jueves, marzo 29, 2007

Cihualcóatl

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Cihualcóatl significa, literalmente, "Mujer serpiente", en náhuatl. En los mitos de nuestros abuelos era una criatura monstuosa, encarnación del caos, a la cual Tezcatlipoca, dios de la noche y el destino, y Quetzalcóatl, númen de la luz, la sabiduría y la civilización, mataron y descuartizaron. Según dichas crónicas, con los pedazos de la mujer serpiente ambas deidades crearon el universo.
Cihualcóatl, en el México prehispánico, también era un cargo político. En el imperio de la Triple Alianza (Tenochtitlan- Texcoco- Tlalocan) era el segundo funcionario más importante, la sombra del Huey Tlatoani. Él (Siempre fue un hombre, a pesar del cargo), se encargaba de las regulaciones del comercio, de la política interior y de las negociaciones que se hacían con las otras ciudades parte de la alianza. El Cihualcóatl era el poder detrás del poder, la mano terrena del Tlatoani (El cual era un cargo más religioso que político, más un Dios encarnado que un dirigente). Muchas veces el Cihualcóatl era quien realmente gobernaba el imperio.
El personaje más famoso que ostentó este cargo fue Tlacaélel -el del corazón varonil-,(1398-1502), el cual fue Cihualcóatl de varios Señores Mexicas. Hermano de Motecuzoma Ilhuicamina o Motecuzoma I, fue uno de los artífices de la rebelón que liberaría a los mexicas del señorío Tepaneca (Azcapotzalco) y posteriormente, figura indispensable para el surgimiento de la alianza que se convertiría en el imperio más importante del altiplano central. Su influencia en el gobierno era legendaria y se le acusó muchas veces de abusar de ese poder. Incluso, una de las grandes incógnitas en la historia mexicana es la muerte del Tlatoani Tizoc (fallecido en 1486), la cual se dice que fue consecuencia de un veneno que le fue administrado por órdenes de Tlacaélel.
El México moderno tiende a emular -más de lo que estamos dispuestos a aceptar-, las estructuras sociales del México prehispánico. Durante el presidencialismo que surgió después de la revolución mexicana, en el imaginario colectivo, el presidente era más un Tllacatecútli -literalmente "señor de los hombres", omnipotente, omnipresente, una fuerza de la naturaleza- que un mandatario, mientras que otras figuras políticas han sido más "terrenales" en su uso y abuso del poder. Como ejemplos podemos mencionar a Luis Echevería (Antes de ser, él mismo, el Tlatoani sexenal), Fernando Gutierrez Barrios y Fidel Velázquez.
En la actualidad, en nuestro panista y premoderno país, esta figura está, por primera vez, encarnada en una mujer: Elba Esther Gordillo. La nueva Mujer serpiente -ahora sí, sin conflictos de género-, es la política más poderosa de México, sólo por debajo (y eso lo dudo), del presidente Felipe Calderón. Con la nueva ley del ISSSTE, aprobada a finales de marzo de 2007, los fondos de las jubilaciones de los burócratas (que representan miles de millones de pesos), podrán ser controladas por el grupo de poder de la maestra Gordillo. Gracias a esta ley, la política chapaneca controlará totalmente el voto de los empleados del estado (alrededor de cinco millones de votos), lo cual le dará el poder para elegir a los próximos presidentes de la república, literalmente.
Y no es que la miss Gordillo no haya hecho algo parecido antes. Gracias a sus labores y al control que tiene sobre el sindicato de maestros (S.N.T.E), la mujer fue un factor determinante en el fraude que tuvo como resultado la imposición de Felipe Calderón. Es bien sabido que la maestra cabildeó con los candidatos que tenían posibilidades de ganar: El mencionado espúrio y Andres Manuel López Obrador. El tabasqueño, político extrañamente íntegro, rechazó la ayuda de Gordillo, mientras que el michoacano la acogió en su seno. Los resultados están a la vista.
Actualmente la maestra tiene sus tentáculos extendidos en instancias que son vitales para el estado mexicano: el Instituto Federal Electoral (IFE), el S.N.T.E mencionado, la S.E.P (Secretaría de educación pública), y el partído político conocido como PANAL, y parece que va por más. Mientras que el ilegítimo Calderón ni siquiera puede actuar contra el ex- presidente Fox debido a sus compromisos políticos, Elba Esther es cada día más fuerte.
Lo peor que pudiera hacer la maestra es aspirar a ser la primera presidenta de la república. Más bien, es probable que, como Tlacaélel, como Fidel Velázquez, se convierta en la sombra de los póximos mandatarios, ejerciendo el poder real.
Por lo tanto, si algún día tenemos nuvamente la oportunidad de cambiar a este país, debemos recordar el mito fundacional de los mexicas, y tener plena conciencia de que nungún nuevo México será viable si antes no despedazamos a la Cihualcóatl.
Omar Delgado
2007

lunes, marzo 26, 2007

Uno soñaba que era rey


Chava Flores lo demostró: cualquiera que quiera escribir de los chilangos lo tiene que hacer desde dentro; hacerlo de otra manera sería caer en el lugar común.

