lunes, marzo 31, 2008

Los loosers que nos dieron patria

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Captura de Cuauhtemoc
Hay algo que no me acaba de gustar con respecto a nuestro panteón de héroes patrios, pues los mexicanos tenemos la peculiar costumbre de ensalzar más a aquellos hombres a quienes la fatalidad hizo notables que a aquellos que sobresalieron por sus méritos. En otras palabras, muchos de nuestros prohombres son aquellos que perdieron con honor. Finalmente, los héroes trágicos, que son inmolados en la flor de la vida, siempre tienen rating (y si no me creen, nomás vayan a Iztapalapa el siguiente viernes santo). Además, si a un procér de la nación le da por vivir demasiado tiempo, corre el riesgo de volverse villano. (Ahí están don Porfirio Díaz y el subcomediante Marcos para decírnoslo). Es mejor morir joven, bonito y valiente, y así ganarse uno su estatua en el paseo de la Reforma.

Tomemos, por ejemplo, a Cuauhtemoc (1496-1525), el último gobernante mexica. A él se le recuerda y admira por su gallardía ante la caida de Tenochtitilan y posterior conquista española. El príncipe Tlatelolca llegó al poder en el momento en el que la guerra en contra de los españoles ya estaba perdida. Recordemos. Luego de la batalla de la noche triste (30 de junio de 1520). Cuando las tropas de Cortés fueron casi exterminadas y expulsadas de Tenochtitlan, parecía que el imperio tenochca había ganado definitivamente la guerra. Por desgracia, entre los muchos bichos que traían los españoles del viejo continente venía la viruela, enfermedad que hizo estragos entre la población nativa. Aquella aparente victoria del 30 de junio pronto se convirtió en el inicio de una peste que exterminó a más de la mitad de la población de Tenochtitlan, incluyendo al predecesor de Cuauhhtemoc, el Tlatoani Cuitlahuac (1476-1520), gran estratega militar a quien la epidemia se llevó demasiado rápido. Cuauhtemoc, un joven valiente pero inexperto, llegó al trono de un pueblo diezmado, temeroso y fragmentado. A pesar de los tropiezos que tuvo, Hernán Cortés pudo reagruparse y planear la estrategia que finalmente lo llevaría a conquistar el imperio mexica en agosto de 1521. Cuauhtemoc fue capturado tratando de huir y, cuenta la historia, al ser presentado a Cortés, le tendió un cuchillo de pedernal para que lo matara con él. El hispano, son embargo, no lo hizo. Lo mantuvo como prisionero, le quitó a la esposa, lo torturó y finalmente lo ejecutó en una expedición al sur en 1525.

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Suplicio de Cuauhtemoc

Cuahutemoc aguantó vara como los meros machos. No aflojó el tesorito sumergido y se mantuvo digno ante las mútliples vejaciones a las que lo sometieron los conquistadores. Sin embargo, el fue un caso excepcional, pues la mayoría de los nobles mexicas, totonacas, tlaxcaltecas y tarascos se aprestaron a colaborar alegremente con el invasor. Muchos de ellos pidieron ser bautizados bajo la nueva fe y comenzaron a utilizar los ropajes de sus nuevos amos. (Incluso uno de los descendientes del rey poeta, Nezahualcóyotl, Fernando de Alva Ixtlixochitl, escribió una crónica de la conquista donde denosta a su pueblo y ensalza a los hispanos). Es decir, que mientras al Cuauh le quemaban las patas, los demás príncipes mexicas le pasaban la leña a los torturadores.

