sábado, junio 30, 2007

Punto final. El escritor y el suicidio

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Ernest Hemingway

¿En qué se parecen Virginia Wolf y Manuel Acuña?
¿No le atinan? Entonces... ¿En qué se parecen Alfonsina Storni y Ernest Hemingway?
¿O Alejandra Pizarnik y Jack London?, ¿Yukio Mishima y Sylvia Platt?
¿Emilio Salgari y Guy de Mapussant?,¿Horacio Quiroga y John Kennedy Toole?
Bueno... en que todos eran escritores, y todos se autosuicidaron.
Dicen por ahí que el suicidio es bastante frecuente entre los que nos dedicamos a la pluma. El jueves, en una clase impartida por el mismísimo presidente espurio, (El escritor Oscar Martínez Velez) discutimos el tópico. Un compañero sostuvo que ello no es sino un lugar común, y que suicidios hay en todas las profesiones: es sólo que el suicidio de un escritor muchas veces tiene más resonancia que la de un carpintero o un contador público.

Hablar del suicidio ya es controversial en sí. Es un acto condenado por la sociedad, muchas veces vinculado a la cobardía y al egoísmo. En la antiguedad, quien se quitaba la vida era considerado maldito y prospecto a convertirse en un vampiro o en un espíritu maléfico. En la europa del medievo, a los suicidas se les decapitaba y se les enterraba en los cruces de caminos.

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Virginia Wolf

En muchos cementerios, aún en nuestros días, a los que se matan a sí mismos se les entierra en la parte nor-occidental del terreno, aquella que por definción es la más alejada a la añorada Jerusalen (A los buenos fieles, por el contrario, se les entierra en la zona oriental, la más cercana a la "ciudad de Dios"). Discrimininación hasta en la muerte.
"La puerta falsa", es una de las frases típicas que surge en cualquier conversación del tema. Al suicida se le considera cobarde. Término por demás ambiguo, pues se necesita de mucho valor para intentar quitarse la vida (es algo que, por definción, es antinatural desde el sentido biológico). Los demás animales, por lo general, no se suicidan: sería ir en contra de su instinto de conservación. Sólo algunas especies, como los lemmings, gustan de las inmolaciones grupales.
Tal vez, a nivel humano, el suicida es el cobarde más valiente que existe.
En general, la condena al hecho de quitarse la vida es típica y exclusiva de las sociedades occidentales. Entre los japoneses, por ejemplo, ciertos tipos de suicidio son glorificados. (El harakiri y los kamikazes de la seguna guerra mundial son claros ejemplos de ello); los musulmanes no tienen empacho en autoinmolarse en una guerra o en un acto en el que se lleven a algunos enemigos del Islam. Es natural: en el occidente pragmático y escéptico el individuo es el valor máximo, muy por encima de la comunidad. Atentar contra sí mismo es ir en contra de lo más valioso. El suicida es un hereje, no por ir contra la ley Divina, sino por ir contra el precepto máximo del YO SOY TODO.

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Yukio Mishima

Con respecto a los escritores suicidas, tengo varias teorías: la más cursi me dice que aquel o aquella que se dedica a las letras es una persona tremendamente sensible, que puede empatizar con el mundo en toda su miseria y maravilla. A veces, ese dolor de sentir puede hacerse insoportable, tanto que el suicidio aparece como única opción.
También puede ser que el talento artístico, en algunas ocasiones, vaya aunado a alguna patología de la mente, la cual, paradójicamente, potencia el talento del individuo. La Wolf sufría trastorno bipolar, y Manuel Acuña era maniacodepresivo. Sin embargo, estoy en contra de la imágen vendida de que el escritor, y el artista en general, están locos por definición. (Si eso fuera cierto, los manicomios estarían llenos de Picassos, Mozarts y Cervantes). Creo más bien que, en ciertas personas los trastornos mentales les dan otra manera de ver el mundo, visión que, gracias a su talento (que, por cierto, no depende de su locura), pueden plasmar en forma de poema, sinfonía o cuadro. Por desgracia, esa misma patología de la que sufren ciertos escritores, también les hace quitarse la vida.



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Manuel Acuña

La otra teoría es, quizá, la más cínica: como escritores estamos acostumbrados a joder a nuestros personajes: los enamoramos, desenamoramos, herimos, vapuleamos, matamos, desmembramos. Estamos acostumbrados a crear escenarios, lugares, situaciones, a ser titiriteros de nuestras quimeras. Nos encanta jugar a Dios.
Además, por lo general, sómos muy críticos con nuestro propio trabajo. Cuando no nos gusta un relato o una novela, simplemente la deshechamos, sin importarnos mucho los pobres personajitos que lo habitan. Paulatinamente, nos volvemos personajes de nuestra propia vida y, cuando el relato que es nuestra existencia nos deja de gustar, simplemente lo deshechamos.
En pocas palabras, no es suicidio: es corrección de estilo.
Omar Delgado
2007
P.S. Si les interesa el tema del suicidio, la hermosa blogger Dolores Garibay lo ha estudiado detenidamente. Hágale una visita y no se arrepentirá.

miércoles, junio 27, 2007

Vida bandida (segunda parte)

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Foto real de Joaquin Murrieta

The real zorro
Cuando Johnston McCulley crea, a principios del siglo XX, su famoso personaje El Zorro, es probable que no tuviera idea de que le estaba cantando loas a un forajido. El enmascarado creado por él actuaba en la ciudad de los Ángeles departiendo la justicia que las corruptas autoridades se negaban -o eran incapaces-, de imponer; Zorro era el abanderado de los pobres, de los indefensos y, cómo casi todos los justicieros de ficción (desde la Pimpinela Escarlata hasta Batman) procedía de noble cuna: se llamaba Diego de la Vega y lo imaginó parte de la rancia nobleza hispano-mexicana californiana que explotó a los indígenas en sus haciendas hasta bien entrada la era industrial. En la realidad histórica, hubo un hombre alrededor de 1850 que se rebeló en contra de las condiciones de injusticia y desigualdad de los californianos pobres: El gambusino y bandolero Joaquin Murrieta.