Los defeños actuamos en la tragedia diaria de nuestra ciudad, pero nos empecinamos en cambiar los parlamentos para hacerlos cómicos. Para interpretarnos, solo podemos utilizar la ironía, pues vivir en esta megalópolis -urbe imposible, lago sin agua, erguida en cimientos de lodo, unida por telarañas-, es un sarcasmo en si mismo. Si lo pensamos bien, la Ciudad de los Palacios no es el corazón del país, sino que más parece un gigantesco tumor que le roba los recursos -agua, dineros, talentos-, a las demás entidades para generar cosas para su propio beneficio (no para sus proveedores). El defe es dañino para el resto del país, pero si se le extirpara -como ciertos cánceres extendidos en una zona vital-, el país entero se desmoronaría; es -somos-, el vecino gandalla que paradójicamente, hace segura la cuadra con su sola presencia; el siames colérico con el que se comparte el corazón. El defe -nosotros-, es insoportablemente impresindible. Por eso en otras regiones de la república causamos esa emocion, tan incómoda, tan falta de algún nombre, que combina el coraje con la admiración. Mate un chilango, haga patria.
Es por eso que solo autores de la talla, del colmillo punzante de Enrique Serna .(México, D.F., 1959), pueden hablar del Chilango. Serna nos cuenta en Uno soñaba que era rey la historia del Tunas, Jorge Osuna, niño criado por el asfalto, adicto al pegamento, quien de vago deviene en héroe nacional por obra y gracia del destino. Jorge busca y odia a su padre, del mismo nombre, al tiempo que una serie de personajes fársicos lo orbítan: la Caguamita, novia y cónyuge de vicios; Damián, aspirante a padrastro, homosexual reprimido que gusta de amarse a sí mismo mientras espía a las parejas de muchachos el el cine; Mercedes, la madre de represiones sólo tan grandes como su hambre por el hombre con el que engendró al Tunas; Jorge Osuna, lechero y dealer, progenitor y padrote cuyo recuerdo es más espinoso que su presencia.

Serna, en contrapunto, nos cuenta también la historia de Marquitos Balladares, perfecta contraparte de Jorge Osuna, Marquitos, junior de las Lomas, hijo de Marcos Balladares, un arribista que deviene en propietario de una radiodifusora populachera por obra y gracia de su encanto personal; Marquitos, racista matanacos, perfecto y güerito psicopata de la high, verdugo (no tan) involuntario de Jorge Osuna padre, a quien, fanfarroneando, venadea con un rifle de alto poder. Marcos Balladares padre, quien en ese momento promueve un premio al heroísmo infantil, se entera de la tragedia causada por su trasgo y decide otorgarle el premio -jugoso millón de pesos ochenteros, además de un saludo personal del Papa- , a Jorge Osuna hijo como retribución. Por desgracia el Tunas, conciente de su naturaleza inheróica, decide negarse a recibir el premio y, de paso, ensartar a Damian en un foso lleno de varillas erizadas.

Serna nos narra en su obra, llena de personajes sólo verosímiles en el ámbito chilango, las distintas historias con un lenguaje bribón e irreverente. La tragedia nos la muestra risueña, el abuso aderezado con albur y las descripciones de lo dantesco construidas con frases propiedad del lugar común. Enrique Serna mezcla los formatos de varios géneros (El guión, el programa de radio, la transcripción de diáologos) para regalarnos un mosaico polícromo del Tunas y tropa que lo acompaña. Todas estas herramientas, que en cualquier escritor menos dotado darían como resultado una novela menor, en Serna nos presentan una radiografía total del ser defeño: el naco drogo orgulloso de no tener esperanzas de mejorar; el burguesito pusilánime y lleno de odio a los diferentes; la madre abnegada en sacarle provecho a su hijo; el hombre maduro encadenado al coño de la madre y empantanado en sus propios deseos; la dupla odio-amor Naco-fresa, fresa-naco, el uróboros que no para de morderse sus prejuicios.

Si alguien ha podido narrar la naturaleza del chilango, ese es Serna.