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Batalla del castillo de Chapultepec

Otro caso paradigmático de ilustres perdedores son los Niños Héroes, cuya machacona historia nos fue repetida hasta el cansancio por las maestras de primaria. Recordemos: el 13 de septiembre de 1497, en plena invasión estadounidense, se encontraba la guarnición del colegio militar en el Castillo de Chapultepec. Muchos de los cadetes no pasaban los veinte años, y algunos incluso, ni siquiera llegaban a los quince. Dias antes, a las faldas del cerro, el batallón activo de San Blas, comandado por Felipe Xicotencatl, había sido exterminado por los mejor equipados soldados norteamericanos. A Xicotencatl, un militar curtido y entrón, lo habían abandonado con un puñado de hombres para defender la plaza y, por más que mandaba mensajes acerca de su desesperada situación, jamás tuvo respuesta del general Santa Anna (Presidente del país en ese momento). Finalmente, los norteamericanos entraron al castillo, y los cadetes, muchos sin la preparación adecuada, tomaron sus fusiles para defenderse. Evidentemente, fue una matanza. De todos aquellos chamacos combatientes se recuerda con especial cariño a seis: Agustín Melgar, Vicente Suarez, Juan de la Barrera, Francisco Márquez, Fernando Montes de Oca y, muy en especial, al aeronauta Juan Escuta.

Aunque actualmente se duda incluso de su existencia, los distintos gobiernos de México (panistas y priistas) no se han cansado de ensalzar la valentía desesperada de los cadetes de Chapultepec. Lo que no se dice en voz alta es que los norteamericanos llegaron hasta el castillo gracias a la negligencia de Santa Anna y sus altos mandos, que el comandante de la guarnición, José Mariano Monterde, no estuvo en la batalla debido a “un dolor estomacal”, que la defensa del castillo estuvo a cargo de un profesor de artillería, que el citado profesor pidió permiso a Nicolas Bravo, el otro comandante del castillo, para retirarse con los cadetes, mismo que le fue denegado. Tampoco se dice, por ejemplo, que entre los defensores del castillo estaba un jovencísimo Miguel Miramón, quien a la postre se convertiría en la mano derecha de Maximiliano de Hasburgo. Pero lo que jamás se comenta es que la oligarquia mexicana (el clero, los terratenientes, los herederos de los criollos), estaba encantada con la invasión y que quería ser anexada por los Estados Unidos. Incluso, días después de la defensa del Castillo, los miembros más ilustres de la socialité mexicana ofrecieron una cena al general invasor, Winfeld Scott, a pocos metros de donde se encontraban los restos de los defensores de Chapultepec.

Hablando de la invasión norteamiericana, hay que recordar con especial cariño a otro looser que nos dió patria: el general don Pedro María Anaya, defensor del convento de Churubusco, quien peleó con furia contra los invasores, manteniéndolos al margen hasta que se le acabaron las balas y la pólvora. Cuando finalmente tuvo que entregar la plaza, nos dejó la excusa más heróica de la historia de la humanidad cuando le dijo al comandante norteamericano: “Si hubiera parque (munición), no estaría usted aquí”.

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Francisco I. Madero

Otro ejemplo clarísimo del martirológio patrio es Francisco I. Madero. (I see death people), Terrateniente oriundo de Coahuila y educado en las mejores escuelas extranjeras, panchito inicia su carrera como opositor en 1904 en un círculo liberal y en 1909 funda el Partido Nacional Antireeleccionista, con el que se postuló como candidato la presidencia en 1910. Alarmado por la popularidad que estaba adquiriendo, Diaz lo manda encarcelar en la ciudad de San Luis Potosí. Sin embargo, logra escaparse a Estados Unidos y desde ahí promulga el Plan de San Luis, que llamaba a sus simpatizantes a levantarse en armas el 20 de noviembre de ese año.

La subsecuente revuelta ocasiona que el dictador (pero anterior héroe), Porfirio Díaz, se exiliara en París. Madero asume la presidencia y durante año y medio ejerce un gobierno titubeante, que no satisfacía ni a Tirios ni a Troyanos. Las revueltas de gente desilusionada con Madero (especialmente las de Emiliano Zapata y Pascual Orozco) comenzaron a desestabilizar el país, y Madero le encargó al general Victoriano Huerta el sofocarlas. Lo que no sabía el buen Madero es que Huerta conspiraba tanto con Felix Díaz como con H.L. Wilson, embajador de los Estados Unidos, para derrocarlo.Al final, lo traiciona dando un golpe de estado conocido como la decena trágica. Huerta manda encarcelar al presidente y ordena que se le asesine de manera artera junto con el vicepresidente José María Pino Suarez el día 22 de febrero de 1913.