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La cabalgata de Joaquin

El soleado paraiso en la tierra
California se llamó así debido a que un conquistador español (se dice que fue Cortéz), la halló muy semejante a la que se plasmaba en la novela de caballerías Las sergas de Esplandián, a la que los españoles eran tan afectos. Debido a la enorme distancia existente entre la capital del virreinato (La ciudad de México), el proceso de conquista de la alta California se llevó a cabo casi un siglo después de la del alitplano central, y no fue encabezada por soldadotes a la manera de Pedro de Alvarado o Cristobal de Olid, sino por bravos eclesiásticos a la manera de Francisco Eusebio Kino, que sabía manejar tanto el crucifico como la espada. En la colonización de California los franciscanos tuvieron un papel predominante, pues fueron fundando poco a poco misiones (San Diego, Los Ángeles, San Fernando, Santa Mónica, Santa Bárbara, San Francisco...) a todo lo largo de la costa del pacífico.
El territorio, en ese tiempo, estaba muy poco poblado. Apenas unos cuantos grupos indígenas se asentaban en las yermas tierras de la costa. Sin embargo, los nobles y desinteresados padrecitos lograron esclavizar a gran parte de ellos para hacer de las misiones empresas productivas. Dicen las lenguas metiches que, para 1818, alrededor del 86% de la población ingídena había muerto por obra y gracia del trabajo fecundo y creador que les imponían los humildes discípulos de Francisco.


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Joaquin Murrieta, visto por un dibujante Norteamericano


Las condiciones de los habitantes de la alta California no cambiaron mucho con independencia de México. En 1821 es elegido gobernador José Figueroa, quien se dedicó a expropiar las misiones para darselas a... sus amigos. El buen José, digno precusor de los panistas en el poder, prometió al inicio de su gobierno el dividir las productivas tierras de los franciscanos para entregarlas al pueblo (cosa que, por supuesto, nunca cumplió) Los indios que habían estado esclavizados en ellas, fueron liberados, pero muchas veces volvían para destruirlas y colgar a sus dueños. En 1846, el gobierno de California había terminado de entregar las tierras de las misiones a 815 propietarios, quienes se aprestaron a reaprender a los indios para que trabajaran, de nueva cuenta, como siervos (Al fin que ya estaban acostumbrados). En general, la costa californiana distaba de ser un buen lugar para vivir, nada parecía que podía empeorar la situación...


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Joaquin Murrieta, visto por un dibujante Mexicano

Y aparte... el Oro
El 24 de enero de 1848 James Marshall, un peón al servicio de John Sutter, estaba construyendo un aserradero para su patrón cuando, en la corriente del arroyuelo que estaba cerca de su lugar de trabajo, Marshall vió un objeto brillante: una pepita de oro. La granja Sutter pronto fue una próspera mina, y millones de personas comenzaron a migrar a territorio californiano para arrebatarle a la tierra un poco de su riqueza. La fiebre había comenzado.
Paralelamente, México libraba una guerra desigual con Estados Unidos, misma que concluyó con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, en el cual México se desprendía de dos millones de kilometros de su territorio en beneficio de su buen vecino. Los habitantes que poblaban el Alta California pasaron de ser mexicanos a gabachos con el poder de una firma (la de Santa Anna). Por supuesto que, aunque gringos, los mexico-americanos debían comprender que había niveles.
Para 1848 había alrededor de 400 inmigrantes anglosajones en California, mismos que se conformaron como el grupo dominante. Evidentemente, los güeros fueron los primeros en olfatear la riqueza del estado, y comenzaron a utilizar los firmes argumentos de sus armas para hacer valer su supremacía.
En ese tiempo se había expandido la noticia del oro californiano haciendo que llegaran al lugar millares de gambusinos de todas las razas. Los güeros no soportaron que las mejores vetas del metal fueran explotadas por los beaners y fueron a quejarse con el recientemente electo gobernador, en general Persifor Smith, quien decretó que todos los extranjeros perniciosos, no rubios y chaparros, debían de abandonar el territorio en beneficio de los Auténticos Californianos arios y ojiazules. Bien pronto comenzaron los linchamientos y ejecuciones de gambusinos mexicanos, y el oro de la costa del Pacífico adquirió una tonalidad rojiza.



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Cartel de la exhibición de la cabeza de Joaquin Murrieta

