jueves, mayo 31, 2007

Gil Girssom versus Eliott Ness

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Señor polecía… lo vi en la tele
Si viviéramos en el mundo que nos muestra la T.V, casi todos seríamos policías o criminales. En los programas de la pantalla chica, por cada ingeniero que aparece, hay diez agentes de ley; dos por cada abogado y tres por cada médico. El universo hertziano nos muestra una realidad en donde hay una constante y eterna confrontación entre las fuerzas del orden (representada por los detectives, los uniformados, los S.W.A.T´s) y el caos (Cuyos estándares son los narcotraficantes, Serial Killers, tratantes de blancas y asaltantes de bancos).

La figura del policía (y por consiguiente, la de su siamés criminal), ha sido protagonista estrella desde siempre en los medios masivos: la novela policiáca siempre sido popular desde su nacimiento en el siglo XIX; los programas de radio que rifaban eran los de género negro; los pulp fueron el género literario por excelencia durante la postguerra; gracias a las pantallas (grandes y chicas), conocemos cuicos que van desde Sam Spade hasta Kojac, desde Starky & Hutch hasta Mágnum; desde Sérpico hasta Harry el sucio.

Definitivamente, el cuico televisivo se ha adaptado a los tiempos, tanto como ha avanzado (por lo menos, técnicamente), el trabajo policial. Como ejemplo se puede analizar la enorme distancia que existe entre el agente Eliott Ness y el doctor Gilbert Grissom.

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Los Intocables y su Ness
El esmirrado y seco actor Robert Stack encarnó al Eliot Ness televisivo durante las tres temporadas que duró el programa de Los Intocables (The Untouchables, 1959), serial basado en el libro homónimo que escribió el Eliot Ness real con la ayuda de un periodísta. Dicho texto, que muchos han denostado por sus múltiples impresiciones (cuando no abiertas mentiras) narra el trabajo policial del agente y sus muchachos cuando peleaban contra las mafias de Chicago en los años treinta del siglo pasado. En Los Intocables televisivos los criminales son presentados como seres brutales que no se detienen ante nada con tal de alcanzar sus objetivos (El ejemplo del sanguinario Frank Nitti es paradigmático); por lo mismo, los policías comandados por Ness son rudos y agresivos. El mismo Ness es un hombre intimidante, que utiliza técnicas de presión psicológica para obtener sus confesiones. (Métodos que, por cierto, actualmente serían inadmisibles en un jurado estadounidense) Las investigaciones en el universo narrativo de la serie se basan en la indagación, en los testimonios de testigos, en los soplones, y en la investigación directa en la escena del crimen. Los policías de Ness tienen mucho de golpeadores y casi nada de psicólogos; mucho menos de científicos. En ningún capítulo de la serie se ve la toma de alguna huella digital o de algún rastro y los casos casi siempre terminaban con balacera y muerte del malo en cuestión
Los personajes femeninos en Los Intocables siempre son entes pasivos, subyugadas por las terribles fuerzas de lo masculino. Las pocas damas que no son víctimas desvalidas son mostradas, bien como femme fatales que utilizan a los personajes masculinos débiles, o bien como fieras dispuestas a liarse a plomazos con cualquiera (la célebre Ma Barker, por ejemplo). Eso sí, hombres como Ness jamás son tocados por los encantos de alguna de las lagartonas en cuestión. El trato entre géneros es de antagonistas: los criminales las tratan como objetos y los agentes de la ley como tontas o como putas. En toda la serie se huele la misogínia tanto como se huele la pólvora.
En suma, en Los Intocables los personajes están pocos elaborados y son unidimensionales: buenos rudos rudisimos o Malotes reojetes. Las situaciones, por otro lado, son simples: la lucha de las fuerzas del orden, totalmente puras, limpias y honestas, contra los mafiosos, asesinos a sueldo, asaltabancos y otros agentes del caos. (Todavía no aparecía el Asesino Serial) El final de cada capítulo es, por consiguiente, la victoria de los primeros sobre los segundos.

Nota: Cómo dato curioso, podemos mencionar que el Eliot Ness real, después de su cruzada contra el crímen en Chicago, se mudó a Cleaveland. En dicha ciudad, El ex-agente del tesoro se enfrentó a uno de los asesinos seriales más sanguinarios de la historia norteamericana: el asesino del Torso (imagínense cómo se ganó el nombrecito). Eliot Ness, quien había vencido a Al Capone y otros signores de la mafia, fue incapaz de detener a su nuevo contrincante.



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La escena del Crimen de Gilbert Grissom

CSI Las Vegas, una de las series televisivas más exitosas de todos los tiempos, comenzó a transmitirse en el 2000. En ella, la resolución de los casos policiales no se basa en las persecuciones o en los interrogatorios, sino en la recolección y análisis de evidencia. Ahora ya no son los policias madreadores y rudos, sino los científicos los que resuelven los crímienes.

Gilbert Grissom, interpretado por William L. Petersen, es uno de ellos. Es doctor en entomología por la UCLA y jefe de la unidad de investigaciones en la escena del crímen de la ciudad de Las Vegas. No es ningún hombre de acción; más bien, le gusta escuchar ópera, coleccionar insectos y leer. Aunque es agente de la ley, nunca empuña una pistola. Gil Grissom no hace arrestos espectaculares, no le rompe el hocico a los criminales ni camina por los bares de mala muerte, vestido de gabardina, buscando maleantes. Su trinchera es su laboratorio, y desde ahí, mete a los gandallas a la sombra.

Gil Grissom no esta sólo en su lucha contra el crimen: lo acompañan Catherine Willows, una ex- bailarina de streap tease, hija de mafioso, madre soltera y experta en trazos de sangre; Warrik Brown, un ludópata y brillante criminalista; Nick Stokes, un experto en fibras, hijo de un juez de la suprema corte y de gustos extremos en mujeres y Sara Sidle, una sagaz investigadora que tuvo una infancia dificil y que paulatinamente se enreda sentimentalmente con Grissom.

Comparándolo con el rudote Eliot Ness, Grissom es un tímido nerd que nunca ha metido las manos (figuradamente hablando), para atrapar a un criminal. Sin embargo, a diferencia del policia de Chicago, el entomólogo es mucho más efectivo para resolver los crímenes, pues atrapa a los criminales con las frías y afiladas armas que le da la ciencia. Para los CSI, el criminal no es encarcelado definitivamente por obra de los interrogatorios, las persecuciones o gracias a la ayuda de los soplones, (Aunque ayudan, por supuesto), sino por la evidencia que recoge y analiza Grissom y su gente (Muy especialmente, el ADN). Los métodos de Grissom, si bien son menos rudos que los de los Intocables, son inapelables ante la corte.

La diferencia en la imágen del policía de los años treintas y la del siglo XXI ha cambiado de manera notable; también los métodos de investigación se han modificado: actualmente, la evidencia es el principal recurso judicial y los interogatorios y testigos han quedado en un segundo plano. También los policias han cambiado: ahora las mujeres (Willows, Sidle), ya no son las damiselas en desgracia o las lángaras seductoras de azules: son mucho más intrépidas, incluso a un nivel mayor que los hombres, y los investigadores pueden ser, lo mismo anglosajones (Como Grissom o Strokes), que afroamericanos (como Warrik); cosa impensable en el Kukuxclanesco mundo del agente federal.

Los que transgreden la ley también han cambiado: Grissom se enfrenta lo mismo a estafadores que a mafiosos o asesinos en serie, y muchas veces sus casos son más difíciles que los de Ness. El mundo del misántropo entomólogo tiene muchos más recursos tecnológicos, pero también los criminales son más complejos y retorcidos. Eliot Ness utilizaba las balas de su Tommy gun; Gilbert Grissom sólo necesita los cotonetes de su kit científico.

Nota: Probablemente Gilbert Grissom, de hser un personaje real, hubiera podido detener al asesino del torso, misión en la que falló escandalosamente el viejo Eliot, con todo y sus poses de perdonavidas.

Omar Delgado

2007

martes, mayo 22, 2007

Bovary Society

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Este señor se llamó Gustave Flaubert.