Panchito Madero, llamado el Apóstol de la democracia, es el ejemplo perfecto del cándido voltaireano: de baja estatura , expresión bonachona y caracter afable, don Panchito jamás se percató de que estaba nadando entre tiburones. Como candidato y cabeza rebelde las masas lo siguieron, pero como presidente pronto las desilusionó por su falta de carácter. El chaparritobuenaonda pronto se convirtió en enanopendejo, y las aves de presa comenzaron a rondarle. Aunque, en honor a la verdad, hay que decir que don Panchito no se ayudaba mucho. Incluso cuando el golpe y la traición de Victoriano Huerta eran más que evidentes, el siguió confiandole su seguridad. El precio que pagó por su ingenuidad fue altísimo: su hermano Gustavo fue martirizado brutalmente en la Ciudadela, sus hombres más fieles (Como el legislador Belisario Domínguez), fueron asesinados a mansalva, y el mismo, acribillado a las espaldas del penal de Lecumberri. Lo peor fue que luego de su asesinato, el país se vio envuelto en una vorágine de violencia que no paró en más de veinte años. Ahora se ensalza a don Panchito, pero lo cierto es que durante su presidencia fue aborrecido por todos; que las clases altas (y muchos miembros del pueblo), apoyaron a Huerta en su golpe, y que, finalmente, la revolución iniciada por él quedo en manos de... generales que anteriormente habían servido a Porfirio Díaz.

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Francisco Madero en campaña presidencial (1910)

Nuestra historia está llena de ejemplos de este tipo: héroes que luchan con todo en contra de fuerzas superiores a ellos, y que cuando pierden, pierden con honor desesperado o van al matadero con expresión de estampita de santoral mientras algunos vivales, tras bambalinas, explotan con éxito su sacrificio. Lo paradójico de nuestra historia es que quienes la han escrito en realidad son los traidores, no los héroes. Mientras los primeros luchaban y morían, los segundos andaban haciendo acuerdos en lo oscurito con el enemigo, previo pago de comisión por sus servicios.

A ver hasta cuando nos seguimos conformando con honrosas derrotas y victorias morales.

Omar Delgado
2008

lunes, marzo 24, 2008

E(L)MO

Si alguno de sus hijos de repente se asume como bipolar-maniaco-depresivo-border, toma la costumbre de cortarse los brazos con totopos e insiste en vestir zapatos de embutido con playeras color pastel, le puede regalar este bonito juguete de temporada:



Disponible en tiendas de prestigio. No incluye prozac.

Omar Delgado
2008

sábado, marzo 22, 2008

Pemex es México

Y por eso, hay que defenderlo.
Les dejo el mensaje que, desde el año 1938, nos deja el General Lázaro Cárdenas (no su homólogo, ejemplo maravilloso de la degeneración de las especies), acerca de la expropiación de la industria petrolera.

PARTE I:



PARTE II



Además, por acá está un documental mínimo de la expropiación petrolera del país.



La memoria es la patria.
Viva México.

Omar Delgado
2008

jueves, marzo 20, 2008

EMOglobina

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No me desagradan los emos. En realidad, ni me molestan ni me encantan. Son como marmotas que de cuando en cuando se aparecen corriendo por las calles, con sus pantaloncitos de tubo, sus greñitas relamidas y sus rostros de puchero. Si ellos se quieren amargar la vida afirmando que todo es sufrimiento y que prefieren cortarse las venas antes que seguir respirando es muy su problema. Lo irónico es que si se dieran cuenta de que su actitud vital es tan parecida a la de sus abuelitas (esas que se la pasaban quejándose de que “la vida es un valle de lágrimas”), probablemente lo pensarían dos veces antes de abrir la boca.

Es probable que esta generación de jovencitos EMO sea el resultado de las cientos de películas lacrimosas del cine mexicano, cuyos residuos se fueron condensando en el código genético de sus familias. Imagínenlo: si la abuelita y los padres del emo en cuestión pasaron su infancia y juventud viendo películas tales como Un rincón cerca del cielo, Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, Día de las madres, Azahares para tu boda, y demás gases pimienta cinematográficos, seguro el código genético de esa familia se fue degradando hasta que, en la última generación se obtuvo un emito químicamente puro. Es decir, un chamaco que en su ADN tiene también componentes de Marga López y Libertad Lamarque.