Nace la leyenda
En el bronco norte de México (que después fue el sur de los Yunaites), la presencia de bandidos era algo usual en el siglo XIX. Fueron famosos Salomón Pico y Tiburcio Vázquez, además del indio Estanislao. Durante la fiebre de oro, las bandas de la Mariposa (con sede en San Francisco, especulo), y la banda Guadalajara, hacían ver su suerte a las autoridades californianas. Joaquin, sin embargo, pasó de ser uno más del montón a ser un símbolo de la resistencia mexico-americana gracias al libro del escritor de asendencia Cherokke John Rolling Ridge, editado en 1854.
La historia popular cuenta, en algunas ocasiones, que Joaquin Murrieta nació en Sonora o en Sinaloa; algunos más, que vino del mismísimo Chile, y otros, que era nativo de California. Se dice que era un gambusino pacífico que encontró una jugosa veta de oro, misma que explotaba con su hermano y su esposa. Un día, unos buscafortuna norteamericanos llegaron a la choza donde los tres vivían, mataron al hermano y violaron a la esposa de Joaquin hasta causarle la muerte. Algunas versiones dicen que, cuando Joaquin llegó, le pegaron un tiro y lo dejaron por muerto. Cuando finalmente abandonaron el lugar, Joaquin encendió fuego a la casa y huyó en busca de venganza.
Durante años, Joaquin Murrieta y su banda (integrada, entre otros, por el famoso ladrón Juanito Tres Dedos), fueron el terror de los ranchos y de las minas: asaltaban, mataban, robaban ganado, caballos y cargamentos de metal precioso. En 1849 Se decreta la pena de muerte para los bandoleros, pero ni eso detuvo a Murrieta. Decían que aparecía y desaparecía como fantasma; otros, que tenía pacto con el diablo y lanzaba llamas. Los mexico-norteamericanos, explotados y ninguneados por los colonizadores rubios, lo elevaron al pedestal de los héroes populares. Las autoridades, desesperadas, ponen precio a su cabeza: 1000 dólares, una fortuna para la época.
A pesar del jugoso premio, el gobierno de California no podía dar caza a Joaquin. Finalmente, en 1853, autorizan al asesino y hampón Harry Love el formar una cuadrilla de "Rangers" con los cuales capturarlo. Dice la leyenda que, unos pocos días antes de que se le terminara el contrato, Love cayó sobre un grupo de gambusinos mexicanos a los que masacró. A uno de ellos le cortó la cabeza, la cual presentó a las autoridades como la de Murrieta, cobra su recompensa y desaparece de la historia. La cabeza del supuesto Murrieta fue expuesta durante años en ferias y carnavales, hasta que también desapareció. La gente del pueblo, la que se sentía reivindicada por el forajido, juraba y perjuraba que el amarillento despojo que les mostraban no era la cabeza del verdadero Joaquin, que el seguía vivo y cabalgando.
Murrieta es un ejemplo de lo que, expusimos con anterioridad, es el bandolero social: un buen hombre que, debido a los abusos del poder, se pasa del otro lado de la ley. Su historia también es una clara muestra de la idealización que sufren los héroes populares. Marcado por la tragedia de su familia, Joaquin tiene una causa justa para su venganza. Los poderes y capacidades que se le atribuían muchas veces rayan en lo fantástico, y su muerte, por supuesto, jamás fue aceptada por sus admiradores, quienes esperaban su regreso triunfal. Es interesante apreciar, en las imágenes que acompañan a este texto, la visión que tenían los californianos anglosajones y los californianos mexicanos del bandido: los primeros, lo imaginaban como un salvaje de ojos llameantes, no muy distinto a los aborígenes come-misioneros de las novelas de aventuras; los segundos, sin embargo, veían un Joaquin guapo y viril, bien vestido, que condensaba las virtudes ideales del hombre de su tiempo. (Imágen que, curiosamente, tiene muchos puntos en común con la de Jesús Malverde, de quien hablaremos pronto).
Hay que reconocerlo: muchas de las acciones que cometió Murrieta son muy poco loables y no pueden ser catalogadas de "heróicas", pues no actuaba mejor que los bandoleros de su tiempo o de los de ahora. Sin embargo, la carga simbólica de su figura, de hombre que se rebela cotra el abuso (sumada, además, a su proverbial generosidad ante el desposeído), hicieron que el individuo común, aquel que sufría el acoso de los fuertes, se sintiera identificado con él. El deseo de reivindicación es poderoso, y bien puede hacer perdonar los errores de un hombre y magnificar sus virtudes. No en balde a Murrieta los propios californianos anglosajones lo reconocían como el "Robin Hood mexicano".
La foto que encabeza este artículo muestra una foto (¿Daguerrotipo?) del auténtico Joaquin Murrieta: un hombre normal, un campesino u obrero cualquiera que de repente se vuelve criminal. Tal vez estas imágenes nos enseñen más acerca de la naturaleza del héroe que cualquier texto: el héroe no es ni un superhombre, ni un aspirante a licántropo. Es simplemente una persona que, un día, se cansa de la injusticia que lo rodea y hace algo al respecto.
Omar Delgado
2007

lunes, junio 25, 2007

La pluma y la machaca. Sin límites imaginarios

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El norte de México, ese pedacito de Estados Unidos. Es notable cuan diferente es la gente del altiplano central, o la del sur, a la de los estados de arriba del país. En los estados norteños se crean su propia identidad, tomando elementos tanto de la nación mexicana como de los yunaites; el habla es distinta, y las costumbres, más. Es en ese desierto que ambos países comparten en donde se genera algo nuevo: un nuevo lenguaje, una nueva idiosincrasia, una nueva forma de ser. Chihuahua, Baja California, Sonora, Tamaulipas, Coahuila, Nuevo León tienden a unirse con Texas, Nuevo México y California. No es que se quieran unir a los güeros, sino que nuestro norte y su sur están en vías de conformar una tercera nación.

Frontera. Ese límite físico y cultural que tantas veces se desdibuja y se mueve. No en balde, el término anglosajón Frontier, más que referirse a una línea imaginaria, define el fin de los límites de la civilización y el inicio de lo bronco; lo que separa lo ordenado de lo caótico, lo que se refiere a esa tierra franca en donde los dos mares de lo gringo y lo mexicano se unen, tratando de formar una sola agua.

