lunes, septiembre 22, 2008

Tztompantli

Estampas de tiempos sanguinarios (y ni tan lejanos)

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I

Tzompantli es nahuatl. Significa aproximadamente "Pared de calaveras", y se refería a un siniestro monumento que colocaban los mesoamericanos en el centro de sus ciudades. Consistía en un soporte de madera en donde exhibían las cabezas de los enemigos muertos. Armar un tzompantli era muy sencillo: a la cabeza cercenada se le perforaban los parietales y se le pasaba un palo a través de los huecos. Se ensartaban varias cabezas en un mismo palo y luego este era fijado en unos soportes verticales. El procedimiento se repetía hasta tener una empalizada llena de despojos sangrantes que le devolvían la mirada al transeúnte.
Dicho exhibidor era utilizado para demostrar el poderío y ferocidad del pueblo que lo construía (en este caso, de los mexicas). Mientras lo admiraban, los habitantes de la ciudad se llenaban de orgullo y miedo y los extranjeros sabian que estaban entre gentes que no era conveniente encolerizar. Aunque casi todas las ciudades de mesoamérica tuvieron tzomplantlis en sus plazas principales, ninguno era tan magnífico como el de Tenochtitlan, el cual se localizaba en donde actualmente se yergue la catedral metropolitana y era de tal altura que bloqueaba la vista de los cerros cercanos.
Cuando los españoles llegaron a Tenochtitlan, lo primero que llamó su atención fue este ábaco de la muerte. Asustados, Bernal Díaz y el propio Cortéz lo mencionan en sus respectivas obras. Fue ahí a donde fueron a parar las testas decapitadas de los españoles caidos en la batalla de la noche triste (30 de julio de 1520), así como las de sus monturas. Inclusivos que eran los mexicas, que ni a los caballos discriminaban.

II


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La decapitación es un asesinato con una terrible carga ritual. Al degollado no únicamente se le despoja de la vida, sino que también, simbólicamente, de su identidad, puesto que es en la cabeza en donde se encuentra el rostro, nuesto atributo más único. También, a un nivel más simbólico, el cercenarle la cabeza a alguien lo despoja de su poder, su valentía y su inteligencia.
Muchas culturas lo han entendido así: el israelita David paseó la cabeza de Goliat frente a los filisteos para infundirles desánimo y horror; los jíbaros reducían las cabezas de sus enemigos para ganar en ferocidad y coraje; los escandinavos hacían copas con los cráneos de sus adversarios para beber su poder; los mayomberos (brujos negros de la santería), controlan a los espíritus de los muertos al robar de su sepulcro la cabeza con todo y cerebro. Estos nigromantes, que controlan a los muertos que capturan, prefieren a los asesinos y locos que murieron violentamiente, pues hacen trabajar esa ferocidad para sus propios fines.
Épocas y personajes se identifican plenamente con el desprendimiento forzado de testas: Luis XVI, María Antonieta, Ana Bolena y María Estuardo. Célebres descabezadores han sido Enrique XVIII y Maximilien Robespierre. (Al verdugo en general no se le cuenta: no es sino la extensión del brazo del déspota). Célebres también los artilúgios para hacer esos extremos cortes de cabello. Ahí estan las brutales hachas de la torre de Londres y la macabra eficiencia de la guillotina. El hombre siempre ha sido muy ingenioso en el oficio de matar a sus semejantes.
Los regímenes autoritarios, los reyezuelos inseguros, las monarquías de pies de barro siempre buscan mostrar ejemplos. Es por eso que les gustan tales ejecuciones, pues pocos argumentos hay tan claros como una cabeza clavada en una pica.

III


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Tal barbarie no es lejana aquí en México. No bien los habían ejecutado, a los insurgentes les cortaron el pezcuezo para exhibir sus cabezas en las esquinas de la alhóndiga de Granaditas. Felix María Calleja, el sanguinario virrey que los mandó fusilar, quería mostrarle a cualquiera las consecuencias de rebelarse contra la corona española. Allende, Hidalgo, Aldama y Jimenez se balancearon (Parte de ellos, por lo menos) desde las cuatro esquinas del edificio por años, hasta que triunfó el movimiento y fueron reivindicados y sepultados.
Decapitaba también el guerrillero independista conocido como "El Pachón", quien antes de unirse al cura Hidalgo había sido arriero. A este hombre, que actuó en lo que actualmente es Guanajuato, no le hacía falta ni machete ni espada, pues su sóla reata encerada era suficiente para cortar las cabezas de los soldados españoles (Así de diestro era). Precusor de la segadora, en 1811 inventó una macabra y rápida manera de atacar: El, junto con otro de sus hombres, amarraban la cuerda a sus sillas de montar y la mantenían tensa mientras cabalgaban. Al tomar velocidad, los dos jinetes se convertían en un terrible artefacto asesino. Saltaban las cabezas tan rápido que los gachipunes alcanzaban a ver sus propias botas antes de morir.