No hay que dejar de vernos en ese espejo. Chéquelo usté, may:

UNO SOÑABA QUE ERA REY

Autor: ENRIQUE SERNA
Editorial: BOOKET
Sección:¡Lit. Ibero.Narrativa
ISBN: 9703702147

Omar Delgado
2007

Despedida de un revolucionario

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Observa esta imágen.
Cuando yo la veo, no puedo dejar de conmoverme. Recuerdo (como si yo lo hubiera vivido), el momento en el que Lupito Posada los retrató.

Pienso en que ese pudo ser su último beso.
Probablemente, el hombre tenía el presentimiento de que la muerte le rondaba, de que en la siguiente batalla habría una bala que con su nombre. Fijate bien en como la besa, como si quisiera pasarle parte de su alma, como si quisiera impregnarla de él; vivir a través de la boca amada y sellarla para que nunca fueran capaces de besar a otros; descansar en esos labios tan queridos el sueño de los valientes.
Fijate en la mano del hombre, una mano áspera, grande, como esculpida en tepetate, acostumbrada al azadón y al machete; experta en tirar con la colt de su cintura; cansada de matar con la espada; hastiada de jalar la rienda de su alazán. Imagina esa mano forzada a bañarse en sangre tratando de acariciar la mejilla de la mujer, casi con verguenza, intentando no lastimarla ni mancharla. Ahora ve su otra mano, en el talle femenino, posesiva, tratando de jalarla hacia él, de hacerlo uno con él, de llevársela consigo.
Ahora, observa a a la soldadera. El brazo derecho colgando, abandonado a una viudez que ya comienza a sufrir; los pies en puntas, tratando de alcanzarlo; los labios laxos, recibiendo los enbigotados del revolucionario; Los ojos cerrados, tímidos, incapaces de ver de frente al amado, claurusados los párpados con furia, como si no quisieran que esa imagen -la última del revolucionario que su memoria retendría-, se le grabara en las pupilas -y en las más dolorosas: las del recuerdo-, La mujer lo besa con resignación, con ese amor agrio que se siente en las despedidas, con la convicción de que la proxima vez besará a un cadáver que tendrá que sepultar, al cual le tendrá que ocultar los hoyos del cuerpo, al que tendrá que amortajar con la misma cobija en la que retozaron.
Sí, este beso fue el último.
Por eso, siempre hay que besarse como ellos, sin que importe nada más en el mundo; finalmente, nunca sabemos cuando caeremos en el campo de batalla.
Omar Delgado
2007

martes, marzo 20, 2007

Ernestina Ascencio

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Exhumación de Ernestina

Se llamaba Ernestina Asencio.
Era una anciana nahoa de la sierra de Zongolica, en Veracruz. Tenia setenta y cinco años hasta el 26 de febrero de 2007, fecha en que murió.
Si este fuera un mundo más justo -aunque sea un poquito-, Ernestina debió de haber muerto en su casa, rodeada de sus hijos y sus nietos; debió de haberla sahumado el curandero con copal, debió de haber muerto tranquila, de la mano de sus seres queridos. Nos la debió arrebatar alguna enfermedad de la vejez, tal vez la diabetes, la hipertensión, o tal vez su corazón se hubiera podido detener tranquilamente, cansado de tantas subidas y bajadas por los cerros.
Tal vez la muerte se la pudo llevar durante alguna noche de sueño; uno de sus nietos (de todo el racimo con el que la coronó la vida), se hubiera dado cuenta de su deceso a la mañana siguiente, al tomarle la mano y sentirla fría. Tal vez su familia hubiera llorado en su sepelio, pero se hubiera alegrado de que la abuela finalmente descansara en paz. Probablemente la hubieran enterrado a ritmo de tambora, soltando cohetes en cada esquina, y su familia entera la hubiera cobijado a puños de tierra. Tal vez...
Por desgracia, a Ernestina murió de otra manera: en su necropsia encontró que tenía la cabeza estrellada y las entrañas sangrándole. Ella murió de "daño craneoencefálico y hemorragia debida a perforación del intestino". La muerte de un gamberro, no la de una abuela. A Ernestina la violaron cuatro soldados la golpearon con salvajismo, la violaron multitudinariamente y la dejaron. Antes de morir en el camino a Rio Blanco, pudo acusar a los culpables: "Fueron los soldados, hija".
Hechos como el de Ernestina, por desgracia pasan. La crueldad es inherente al ser humano, tanto como la compasión o la ternura. Lo aberrante es que sus asesinos sigan impunes. El estado moderno fue creado, entre otras cosas, para evitar que hechos como éste queden impunes. Sin embargo, en nuestro México del 2007 a nuestros gobernantes les parece más importante el conservar las buenas relaciones con el ejercito antes que castigar a los culpables.
"Hasta donde sé, fue una gastritis mal atendida", se atrevió a decir Felipe Calderón, presidentito de México, días después del asesinato. Calderón, quien llegó al poder a través de un fraude electoral, necesita el apoyo y la protección del ejercito para continuar en el mandato. Es por eso que, en lugar de intentar ejercer el estado de derecho (fórmula en la que a él y a todos los de su partido político les encanta envolverse), prefiere apoyar a los milicos.
Lo más grave es que las declaraciones de Calderón (Y la de todo sus coríferos), indican de manera implícita que Ernestina Asencio mentía. ¿Podría una anciana moribunda falsear la verdad de esa manera? "Fueron los soldados, hija". ¿Pudo Ernestina inventarse todo sólo para ejercer una venganza o simplemente darse a notar? Sinceramente, no lo creo.