El norte de México, hasta hace unos años, tenía fama de iletrado. La cultura norteña, decían por ahí, no pasaba de las carnes asadas. Afortunadamente, La compilación de cuentos Sin límites imaginarios derriba violentamente (A tiros, si cabe la expresión) dicho estereotípo. El libro trata de contener a esa región tan vasta tanto en superficie como en cultura. En veinticuatro relatos, reunidos y comentados por Miguel Rodríguez Lozano, algunos de los más emblemáticos autores de esa parte del país nos hablan de su tierra, de sus problemas y sus costumbres, de su visión del mundo, formando entre todos un mosaico narrativo que va desde la minificción hasta el cuento; desde lo fantástico hasta lo realista. Todo cabe en el norte sabiéndolo narrar.

Es difícil hacer una calificación de los mejores relatos de la compilación, pues los cuentos difieren mucho en género y en tono, desde el viaje a la obsesión al que nos invita Jaime Romero en Laberinto, hasta la relación machisto-lésbica que nos muestra Rosina Conde; desde la prostituta indecisa de Eduardo Antonio Parra hasta Rafa Saavedra y su Tijuana para principiantes; En general, los relatos más logrados son aquellos que se alejan de la imagen popular del norte, tan llena de balaceras, narcos y lupanares. También, hay algunos autores que abrevan en el género fantástico con bastante fortuna, aunque algunos cáen en la imágen vendida de la wild and vicious border. Las voces se viven junto con el calor del desierto; los localismos, en vez de de restringir, expanden el idioma, creando una región literaria propia. El Norte dibuja ya sus fronteras, delimita su propio espacio, distinto a los Yunaites y al México central.
Cómprelo en las tiendas UNAM
Sin límites imaginarios. Antología de cuentos del norte de México.
Compilada y comentada por Miguel Rodriguez Lozano
Ediciones UNAM

viernes, junio 22, 2007

Three times an ogre

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Preciosa ironía
El mejor blockbuster que se ha estrenado hasta el momento, en esta temporada, es de monitos verdes.
Ya hablamos anteriormente en este espacio de la hinchazón de la que sufre Spiderman 3; de Piratas del Caribe en el Fin del mundo ni siquiera quise hablar: el guión es tan espantoso que ni siquiera Johnny Deep la pudo sacar a flote. Ahora, con Shrek 3, el cine espectacular se reivindica un poco.
La historia comienza en el reino Muy Muy Lejano en el momento en el que el Rey, padre de Fionna, agoniza. El ogro favorito entonces tiene que tomar el lugar del regente del reino, puesto que acepta muy a regañadientes, pues el prefiere la pestilente tranquilidad de su chalet en el pantano. El rey muere (Sí, muere: ejemplo de lo que es un guión valiente), y el amigo verde es elegido sucesor. Sin embargo, Shrek se entera de que Fionna tiene un primo perdido en algún lado, y decide buscarlo para enjaretarle el trono.
Mientras Shrek viaja, acompañado por sus compas el Gato y el Burro, Fionna se prepara para ser mamá (Sí...va a tener ogritos) acompañada de sus amigas, (émulas de Paris Hilton)Blancanieves, Cenicienta, La Bella Durmiente y Rapunzel. Todo parece sacado de un cuento de hadas... hasta que llega el príncipe.
Encantador, ya sin su mamí y despojado de su glorioso destino, se gana la vida en bares de mala muerte hasta que, hastiado, se hace de su grey de villanos de cuento. El guapo y estúpido junior aprovecha la ausencia del verde para dar un golpe de estado a Muy muy lejano, declararse rey de los cuentos de hadas... y vengarse de una vez por todas del ogro.
El guión de Shrek 3 está notablemente trabajado. la historia que es verosímil (dentro de los cánones de lo fantástico, por supuesto), e inteligente sin dejar de ser sencilla. Los personajes están muy bien trazados, incluso los secundarios (esos árboles encantados, Robles y aBeto, son La Neta), tienen rasgos que los hacen únicos. El conflicto que sufre Shrek, quien se acaba de enterar de que va a ser padre, está soberbiamente tratado; se agradece que, en cada entrega, los personajes principales presenten desarrollo y avance. Además, los nuevos miembros de la familia, Arturo y su mentor (Un cagadísimo Merlín que parece gurú de New Age),embonan perfectamente dentro de la mitología del ogro y sus compinches.
En géneral, le recomiendo que no se la pierda: no va a parar de reir durante todo el filme.
Les dejo el trailer pa que chequen calidá:




Omar Delgado
2007
Ficha técnica:


Nombre: Shrek 3
Genero: Animacion/Comedia
Director: Raman Hui Chris Miller
Productor: Aron Warner
Guión: Jeffrey Price, Peter S. Seaman, Jon Zack
Música: John Powell
Intérpretes: Mike Myers, Eddie Murphy, Cameron Diaz, Justin Timberlake, Antonio Banderas
Nacionalidad: EE.UU
Año: 2007
Estreno: 01 de Julio de 2007
Estreno USA: 18 de Mayo de 2007

miércoles, junio 20, 2007

Reflexiones tintasangre.

