gente de color. En esas noches, gracias a tus palabras, puede conocer a tu padre, el guerrillero que peleó contra Franco, el empresario mexicano, el arqueólogo aficionado, el padre ambivalente que te hería al tiempo que te quería. Y, por supuesto, también nos presentaste a tu Amaxtu, a esa señora de valor callado y firme que te trajo desde la Europa de la guerra y te crió —a ti y a tus hermanos, a tu abuela, a una de sus hermanas—, en un país que pronto adoptaron como propio.

Durante esas maravillosas veladas nos hiciste cómplices aún de los más espinosos momentos de tu vida: nos relataste como la pulmonía y el mar te arrebataron a tus dos hermanos; nos contaste de tu matrimonio con el omnipresente Regio, de tu carrera como científica —cuando eras investigadora en el centro médico, nomás—, de tu viaje de estudios a Francia —en donde casi te fulmina un rayo—, de tu matrimonio sin felicidad, de tus dos hijos, del cómo te abandonó el marido en cuanto supo de tu enfermedad; en fin, que nos hiciste partícipes de todos aquellos momentos que te construyeron como persona.

Cuando te recuerdo, querida amiga, no me queda sino asombrarme de la fortaleza de su espíritu, de la gallardía con la que enfrentaste la guerra, el exterminio, la enfermedad, la soledad, el dolor y la muerte; de la sonrisa con la que siempre las retaste. Por que eso sí, Itziar, jamás escuché de ti una sola queja: sólo chanzas ingeniosas, anécdotas diamantinas, frases sabias, luz filigranada en palabras y, por supuesto, maldiciones dirigidas contra los corruptos, los ladrones y los autoritarios (razas que hoy día son más que abundantes). En estos tiempos en que los jovencitos cagüengues —y no tan jovencitos, pero igual de cagüengues—, se arropan en la autocompasión y las lamentaciones, tú, que auténticamente tenías motivos para rendirte, para intentar bajarte del tren, jamás lo hiciste, y ni siquiera lo intentaste.

Ahora que tus cenizas — ¿Podrá una urna tan chiquita contener a una mujer tan inmensa?—, van camino a Euskadi, a descansar junto a tu madre, sólo me queda el extrañarte, el tratar de emular aunque sea un poco tu valor y tu coherencia, y agradecerte de manera infinita por la preciosa amistad con la que me distinguiste.

Fue un privilegio conocerte.

Nos vemos al otro lado.


Omar Delgado

2010

lunes, octubre 12, 2009

IRMA


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I

Ella es un ama de casa de sesenta y tres años que desde hace siete obtuvo su jubilación de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro (LyF). No se la regalaron: la consiguió luego de dedicar más de cuarto de siglo laborando para dicha empresa. Cuando habla de su trabajo, lo hace con el orgullo brillándole en los ojos, pues LyF le permitió desarrollarse laboral y humanamente a pesar de que las carencias de su juventud no le permitieron obtener un grado académico más allá del segundo año de secundaria. Cuando finalmente dejó el trabajo, ejercía como supervisora de tabuladoras —las mujeres encargadas de calcular los montos de las facturas eléctricas—, labor que actualmente realizan tres actuarios.

El sábado 10 de octubre tuvo que ver, con la impotencia amargándole la boca, cómo las fuerzas policiales del estado mexicano entraban en las instalaciones de la compañía a la que le dedicó la vida. Luego, durante un domingo caluroso y triste, sufrió los machacones mensajes de diversos funcionarios públicos —desde un porcino secretario de gobernación hasta el coproforme presidente de la República—, quienes por todos los medios la intentaron convencer de que ella era, y solo ella, la culpable de que su jubilación, su fuente de ingresos y, sobre todo, la empresa de la que orgullosamente formó parte, hubiera sido liquidada —en toda la terrible connotación del término—, por el gobierno mexicano.

Ahora Irma vive en una angustia permanente por su futuro. Aún no sabe si seguirá percibiendo su jubilación, aún no sabe por cuanto tiempo lo hará; aún no sabe que pasará con el porvenir de su hija menor, dependiente económica suya y estudiante. Lo único de lo que está segura es de que, luego de tantos fraudes y engaños caradura, luego de prometer la derogación de la tenencia y la generación de millones (pero millones, millones), de empleos, luego de perjurar que no se subirían impuestos a la población ni que se tocarían los fondos de las AFORES[1], la palabra de Felipe de Jesús Calderón, presidente impuesto de la república, no vale una chingada.