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México, nuestro pais, que amamos siempre pero que a veces odiamos, se está convirtiendo en el paraíso para quien tiene dinero o poder. Aquí cualquiera que tenga los dólares suficientes -y con el apoyo de un arzobispo, but of course-, puede violar cuantos niños quiera; cualquier soldado con fuero puede violar y matar a una anciana si se le antoja; cualquiera puede hacer un megafraude (Ya sea una biblioteca que se transmuta en alberca o una quiabra carretera), sin preocuparse. ¿Y los que no tenemos dinero ni poder? Sólo somos pasto de los que si los tienen; cualquiera (En Ciudad Juárez y en muchos otros lados) puede matar trescientas jovencitas y seguir tan campante después de más de quince años; cualquiera puede llevar a cabo sus deseos más torcidos si posee los suficientes medios y contactos.
Por eso, todos somos Ernestina.
Por eso, hay que exigir justicia para ella y para todas las demás víctimas
Omar Delgado
2007
P.S. Quise ilustrar este post con una foto de Ernestina Ascencio, pero extrañamente no hay ninguna imagen de ella en Internet. Tuve la oportunidad de ver su última foto: era una abuela como cualquier otra, que debió morir de otra manera.

jueves, marzo 15, 2007

Todos somos Gioconda

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Una de las teorías que se manejan acerca de la identidad de la Mona Lisa dice que el retrato es la representación femenina de Leonardo. De ser cierto, Da Vinci tuvo la puntada de pintarse a sí mismo —en su versión mujer—, y así obsequiarnos el retrato más famoso de la historia.
Lo cierto es que le quedó guapa, sea quien sea.
A partir de este hecho podemos deducir algo interesante: que el genio italiano estaba enamorado de si mismo. La Gioconda, entonces, no era sino la representación de lo que él deseaba ser.

Las demás personas no somos diferentes al inventor florentino. Nosotros también nos figuramos un modelo con las cualidades que deseamos en nosotros. Tambíen vamos cargando nuestra Gioconda particular, admirándola, deseándola, comparando con ella a todas las personas que conocemos y, muy en especial, a aquellas que percibimos como parejas potenciales. Odiamos a quienes sabemos diferentes a nuestra Mona Lisa; nos enamoramos de quien se acerca a ella.
Así pues, exigimos en el sujeto amoroso —no me gusta decirle objeto—, lo que creemos que no somos, pero deseamos ser. Buscamos a quien tiene la fuerza que nos falta, si somos débiles; la libertad que añoramos si nos sentimos prisioneros; la aventura que deseamos si nos concebimos como rutinarios. Buscamos en la amada o en el amado aquello que le deseamos arrebatar.
Finalmente, el amor no deja de ser egoísmo.
“No te amo por lo que eres, sino por lo que soy al estar contigo”, dice una frase atribuida a Gabriel García Márquez. Buscamos a nuestras parejas no por ellas mismas, sino por el efecto que causan en nosotros. El amar a alguien es fundirse en él, es beber de su escencia y compartirla; es también, el cambiar y asimilar a través del amante.
La atracción comienza por lo físico, eso es indudable. Buscamos a las personas que nos gustan, aquellas de las cuales nuestra piel puede sentirse ansiosa. Luego, viene el reconocimiento: comenzamos a saber de sus gustos, de sus cualidades y de sus defectos. En esta fase, mucho es artificio: nosotros vemos al otro a través de nuestra Gioconda, y el otro nos deja conocer lo que cree que és, o peor aún, lo que el deséa que creamos que és. La relación se concreta, y al principio, cuando las feromonas y las endorfinas abundan, todo es una danza de Monas Lisas. Pasa la novedad y comenzamos a ver al otro tal y como és. En dicha etapa también lo comparamos con nuestro autoretrato, pero sólo que en sentido inverso. Nos damos cuenta de cuan diferente es aquel o aquella a nuestra imago, a nuestro modelo.
Es en este momento cuando podemos decidir tomar nuestro cuadro, decir adios y seguír trajinando por el mundo haciendo comparaciones, cargando una pintura que con cada relación se deteriora más. Sin embargo, también podemos decidir quedarnos, aceptar al otro tal cual és y arrumbar nuestra Gioconda en el ático o bien volvernos pintores y relaborar el cuadro, hacerlo cercano a aquel al que acabamos de re-conocer.
Sin darnos cuenta, un día nuestra Mona Lisa ya no es nuestra, sino que es el retrato del otro.
La tragedia llega el día en que todo acaba. Cuando nos encontramos de nuevo en el camino, con el óleo hecho jirones, nos damos cuenta de que ya no la reconocemos. A nuestra Gioconda parece haberla pintado Picasso, Matisse o Tolouse- Lautrec. Podemos aferrarnos a esos retazos por el resto de nuestras vidas o podemos tirarla en el arrollo y seguir adelante.
Es entonces, en el momento de tirarla, cuando podemos amar al fin.