Por otro lado, se dice que los EMO son descendientes ideológicos tanto de los punks como de los darks. De los primeros tomaron los peinados y la vestimenta; de los segundos, la exaltación del sufrimiento. Sin embargo —y por eso las demás tribus urbanas los aborrecen—, desprecian tanto la postura política de los primeros como el amor por las artes de los segundos. Es decir, que son unos punko-darks destilados, que además mezclan lo tomado de otras ideologías con una cierta estética de manga japonesa. En realidad, los emos sostienen que no soportan el mundo, que son demasiado sensibles para sus miserias y maravillas, y que aprovecharán la más mínima oportunidad para abordar el goodbye train de la existencia. Algún intelectual de Sanborns afirmaría que son nihilistas extremos. Yo digo que nomás son mamones.

Creo yo que la juventud en general siempre ha tenido ciertas tendencias emo. Es natural, pues es la edad en la que las hormonas provocan un cóctel interior que hace que la vida parezca una montaña rusa emocional: a veces uno está pletórico de alegría; a veces, se quiere uno tirar de la Torre Mayor. El adolescente es exaltado por naturaleza, apasionado y, a veces, depresivo al extremo. Y si no, que me lo digan los cientos de jóvenes que se suicidaron después de leer Las desventuras del joven Werther de Goethe, en los últimos años del siglo XVIII, o los adolescentes que se dejaban contagiar la tuberculosis en la Europa decimonónica nomás por que los que morían de dicha enfermedad se veían bien bonitos. Ser joven es amar, crear, encolerizarse y sufrir (y también hacer estupideces de cuando en cuando).

Lo preocupante es que, por lo menos en México, los emo ya se convirtieron en el receptáculo de las frustraciones de las demás tribus urbanas que conviven en el país. El 8 de marzo del presente, en la ciudad de Querétaro (ubicada a tres horas al norte de la ciudad de México), un grupo de jóvenes de estética emo fue brutalmente atacado por integrantes de las otras sectas juveniles: darks, punks y skatos unieron sus esfuerzos con el fin de pintar de EMOglobina la plaza de armas de dicha ciudad. Afortunadamente, la intervención de varios ciudadanos (algunos incluso que arriesgaron su físico para protegerlos), impidió que aquello derivara en tragedia. Luego, el 14 del mismo mes, en la ciudad de México, se tuvo un conato de violencia parecido en la glorieta de los Insurgentes. (El cual, por cierto, fue alivianado ni más ni menos que por: ¡Los Hare Krishnas!) Este problema de segregación ha crecido de tal manera que incluso el secretario de seguridad pública de la ciudad de México ha dado la orden explícita a los cuerpos de policía de “proteger a los emos”.
Hay que decir que, en honor a la verdad, los postulados y la ideología de estos jovencitos parece diseñada para volverlos punching bag de las frustraciones de la sociedad. Toda esa postura autocomplaciente de parte de adolescentes que —en su inmensa mayoría—, son de clase media y que nunca han pasado privaciones importantes, parece banal y hueca. Sin embargo, esto no es causa suficiente para que otras tribus urbanas los cacen. Lo reprobable, lo repugnante, no es que los emos sean lo que son, sino que haya otros que piensen que no tienen derecho a serlo.
Por eso, adopte un emo. En serio… son divertidos, y saben hacer varios trucos con navajitas de rasurar. (Yo, por ejemplo, no tengo pedo en adoptar a la emita de la foto siguiente).