A pesar de que se parece a Pablo Morsa,en 1857 escribió una de las novelas capitales del siglo XIX: Madame Bovary. En ella, nos narra la historia de Emma, dama casada con un médico rural que busca vivir el amor como en las novelas (en las de folletín de su tiempo, no en las de Televisa), perdiendo familia, dignidad y vida en el intento.
Doña Emmita es de esa casta ilustre de adúlteras literarias a la que pertenecen Helena de Troya, Clitemnestra y Ginebrina, la esposa del rey Arturo. Sin embargo, a diferencia de ellas, no le pone el cuerno a su consorte por amor o por odio. Helena es parte de un perverso juego entre las diosas Afrodita y Hera; Clitemnestra se tira a Egisto para vengarse de su marido; Ginebrina cae rendida ante la gallardía de Lancelot. Doña Bovary fue mucho más prosaica, pues engaña a su marido llevada por la ilusión de vivir una vida llena de romance.
En general, el resumen de la novela sería el siguiente: Emma se casa con un médico rural, Charles Bovary, un hombre bueno, aunque algo soso. La señora se aburre de su vida de burguesa, y mata el tiempo leyendo libros en donde las heroínas viven tempestuosos romances con hombres gallardos y aventureros. Lady Bovary decide ser como esas mujeres literarias y vivir pasiones arrebatadoras. El matrimonio se cambia de pueblo, y conoce a León, un jóven e inexperto ayudante legal, del cual Emma se enamora platónicamente. El Leyeguelo obtiene una chamba en París y se va, dejando a Emma sumergida en la tristeza. Luego, llega Rudolph, un von vivant que adivina la aburrida vida de la Lady Bovary, y la seduce durante una feria ganadera. Emma se enamora del frívolo caballero, pero para él, su amante sólo representa un efímero pasatiempo. Cuando la relación se vuelve más intensa, Rudolph huye, dejando a Emma vestida, alborotada y destrozada. Quiere el destino que Emma Bovary y su mancornado esposo se encuentren con León, quien durante su estancia en París se convirtió en todo un zorro seductor que se las ingenia para darle su arrimón a Doña Emma. Durante sus aventuras, la señora Bovary se endeudó comprando vestidos, accesorios y perfumes con el fin de ser como esas heroínas aristócratas de sus novelas. Finalmente, le cae el chahuistle en forma del abonero que le vendía sus garritas. Desesperada por lo impagable de sus deudas y a punto de ser descubierta, Emma recurre a sus galanes, quienes la mandan de una patada de regreso con el doctor. Doña Bovary entonces decide tomar arsénico a puños, acabando con su vida y destruyendo la de Charles, su esposo, y la de su pequeña hija Bertha.
Lo triste de la historia es que, en realidad, Madame Bovary no amó a ninguno de sus dos galanes, sino que amaba la fantasía de ser una heroína romántica.


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Flaubert logró con Madame Bovary una de las metáforas literarias más logradas de nuestra sociedad postmoderna y enamorada de sí misma. La señora Bovary busca desesperadamente vivir las pasiones y los enamoramientos que leía en los libros (Así como Alonzo Quijano se convirtió en Don Quijote después de leer las novelas de caballería) tratando de huír del hastío y de la rutina. Nuestra sociedad tiene mucho de Bovary. Millones de personas andan por el mundo en pos de la ilusión de vivir la vida que se ve en los medios -cine, radio, la omnipresente televisión-, y muchos se endeudan hasta el cuello con tal de lograrlo. El hombre y la mujer comunes tratan de evadirse de su hastío existencial, producto de la enajenante rutina y de una falta absoluta de vida interna. Al igual que Emma, muchas personas se definen y valoran en relación a quienes los rodean, y no a quienes son; proyectan una imágen de la que están enamorados y gastan fortunas tratando de sostenerla. Los medios de comunicación, esos grandes mañosos, se la pasan alimentando ese deseo Bovariano de la gente: el hombre exitoso y seductor conduce tal coche, huele a tal loción, se pone éste traje; la mujer que busque ser amada necesitará seguir ésta dieta, comprar éste tinte de cabello, mostrar la sonrisa que le da aquel dentífrico. El resultado de todo esto son las cuentas sobregiradas, las hipotecas, las tarjetas de crédito bloqueadas... Y la desesperación cuando se pierden los ingresos.


Por que Emma no era una mujer apasionada: era una mujer vacua, sin vida interior, que se definía a través de los otros, tal y como tantos que caminan por la calle.

Lo bueno (¿O malo?) es que el arsénico ya no se consigue tan fácil.

Omar Delgado

2007

lunes, mayo 21, 2007

YO,MACHO

Confesiones de un individuo que no baila las de Village People
(por lo menos, no en público)


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¿Llevas un macho dentro? Yo no lo diría


I. No somos machos, pero somos muchos

Macho, palabra que en estos tiempos es insulto. Calificar a un hombre —es uno de los pocos adjetivos que no es unisex—, es definirlo como primitivo, ignorante, autoritario, abusivo, madreamujeres, obtuso. Sin embargo, como otros epítetos, en nuestro idioma, tiene un significado que se adapta según la ocasión. “Eres un machote”, dicho por un grupo de amigos reunidos en una cantina es un doctorado honoris causa; “eres bien macho”, dicho por una sudorosa compañera de cama es una condecoración en la guerra entresabanas; “eres un pinche machito”, dicho por una compañera de trabajo, amiga o vecina, en público, es un sambenito moral.
Cuando esto último pasa, el individuo en cuestión queda marcado. Los demás hombres lo miran con cierto desprecio no carente de hipocresía; las mujeres, con rabia. Se transmuta en Lucifer con traje de charro, en Neanderthal que caza mamuts sobre avenida Reforma, en un arcaísmo ambulante, en un apestado.
Sin embargo, esta actitud es relativamente injusta, no por qué muchas de las conductas del machirrín no sean condenables, sino porque no surgió por generación espontánea, sino que es un producto de la sociedad misma.

II. La mujer, como la escopeta: cargada y en un rincón

La familia en la que tuve a bien nacer tiene sus raíces en el norte de México. Son gente de desierto, seca y calida al mismo tiempo; de palabras hoscas y muy escasa La abuela era guía y líder del clan de exiliados; era ella quien disponía de los destinos de sus siete hijas y sus dos hijos. Mi abuelo era un ser errante, exiliado doblemente de su tierra y de su familia. Sus hijas —mi madre y sus hermanas—, lo recuerdan como un buen padre, cariñoso, atento, que no tomaba una sola gota de alcohol. La jefa de la pequeña aldea que era mi familia lo condenó al ostracismo debido a un desliz que tuvo con otra mujer. Siempre se le consideró débil, pusilánime; siempre se le tuvo un discreto —y a veces, no tanto—, desprecio.
La abuela, recia matrona descendiente de cristeros, dispuso, por decreto gonadal, que las hijas trabajaran para mantener los estudios de los dos hijos menores. Aunque varias de mis tías eran lo suficientemente inteligentes para ser profesionistas, se les negó la oportunidad de estudiar para otorgársela de la parte testicular de la familia. “A ustedes va a llegar quien las mantenga. Ellos van a sostener a sus familias”, fue el argumento. Mala elección. A mis dos tíos no les interesó el estudio y la oportunidad de que hubiera algún ingeniero, licenciado o doctor en esa generación quedó cancelada cuando ambos formaron sus respectivas familias.
El macho no nace así, sino que lo forma la familia de la que proviene. Cuando al niño se le exime del trabajo doméstico, se le dice que son las mujeres las que deben de hacer los quehaceres de la casa, cuando son las hermanas y la madre la que le sirven la comida, le planchan la ropa, le zurcen un calzón, se le están inculcando las reglas del machismo. Se le enseña que hay trabajos que él, como hombre, no debe hacer. “Son para viejas”, le explicarán. El chamaco aprenderá que ese orden es el natural.
Otra parte importantísima de la Escuela del macho es la inhibición de los sentimientos, la cual también se da en la infancia. Al niño se le reprende cuando llora, cuando muestra compasión o ternura; se le censura cuando juega con juguetes impropios de su sexo, como juegos de té o muñecas. “Los hombres no lloran, cabrón”, “eso es para niñas”. En general, la única respuesta emocional que se le permite es la cólera, por lo que el chamaco aprende a tener respuestas agresivas ante cualquier emoción que lo invada. Sus momentos de melancolía, sus tristezas, sus depresiones las traducirá en enojo; crecerá siendo un bravucón aplaudido —veladamente o no—, por todos. “Es un hombre de mucho carácter”, le dirán cuando crezca.
Otro factor importante en el desarrollo del macho es la estrecha relación que entabla con la madre (o con alguna figura sustituta). En una buena familia machista, el padre usualmente será una figura lejana y temible, mientras que la figura materna será ambigua. El niño y su madre, por lo general, crearán una relación codependiente en la que estarán presentes la ternura y el chantaje. El charrín crecerá idolatrándola y con el tiempo, tomará esa imagen idealizada como medida para comparar a todas las mujeres con las que se cruce en su vida.
El niño, Pedrito Infante en cascarón, deja la infancia, está casi listo. Sin embargo, para que llegue a ser un machotote en toda la expresión de la palabra, le hará falta refinar sus conocimientos en el turbulento periodo de la adolescencia.