Omar Delgado
2007

Amor eterno sin Juanga.

¡Vilma! Tienes los pies fríos.

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Definitivamente, hasta los arqueólogos tienen su poesía.
Esta imagen, dada a conocer al mundo pocos días antes del día de los novios del 2007, conmovió a millones de personas. Dos jóvenes, un hombre y una mujer, fueron enterrados en una región de España hace más de 5000 años, juntos, fundidos en un abrazo que aspiraba a durar para siempre. En un principio, cuando no se conocían los detalles del hallazgo, estos paleolíticos Romeo y Julieta nos lanzaron un mensaje conmovedor: el amor –entendido como la ilusión absoluta, la entrega total, la ausencia de miedo—, sólo puede darse en la primera juventud, y para preservarlo en ese estado, es necesario que los amantes mueran. Si hubieran vivido más tiempo, es probable que a los púberes del enterramiento los hubera abatido la rutina; se hubieran comenzado a notar los defectos, las manías, las inseguridades. Tarde o temprano, de haber vivido más tiempo se hubieran aborrecido y separado; la dulce señorita se hubiera transmutado en una gorda matrona cansada de parir; el hombre, por su parte, se hubiera vuelto panzón y viejo; se le hubieran caído los dientes y su amante se le hubiera convertido en odiante.
Sin embargo, la vida nunca deja de ser irónica: los arqueólogos que descubrieron los esqueletos dieron a conocer que el jovencito había muerto de causas naturales; pero la amante, la tierna Julieta envuelta en pieles de bisonte, fue apuñalada y enterrada como ofrenda.
Fue entonces cuando los Shakesperianos homo sapiens nos enseñaron algo que ya sabíamos desde hace tiempo: para que un amor sea eterno, sólo hace falta un cuchillo.
Omar Delgado
2007