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I
El escritor no tiene párpados.
No hablo de manera literal. Los ojos de aquel que escribe están tan completos como los del abogado que lo demanda, del taxista que lo transporta, de la contadora que le cuenta sus centavos o de la mujer que lo observa en el café.
Le falta ese párpado del alma que es el olvido.
II
El escritor no olvida. Todo lo que ve, lo que siente, se le acumula dentro. Si no lo saca, se enferma, flaquece, se sumerge en la locura. Es por eso que tiene que recurrir a las hojas en blanco para dejar ahí sus recuerdos, para drenar, aunque sea un poco, todo lo que se le acumula en el diario andar. Es por medio de la pluma, esa extensión de su vena que escribe con sangre, con la que se aplica su sistemática sangría para poder seguir andando.
Es por eso que, a veces, tratar a esta clase de especimen es tan dificil: ante tanto mundo que le entra por los sentidos, el que escribe tiende a veces a ser cínico; casi siempre, volátil; muchas veces, melodramático; ciertas veces, malévolo. Tiene entre las tripas un pedazo de universo en expansión, una dosis de caos cósmico que es el que lo hace andar, llorar, reir, explotar. Siente todos los días, en todo momento, un pequeño big bang dentro.
III
El escritor es todos, y ninguno a la vez. Entiende los pensamientos y los sentires de quienes lo rodean. Más aún, los vive en él. Es por eso que puede ser, en su obra, lo mismo un asesino que un santo; una puta que una virgen; un humilde burócrata o un monarca. A veces, esta cualidad (¿O maldicion?), le pesan, pues pocas veces el mundo lo sorprende. Es por eso que este es un oficio de gente desconfiada y escéptica.
IV
Este es un oficio lleno de inconformes, de inadaptados. (Algunos tan extravagantes que hasta son carismáticos). La escritora, el escritor, nunca están del todo cómodos. Es necesario estar en desacuerdo con la realidad para tener el deseo de contruir otra, alterna, con reglas distintas. Aqui es donde se encuentra su principal virtud: el desafiar la homogeneización de la vida (que muchos quisieran unícroma y monocorde), presentándola como una serie infinita de realidades posibles y, muchas veces, mejores que la que vivimos.
Es por ello que los tiranos no quieren a los que escriben: pueden imaginarse un mundo sin ellos.
V
Ningun escritor, ninguna escritora ha hecho nunca una obra completa. Esto tiene una razón muy símple: es el lector quien la concluye. El autentico escritor quiere ser leído, no por vanidad: por supervivencia.
VI
En teoría, todos podemos escribir una gran obra,(Aunque no muchos necesiten escribirla), pues todos tenemos una visión única e irrepetible del mundo. Dos personas nunca ven la misma manzana. Es en la diversidad de puntos de vista en donde reside la riqueza.
VII
Dicen que el escribir es un oficio, así como la prostitución o la ebanistería.
No es un oficio, pienso.
Tampoco una técnica.
Menos un arte
Es, simple y llanamente, la vida.
Omar Delgado
2007

martes, junio 19, 2007

El nombre del juego

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El buen Dostoievsky sabía muy bien de lo que hablaba cuando le dictó a su secretaria El jugador, en algún momento de 1865: el autor ruso fue un ludópata enfermizo que se jugaba en las mesas de juego la lana que le caía en las manos. Durante toda su vida, Fedor estuvo endeudado y, muchas veces, hambriento, pero no por ser comprador compulsivo -como su colega, Balzac-, sino por su devoción a la diosa de la fortuna.
El Rusinsky, sin embargo, no estaba sólo en su adicción. Varios escritores han dejado patente su gusto por los juegos de azar. Ernest Hemingway nos narra, en Paris era una fiesta, las veces que fue al hipódromo para hacerse de algunos dólares; por otro lado, el infalible Bukowski, en el periódo en que era un prángana sin futuro (¿Alguna vez dejó de serlo?) acosumbraba nivelar su presupuesto en las carreras.


Afortunado en el juego... Desafortunado en el amor, dicta uno de los dichos de nuestra cultura mexicana. Efectivamente, el hombre hombre es, aparte de macho y parrandero, jugador. La ludopatía se asocia con el valor y con el desapego a los bienes materiales. El jugador es, calladamente, admirado. La apuesta puede ser desde el fajo de dólares hasta la misma vida, y mientras más alta sea, más valiente será el apostador. El ludópata es, por regla, un pagano lleno de supersticiones, y tiende a caminar en los linderos de la sociedad: el juego es tan adictivo como la cocaína, y no pocas veces el junkie de las mesas acude al delito para mantener su vicio. La apuesta es, también, la adicción de los desesperados: aquellos que no tienen esperanza son clientes frecuentes de los casinos, pues esperan que la sonrisa de la suerte los favorezca por una vez.


El juego, además siempre ha estado asociado al crímen organizado: los mafiosos de los años treinta en los Estados Unidos tenían sus uñas bien clavadas en los casinos y en las loterias de barrio; las mafias de narcóticos actuales saben que no hay mejor manera de lavar dólares que a través de las mesas de black jack. Juego y crimen son como las nubes y la lluvia, ya sea en la fresa Montecarlo que en la redneck Vegas.


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Hay una escena clavada en el inconsciente colectivo americano: Bugsy Siegel, mafioso amigo y socio de Lucky Luciano, deteniendose en el desierto de Nevada e ideando el construir un hotel- casino entre la arena. Así fue como, se dice, nace Las Vegas. Es más más probable que los sindicatos del crímen hayan aprovechado el hecho de que Franklin Roosvelt, a la postre presidente del país vecino, hubiera derogado la prohibición a los juegos de azar, para construir su Sin City particular. Anteriormente, en la década de los veintes, cuando estaba vigente la ley de la prohibición,(Que abarcaba tanto el alcohol como los juegos de azar) los güeros que querían gastar unos pocos dólares en la ruleta tenían que conducir hasta la frontera e internarse en Ciudad Juárez o en Tijuana. Sí, cómo lo escuchan. Nuestras queridas Sodoma y Gomorra siempre han sido el backyard de los Estados Unidos.
Otro factor histórico hizo que Las Vegas se convirtiera en la urbe que actualmente és: la revolución cubana. Cuando Castro llega al poder en 1959, deroga el juego en la isla y los mafiosos tuvieron que buscarse otra terra franca en la cual seguir haciendo negocio. Antes del que el barbas los corriera, Cuba la bella era el congal- casino preferido de los ludópatas norteamericanos. A falta de la Habana, Nevada.
En México, las leyes prohiben el juego de azar, pero las leyes en México valen lo mismo que una moneda de tres pesos. Desde siempre hubo apuestas en los palenques (territorios libres por definición), en donde los rancheros iban a tirar sus centavos en las peleas de gallos, las cartas o las loterías. Fue a partir de los noventas cuando el juego comienza a hacerse presente de manera formal: primero fueron los locales llamados Caliente, propiedad de ese mafioso de la política llamado Jorge Hank Rohn. Luego, durante el sexenio de Fox, los lugares de Bingo y apuestas en general se extendieron como hongos. La cereza en el pastel ocurrió en 2006, cuando un esperanzado Santiago Creel libera los permisos necesarios para que el consorcio Televisa tuviera sus casinos. El juego en México, si bien nunca se fue, ahora viste de frac y se pasea con desparpajo en las calles.