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No te quejes, vieja. No sabes lo pesado que está este cigarro


III. Tú eres la catedral. Las demás son capillitas, nomás

Cambia la voz, comienzan los “gallos”, al hablar, el cuerpo cambia, se desdobla, surgen protuberancias y vellos en lo que era sólo piel llana. Ha llegado la pubertad.
Llegan también las primeras relaciones sociales independientes a la familia, los cuates entrañables, los enemigos acérrimos, los primeros amores. El niño, bien educado en la ciencia del macho macho men por su familia, completa y consolida sus conocimientos en la sociedad adolescente.
El macho no compite: gana. En la juventud primera todo se hace darwiniano: el chamaco lucha por no ser el pazguato del grupo, trata de que lo escojan en los equipos de Fútbol, presume el número de vellos que le han crecido en el pubis, demuestra lo rápido que puede correr o lo alto que es capaz de saltar. Compite por todo: el tamaño de su pene, la cantidad de novias de manita sudada, el número de puñetas que se puede hacer al hilo. El chamaco se vuelve un ser genital. Si su familia ha hecho bien su trabajo con respecto a su educación sexual —es decir, si no le ha dicho un carajo—, el adolescente llega totalmente ignorante, listo para ser guiado por otros congéneres igual de ignorantes. Se forman aquí los grandes mitos del machismo: el ciclópeo tamaño del sexo, las hercúleas proezas sexuales, los serrallos juveniles, la inexistencia de enfermedades venéreas. Comienzan los albures, donde se aprende que el dominio y el poder dependen de la potencia sexual del individuo, que el vencedor tiene la prerrogativa de penetrar al vencido, de humillarlo. Sabrá entonces que la condición natural del débil, del coyón, del pusilánime y de la mujer es ser poseídos por el fuerte. El jovencito se da cuenta de que su hombría dependerá de la cantidad de hembras a las que pueda desvirgar (o poseer), y de la cantidad de rajones a los que pueda subyugar.
Del lado de la cancha femenina, a las jovencitas se les enseña casi la misma cantidad de pamplinas: los embarazos por medio del beso, la dicotomía mujer buena- puta, el desconocimiento del cuerpo (que se considera virtud). A la chica también la han enseñado que tiene hacer los trabajos caseros mientras los hermanos varones hacen la tarea, que es su obligación levantarse primero de la mesa para recoger y lavar los platos, que es necesario que distinga a los buenos partidos de los muertos de hambre.
Todo está listo para el desastre.



IV. Todas son putas, menos mi jefita, y eso, por respeto

El jovencito inicia sus encuentros con el otro sexo. Paulatinamente va perdiendo el miedo a ese ser humano que es la mujer. Llegará una que finalmente le hará romper su caparazón. Primero, serán pláticas inocuas, luego, el tomarle la mano mientras caminan por la calle; luego, los besos torpes en el cine o en algún parque solitario. Las manos del chico toman vida propia y comienzan a explorar aquel cuerpo tan distinto. AL principio, será la ropa; luego, los dedos se aventurarán a tocar los encajes del brasier, los bordes de la pantaleta. Descubrirá que para él amor es hinchazón, y para ella, humedad.
Después de aquellas escaramuzas, seguirán los interrogatorios de los cuates, salpicados de risas nerviosas. “Entonces ¿Qué le hiciste?”,”¿sí te la cogiste?”. El jovencito lo afirmará, sin estar totalmente seguro de lo que significa esa palabra. “No, pos ya está ponchada”, le dirán. “Si es reputa. Aquel también se la echó”.
Es entonces cuando nuestro muchacho chicho de la película gacha distinguirá entre una mujer “decente” de una “fácil” y, sin saberlo, habrá aprendido uno de los pilares del machismo.
Este fenómeno es, más que un fenómeno aislado o exclusivo de un país, toda una estructura social e ideológica en la que descansan gran parte de las comunidades del mundo. Como todas las ideologías de poder, se basa en conceptos preestablecidos, estereotipos sobre los cuales se justifica y se alimenta. En la ideología machista uno de los más arraigados es la concepción de la mujer como una dualidad: mujer buena/mujer puta.
Para el macho y para las mujeres machistas —que las hay, por supuesto—, no existen matices en la conducta femenina. Una mujer será “una buena chica”, cuando sigue los cánones de recato, buena conducta y discreción sexual; por el contrario, será una “Ingrata, pérfida, mala pécora, cascos ligeros”, cuando viva su sexualidad —y su vida en general—, de manera distinta a cómo lo marca el canon social.
Sobra decir que este prejuicio que convierte a las mujeres en putas o en santas, las reduce a meros cuerpos aptos para la reproducción o para el placer. El machirrín diferenciará entre las muchachas “de buena familia, con buena educación, decentes”, con las cuales es posible contar como compañeras y madres de mis hijos, de las “güilonas, jaladoras, nalga fácil”, con las que es posible obtener un desfogue sexual efímero. En general, en una sociedad machista la mujer es calificada por su cuerpo y por la manera en cómo dispone de él: matrices fértiles o vaginas hospitalarias.
Es por eso que, si una sociedad quiere erradicar el machismo de sus entrañas, es necesario que ataque esta concepción a priori de la mujer. La dualidad santa/puta es uno de los pilares de la cosmovisión del macho; quebrarla es el primer paso para dejarlo atrás.
Paradójicamente, las mujeres que forman parte de una sociedad machista son las que en gran medida fortalecen el estereotipo. En general, a la fémina libre en su sexualidad la ven como “enemiga”, y le aplican el ostracismo y el escarnio social. La chica fácil —aquella que es pródiga en sus valores—, y la prostituta —la que trabaja con su cuerpo y cobra por su intimidad—, son etiquetadas y despreciadas más por las madres, hermanas, suegras, amigas, que por el macho en cuestión. Esa maldita puta me puede quitar a mi marido; esa lagartona se quiere amarrar a mi hijo.
Hay que recalcar que, para una sociedad falocrática, las relaciones heterosexuales son las únicas que importan en la medida de que permiten el nacimiento de nuevos miembros de la misma. Las conductas sexuales distintas, tales como la homosexualidad, son proscritas. En La cosmovisión machitsta tiee prejuicios muy arraigados en ese sentido: tanto gays como lesbianas son considerados apestados por no respetar los roles sexuales impuestos. Puto, joto, chotito, mujerujo, les dicen a unos; marimacha, manflora, tortilla, a las otras. Al homosexual masculino se le vitupera por querer ser una mujer habiendo nacido hombre (Gran insulto para el macho, pues el gay, siendo varón de nacimiento —es decir, el ser más privilegiado—, reniega de su condición); la homosexual mujer es objeto de burlas por sus esfuerzos de “querer ser hombre”.
Hago la aclaración pertinente: yo, como autor, no comparto ni por asomo esas ideas, pero muchas personas sí, por desgracia.