jueves, marzo 08, 2007

Melancolía

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"Depresión", siempre me ha parecido una palabra muy fría.
Creo que es demasiado mecánica como para retratar el estado de un alma que está perdida dentro de su propio cuerpo. Decirle a alguien que está deprimido es igual a decirle que su ánimo está devaluado, que su espíritu está en quiebra por malversacion emocional o que sus divisas sentimentales cayeron en la bolsa por el efecto dragón.
Depresión también suena a geografía. Suena al color más oscuro de cualquier mapa orográfico, a barrancas submarinas, a la contraparte de las montañas. Uno no le puede decir al que está tristeando que está en la sima, que está muchos metros por debajo del nivel del mar, que hay una alta probabilidad de precipitación en sus ojos.
Prefiero esa palabra tan poética, tan decimonónica, que utilizaban los poetas para hablar de sus caídas: melancolía.
Hipócrates, mucho antes de los siquiatras, definió el carácter melancólico en base a su teoría de los humores. Para el griego, la bilis negra era la que predominaba en las personas taciturnas y solitarias, aquellas que aparentan estár hechas de polvo, que sólo de verlas parece que se van a desmoronar; esas que sienten la tristeza como algo físico, como un sabor agrio que se les acumula en la boca, que de cuando en cuando los ahoga.
La tristeza es el estado natural de Satán, decian los padres de la iglesia. El mero mero Malo siente melancolía por el paraíso, extraña la luz y la presencia divina. Durante mucho tiempo, cuando se creía que los demonios caminaban libres por la tierra y les hacìan pasar las de Caín a los hombres, se consideró que la personalidad melancólica era la más proclive a ser poseida por las potencias infernales. Algunos de los más famosos demonólogos e inquisidores de los siglos XVI y XVII -como el infame Sprengler, coescritor del Maellus Malleficarium-, señalaban que aquellos seres sombrios que siempre pensaban en negro eran las víctimas naturales de Lucifer. Martin Lutero, el de la reforma, recomendaba hacer el amor -el lo hacìa del diario con su mujer-, para disipar las tristezas y asi dejar de ser presa facil de las asechanzas del diablo. Algo sabía el cabrón.
Lo cierto es que cuando te ataca la melancolía te sientes hueco (no poseso), como si te levantaras de la cama incompleto, como si algunos de los seres que te forman -el guerrero, el cómico, el ingenioso, el playboy, el caballero andante, el rebelde sin causa-, se quedaran entre las sábanas y te abandonaran a tu suerte. Cuando estás deprimido -otra vez la palabreja-, te sientes como una cáscara. Lo que anida en tu interior no es sino el vacío. Es como si te vieras desde fuera de tí mismo, trabajando, caminando, hablando,y darte cuenta de que ese tú parece una marioneta controlada por fuerzas desconocidas.
Las disciplinas modernas -psiquiatría, psicología, farmacología-, han dado algunas teorias acerca de la melancolía: que es cíclica y normal, que se debe en casos extremos a un desequilibrio químico. ¡Banal cosa somos! Nuestro sufrimiento, nuestra tristeza no es sino una enfermedad que puede ser curada tomando litio o provocando que ciertos neurotransmisores del cerebro se activen. Tomando pastillitas se acaba el dolor; comiendo más pescado se termina la tristeza.
En realidad, esa última explicación no me satisface. Pareciera que todas las melancolías del ser humano, incluso algunas que nos han regalado las obras cumbres de la humanidad, pudieran ser tan sencillas como para ser curadas con medicinas. Más bien, prefiero explicarme este estado como el hecho de que algunos hombres están destinados a cargar el peso de la creación en sus hombros, que el polvo del mundo, de los edificios, las iglesias, de las montañas, los caminos, de los muertos, tiene la predisposición de acumularse en las espaldas de ciertos individuos. Incluso prefiero la explicación demoniaca por colorida. A veces el diablo de la tristeza se nos mete a la piel.
Todo eso es preferible al prozac y al Valium.
Omar Delgado
2007
P.S. Por cierto, el grabado con que se ilustra este post es de Alberto Durero, se titula precisamente "Melancolía", e ilustra el momento en el que dicho estado del alma se transmuta al de la iluminación, al del conocimiento y la creación.

miércoles, marzo 07, 2007

Macondo de manteles largos

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El señor de la foto pudo haber sido un buen taxista. A sus pasajeros los pudo haber deleitado con historias de su familia, de las damas que volaban y de los hombres que llevaban la muerte anunciada en el rostro. Seguro que hubiera sido capaz de dominar las calles de cualquier ciudad de Latinoamérica, lo mismo México que Caracas o Bogotá.
También pudo haber sido un buen doble de Rafael Inclán, presentandose en algún bar de mala muerte albureando al respetable. Pudo haber sacado su credencial de la ANDA y ser doble en alguna de las películas de ficheras de los años ochentas, y con suerte, pudo haberle dado una nalgada a Sasha Montenegro y agarrarle una chichi a Gabriela Goldsmit junto con Polo polo.
Por supuesto, también pudo ser un buen boxeador y presumir que el golpe en la cara que llevaba al ser fotografiado se lo había propinado el Pipino Cuevas o el Ratón Macías. Seguramente hubiera regalado sus guantes a una cantina que los exhibiria orgullosa para después retirarse y poner una lonchería en la calle de Luis Moya.
Para nuestra fortuna, en lugar de elegir todos esos prometedores caminos, eligió el de las letras. Escribió de su familia y nos regaló algunos de los libros más entrañables de la literatura en español. Agregó Macondo a nuestra geografía emocional ,nos enamoró de Remedios la Bella y nos entretejio miles de historias entre las filigranas del alma. Gracias a su lucidez, los latinoamericanos podemos a través de su obra interpretarnos un poquito.
Pero claro, de haber elegido alguna otra profesión, el hombre de la foto se hubiera ahorrado el tremendo madrazo con el que desde la foto nos sonré. De no haber sido escritor, jamás hubiera conocido a Mario Vargas Ilosa, jamás hubieran sido amigos y nunca de los nuncas hubiera recibido un derechazo de parte del peruano el día de los novios del año 1976.
Y este hombre, que pudo ser taxista, doble cinematográfico, boxeador o burócrata de ventanilla, tiene ya ochenta años de edad; su gran obra, Cien años de soledad, cuarenta; su premio nobel, veinticinco, y sesenta su adicción a ese vicio tan delicioso que es el escribir.
Ojalá que su pluma -y su persona extraordinaria-, nos dure mucho más.
Felicidades, Gabo