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Yak, Caliente, Win Go, y algunos más. Ahora los acaudalados de nuestra posmoderna sociedad pueden ir a jugarse los millones sin salir del país y compartir mesa de juego con el desempleado que busca el golpe de suerte que lo saque de la pobreza. Legal, tal vez, pero también obsceno. Molesta que las señoras ricachonas puedan ir a perder el dinero en un país con sesenta millones de pobres, símplemente por que pone en evidencia la terrible desigualdad económica de nuestra sociedad: mientras muchos no tienen que comer, unos pocos tienen tanto que se lo pueden jugar.
Sintomático, sin duda.
Omar Delgado
2007

martes, junio 12, 2007

Los 100 del señor de la noche

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Hace poco, "Les demoiselles d´Avignon", una de mis pinturas favoritas de Pablo Picasso, cumplió sus primeros cien añitos.

Este cuchitril electrónico, en mucho mucho menor escala, también celebra sus primeros cien exhabruptos.

Gracias a quien me leen. En verdad que ver sus palabras me ilumina el día (o la noche); y a quienes no dejan comentarios, también les agradezco su presencia e interés.

Gracias por ayudarme a escribir un poco menos peor.

Omar Delgado
2007

lunes, junio 11, 2007

La perdición de los hombres


Mujer. Pocas palabras en el español —y en cualquier idioma—, encierran tanto significado. Mujer, si puedes tú con Dios hablar… Amor, pasión, lujuria, ternura, deseo. Hablando de mujeres y traiciones… Cielo, infierno, esperanza, desolación, plenitud, pérdida. Acuérdate de Acapulco, María bonita… Madre, esposa, amiga, compañera, cómplice. Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza… martirio, dolor, abandono, desesperación, odio. Ingrata, pérfida, romántica insoluta…


Mujer. Palabra tan poderosa que la humanidad, casi toda ella, tuvo que inventar complejos mecanismos para controlarla. El más sofisticado, sin duda, es el machismo.




Cualquier ideología de poder tiene como fin el justificar el dominio de un grupo humano sobre otro. Hablando de civilizaciones, el pueblo dominante siempre tiene excusa para subyugar —o exterminar—, al dominado. Para lograr esto, necesita de conceptos preestablecidos que justifiquen que el otro debe ser dominado por que es inferior o peligroso: el negro salvaje y tonto; el indio huevón y ladino; el judío codicioso y traicionero; el árabe fanático y violento. Dichos estereotipos se inoculan en tanto en el grupo a dominar como en el grupo que domina, para así, crear la sensación de que ese orden es el natural, y más aún, el único posible.

Si se entiende el machismo como una ideología de dominación, entonces la parte dominante será la mitad masculina de la humanidad, y la dominada, la femenina. El orden machista requirió entonces de formar una imagen de la mujer que justificara el dominio, la cual es la dualidad santa/puta.

En las primeras civilizaciones, las cuales surgieron a las orillas de los ríos Tigris y Eufrates, no existía este concepto. Los asirios veneraban a una trinidad de diosas: Astartare, Ishtar, y Liluh. La primera simbolizaba a la diosa madre; la segunda, a la guerrera y sabia; la tercera englobaba toda la fuerza del erotismo. En dicha cultura, las mujeres y el sexo tenían un papel predominante en la vida política y religiosa, tanto que en el templo de Ishtar se practicaba la prostitución como rito eucarístico.

Otras culturas, sin embargo, incluyeron en su cosmovisión el concepto de que la mujer era subordinada al hombre, y por lo tanto, inferior. La más evidente en este sentido fue la religión judía, la cual afirmaba que la primera dama, doña Eva, fue creada de una costilla del primer caballero, don Adán. Más aún, fue a la primera mujer a la que se le culpó de la expulsión del paraíso, tachándola, además, de ser débil y propensa al mal.



Es con los Cabalistas hebreos en donde se condensa la dualidad de lo femenino. Leyendo con atención el génesis, llegaron a la conclusión de que Eva no fue la primera mujer de Adán, sino que dicho lugar lo ocupó otra fémina de nombre Lilith, quien fue formada del mismo barro que el hombre primero. Estos sesudos sabios —los cabalistas—, explicaban que la primera esposa de Adán era rebelde, pues se consideraba igual a él por haber sido creada de la misma materia y que fue expulsada del paraíso debido a que quería estar encima del hombre durante el acto sexual. El buen Dios, entonces, creó a la dócil Eva de una costilla del baquetón de Adán. A Lilith se le condenó a un destino ingrato, pues después de su exilio del Edén cohabitó con los demonios del desierto y concibió hordas de espíritus maléficos. Finalmente, se convirtió ella misma en el demonio que mataba a los bebés recién nacidos y que provocaba las poluciones nocturnas en los hombres jóvenes. Mientras esto ocurría, a la candorosa Eva que aceptó su papel como subordinada y máquina de bebés, le ponían su condominio con cocina integral y su Windstar blanca.