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Ay, Mi rey... tú sólo te prendes el sábado de gloria


V. Casado, pero no capado


El charrito de marras crece y el grupo social lo presiona para que forme una familia. En este momento, cuando está en sus veintes, tendrá algo de experiencia en las cuestiones de amor, y muy especialmente, en las de sexo. Se buscará entonces a una pareja para formar una relación más duradera. Escogerá una muchacha que se acerque a los cánones de la “chica decente, de familia”; si la elegida acepta, se unirán y muy probablemente tendrán descendencia.
En el modelo tradicional, el joven era el que proveía al hogar de lo necesario para su subsistencia: desde muebles de baño hasta pañales para los chamacos. Sin embargo, en los últimos tiempos, en los que los dos miembros de una pareja tienen que trabajar, este orden ha tomado un matiz distinto: si bien él y ella son proveedores del hogar, el hombre es por lo general quien aporta más recursos para la economía familiar. El macho será aceptado y admirado según el éxito que tenga en el aspecto económico. Sin embargo, a pesar de la aparente estabilidad de su hogar, seguirá buscando aventuras sexuales fuera de su hogar con cualquier mujer que el considere “accesible”: compañeras de trabajo, amigas divorciadas, mujeres, ya sea solteras o casadas, con cierta reputación de desprendidas. La mayoría de estos idilios no tendrán consecuencias para la armonía familiar del macho en cuestión, pero habrá algunos, más profundos, que la pondrán en riesgo: casas chicas, amantes no tan discretas. Antes, cuando el divorcio era un estigma social, estos episodios terminaban en la resignación por parte de la mujer ante la indiscutible “masculinidad” de su pareja. Actualmente casi todos estos casos concluyen ante un juez de paz que dictamina la separación legal de la pareja.
Otra de las falacias que se manejan en la ideología machista dicta que el hombre, en general, carece de sentimientos. Sí tiene, pero están muy, pero muy dormidos. Desde el ya clásico “los hombres no lloran”, hasta el “le gustan las flores: ha de ser joto”. El machirrín vive toda su existencia sometido a la presión de demostrar, una y otra vez, su condición. Lo hace en la esfera laboral, donde se tiene que sostener ante la competencia, en satisfacer las demandas, cada vez mayores, de la familia; lo hace en lo social, donde se le exigen constantes pruebas de su condición de perforador anónimo. Con esto, de ninguna manera se justifica esta conducta; simplemente se trata de demostrar que la sociedad, en gran medida, la alimenta y la promueve. Todos estos factores le generan al macho una carga de sentimientos con las que no está preparado para lidiar.
Se reitera: en una sociedad machista, la única expresión emocional negativa que se le permite a un hombre es la furia. Ante la frustración, el cansancio, la tristeza, el vacío existencial, el individuo explotará de rabia y la desfogará con quien esté a su alcance. Niños maltratados y mujeres golpeadas son, por desgracia, el resultado del analfabetismo emocional del hombre.

VI. Soltero y maduro, maricón seguro

El charrito Pemex se ha convertido en todo un señor; sus hijos ya son adolescentes y su mujer, una feliz ama de casa o esforzada trabajadora. El hombre, hastiado de tantas canitas al aire, se siente confundido y solo: a pesar de ser exitoso en lo material, con una familia sólida y un “buen lugar en la sociedad”, de repente tiene impulsos de los que no se atreve a hablar: ya no son las caderas femeninas las que lo atraen, sino los ángulos de un torso masculino. Probablemente ha tenido estos deseos desde la adolescencia, escondidos en lo más hondo de su mente. Comienza, para Don Machote, la atracción por los travestidos, las visitas a bares innombrables, los besos embigotados. De la ruleta de su vida sale el fatídico 41, número maldito por el que los machos machos de día se vuelven locas de noche.
En las profesiones en las que hay un número dominante de hombres (ingeniería, industria de la construcción), o en oficios en los cuales es requisito convivir mucho tiempo con individuos del mismo sexo (ejercito, marina), hay una incidencia muy alta de bisexualismo. Contrario a lo que se pueda imaginar, este fenómeno ha estado presente en todas las culturas falocéntricas: las falanges griegas basaban su poderío militar en que los hoplitas que las conformaban eran, más que compañeros de armas, amantes que se defendían unos a otros; las joterias de los samurais japoneses avergonzaban a los Shogunes; los caballeros medievales se desfogaban con sus pajes y escuderos mientras pensaban en la dama del castillo; los nórdicos cantaban a sus compañeros muertos elegías que eran verdaderas canciones de amor; la mayoría de los monasterios medievales podían organizar alegremente un gay parade, etcétera.
Esto es relativamente fácil de explicar si se piensa en que nos enamoramos de nuestros semejantes. El amor, entendido como complicidad, confianza, comunión entre dos seres, sólo se da entre iguales. En una sociedad machista la mujer es inferior al hombre; por lo tanto, los miembros de dicha comunidad buscarían entablar, conciente o inconcientemente, relaciones profundas con miembros de su propio sexo que muy fácilmente podían saltar a lo físico. Además, recordemos, el macho es un inválido emocional, sin un conocimiento profundo de sus sentimientos y con una presión social que le obliga a no demostrarlos. El único que podría entender a tan ilustre individuo es, obviamente, otro igual.


VI. Es de donde se dan los machos, pero unos a otros

Yo, como muchos miembros de la sección masculina de la humanidad, fui educado en este esquema. No escogí que, desde la infancia, me inocularan una serie de patrones de conducta que luego descubrí eran nocivos. Muchos de nosotros tomamos conciencia en algún momento de las fallas en nuestra educación emocional y tratamos de subsanarlas. No podemos hacerlo solos. El machismo es un fenómeno tan enraizado que muy pocos —y probablemente, ninguno—, estamos libres de su influencia. Todos tenemos nuestro charrito cantor escondido. Mujeres machistas, las hay, y muchas. Es por ello que los miembros de una sociedad —de todos los géneros, tendencias sexuales e ideologías—, tenemos que trabajar en conjunto para ir cambiando nuestros esquemas mentales. El macho es, finalmente, un hombre incompleto, mutilado en sus emociones y en su perspectiva del mundo. Para evolucionar, para completarse, necesita del apoyo de esa otra mitad, esa maravilla del género humano, llamada mujer.

Omar Delgado
2007

domingo, mayo 13, 2007

Tres son multitud: Spiderman 3

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La tercera parte de las aventuras de Spiderman no me terminó de convencer.
Si en las dos primeras entregas de la saga (exhibidas en 2002 y 2005, respectivamente), vimos cómo el Araña se enfrentaba a dos de sus enemigos más representativos, uno en cada una, en la tercera parte (Spiderman 3, 2007), lo vemos darse de catorrazos contra tres cabrones oponentes: el resentido hijo del Duende Verde, el ambivalente Sandman y el rencoroso Venom, además de toparse, frente a frente, con sus propios demonios.
El director Sam Raimi le apuesta otra vez a mezclar las aventuras épicas del superhéroe con la historia de los dramas que sufre Peter Parker en su vidita. Sin embargo, en esta ocasión obtiene resultados mucho más pobres que en la magnífica Spiderman 2, en donde el Doctor Octopus era un villano tan conmovedor como temible. Por el contrario, Spiderman 3 sufre de hinchazón. La gran virtud de las dos primeras (en especial de la segunda), fue haber creado un antagonista perfectamente delineado, interpretado en ambos casos por actores de gran nivel (Williem Dafoe como el Duende Verde; Alfred Molina como el Doctor Pulpo). En Spiderman 3 dicha premisa se pierde por el exceso de antagonistas y por el exagerado número de arcos dramáticos que esto implica.
En el inicio de la película, Peter Parker aparentemente tiene todo lo que desea: Mary Jane lo ama; su tía May está bien; es excelente estudiante y el su alter-ego, el Arañita es finalmente aceptado por los neoyorquinos. Todo esto comienza a cambiar cuando un organismo alienígena se apodera de su traje potenciando sus sentimientos negativos. Al mismo tiempo, el Arácnido descubre que el asesino de su tío sigue vivo y prófugo. (Que por cierto, se convertirá en Sandman en el transcurso del filme). Por otro lado, la vieja rencilla entre el Araña y Harry Osborn no se ha sanado, y este último decide utilizar la poción de su padre para transformarse en el nuevo Duende verde y matar al Araña.
¿Demasiados hilos argumentales? Pues hay más: aparece una muy guapa (pero muy mensa) Gwen Stacy queriendole tronar los huesos al nerdo de Peter Parker. Para acabarla de fregar, un nuevo e inescrupuloso reportero llamado Eddie Brock amenaza con quitarle su chamba en El Clarín... Este periodísta será el que paulatinamente se convertirá en Venom, quien tratará de quitarle algo más que el trabajo.
Tal amisajo no podía llegar a buen puerto. Por desgracia, ninguno de los villanos tiene la profundidad del Dok Ock o el Duende. Aunque Thomas Haden Church hace un excelente trabajo interpretando a un Sandman multidimensional, el guión no le ayuda mucho. Los demás actores ni siquiera pueden darle réplica. Thoper Grace (Brock/ Venóm) se ve teto hasta en el traje de Venom y James Franco (Osborn/ El nuevo duende), más bien parece estar posando para una portada de HQ que esforzándose por actuar.
A pesar de que la película tiene una premisa interesante (La venganza y el perdón), y el final está bien logrado, Spiderman 3 no deja de ser un juego de pirotécnia bien montado, aunque efímero.
Chéquela usted. Valen la pena las batallas y la enigmática sonrisa de la pacheca de Kristen Dunst.
Les dejo la ficha y el trailer, as usual.
Omar Delgado
2007
Ficha técnica
Dirección: Sam Raimi.País: USA.Año: 2007.Duración: 156 min.Género: Acción, ciencia-ficción.Interpretación: Tobey Maguire (Peter Parker/Spider-Man), Kirsten Dunst (Mary Jane Watson), James Franco (Harry Osborn), Thomas Haden Church (Flint Marko/Hombre de Arena), Topher Grace (Eddie Brock/Venom), Bryce Dallas Howard (Gwen Stacy), James Cromwell (capitán George Stacy), Rosemary Harris (tía May), J.K. Simmons (J. Jonah Jameson).Guión: Sam Raimi, Ivan Raimi y Alvin Sargent; basado en un argumento de Sam Raimi e Ivan Raimi; sobre el cómic de Marvel de Stan Lee y Steve Ditko.Producción: Laura Ziskin, Avi Arad y Grant Curtis.Producción ejecutiva: Stan Lee, Kevin Feige y Joseph M. Caracciolo.Música: Christopher Young.Fotografía: Bill Pope.Montaje: Bob Murawski.Diseño de producción: Neil Spisak y J. Michael Riva.Vestuario: James Acheson.Estreno en USA: 4 Mayo 2007.Estreno en España: 4 Mayo 2007.