Omar Delgado
2007

jueves, marzo 01, 2007

Letras muertas

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El Más allá en la literatura Mexicana

Somos un país muertero. Para comprobarlo, basta ver nuestros ritos más arraigados: los Cristos sangrantes de Semana Santa, la quema de los Judas el sábado de gloria, la devoción a los muertos en noviembre. Desde la época prehispánica muchos de los rituales y prácticas sociales de los pueblos autóctonos giraban alrededor de la muerte. Para las culturas más estructuradas de Mesoamérica (Léase Toltecas- Mexicas y Mayas). El momento más importante de la vida del individuo era, paradójicamente, el del óbito. La trascendencia del “alma” dependía de la causa de la muerte, y no de la conducta en la vida. Para las culturas del altiplano la causa de deceso más deseada era la muerte en batalla o en la piedra de los sacrificios —para las mujeres el equivalente era morir en trabajo de parto, otra batalla de la vida contra la muerte—, pues eso les garantizaba el acceso al Tonathiu Calli, la casa del Sol. Aquellos que fallecían por causas relacionadas con el agua —ahogamientos, rayo, gota—, eran admitidos en el edénico Tlalocan. Los muertos por enfermedad o por vejez debían enfrentar el camino que llevaba hasta el Mictlan, especie de averno en donde las almas languidecían hasta su extinción.

Los mayas buscaban, por otro lado, morir ahorcados por su propia mano. La guapa diosa Ixtab, patrona de los suicidas, esperaba a aquellos que se ahorcaban de las ramas de la ceiba para llevarlos al paraíso.

Fue durante la conquista, y más, después del lento proceso de evangelización, en que se agregaron a la visión indígena los conceptos de la culpa y del pecado. Ya no fue la causa de la muerte lo que determinaba la existencia ultraterrena, si no las faltas que se cometieran en vida. Los conceptos cristianos de Infierno, Purgatorio y Paraíso se fusionaron con las creencias autóctonas: El ya mencionado Míctlan, originalmente un lugar de reposo en el cual las almas NO eran atormentadas, pasó a poblarse de llamas y demonios verdugos mientras que el Tlalocan pasó a ser el buscado paraíso; casa de dichas a donde paraban los que seguían las órdenes de los españoles. En el mundo maya ya existía un concepto similar al infierno cristiano: el Xibalbá, reino del terrible Kshin, quien castigaba los pecados que se cometían contra los dioses.

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Me lleva el diablo
Parte medular de la visión de ultratumba mexicana es el Diablo, el chamuco mismo, patas de cabra, gestas, el Compadre. En las culturas mesoamericanas existían figuras que encarnaban el mal en el mundo, aunque no tenían la carga atemorizante ni ignominiosa del Señor de las Tinieblas. Para los Mexicas, las figuras más aproximadas serían los dioses Mictlantecutli y Tezcatlipoca; el primero, por su condición de rey del Mictlán; el segundo, por que era el que disponía caprichosamente de los destinos de los vivos. Dios de la noche y de los brujos, el señor del Espejo Humeante acostumbraba dar o quitar, favorecer o perjudicar; dicho dios, sin embargo, era capaz de ser generoso con quien le rendía las ofrendas necesarias.

Al darse la conquista espiritual de América, las características de estos dioses se agregaron a la figura del Lucifer que pregonaban los evangelistas, sólo que sin sus cualidades positivas.

Cabe decir que, tanto la figura arquetípica del Diablo como la del Infierno son dinámicas, cambian conforme lo hace la sociedad. En las leyendas que provienen de la época colonial el maligno aparece vestido de hidalgo o encomendero, de negro siempre. Se le representa como un hombre maduro, atractivo (una de las características de Tezcatlipoca). En los tiempos revolucionarios las leyendas retratan a Satanás vestido de charro (con botonadura de plata, but of course). Una característica de la figura del Diablo en las comunidades es que siempre aparece encarnando a una figura opresora, que representa el ejercicio de un poder autoritario e injusto (El encomendero, el caporal, el capataz de hacienda), por lo que el chamuco es también una manera de concebir la opresión.
El infierno, por otro lado, siempre ha aparecido en el imaginario colectivo como un lugar relacionado con el “pecado”: salones de baile, cantinas, cabarets, lupanares, siendo sus habitantes por supuesto, aquellos que rompían las normas sociales, muy especialmente las relacionadas con el sexo: Las prostitutas, los padrotes, los clientes de dichos lugares, las mujeres de moral relajada, los donjuanes de pueblo, los jugadores, los borrachos, los hombres y mujeres de poder.
Estas visiones del Infierno y del Diablo, que han sobrevivido y se han enriquecido por siglos, también aparece en la literatura mexicana de los siglos XIX y XX.