La figura de Lilith es notable debido a que condensa los puntos negativos de la feminidad según la ideología machista: es seductora, rebelde, independiente, infértil y promiscua. Figuras similares a ella se repetirán en casi todas las culturas de la humanidad: Lammias, Banshees, X´tabays, sirenas, Willies, lloronas, Stregas. Todas ellas ejemplos de lo que, según la falocracia, una mujer nunca debía ser.

Dicho concepto de la mujer, el cual la condena a una bipolaridad moral sin puntos medios —o se es “decente”, o se es “descocada”—, surge, como todos los tabúes, de motivaciones pragmáticas. Generalmente se cree que el régimen falocrático se estableció en la humanidad en el momento en que el ser humano pudo domesticar los cereales para así volverse sedentario. Cuando los hombres neolíticos comenzaron a cultivar trigo en lo que actualmente es el medio oriente, necesitaron una parcela de tierra que fuera suya para que los productos que obtuvieran de su trabajo fueran también de su propiedad. La mujer pasó a ser, entonces, una extensión de dicha parcela, la tierra en donde el hombre sembraba su semilla, y por lo mismo, era necesario asegurar que la descendencia sembrada en la mujer fuera la propia, no la del vecino ni la del compadre. Esto permitía que la herencia —la cual nace también junto con el concepto de propiedad privada—, quedara en manos de un descendiente auténtico. No en balde el machismo es más arraigado en las comunidades rurales que en las urbanas.

Sin embargo, un análisis más profundo de dicho prejuicio revela que proviene del miedo. Los hombres, en algún momento del desarrollo de la humanidad, temieron la capacidad reproductiva y sexual de la mujer. El cuerpo femenino es, por mucho, más complejo que el del hombre: es capaz de formar enteramente un nuevo ser humano y aún alimentarlo en sus primeros años de vida. El organismo masculino, por otro lado, sólo tiene una función: proporcionar el esperma con el cual se formará el nuevo ser. Viéndolo fríamente, tal vez aquellos hombres no estaban tan errados en sus temores: Supongamos que se diera un salto evolutivo en el cual las mujeres fueran capaces de generar células sexuales equivalentes a los espermatozoides. El resultado sería que los hombres nos volveríamos inútiles y, paulatinamente, nos extinguiríamos. Además, el cuerpo femenino está diseñado —si cabe la expresión—, para recibir a varios compañeros sexuales en un corto periodo. El hombre, por el contrario, no podría sostener su rendimiento reproductivo por mucho tiempo en el caso de que tuviera varias parejas sexuales. A nivel biológico, es la mujer quien tiene la pauta para la reproducción. El machismo, entonces, nace también como una reacción de la sociedad humana para contener y dirigir la potencia sexual de la mujer.
Este miedo se ve claramente reflejado en Lilith y tropa que la acompaña. El condenar la sexualidad libre y no dirigida a la reproducción —sino simplemente al regocijo—, fue el paso necesario para la implantación de la ideología machista.

Siempre un orden social falocrático se tiene que ayudar de una religión que alimente y pregone los conceptos que lo sostienen. En este caso la religión católica —y sus derivados—, ha sido el gran apoyo para las sociedades machistas de occidente. El dogma cristiano reelaboró la dualidad ya vista con Eva/Lilith en la figura de María/ Magdalena, agregándole un elemento más pernicioso aún: la demonización de la sexualidad. María fue madre virgen, su concepción fue obra divina, no natural, por lo que ninguna mujer jamás estaría a la altura de la madre del Nazareno. Magdalena, por otro lado, representa la sensualidad domesticada, aquella que se arrepiente de haber utilizado su cuerpo con fines distintos a lo que la Iglesia considera la única razón del sexo: la reproducción. Gracias a este estereotipo se sustentó por más de mil quinientos años la misoginia que es patente de corzo de las sociedades católicas.



Misoginia. Odio a lo femenino, esta es en realidad la palabra clave que condensa la ideología machista. Odio a la capacidad de reproducción, odio aún al hecho de poseer un cuerpo. Muchos de los miembros de la comunidad de los santos se ufanaban de jamás haber tocado a una mujer; aquellas damas que aspiraban a ser beatas tenían que renunciar, no sólo al uso de su entrepierna, sino aún al de sus sentidos. La mortificación de la carne era el pasaporte de entrada al cielo. Por más de mil años el odio al cuerpo era lo deseable: los cilicios enroscados al cuerpo, la ingestión de comida descompuesta, los castigos autoinflingidos, el verdugo y la víctima viviendo en el mismo cuerpo.



Aún después de la revolución francesa, cuando la Iglesia perdió gran parte de su poderío, se siguió reciclando el concepto de la mujer como sinónimo de perdición. Carmen, la Dama de las Camelias, Madame Bovary, Esmeralda y Naná son miembros de ese santoral de lo infame. Finalmente, un estereotipo es una simplificación. Al seguir plasmando a la mujer como una dualidad se le reducía, y al mismo tiempo, se le controlaba.



El siglo XX, por fortuna, representó avances en casi todas las naciones de occidente para derogar el imperio de los machos. Las luchas de las sufragistas, el movimiento de liberación femenina, la adquisición de los derechos a decidir sobre su propio cuerpo han ayudado a que la mujer tenga un papel cada vez más activo dentro de la sociedad. Aún quedan muchos rezagos, y sobre todo, muchas resistencias por parte de militantes del viejo régimen falocrático (tanto hombres como mujeres). Es por eso que las sociedades que se quieran sacudir el lastre del machismo tienen que comenzar por quebrar el estereotipo que reduce a la mujer a ser La gema que Dios hizo mujer para bien de mi vida o La paloma Negra que ya agarró por su cuenta la parranda; y eso se logra, únicamente, inoculando el respeto a las decisiones que tomen ellas acerca de su propia vida.