IV


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De algunos pocos años para acá, a los miembros de los carteles de droga les ha dado por descabezarse los unos a los otros.
Tan noble costumbre la inició, ya hace algunos ayeres, el cartél de Tijuana. Cuenta la crónica negra que los hermanos Arellano Felix tuvieron a bien mandarle al Güero Palma , del cartel de Culiacán, la cabeza de su esposa en una caja de pastel. Para corresponderles el detalle, el sinaloense inció una de las guerras territoriales más sangrientas de las que se tenga memoria, guerra que aún no conoce fin.
Sin embargo, fue la inclusión de miembros de las fuerzas de elite de diversos ejercitos (Los Gafes, los Kaibiles), dentro de los grupos delincuenciales del narco lo que hizo que dicha guerra alcanzara su tope de violencia. Aparentemente fueron los Kaibiles, miembros del ejercito guatemalteco y que habían combatido contra la guerrilla, quienes le tomaron gusto a las cabezas cortadas (como lo hicieron durante años en las selvas centroamericanas). A partir del 2004, el descabezar al adversario se volvió una práctica cotidiana. Las cabezas aparecen bien visibles, en lugares estratégicos (ayuntamientos, presidencias municipales), mientras que los cuerpos son deshechados en ciénegas y manglares.
¿Para qué tal salvajismo? Por el mismo motivo del tzompantli o de las jaulas de la alhondiga :para poner ejemplo. Actualmente la guerra entre los diversos cárteles de droga y el gobierno no conoce freno ni mesura. Aquel viejo código que impedía matar mujeres y niños quedó sobrepasado por la necesidad de mostrar poder y crueldad (que en ese ámbito son sinónimos). Un día aparecen doce yucatecos sin sus testas y, al otro día, aparecen veinticinco ejecutados (campesinos humildes, al parecer) en la marquesa solo para, dos días después, se detonen dos granadas en Morelia en medio de una multitud celebrante. Gracias a un gobierno también acéfalo, la barbárie se ha convertido en lugar común. Vivimos chapoteando en sangre y ya nos estamos acostumbrando al sonido. La crueldad cotidiana se convierte incluso en material para la broma, el chacoteo, el desmadre.
Finalmente mexicanos, festejamos con un chiste (Muy negro, pero chiste al fin). Conjuramos a golpe de risa la malaventura. Celebramos el ser, por esta vez, los que conservamos la cabeza pagada al cuerpo.

Omar Delgado
2008

viernes, septiembre 19, 2008

ANTIGREENPEACE

Decálogo del ecologista extremo

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Coincido totalmente con la bella Dolores Garibay, quien afirma en todos los foros en donde se presenta habitualmente, (cantinas, bares y pulquerías), que tener niños y donar órganos son actividades antiecológicas. Efectivamente, cualquier actividad que promueva de alguna manera a perpetuar al género humano sobre la faz de la tierra está en contra del buen funcionamiento del cosmos y opera negativamente a los intereses de nuestra madre Gea.
Aceptémoslo con valentía, más allá de los polímeros, el monóxido de carbono y los aerosoles, la raza humana es lo más antiecológico que hay.

Por lo mismo, propongo un plan ecológico capaz de restaurar el equilibrio de nuestro planeta, totalmente alejado de las joterías de los greenpeacecitos que salvan lagartijas y de los políticos que se asumen como ecologistas y que lo único que protegen es a ciertas especies de parásitos (como ellos mismos, por ejemplo).

Ahí van los pasos:

1º Vamos a chingarnos todos, pero todos los árboles, pues ensucian y no nos dejan ver los hermosos edificios de concreto. Vamos a hacer cálidas fogatas en cada esquina y compremos treinta pinos de navidad cada mes. Cubra los antiguos bosques con placas de concreto para construir estacionamientos. Hagamos del amazonas un gigantesco Mall y de la selva lacandona un maravilloso émulo de Six Flags.