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Omar Delgado
2008

domingo, marzo 16, 2008

Los cultivos del Diablo

Reseña de El castillo en el bosque, de Norman Mailer

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Adolf Hitler. La sola mención del nombre evoca una película mental saturada de bombardeos, ejércitos en combate, cruces gamadas, trajes a rayas que cubren enclenques cuerpos y crematorios trabajando sin parar. Cualquiera que piense en un dictador sanguinario y loco, inmediatamente lo imagina con un ralo bigotillo y un peinado relamido. El Führer de la Alemania nazi se ha convertido en un referente cultural indispensable para el mundo, un arquetipo inamovible de la maldad. Hitler es Hitler, y para la inmensa mayoría del mundo, su rostro es inmutable. Casi nunca se le imagina como el niño que fue; nunca se piensa en sus hermanos o sus padres o en sus primeros amores. Casi nunca se le imagina como ser humano.


Es por eso que El Castillo en el bosque, la última novela del escritor Norman Mailer (New Jersey, 1923- New York, 2007), es una obra maestra de biografía conjetural. En ella, El escritor neoyorquino imagina la infancia de Adolf Hitler desde el punto de vista de un testigo privilegiado, planteando varias hipótesis acerca de los factores que pudieron hacer que el pequeño Ady, un niño común, algo consentido y llorón, se convirtiera en el hombre más tristemente célebre del siglo XX.

Sin embargo, Mailer no se queda únicamente en narrar la historia del primer Adolfo, pues El Castillo… es todo un ensayo acerca de la naturaleza del mal. Hábilmente, el autor dota a su relato de gravedad cosmogónica al enfrentar al cielo y al infierno dentro de la conciencia del futuro Hitler. El autor utiliza un narrador muy especial para contar su historia: ni más ni menos que el demonio encargado de la educación emocional del futuro tirano. Así, además de narrar los primeros años de Hitler, nos comparte algunas reflexiones imprescindibles acerca de las huestes demoníacas, de sus contrapartes angélicas, de la existencia de lo perverso e, incluso, del oficio de las letras (de procedencia infernal, según el autor neoyorquino). Mailer utiliza con exquisito desparpajo todas las convenciones de la demonología medieval para crear su relato, pues al tiempo que plasma el eterno enfrentamiento de Dios y el Diablo (muy a la manera de El Paraíso Perdido), explica la manera en la cual trabajan las potencias del averno en el alma de Adolf: de manera sutil, casi artesanal. Los demonios Mailerianos son expertos tejedores de sueños y pensamientos; ebanistas que esculpen con paciencia la mente del niño que gobernará Alemania y desbarrancará al mundo en una guerra tan ilógica como sangrienta.

Acertadamente, Mailer evita utilizar detalles mórbidos o escandalosos, tales como el abuso infantil o el abandono de los padres, para explicar las patologías del futuro Hitler. En lugar de ello, lo retrata como un pequeño normal, miembro de una familia común de clase media, a quien las delicadas manipulaciones satánicas lo van convirtiendo de manera paulatina en el hombre que ocasionaría millones de muertes a lo largo del mundo. Con esta novela, el autor estadounidense muestra que son los pequeños detalles cotidianos los que forman el carácter de una persona, incluso de una tan compleja y tóxica como lo fue el dirigente nazi.
Magistral testamento de un maestro de las letras.

Ficha técnica

Título: El Castillo en el Bosque.
Autor: Norman Mailer
Editorial: Anagrama
Año: 2007
ISBN: 9788433974600

Omar Delgado
2008

sábado, marzo 15, 2008

El tocadero

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Militares colombianos retirando los cuerpos del lugar de la matanza

Recuerdo que mi abuela, cuando alguno de los miembros de su inenarrable prole se iba a trasnochar, acostumbraba explicarle con lujo de detalle los peligros de la noche chilanga. No faltaba entonces que aquel, ya con la pata en el umbral, le contestara algo así como: "Ay, mamá... Cuando a uno le toca, le toca", a lo que ella contestaba invariablemente: "Pos sí, mi´jo, pero no te vayas a ir a poner al tocadero".

