Virginia Wolf
Yukio Mishima
La cabalgata de Joaquin
Cartel de la exhibición de la cabeza de Joaquin Murrieta


Llega el medio año. El calor nos azota con su sudoroso aguijon, los IMECAS aumentan y se tuestan, dejándonos el sudor como chapopote; las lluvias, esas que en un par de meses inundarán los desniveles y las principales avenidas de la Ciudad de México, se hacen del rogar.
Llega el verano, y aparte del sol y de las vacaciones, llegan las graduaciones de las universidades. Actualmente, a los jóvenes que alcanzan la madurez, ya no los colgamos de los pezones y los hacemos girar (como hacían los apaches); ya no los tatuamos con dientes de tiburón (como los polinesios); ya no los hacemos correr por días por el desierto de Arizona con piedritas en la boca (Como los Sioux). Ahora, hacemos algo peor: los vestimos como señoras gordas, les ponemos un ridículo ribete y los llamamos "Licenciados","Ingenieros", "doctores", o "CP´s".
El 2 de junio pasado me tocó asistir a uno de estos ritos tribales de nuestra decadente cultura. Como treinteañero desesperado, he asistido a muchos de estos numeritos, (incluyendo el mío) y en realidad, todos son iguales: a los chicos se les agasaja, se les felicita por convertirse en "elementos productivos de la sociedad", se les emborracha y se les hace bailar quebraditas y salsas; lo peor, se les hace vestir un traje por primera vez en su prángana vida. Una vez que termina el festejo, se chingaron: dejaron de ser jóvenes, se convirtieron en adultos que serán explotados por algún patrón por los próximos treinta años; se casarán, tendrán hijos, buscaran departamento, o casa, o cuchitril; le buscarán escuela a sus chilpayates, se divorciarán (probablemente), se volverán a casar para volverse a separar; así será hasta que,a los cincuenta o sesenta, se retirarán de la vida laboral para gozar de una holgada pensión (no se rian, cabrones).
Sí, la graduación es el inicio de la adultez. Sin embargo, no todas las graduaciones son iguales: no es lo mismo un grupo de sociologos de la UAM que unos delicados economistas del ITAM. Hay niveles, y en una sociedad tan clasista como la mexicana (por desgracia), el profesionista no vale por su preparación, sino por la escuela de la que egresó.
Como siempre, ese sábado llegué tarde, ataviado de manera disonante con un saco beige y camisa azul en un lugar en donde todos llevaban traje oscuro. Definitivamente, un perro callejero (o lobo callejero), como yo, se sintió inapropiado entre esos jóvenes egresados de la universidad Anahuac y sus aún más finos parientes. En fin, todo sea por la familia. Llegaron los meseros y me comenzaron a atacar, alevosamente, con vasos de Chivas Regal en las rocas. Por supuesto, después de unos cuantos embates, terminé con la brújula descompuesta, bailando con algunas de las anorexicas señoritas que pueblan nuestra clase media alta (no la clase alta: esa manda a sus hijos a Yale y a Oxford). Así pues, ya borracho, vi cómo bailaban los noveles ingenieros en sistemas (detalle que no importa), en la Universidad Anahuac (detalle que SI importa). Estos jovenazos, todos con nombres compuestos (Ningún López, Pérez, Martínez: De menos un "Martinez del Valle", un Shultz, algunos De la Garza; un Santiago), a diferencia de los otros graduados a los que he acompañado, tienen la chamba asegurada sólamente por el membrete de su casa de estudios.
No pude evitar comparar esta graduación con la que viví, hace un año, con novissimos licenciados en psicología de la UNAM. En el caso de los unamitos, 99 de cada 100 tardarían meses en encontrar trabajo (si es que lo encontraban); en cambio, los beautiful Anahuaquitos salían ya con chamba asegurada (Y el que no, era más bien por que se iba a ir de vacaciones a Europa que por falta de oportunidades).
Paradójico, pues la Universidad Nacional Autónoma de México es la mejor escuela de educación superior de Latinoamérica, mientras que intituciones como el TEC de Monterrey, el ITAM, LaSalle y otras similares ni siquiera figuran entre las mejores 500 del mundo. Parajódico que en cualquier periódico se pueden ver anuncios de selección de personal en donde viene la ignominiosa leyenda: "Egresados de la UNAM, abstenganse".
Así pues, es muy probable que los egresados de la mejor universidad de Latinoamérica se acaben ganando el pan al volante de un taxi, tras el aparador de un puesto de tacos o acosando telefónicamente a los tarjetahabientes de algún banco trasnacional. En el mejor de los casos, ejercerán su profesión con un sueldo por debajo de su preparación y con un jefe egresado de... ¡Adivinó! de alguna de las universidades privadas del país.
Algo memorable es que, ya sean de la UNAM, de la Anahuac o de el ITAM, todos los graduados bailan las mismas canciones, se ponen igual de borrachos (aunque con distintos licores), y vomitan en los baños con igual intensidad (aunque los chicos de la Anahuac tienden a guacarear a la derecha, y los de la UNAM a la izquierda); unos y otros se van de viaje a celebrar después de la fiesta, sólo que los pumitas se van a Acapulco y los Anahuaquitos se van a Houston o a Can Cún (In the VIP section, but of course).
En fin, que salvo ciertos detalles de color de piel, hinchazón de cuentas bancarias y oportunidades desiguales, en el fondo, todos los graduados son lo mismo:
Carne para el molino.
Omar Delgado
2007