II

Irma no comprende porqué hay tanto encono hacia ella y hacia sus compañeros electricistas. Ha debido soportar burlas, reclamos y comentarios ácidos incluso de sus propias hermanas: “Ay, qué bueno… Hasta que se van a poner a trabajar”. “Son unos huevones”, “Tienen muchísimos privilegios: qué bueno que se los quiten” A ella, como a muchísimos segmentos críticos de la población —desde los estudiantes de universidades públicas hasta los militantes del movimiento Lopezobradorista—, los medios de comunicación los han hecho deleznables. Los han convertido en el receptáculo de las frustraciones de la mayoría de la población, como si fueran culpa de ella —de Irma—, las crueles políticas de despojo económico con las que desde tres décadas nos atacan las elites del país; como si fuera su responsabilidad que el gobierno federal, desde hace años, ha dejado de invertir en ciertas empresas paraestatales —como la extinta LyF , Pemex, la UNAM—, con el fin de volverlas obsoletas y evitar que presten un buen servicio para su posterior privatización. Por último, ella jamás ha comprendido porqué la gente, en lugar de enojarse por las condiciones de su contrato colectivo de trabajo —prestaciones todas ellas, por cierto, estipuladas en la Constitución Mexicana—, no luchan por obtener prebendas similares. Lo cierto es que Irma ha vivido, con toda crudeza, la tendencia natural del mexicano —que es casi una tradición como la Guelaguetza—, a atacar con rabia a quien ha logrado una situación un poco menos desesperada. “O todos jodidos, o todos jodidos”.

III

Irma es consciente que la batalla que sigue es crucial y será a muerte.

Intuye que la acción del gobierno mexicano —que expertos juristas han calificado como ilegal y anticonstitucional—, tiene como fin último la apertura del sector eléctrico al capital privado. Sabe que es un negocio más que jugoso, que tiene alcances internacionales y que los panistas en el gobierno —a quienes les quedan menos de dos años antes de dejar el poder—, harán lo posible por abrir la industria y llevarse una tajada del pastel. Es más que obvio que hay capitales extranjeros —especialmente españoles, cuyo personero y punta de lanza era el difunto Juan Camilo Mouriño—, que buscan incursionar en la generación eléctrica. Irma sabe también que algunos de los magnates mexicanos ya se frotan las manos por la infraestructura de LyF, indispensable para la distribución de fibra óptica que les permita invertir en el llamado Triple Play[2]

Tan grande es el negocio que viene que al gobierno federal no le importó dejar sin sustento a más de sesenta y seis mil familias; tampoco le preocupó —por cierto—, lanzar a la calle al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), una de las más antiguas y aguerridas organizaciones laborales de México. A Calderón, a sus socios y representados —quiero decir, a los que realmente representa, que es a la casta empresarial—, no les importa que corra sangre en las calles, que se paralice la ciudad de México —total, la gobierna la oposición—, ni que centenares de miles de personas queden en la indefensión. Es más, para ellos, todos estos inconvenientes no son sino ajustes necesarios para su proyecto de país.

Un proyecto de país en el que Irma, mi madre, no existe.

Pos ya veremos.

IV

A todos aquellos que piensan “A mi que me importa”, “¿Y yo por qué?”, “Me viene valiendo madres”, me gustaría que reflexionaran acerca de los argumentos que el gobierno utilizó para liquidar a LyF: ineficiencia, gasto excesivo, burocracia, mal servicio. Quisiera que pensaran que esos mismos argumentos pueden ser utilizados para liquudar cualquier paraestatal o instituto incómodo. Hoy es Luz y Fuerza del Centro, mañana será PEMEX, la UNAM, el IPN, el CONACULTA, el INBA, (El CNTE no: hay que mantener contenta a la maestra para que opere la elección del 2012); mañana será cualquier universidad pública, cualquier organismo descentralizado, o pueden servir para decretar la desaparición de poderes en algún gobierno local incómodo. Mañana la constitución —especialmente el artículo 123 que tantas nauseas causa a los empresarios—, puede ser derogado por obsoleto. El día de mañana podemos despertar en las mismas condiciones que teníamos hace cien años: como peones de hacienda henequenera o como internos de campo de concentración.

Mañana, si no nos solidarizamos con Irma y con LyF, puede pasar lo que consignó Martin Niemöller:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar”



LA PATRIA NO SE VENDE


Omar Delgado

2009



[1] AFORES: Fondos privados para el retiro de los trabajadores de México, actualmente en vías de ser requisadas por hacienda para financiar infraestructura.

[2] Triple Pay: Telefonía, Internet y Televisión. Un negocio en el que es necesaria infraestructura como la de LyF —postes, canaletas, subestaciones—. Para pasar líneas de fibra óptica e hincharse de billetes.