Ella sabía de lo que hablaba. No en balde presenció a los cuatro años una masacre de rebeldes cristeros en Zacatecas. Si estuviera viva, muy seguramente hubiera opinado que los jóvenes mexicanos que murieron en Ecuador la semana pasada a manos de las milicias colombianas estaban en ese lugar en donde es mas fácil que las loterias de la muerte lo señalen a uno.
la madrugada del 1º de marzo del presente, en territorio ecuatoriano, acampaban varios miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Entre ellos se encontraba Raúl Reyes, el jefe negociador de dicha fuerza guerrillera. Las fuerzas armadas Colombianas los atacaron esa noche con bombas y artillería convirtiendo el lugar en un matadero. Dicha acción del gobierno de Álvaro Uribe tensó las relaciones entre Ecuador y Venezuela con Colombia casi al punto del quiebre, y sólo un fino hilado diplomático del gobierno de Hugo Chavez pudo salvar a la región de una confrontación armada.
En México, aparentemente tan lejos de Ecuador, también han llegado polvos de aquellos lodos, pues se supo que por lo menos diez ciudadanos mexicanos estaban en ese momento en el campamento de las FARC. La mayoría murieron destrozados por las bombas colombianas, y a la única sobreviviente, la estudiante Lucía Andrea Morett Álvarez, actualmente se le atiende en Quito por las lesiones sufridas.
Dejando a un lado el análisis del conflicto colombiano, (que ya ha merecido miles de litros de tinta), es lamentable el trato que tanto el gobierno como los medios mexicanos le han dado a los compatriotas fallecidos en el campamento. Muchos sesudos intelectuales de derecha (que los hay, por más que la frase se acerque al oxímoron), se han desgarrado las vestiduras por que los jóvenes fallecidos en Ecuador eran alumnos de la UNAM. Algunos irresponsables, incluso, han señalado que en la máxima casa de estudios del país se encuentran semilleros de terroristas dispuestos a incendiar nuestra pacífica y democrática nación.
Es comprensible, pues la derecha mexicana aborrece a la UNAM. Ese rencor patológico se debe en parte debido a que es una de las mejores universidades del mundo (la 59) y la mejor de Latinoamérica (mientras instituciones tales como el ITAM o el TEC de Monterrey ni siquiera son mencionados en el ranking de las 500 mejores escuelas); en parte por su carácter público, y en parte por que, a pesar de sus múltiples taras, la Universidad Nacional es el espacio más grande de creación, reflexión e investigación del país. De sus aulas han salido los tres premios Nobel de México, cientos de investigadores de todas las áreas, los mejores pensadores del país y, sobre todo, miles de ciudadanos con una preparación de primer nivel en todas las áreas del conocimiento. Para la oligarquía esto es una ofensa imperdonable pues, además de considerar a la educación un privilegio exclusivo de ellos, saben que la inmensa mayoría de la resistencia a su proyecto dictatorial proviene de la manada puma.
Es por eso indignante el trato de delincuentes que los medios electrónicos mexicanos les han dado a los compatriotas muertos en el campamento de las FARC. Aclaremos: dicha agrupación no es nada ejemplar, pues muchas veces combina la lucha rebelde con las prácticas abiertamente delincuenciales tales como el narcotráfico o el secuestro. Sin embargo, aún así, deben ser consideradas una fuerza insurgente por el gobierno colombiano. Lo que hacían los estudiantes mexicanos en ese lugar tal vez nunca lo sabremos: puede que estuvieran haciendo investigación, puede que se quisieran incorporar a las filas de dicha guerrilla, puede que estuvieran recibiendo instrucción militar de las FARC... Lo cierto es que son mexicanos muertos en territorio extranjero, caídos en una acción militar ilegítima (pues según las convenciones internacionales ningún ejercito puede atacar al negociador del enemigo), y seres humanos ante todo.
Aunque, por otro lado, es casi seguro que los muchachos sabían que estaban en peligro, y decidieron correr ese riesgo por alguna razón. Como mi abuela decía, se paseaban por ese tocadero esperando a que la dama de la guadaña se decidiera a bailar con ellos. Y lo hizo.
Sólo espero que hayan estado ahí buscando crear una sociedad más justa.
Descansen en paz, compañeros.
Omar Delgado
2008

Hibernación

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Por motivos personales, este cuchitril literario estuvo ausente por espacio de un mes.
Ya regresamos.
Gracias por su paciencia.

Omar Delgado
2008