El triunfo del cuerpo, por Joaquin Torres

Hoy tenemos autor invitado.
Joaquin Torres (Alias el Vampiro) es escritor Mexicano, maestro de literatura y estudioso del esoterísmo. En este su texto, "El triunfo del cuerpo", nos hace una puntual crónica del encuere colectivo de chilangos del domingo 6 de mayo de 2007
Sea bienvenido el colmilludo amigo.
Omar Delgado
2007
P.S. Si desea leer al vampiro píquele aquí


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EL TRIUNFO DEL CUERPO
La sorpresa comienza al llegar a Eje Central y República del Salvador. La calle intransitable, a las 4:20 de la mañana del domingo. El taxista que me llevapregunta inquieto: "¿Qué se celebra hoy en el centro,que hay tanta gente?" Al fin podemos llegar a Madero,bajo y me confundo con la multitud que con prisa, registro en mano, sube por esa calle cerrada avehículos en la noche perpleja que intenta ser oscura, iluminada por el entusiasmo y la expectación de quienes a paso vivo quieren hacer historia como parte de la instalación de cuerpos desnudos de SpencerTunick en el Zócalo. El Zócalo, el ombligo de México,centro de los tres poderes que hacen este país: laraíz prehispánica, la religión católica y el gobierno político, ese polifemo cuya máscara deja a veces dolorosas y profundas marcas. La sorpresa continúa al llegar a Palma, en donde dos largas serpientes se envuelven sobre sí mismas: la cola para presentar el papel de registro firmado, lacola para obtenerlo de último momento. Ambiente como en las afueras de un megaconcierto a punto decomenzar, salvo que aquí los que hacen cola son los artistas, los que ocuparán el escenario. Eso imprime un toque de adrenalina particular, sutil, al ambiente,que sumado a la trascendencia del significado del acto, el desnudo multitudinario, se convierte en el poderoso toque de la transgresión: la brillantez de los ojos, suave mirada decidida, pensamientos certeros(al pasar una pareja emperifollada de salida de algún evento socialité hay risas, y una voz observa: "Esos son lo opuesto a nosotros". Y otra, profética, añade:"Entre desnudos no hay diferencias".Diez minutos después, a pesar de todo ese maremagnum ya estamos en el lugar de espera, sobre Monte de Piedad, entre 16 de septiembre y Madero. Zonas divididas con cinta de colores roja, amarilla, verde,azul. Llenar las zonas y en el lugar que se escoge,sentarse en el piso, a esperar que terminen de llegarlos inscritos. Los lugares se acaban rápidamente, tres veces hay que recorrerse y acortar distancias entre sí para que quepan los más que se pueda. El ojo estadístico-sociológico-crítico entretiene la espera:cuatro a seis hombres por cada mujer, la mayoríajóvenes de 18 a 25 años, seguidos por la fracción de los adultos contemporáneos. Nuevas sorpresas: gente de cincuenta en adelante no falta. Todas las clases sociales y todos los colores de piel de México y hastade otros países (cinco caucásicos burgeoise-bohemians veinteañeros muertos de la risa están cuatro filas ala izquierda). Goyas pumas estallan cada cierto tiempo, alternados con México-México, hasta se ensayan olas. Varios mirones en los balcones de los hoteles,un gringo grita desde una ventana no sé qué con voz molesta y ebria, una multitudinaria mentada de madrelo calla. Una tipa de cabello rubio a la britney abres u abrigo, se contonea en un balcón y lanza besos.También debe estar ebria, pobrecita, no se ha dado cuenta que la celebridad somos nosotros. Pasa el tiempo, comienzan a doler las nalgas, muchos se levantan para descansar a pesar de las indicaciones del personal de Tunick de que hay que permanecer sentados para que puedan contar a los asistentes. La gente sigue llegando en oleadas, cruzando bajo losportales frente a nosotros, queda en evidencia su impuntualidad y comienzan los coros de: "HUE-VO-NES,HUE-VO-NES" Los primeros se incomodan con los gritos y agachan la cabeza, media hora después llegan los más huevones, y hasta levantan los brazos agradeciendo losreclamos como si fueran porras. A eso de las seis y media termina la llegada y comienza el frío de la madrugada. Se escucha un vocerío desde alguna de las calles adyacentes. (Mucho después se sabrá que el contingente de los más huevones de los huevones, unos 500, ya no pudieron entrar por límite de tiempo y, para no quedarse con las ganas, hicieron una instalación de desnudos especial para los granaderos.) Cerca de las siete Tunick en persona comienza a hablar. Da la sinopsis del evento, debe haber total silencio cuando tome la foto, en qué momento hay que quitarse la ropa. Sólo faltan cinco minutos para quedar en pelotas en pleno centro del Zócalo, de la ciudad, del país. La emoción hace desaparecer la fría brisa de la madrugada, muchos echan mano a las agujetas, al cinturón, unos ya se quitan las chamarras; en sus marcas, listos... Y de pronto la voz de Tunick: "One, Two, Three, ¡Get offthe clothes! Un sordo clamor se extiende por el Zócalo. Caen las ropas, no lentamente como en Persiana Americana sinomás bien con el furor decidido de la escena cumbre de la versión fílmica de El Perfume. Cuando levanto la vista después de haberme quitado todo, soy testigo de una Epifanía: a derecha e izquierda todas las pieles humanas forman un solo color hermoso, intraducible,único: EL COLOR HUMANO, ese color que ya se me había quedado en la retina como atisbo cuando vi la primera foto de Tunick a color y que ahora extiende sus matices, verídico como la realidad. Nos miramos unos a los otros, asombrados, felices, unos gritan, otros saltan, maldito Tunick, ha logrado lo que ni los hippies ni Foucault ni Bataille lograron: el triunfo del cuerpo, que emerge victorioso, puro, total en suinocente y poderosa desnudez de los disfraces que solemos llamar ropas, arrojadas al suelo como míserasbasuras. La verdad es desnuda.
Después de este éxtasis inicial, reaccionamos y tomamos el Zócalo. Un mar de cuerpos color humano sustituye el gris del piso, cada uno en un cuadro de la plancha del Zócalo. Noto que mi conciencia del yo ha desaparecido, todos mis pensamientos son formulados en primera persona del plural, entiendo porqué las fotos de Tunick me evocan ciertas láminas de Doré y a la frase de Dante: "En el paraíso no se dice yo, sinonosotros." Atrás de mí están una señora de cincuenta ytantos y su hija de unos 19, la chica más nerviosa que su madre; adelante un varón de unos 30 semirrapado,moreno, robusto, pura cepa de barrio, digno y formal;a mi izquierda un hombre de cuarenta y tantos,dependiente de comercio de alguna película de Pedro Infante; a mi derecha un chavo desmadroso de recién 18 que no para de mirar a todas partes, como niño curioso. La espera es larga para la primera toma,todos quieren salir en las filas iniciales y es preciso llenar la parte de atrás. El frío de la mañanase deja sentir y muchos se abrazan a su propio cuerpobuscando calor. Asombra la pluralidad humana verdadera, acostumbrado el ojo a la imagen del cuerpo vendida en comerciales, cine, revistas, moda y pornografía. Terra incognita de penes de todos los tamaños y matices del canela al ébano, senos con una variedad de tamaños y pezones semejante, manchas rojas, azulosas, oscuras, decoloraciones, pieles gruesas, tatuajes ya semiborrados y otros como enredaderas cubriendo la piel virgen. La historia del ojo ensaya y escribe nuevas estéticas. El silencio se hace por fin.Tunick anuncia que la toma ha sido hecha y para lasiguiente hay que acostarse en el piso, primero con lacabeza hacia el norte pero después cambia lainstrucción a la cabeza orientada hacia el astabandera, el centro del centro de la plaza, del país.Aunque el frío del suelo es grande la experiencia se vuelve inmortal. Es estar en un vórtice en donde nadas e mueve pero la sensación de movimiento está. Cara al cielo azul infinito, diáfano, sin una sola nube; cuerpo en tierra sólida, magna mater; a derecha eizquierda el color humano emana calor, presencia,conciencia de ser nuestro lugar, entre el cosmos superior y el inferior, entre las raíces y las ramas. Suspendido en el instante, en el silencio, veo sobre nosotros dos aves que entrelazan su vuelo como una respuesta de que el cielo se ha unido con la tierra.Cuerpo templo de Dios, de Natura, de la Vida. El calor de miles de cuerpo ha derrotado al frío.Nos levantamos a la voz del sumo sacerdote Tunick que nos convoca a otro momento de comunión, esta vez elcuerpo orientado hacia el Norte, con la frente entierra y el cuerpo encogido, a la manera como los practicantes del Islam hacen sus oraciones. Hacia el Norte de la plaza se ubica la colonial (y fea) Catedral Metropolitana. Aunque Tunick advierte que la posición no tiene ninguna significación religiosa, la posición es una adoración, una mortificación y un recordatorio de nuestra humildad ante lo Eterno, acaso no religioso, y va más allá de lo que representecualquier edificio. Obviamente esta se convierte en la toma más prolongada, pues requiere un dominio sobre el dolor de las rodillas y sobre nuestra naturaleza prosaica, pues muchos se distraen levantando la cabeza para mirar asombrados el expuesto trasero del desnudode enfrente y la parte que cumple las más profanafinalidad corporal. Insisto: sea cual sea el nivel deconsciencia, esta posición es un recordatorio denuestra humildad.Ahora Tunick nos convoca a la calle 20 de Noviembre. Imposible. Se ha llenado, desalojando apenas una partedel zócalo, y Spencer hace una corrección sobre lamarcha, indicando que quienes estamos en la plaza nos coloquemos en triángulo con los brazos extendidos sobre los brazos del vecino, tocándole el hombro. Hayun lapso de espera y en el ínter se organiza un momento de festejos. Un grupo de mujeres celebra lalibertad del aborto, otros cantan al cardenal:"Rivera, Carrera, el pueblo se te encuera." Adultos corren persiguiéndose desnudos por la plaza como niños, otro da clases de cómo dominar una pelota de futbol en pelotas, una chica linda quiere ver en perspectiva, su novio la trepa en su espalda y alrededor todos gritan: "Que se vista, que se vista", otro momento de belleza visual ocurre cuando en ambas esquinas de 20 de noviembre y Zócalo, tres jóvenes efebos de hermosos cuerpos se abrazan a los postes dealumbrado y quedan ahí, quietos, como esculturas griegas urbanas. Por fin la toma se organiza y nos tomamos de los brazos. Es el primer momento de verdadero contacto piel a piel entre la multitudinaria fraternidad de desnudos, antes hubo algunos roces, inconscientes y tímidos, pero este es el momento de laverdad. Y no hay problema, todos camaradas y cerodiscriminación. Se extienden hileras a derecha eizquierda, todos con los brazos a todo lo largo cualhombres de vitruvio. Otra toma con los brazos izquierdos arriba, el índice en alto, y este gesto de reivindicación es el final para los hombres, las mujeres harán una toma especial y se le pide se queden. Vamos por nuestros uniformes que nos etiquetan como humanos individuales, únicos, solos y jerarquizados. Nos decimos un adiós todavía sorprendido, asombrado, y que sabe triste. El Paraíso ha terminado. Pero hemos estado en él, lo hemos visto. Sabemos cómo transfigurar la vida.
Joaquin Torres
2007

