Nota para los compas que nos visitan de otros lados: este post versa sobre la masacre de Tlatelolco (2 de octubre de 1968). Si desean saber más acerca de ella, píquenle por acá , por aquí y por acullá.
Para muchos de los zurdos ideológicos que nacimos en los setentas, el 2 de octubre es un momento fundacional, una fecha que se inscribe muy vagamente en el registro del calendario, pues tiene mucho de ese tiempo fuera del tiempo del que hablaba Eliade (El in illo tempore donde todo comienza). Los hechos de la Plaza de las Tres Culturas se nos presentan salpicados de mito, a medio camino entre lo referencial y lo ficticio. Incluso los trabajos periodísticos que se hicieron a partir de los hechos (destacándose, por supuesto, La noche de Tlatelolco de la princesa Poniatowska), tienen algo de texto sagrado, algo de esas páginas que relatan un nuevo Eón, un sexto sol, una era nuevecita.
Para nosotros, Tlatelolco es la referencia de otros, el dato en el libro, la imagen de la película, la anécdota del pariente, pero también es la exaltada imagen que formó nuestra imaginación de los tanques, los soldados corriendo entre las ruinas, de las bengalas cantando muerte, de los cuerpos apilados en la banqueta. Para nosotros, a diferencia de, por ejemplo, los que nacieron en los noventas, los hechos del dos de octubre nos son emocionalmente próximos.
Somos la generación que nació en los años inmediatos a la masacre, los fronterizos. Crecimos elaborándonos una narrativa épica de la matanza en donde sólo existían dos bandos: los idealistas y valientes estudiantes y los feroces granaderos dirigidos por ese infrahumano llamado Gustavo Díaz Ordaz. (Que por esas acciones pertenece al Top Ten de villanos históricos mexicanos). Luego, conforme pasó el tiempo, nos dimos cuenta de que los hechos no fueron tan de claroscuro, que la nobleza y la crueldad no fueron exclusivos de uno u otro mando, que hubo estudiantes traidores (Sócrates Rizo siempre será uno de los nombres de la ignominia), intelectuales boquifloja (¡Ay, Elenita de mi vida!) y soldados piadosos que durante esa tarde ocultaron a algunos jóvenes para evitar que los mataran.
Para mi, el dos de octubre vive en la voz de mi tío Juan, voz que se quiebra cuando se lamenta por los amigos perdidos en Tlatelolco; vive en su emoción cuando relata la marcha del silencio, cuando recuerda esas doscientas mil personas entrando a la plancha del zócalo sin emitir sonido alguno; vive en el coraje que muestra cuando habla de Gustavo Díaz Ordaz, ese maldito primate de orejas tapadas y mano extendida con pistola, ese al que le cantaban ”El orangután” de la Santanera mientras caminaban por el Paseo de la Reforma.
Tlatelolco también me vive en las anécdotas de Toño, el amigo de mi padre que anduvo bien metido en el borlote y que vivió a escondiéndose por años; vive en esa aprensión permanente que mostraba, la de aquel que ha sido perseguido por el estado y no sabe en qué momento el engranaje represor vuelva a accionarse en su contra; vive en su vida como sindicalista y activista político, y en la profunda desilusión que sufrió al ver como sus compañeros de lucha traicionaban los ideales del movimiento.
Mi dos de octubre personal se complementa con las crónicas de uno de mis antiguos suegros, un avinagrado senecto que había pertenecido al Estado Mayor Presidencial. El hombre se vanagloriaba al contarme cómo se había reprimido a los estudiantes, se alegraba al recordar la cantidad de camiones (repletos de cadáveres) que llevó al campo militar número 1; se enorgullecía de decir que los estudiantes también estaban armados y que habían disparado contra los soldados y no se cansaba en afirmar que lo que querían era desestabilizar al país gracias al oro de Moscú.
Una joyita el señor, hablar con él era charlar con el mismísimo GDO.
Son tiempos malos para los soñadores, para los necios de los que hablaba Silvio Rodríguez. Ahora el mundo es más hostil y difícil, ahora tenemos una recesión mundial que hará parecer a la del 29 una broma; ahora, que tan necesarias son las utopías, nos encontramos que la mayoría ya se derrumbaron; ahora, que necesitamos lideres, ideólogos y (a huevo que sí), caudillos, vemos con tristeza que los antiguos paladines como Cuauhtemoc Cárdenas o el Subcomandante Marcos se han convertido en villanos. Justo en este momento en el que necesitamos un gobierno mucho más humano, tenemos una piara de corruptos e ineptos cuya única obsesión es abrir PEMEX al capital privado. (Cosa que, por otro lado, están a punto de conseguir).
Y sin embargo, seguimos creyendo.
Hasta la victoria siempre.
Acá les dejo un minúsculo documental del 2 de octubre
Omar Delgado
2008