2º Exterminemos, pero a la voz de ya, a todos los pinches osos polares, elefantes, rinocerontes, jaguares, cocodrilos, tigres siberianos y demás bichos en peligro de extinción. Agarremos a batazos a todas las chingadas focas del ártico y asemos con lanzallamas a todas las mariposas monarca que lleguen a Michoacán. Pensemos un momento en algo: en trescientos años, cuando la raza humana haya desaparecido, el calentamiento global y la falta de agua potable hará que el mundo sea inviable para dichos animales, por lo tanto… ¿Para qué los dejamos vivos? Matarlos sería un acto de eutanasia. (Además de que ya estoy cansado de sentirme culpable por usar mi chamarra de piel de ocelote y mis bastones de cuerno de narval).

3º Saquemos todo, pero todo el petróleo, incluso de los yacimientos que están en esas hermosas zonas protegidas que jamás visitaremos por jodidos. Perforemos y saquemos hidrocarburos del planeta hasta dejarlo como esponja, y si se incrementan los derrames de crudo en las costas. ¿Cuál es el pedo? Además, ¿Quién les manda a las pendejas focas vivir por donde pasan los barcos petroleros?

4º No nos preocupemos por la capa de ozono y otras mamadas. Si sube el nivel de las aguas, hay que pensar que tendremos las playas a dos horas de la ciudad de México, en lugar de las cinco actuales. Además… ¿Qué desparecen los glaciales? ¡Que se fundan los cabrones! ¿No que nos hace falta agua dulce?

5º Ya no nos sintamos culpables por usar plásticos, que se derivan de los hidrocarburos y que son, finalmente, productos naturales. Tenemos un chingo de mares en los cuales tirarlos. ¿Qué no son biodegradables? No hay pedo, recuerde usted que los delfines y las tortugas que se comen las bolsas y los pañales desechables si lo son. Y si usted tiene remordimientos, remítase al punto dos.

6º Al contrario de lo que afirma la bella Garibay, considero que tener hijos ayuda a la ecología. Por lo mismo, tenga niños, muchos niños, hartos niños, unos quince o dieciocho como mínimo. Recuerde que, cuando se acaben las tierras cultivables y los ganados y haya escasez de alimentos, se los podrá comer. Recuerde: no es un hijo, es una inversión (y unos futuros mixotes).

7º Hablando de alimentos… Hay que dejar de utilizar los cereales como alimento ¡Hagámoslos gasolina! (¡Coño!… Esta ya me la ganaron)

8º Si todo este caos ecológico lo ha causado un sistema económico depredador que engulle los recursos naturales del mundo, no se olvide de votar en las elecciones de su país por políticos que abanderen y promuevan dicho sistema económico. Si hay algún líder en su país que utiliza las hojas del protocolo de Kyoto cada vez que va al inodoro, recuerde apoyarlo con su voto. Si el planeta está en tal deplorable estado gracias a compañías globales que se pasan por el arco del triunfo las disposiciones ecológicas, defienda usted a capa y espada los intereses de dichas empresas. Finalmente ¿No quisiera usted ser como sus dueños? ¿No haría exactamente lo mismo de estar en su lugar?

9º Cuide a las ratas y a los perros. Es probable que sean las razas que evolucionen una vez que el humano haya desaparecido de la creación y no sería raro que alguna futura civilización canina halle su foto y lo considere dios.

10º Reivindique a esos grandes e incomprendidos ecologistas que fueron Adolf Hitler, Joseph Mengele, Harry Truman, George Bush (padre e hijo), Saddam Hussein, Maximilian Robespierre, Richard Nixon, Catalina la Grande, Pedro de Alvarado, Gengis Kahn, Francisco Pizarro, Vlad Tepes, Joseph Stalin, y tantos otros benefactores del planeta. (Nombres sobran y monumentos faltan)

Si toda la humanidad sigue todos estos pasos, la tierra estará totalmente agradecida. El ser humano, que actualmente tiene como máximo trescientos años de existencia más, desaparecerá sin dejar rastro en menos de dos décadas. El planeta podría curarse y retomar su equilibrio en algunos siglos, ya sin el lastre del homo sapiens. Nuevas especies surgirían y el ciclo de la vida volvería a la normalidad.
(Claro, hasta que surja alguna otra especie listilla que joda todo)

Omar Delgado
2008