jueves, mayo 10, 2007

El macabro engaño

Fotografía postmortem en el siglo XIX

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Ahora que estas muerto, más vivo te veo
Susan Sontag tiene toda la razón cuando afirma que “…Desde que se inventaron las cámaras en 1839, la fotografía ha acompañado a la muerte”[1]. Por su naturaleza de capturar lo efímero, de perpetuar un momento único, el arte-técnica de fijar imágenes en placas de distintos materiales ha estado unido a los ritos funerarios. Somos materia, huesos y piel que se corrompe, que desaparecerá una vez que muramos. Durante el siglo de los 1800 fue muy usual que las familias que perdían a un ser querido hicieran retratar el cadáver antes de que las huellas de la descomposición se hicieran evidentes; en la mayor parte de los casos, los dolientes colocaban a su difunto de manera que pareciera vivo para así, tomarle la última de sus fotografías. Estas placas que se guardaban como reliquias y se heredaban de generación en generación, provocan diferentes sentimientos: patetismo, compasión, repulsión, lástima, incluso miedo. Son un intento desesperado de preservar una parte del finado y, más aún, al negar la condición del pariente fallecido, haciéndolo parecer dormido, una manera de negar a la muerte.
De manera irónica, a estos retratos se les llama también Memento Mori (Acuérdate de la muerte, el latín).

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Recuérdame como era
Desde los inicios de la humanidad, el ser humano siempre ha buscado la manera de negar su condición efímera y, al mismo tiempo, de eternizarse. Desde los faraones egipcios que se hacían cubrir con sarcófagos que representaban su rostro en vida hasta los mayas y sus policromas máscaras de jade, todos hemos querido perpetuar nuestra imagen más allá de nuestra propia muerte. Durante el renacimiento, y hasta bien entrado el siglo XX, era frecuente que a la persona que acababa de fallecer se le hiciera una mascarilla de yeso que capturara su última expresión. Muchas veces, estas imágenes se colocaban en la tumba del finado; muchas otras, cuando el muertito era ilustre, se les guardaba como reliquias patrias —en el Palacio Nacional de la ciudad de México está exhibida la máscara mortuoria de Benito Juárez, para no ir más lejos—, en algunas ocasiones incluso se les daba el uso de documentos forenses —en la que se le sacó a Francisco Villa, por ejemplo, se ve claramente el tiro que le quitó la vida—.
Las mascaras mortuorias tenían la característica de ser fieles. Al tomarse directamente del rostro del cadáver, representaban los rasgos del recién fallecido de manera puntual y milimétrica. Sin embargo, también mostraban los pómulos salientes, los ojos hundidos, las quijadas tiesas, las heridas del rostro si las había; no ocultaban los rastros innegables de la muerte. No había engaño posible en ellas.
A la fotografía, sin embargo, se le podía manipular. Así comienza el macabro engaño de los Memento Mori.