Omar Delgado
2007

jueves, junio 07, 2007

Graduaciones

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Llega el medio año. El calor nos azota con su sudoroso aguijon, los IMECAS aumentan y se tuestan, dejándonos el sudor como chapopote; las lluvias, esas que en un par de meses inundarán los desniveles y las principales avenidas de la Ciudad de México, se hacen del rogar.

Llega el verano, y aparte del sol y de las vacaciones, llegan las graduaciones de las universidades. Actualmente, a los jóvenes que alcanzan la madurez, ya no los colgamos de los pezones y los hacemos girar (como hacían los apaches); ya no los tatuamos con dientes de tiburón (como los polinesios); ya no los hacemos correr por días por el desierto de Arizona con piedritas en la boca (Como los Sioux). Ahora, hacemos algo peor: los vestimos como señoras gordas, les ponemos un ridículo ribete y los llamamos "Licenciados","Ingenieros", "doctores", o "CP´s".

El 2 de junio pasado me tocó asistir a uno de estos ritos tribales de nuestra decadente cultura. Como treinteañero desesperado, he asistido a muchos de estos numeritos, (incluyendo el mío) y en realidad, todos son iguales: a los chicos se les agasaja, se les felicita por convertirse en "elementos productivos de la sociedad", se les emborracha y se les hace bailar quebraditas y salsas; lo peor, se les hace vestir un traje por primera vez en su prángana vida. Una vez que termina el festejo, se chingaron: dejaron de ser jóvenes, se convirtieron en adultos que serán explotados por algún patrón por los próximos treinta años; se casarán, tendrán hijos, buscaran departamento, o casa, o cuchitril; le buscarán escuela a sus chilpayates, se divorciarán (probablemente), se volverán a casar para volverse a separar; así será hasta que,a los cincuenta o sesenta, se retirarán de la vida laboral para gozar de una holgada pensión (no se rian, cabrones).

Sí, la graduación es el inicio de la adultez. Sin embargo, no todas las graduaciones son iguales: no es lo mismo un grupo de sociologos de la UAM que unos delicados economistas del ITAM. Hay niveles, y en una sociedad tan clasista como la mexicana (por desgracia), el profesionista no vale por su preparación, sino por la escuela de la que egresó.

Como siempre, ese sábado llegué tarde, ataviado de manera disonante con un saco beige y camisa azul en un lugar en donde todos llevaban traje oscuro. Definitivamente, un perro callejero (o lobo callejero), como yo, se sintió inapropiado entre esos jóvenes egresados de la universidad Anahuac y sus aún más finos parientes. En fin, todo sea por la familia. Llegaron los meseros y me comenzaron a atacar, alevosamente, con vasos de Chivas Regal en las rocas. Por supuesto, después de unos cuantos embates, terminé con la brújula descompuesta, bailando con algunas de las anorexicas señoritas que pueblan nuestra clase media alta (no la clase alta: esa manda a sus hijos a Yale y a Oxford). Así pues, ya borracho, vi cómo bailaban los noveles ingenieros en sistemas (detalle que no importa), en la Universidad Anahuac (detalle que SI importa). Estos jovenazos, todos con nombres compuestos (Ningún López, Pérez, Martínez: De menos un "Martinez del Valle", un Shultz, algunos De la Garza; un Santiago), a diferencia de los otros graduados a los que he acompañado, tienen la chamba asegurada sólamente por el membrete de su casa de estudios.

No pude evitar comparar esta graduación con la que viví, hace un año, con novissimos licenciados en psicología de la UNAM. En el caso de los unamitos, 99 de cada 100 tardarían meses en encontrar trabajo (si es que lo encontraban); en cambio, los beautiful Anahuaquitos salían ya con chamba asegurada (Y el que no, era más bien por que se iba a ir de vacaciones a Europa que por falta de oportunidades).

Paradójico, pues la Universidad Nacional Autónoma de México es la mejor escuela de educación superior de Latinoamérica, mientras que intituciones como el TEC de Monterrey, el ITAM, LaSalle y otras similares ni siquiera figuran entre las mejores 500 del mundo. Parajódico que en cualquier periódico se pueden ver anuncios de selección de personal en donde viene la ignominiosa leyenda: "Egresados de la UNAM, abstenganse".

Así pues, es muy probable que los egresados de la mejor universidad de Latinoamérica se acaben ganando el pan al volante de un taxi, tras el aparador de un puesto de tacos o acosando telefónicamente a los tarjetahabientes de algún banco trasnacional. En el mejor de los casos, ejercerán su profesión con un sueldo por debajo de su preparación y con un jefe egresado de... ¡Adivinó! de alguna de las universidades privadas del país.

Algo memorable es que, ya sean de la UNAM, de la Anahuac o de el ITAM, todos los graduados bailan las mismas canciones, se ponen igual de borrachos (aunque con distintos licores), y vomitan en los baños con igual intensidad (aunque los chicos de la Anahuac tienden a guacarear a la derecha, y los de la UNAM a la izquierda); unos y otros se van de viaje a celebrar después de la fiesta, sólo que los pumitas se van a Acapulco y los Anahuaquitos se van a Houston o a Can Cún (In the VIP section, but of course).

En fin, que salvo ciertos detalles de color de piel, hinchazón de cuentas bancarias y oportunidades desiguales, en el fondo, todos los graduados son lo mismo:

Carne para el molino.

Omar Delgado

2007