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Palabras infernales
Durante el siglo XIX aparecen en la literatura mexicana numerosas referencias al más allá. En los últimos años del virreinato aparece La portentosa vida de la muerte, obra satírica que rescata el concepto de la Danza Macabra medieval y la vuelve jocosa. En dicha obra, atribuida a un anónimo, la huesuda camina por el mundo, se emborracha y cotorrea. Más tarde, Manuel Payno escribe El Fistól del Diablo, obra de profundas resonancias morales en donde el Malo aparece como personaje central y omnipotente. Las calaveras como género periodístico aparecen durante la Reforma, apadrinadas por escritores de la talla del Nigromante, Guillermo Prieto y Vicente Riva Palacio. A través de ellas los periodistas —que desde ese periodo se convertirían en actores de primer orden en la política—, lanzaban flechas certeras y dolorosas en contra de los adversarios, conservadores y liberales por igual. En el terreno de la poesía fue Juan de Dios Peza quien se dedicó al tema sobrenatural. Dicho autor escribió varias obras en verso basadas en leyendas de la época colonial, destacando entre ellas La llorona y el Llano del Diablo. La primera, una versión del espectro nocturno que se lamenta de sus hijos, al cual el poeta le asigna nombre y apellido: Doña Luisa de Montesclaros; la segunda, la historia de una doncella cuya virtud derrota los embates de las fuerzas infernales. Ambas obras, escritas con el ampuloso estilo de la época, tienen una fuerte tendencia moralizante. Sin embargo, la atmósfera y la imaginería que Peza logra en ellas son trascendentes en la medida en que encapsulan los conceptos colectivos del mal y de la vida ultraterrena. Vicente Riva Palacio también hace lo propio al recrear la leyenda virreinal de La mujer herrada, en donde la amante de un sacerdote es convertida en mula y hecha herrar por dos demonios moros.

Ya en el siglo XX, se tienen dos obras que tratan como tema central al inframundo: Pedro Páramo y Macario. Cuando Juan Rulfo escribió su novela sabía lo que hacía. Además de ser un arriesgado —y genial—, experimento narrativo, la historia del Señor de Comala es también un compendio de los conceptos de la vida después de la muerte —vigentes todavía—, del México rural. El territorio literario de Rulfo —el mencionado Comala—, es un averno a donde llegan las almas atormentadas por sus propios rencores, en donde los vivos no tienen la seguridad de estarlo y los muertos se dan cuenta de su condición. Pedro Páramo es el amo de la nada, del polvo en donde anidan los espectros. Sólo se sostiene de los agrios recuerdos de su pasado. Los habitantes del pueblo se conciben muertos sin saber que hacer; pasan de la vida errante a murmurar en sus tumbas. En el saber colectivo del bajío sólo el muerto que se sabe muerto tiene oportunidad de trascender y el mundo está lleno de ánimas que desconocen su situación. Los espectros, tanto en la obra de Rulfo como en las leyendas de los pueblos de Jalisco, Michoacán y Colima, están condenados a repetir sus errores y sus trabajos, a buscar y escarbar la causa de su desazón. Cruel es el destino después-de-la-muerte que nos presenta don Juanito, en el que ni al morir se muere la memoria.

Por otro lado Bruno Traven nos presenta otro-lado más tangible. En su novela Macario nos muestra el diálogo del héroe homónimo con el Maligno, con Dios y con la Muerte. El primero aparece como un charro, un caporal que lo trata de comprar; el segundo, como un humilde muchacho; la tercera, que aparece en toda su miserable condición, es la única con la que el protagonista verdaderamente se identifica. El autor alemán se nutre de las consejas del México profundo, y retrata a sus personajes tal y como, desde hace siglos, los han representado las abuelas. De manera irónica Traven, un extranjero que llegó a nuestro país en calidad de refugiado político, es de los autores que mejor han desentrañado la relación del mexicano con su comadre la huesuda.
Finalmente, el más allá, el Diablo, las ánimas y otras construcciones de nuestro inconciente están presentes en la narrativa mexicana. A pesar de que por años dichos temas han sido despreciados por las academias y las famiglias literarias, la literatura fantástica en México goza de cabal salud. Somos y seguiremos siendo un país muertero. No en balde la novela más importante de la narrativa mexicana del siglo XX -y de toda las letras en habla hispana, hay que apuntar-, no es sino un relato de fantasmas. Narremos más Comalas, pues.

Omar Delgado
2007