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El que se mueve no sale en la foto
La fotografía nace gracias al afortunado matrimonio entre la óptica y la química. En los inicios del siglo XIX, Nicéphore Niepce combinó la cámara oscura, artilugio capaz de proyectar una imagen invertida en una de sus paredes interiores, con las propiedades fotosensibles de las sales de plata. El resultado fue una impresión, en negativo, de lo que el orificio de la cámara proyectaba. El mismo Niepce obtuvo en 1926 lo que se considera la primera fotografía de la historia: una imagen del patio de su casa (que era particular).
Hay que subrayar que estas primeras imágenes requerían de un largo tiempo para fijarse en la placa empapada con emulsión de sales de plata. La técnica de Nicéphore, llamada calioíipo, tardaba hasta ocho horas de exposición para dar una imagen relativamente clara. Los modelos que utilizó el científico para sus experimentos fueron objetos fijos y paisajes. Para que un modelo humano pudiera ser retratado, con estos problemas técnicos, debía estar lo suficientemente quieto. Quieto como un muerto.
Otro sabio llamado Louis Daguerre desarrolló otra técnica conocida como Daugerrotipo, en la que utilizaba placas de metal (cobre o estaño) cubiertas con nitrato de plata. La técnica del francés tardaba alrededor de 15 minutos en fijar la imagen, lo que representaba una enorme ventaja sobre el calioíipo.
El Daguerrotipo tuvo un éxito inmediato entre las familias burguesas de la revolución industrial, las cuales eran afectas a las pinturas familiares. Todos querían una impresión en donde salieran los primos y el abuelo durante los bautizos, las navidades, los cumpleaños y… los sepelios. Las pinturas mortuorias, que representaban a los parientes recién fallecidos, usuales desde el siglo XVII, fueron sustituidas por los daguerrotipos postmostem, tal y como lo muestra el texto de este anuncio de un periódico peruano que data de 1846:
“…Las familias que tengan la desgracia de perder algún deudo de quien deseen poseer un momento de esta naturaleza pueden lograrlo por medio de un daguerrotipo, para cuyo efecto el profesor Furnier ofrece ejecutar el retrato en el mismo aposento mortuorio; como es costumbre en Europa hoy en día…”[2]
Las técnicas de impresión fotográfica requerían, durante la primera mitad del siglo XIX, de un equipo grande y pesado que limitaban su movilidad. Se requirió que se perfeccionaran las técnicas y de que las cámaras se redujeran para que se pudiera dar esa otra gran manifestación de las imágenes mortuorias: la fotografía de guerra.

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Que digan que estoy dormido…
Las primeras imágenes bélicas se tomaron durante la guerra de Crimen (1855), en donde el fotógrafo Roger Felton sacó impresiones de soldados vivos y, en menor medida, de muertos o heridos en acción. Fue hasta la guerra de secesión estadounidense (1860-1865), en donde se pudieron ver las primeras imágenes de cadáveres despedazados por los cañones y las balas. Gracias a Mathew Brady, fotógrafo norteamericano financiado por empresas privadas, se pudo ver, por primera vez, fijado en nitratos de plata, todo el horror de un campo de batalla.
Se puede afirmar que la fotografía postmortem se encuentra en el extremo opuesto a la fotografía de guerra. Sontag expone en Ante el dolor…[3] que un fotograma de guerra es más válido conforme más espontáneo parezca. Al ser una imagen bélica un testimonio de los hechos, su verosimilitud depende del grado en que parezca haber sido montada o no.
La fotografía postmortem, por el contrario, se basaba en el montaje de una escena. El cuerpo del recién finado se vestía, se recostaba en un sillón o en una cama; a veces, se le sentaba en una silla. Se le cerraban los ojos y se le acomodaban los brazos en actitud durmiente. Algunas ocasiones, algunos de los deudos posaban junto al cadáver; Incluso se llegaba al extremo de abrir los ojos del finado y pegarle los párpados. El propósito de la imagen era engañar. El muerto no estaba muerto, sólo dormido.
Los memento mori del siglo XIX (Ya sea daguerrotipos o imágenes fotográficas sobre papel), casi siempre muestran a niños o jóvenes, muy pocos a adultos, casi ninguno, a ancianos. Las imágenes representan al bebé que duerme en el carrito que sólo usará esa vez; a los niños que se recuestan en el regazo de la madre; a la jovencita que dormita esperando el beso del príncipe azul. La fotografía postmortem es, asimismo, un reclamo y un desafío ante la muerte por llevarse a los hijos, sobrinos, primos; a la prometida, la hermana, la nieta. Las imágenes niegan en su construcción el hecho de que los retratados, muchos ellos en la flor de la vida, hayan fallecido.
Incluso puede haber interpretaciones más metafísicas para estos perturbadores fotogramas. En toda Latinoamérica, territorio en donde el memento mori fue muy popular, está muy extendida la superstición de los angelitos. Un niño bautizado que fallecía antes de los cuatro años tenía visa automática al cielo. Los dolientes muy probablemente guardaban las imágenes de su infante difunto con la misma devoción con la que atesoraban las imágenes de Santa Rosa de Lima o de San Martín de Porres. Un bebe muerto se convertía de inmediato en un ángel protector de la familia que lo vio partir. Los sepelios de los angelitos casi siempre devenían en escandalosas fiestas en donde se bebía, se bailaba y se reía. Eran motivo de alegría, no de duelo: se celebraba tener una palanca en la corte celestial.

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Veo gente muerta (en Youtube)
Desde el siglo antepasado hasta nuestros días la tecnología ha avanzado a pasos agigantados. Hoy es posible sacar una fotografía con un teléfono celular y mandarla de inmediato a Internet para que la vea alguien en el otro lado del mundo. Sin embargo, nuestra repulsión-atracción por la muerte no ha cambiado. Ahí están los retratos de los hijos de Sadam Husseín, muertos y amoratados; ahí está el video de la ejecución del tirano de Irak; ahí están las fotos del Juan Pablo II descansando en su ataúd de Satín.
La costumbre de las fotos postmortem casi ha desaparecido. A nadie le atrae ya tomarle una foto a la abuelita que descansa en una caja. Ahora negamos la muerte propia (o cercana), pero seguimos viendo, con horror y deleite, la muerte del otro.


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Omar Delgado
2007

[1] Sontag, Susan. Ante el dolor de los demás. Alfaguara. México. 2004. p. 33
[2] El comercio. (diario editado en Lima, Perú) Nº 2036. 27 de marzo de 1846. p. 4
[3] Ibidem.

domingo, mayo 06, 2007

El violín de los hombres verdaderos

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Son tres los que viajan por los pueblos de la sierra: el viejo manco toca el violín; su hijo Genaro, la guitarra; el pequeño Lucio pide a los transeuntes una moneda. Es la familia de Plutarco Hidalgo, músicos y campesinos. Sin embargo, también participan en la guerrilla que anda por esos montes. El ejercito, formado por hombres tan morenos como ellos, les sigue los pasos. Una incursión militar toma el pueblo de Plutarco, dejando escondido en las tierras del violinista algo que puede cambiar, aunque sea por unos meses, el rumbo de la guerra.
Plutarco Hidalgo lo sabe. Así que, para recuperarlo, hace lo impensable: embelesa al capitán del ejercito con la voz de su violín; así frente al cancerbero hechizado, el viejo Ofreo se juega todo con tal de recuperar lo que está enterrado en su milpar.


En estas pocas lineas se puede resumir de manera imperfecta el prodigioso film de Francisco Vargas. Filmado en blanco y negro, el trabajo muestra en 98 minutos la brutalidad de la guerra y el anhelo de libertad de los pueblos oprimidos. Vargas tiene un lenguaje cinematográfico sucinto, pero contundente. Se inicia la película con la incursión del los guachos a un poblado, con violaciones y ejecuciones incluidas, lo cual despabila al público y lo pone, de golpe, en el contexto de la guerrilla rural. Los diálogos son extraidos directamente del habla del pueblo. Las frases aparentan ser simples, pero gracias al contexto en el que están enmarcadas adquieren ecos mitícos. Bien hace el director y guionista en no relacionar a la guerrilla con ninguna ideología, partido político o región en particular. Muy habilmente, Vargas justifica la lucha de los campesinos por medio del cuento del abuelo Plutarco; para el viejo, es la confrontación de los Hombres verdaderos contra los que están enfermos de codicia y maldad; la lucha por la tierra y los bosques; la lucha por el derecho a la existencia. Por medio de ese artilugio, los personajes alcanzan la dimensión Homérica, pues no son sino hombres en lucha por la creación misma.
Película indispensable para estos tiempos en que una anciana violada puede morir de gastritis crónica por decreto presidencial. Ni se le ocurra perdérsela.
Omar Delgado
2007
P.S. Les dejo el Trailer al fondo.
Ficha técnica:
Dirección y guión: Francisco Vargas Quevedo.País: México.Año: 2005.Duración: 98 min.Género: Drama.Interpretación: Ángel Tavira (don Plutarco), Dagoberto Gama (el capitán), Fermín Martínez (el teneinte), Gerardo Taracena (Genaro), Mario Garibaldi (Lucio).Producción: Francisco Vargas Quevedo.Música: Cuauhtémoc Tavira y Armando Rosas.Fotografía: Martín Boege Paré.Montaje: Francisco Vargas Quevedo y Ricardo Garfias.Diseño de producción: Claudio Contreras.Vestuario: Rafael Ravello.



viernes, mayo 04, 2007

Guernica

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Esta pintura nunca debió existir.
Y no por su calidad artística, la cual es notable, sino debido a que la inspiró una de las peores vilezas de la humanidad. Es un cuadro que, más que deleitarnos, nos llena de verguenza.
Hace setenta años, el 26 de abril de 1937, un pequeño pueblo del país vasco vivía su día. Era lunes de mercado, por lo que los habitantes de los lugares vecinos habían ido a Guernica, bien a verder sus productos, bien a comprar, bien a chismorrear acerca de los vecinos. Ese día la Legión Condor, fuerza elite de la Luftwaffe, la fuerza aerea alemana, se dirgían al poblado cargados con 31 toneladas de explosivos. Durante tres horas, por orden de Adolfo Hitler, los aviones soltaron su carga sobre los indefensos habitantes del lugar. Niños, mujeres, abuelas, animales de carga, caballos, hombres que nunca habían empuñado algo más peligroso que un azadón fueron despedazados por las bombas alemanas. Las personas que sobrevivieron a esta matanza todavía recuerdan -las que siguen vivas-, escenas que revuelven el estómago, que llaman a las lágrimas de indignación. Un pueblo pacífico, lleno de campesinos, matronas, comerciantes y abuelas, fue borrado del mapa por órdenes del tirano que, años después, incendiaría el mundo.
Guernica fue atisbo de los campos de concentración, de las matanzas sistemáticas y sin sentido. Guernica se escribiría después Dresde, Hiroshima, Nagasaki, Basora, Faluya... El pequeño pueblo, enclavado en el país vasco, tuvo el dudoso honor de iniciar la era de los asesinos que actuan desde lejos, de los carniceros que no quieren ver, frente a frente, sus propias matanzas.
Es por eso que, ese mismo año, el Minotauro, Pablo Picasso, nunca debió condensar en un lienzo toda la muerte y el terror que se vivió en ese humilde poblado.
Sin embargo, debemos agradecerle. Hay algunas obras de arte que, más que deleitar, recuerdan. Son canciones, cuadros, novelas, poemas, estatuas que más bien son cicatrices en el rostro de la humanidad, que están ahí para que nunca olvidemos nuestras atrocidades.
Omar Delgado
2007

martes, mayo 01, 2007

Lolita tiene la palabra: El lenguaje de las orquídeas

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Ahora no es Humbert Humbert quien habla, sino la nínfula.
La premisa es conocida, pero no por ello menos perturbadora: una jovencita de trece años es seducida por el hermano de su madre. Por años, ella sostendrá una relación con su pariente que la llenará de placer y dudas por igual. Muchos años después, la chica -ya una mujer madura-, revelará a la familia los cariñitos que se hacía con en tío, sólo para chocar en una pared de indiferencia e incredulidad.
Adriana González Mateos (Ciudad de México, 1961), narra en primera persona y con pluma ágil, a través de 120 páginas la vida de la protagonista y su amante- pariente. La historia comienza desde el primer encuentro y culmina con la revelación de los amores incestuosos. La novela, intencionalmente, no hace mención de nombre propio alguno: todos los personajes son "el tío", "la mamá", "la abuelita", artilugio narrativo que permite despersonalizar a los personajes para así, universalizarlos. Los hechos pueden ocurrir en cualquier familia, con cúalquier tío, en cualquier casa.
González Mateos narra escenas memorables, llenas de erotísmo y lubricidad. La niña, la narradora protagonista, no se ve a ella misma como víctima (por lo menos en la primera parte del relato), pues goza de su despertar sexual; justifica la seducción, encubre el abuso no por miedo, sino por que el secreto es un agregado que maximiza el placer. La escritora se vale de un lenguaje claro, conciso, a veces brutal; llena las páginas de imágenes que incomodan y encantan al lector, que lo hacen cómplice del estupro.
Por desgracia, la historia tiene un defecto que despeña mucho del buen oficio de la escritora: el personaje narrador, que en este caso es la niña seducida, no es consistente en su desarrollo. Cuando niña desmuestra un placer sin culpas, pero en su madurez, cuando decide revelar la relación con el tío, adquiere un tono plañidero y auto- victimizante que no corresponde al de su primera juventud. La muchachita, que vive intensamente sus primeros y familiares amores, aparece en su adultez como una mujer que culpa al tío de sus desventuras presentes.
El lenguaje de las orquídeas sorprende por su oficio, sus imágenes y por la incitación que hace al lector. A pesar de sus fallas, es una obra que merece ser leída. Esta primera novela de Adriana González promete a una escritora plena e incisiva.
Cheque usted la versión de los hechos de la Lola:
EL LENGUAJE DE LAS ORQUIDEAS
AUTOR: ADRIANA GONZÁLEZ MATEOS
COLECCIÓN: Andanzas
EDITORIAL: TUSQUETS
PRECIO ITESO: $119.00
Omar Delgado
2007

Los cien de Cri cri

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Pocos personajes hay tan entrañables en el universo cultural y artístico mexicano como Don Francisco Gabilondo Soler, conocido en los bajos mundos como "Cri cri, el grillito cantor".
Si el músico originario de Orizaba estuviera con nosotros (no digo "si viviera", por que sigue vivo) , cumpliría cien años de vida. Francisco Gabilondo siempre fue dueño, desde su infancia, de una mente hambrienta y de un espíritu de corsario. Cuando era niño, su libro de cabecera fue "Las fábulas de Esopo", obra que releyó una y otra vez. Luego, en su juventud, se interesó por la astronomía, las matemáticas, el boxeo amateur, la tauromáquia y la música. Finamlente, decidió que la entomología era lo suyo y transmutó (cual Gregorio Samsa tropical), en chapulín, un 15 de octubre de 1934. Su nuevo nombre: Cri crí.
El grillito estuvo frente a un micrófono de la XEW por casi veintisiete años, tejiendo a través de sus canciones mundos y personajes que se nos anidaron en en alma; a través de su piano bailaron brujas trasnochadoras, gatos callejeros, patitas en el mandado, chorros bochornosos, arañas porteñas, perros sin ortodoncista, camellos distraídos, letras en mítin, cochinitos adictos al Valium, reyes de chocolate, entre otros mil seres más.
El buen Cri cri, mucho después de su retiro, siguió siendo una figura impresindible para entender la primera mitad del siglo XX mexicano. Es, junto con Agustín Lara, el músico vernáculo que más impactó la cultura de los años cuarentas y cincuentas. A lo largo de su larga vida, su obra (más de doscientas canciones), fue objeto de ediciones, reediciones y homenajes que le dieron proyección internacional (sólo debemos recordar sus canciones interpretadas por Plácido Domingo, Emmanuel y Mirelle Mattieu)
Luego de su largo trajinar, el grillito decidió dar su último salto con rumbo a las estrellas el 14 de diciembre de 1990. Dicen que sus personajes, cansados de estar solos, se lo llevaron jalándolo de sus enormes patillas blancas. Detrás de él dejaba a generaciones de niños que se criaron y gozaron de sus mundos fantásticos.


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Yo, como muchos treinteañeros desesperados, pasé mi infancia escuchando la voz de Gabilondo en el viejo Stormberg Clarson de mi abuela. Los acetatos rodaron una y otra vez hasta que se les borraron los zurcos mientras yo me sumergía en las ficciones del grillo. Debo de reconocer que mucha de mi vocación por las letras, así como grandes dosis de mi alma oscura y sinestra se las debo a Cri crí (Sólo escuchen la letra de "Las brujas"; un verdadero cuento gótico, o de "Ché Araña", un bicho que bailaba en un lupanar de Buenos Aires).
Y Sí, la obra de don Pancho tenía su toque macabro, pero ese mismo toque es el que tiene el alma del mexicano.
Actualmente sus canciones me siguen estrujando el pecho, no por mí, sino por mi madre. Cuando ella escucha una de las canciones de Gabilondo sus ojos se tornan enormes, se le borran las arrugas y vuelve a tener ese aire infantil que le conozco de las fotos sepia. Ella, como tantos otros abuelos, padres, hijos, también escuchó al grillo en un viejo radio de bulbos, de esos que tardaban mucho en recibir señal, de esos en los que los niños como mi madre recargaban su cabeza para escuchar al grillito, el cual creían, habitaba dentro del aparato.
Y así también, a mis hijos les hablará el grillo del radio. (Por lo menos antes de que Pokemon y Ranma 1/2 les den en la madre).
Omar Delgado
2007