martes, octubre 30, 2007

1408

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Stephen King, quien alguna vez definiera su obra como "el equilvalente literario a una Big Mac con papas a la francesa", es uno de los autores que con más frecuencia ha sido adaptado al cine. Curiosamente, en muy pocas ocasiones las películas derivadas de su obra han sido algo más que bazofia. Sólo hay que recordar la infame Cazador de Sueños (Dreamcatcher, 2003), que resultó ser una pestilente mezcla de Scobby Doo, Aliens, Eso y algúna tira cómica de Jis y Trino.
De entre las pocas películas memorables que surgieron de los relatos del autor estadounidense podemos mencionar a El Resplandor (The Shining, 1980), Milagros inesperados (The Green mile, 1999), o la presente película, 1408.
La historia comienza cuando el protagonista, Mike Enslin, (John Cusak), un escritor que se dedica a refutar fenómenos paranormales, se hospeda en un viejo hotel campirano con fama de ser frecuentado por espectros. En esta primera secuencia, se ve la rutina del investigador, quien se queda en la "habitación embrujada", sólo para constatar que las apariciones de la mucama suicida no pasan de ser un mito. En esta primera parte, que está lejos de ser tan espectacular como el prólogo de Prueba de Fe (The reaping, 2006), el director opta por mostrarnos los matices y manías del personaje principal en un tono intimista, dotando al protagonista de una densidad inusual para una película de género.
La rutina de Enslin se rompe cuando recibe una postal que le menciona la habitación 1408 del Holtel Dolphin, en Nueva York. De inmediato trata de hacer una reservación sin lograrlo. Luego de presionar a los dueños del hotel con una demanda, obtiene la habitación. Al llegar al Dolphin, el gerente Gerald Olin (un excelente y mefistotélico Samuel L. Jackson), trata de disuadirlo de dormir en dicha habitación por medio del soborno y la amenaza. Durante esa entrevista, Olin le cuenta la truculenta historia del cuarto, que es una verdadera fuente de suicidios, asesinatos, automutilaciones y huéspedes locos. Sin amedrentarse, el escritor exige la llave del 1408, sólo para encontrarse con algo más terrorífico que cualquier fantasma o poltergeist.
La obra, dirigida por el sueco Mikael Hafström tiene un muy efectivo tono de terror psicológico, roto en algunas ocasiones por ciertas secuencias que, por descontextualizadas -aunque no gratuitas-, parecen concesiones del escandinavo ante el mainstream hollywoodense. (Especialmente, la escena de el agua, la de los ductos de aire acondicionado y el asesino del martillo). La historia avanza con cierta morosidad que amplifica el desasosiego y temor del espectador. El gran mérito de la obra es que logra que el cinéfilo viva, de la mano del investigador de lo paranormal, el horror que habita en la habitación 1408. Las actuaciones son sobresalientes, destacando un inusualmente profundo Cusak en el papel de un descreido que se enfrenta con un pedacito de infierno. (Que por cierto, tiene más de un punto en común con la investigadora interpretado por Hillary Swank en la mencionada The reaping)
Fuera de las secuencias mencionadas, el filme es un excelente relato del terror más profundo y enraizado del ser humano: sus propios recuerdos.
Vaya a verla... Si se atreve.






Omar Delgado
2007

lunes, octubre 22, 2007

Tinta roja: escritores asesinos

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Edgar Allan Poe
Devórame otra vez
Hace apenas unos días a la sociedad mexicana le estremeció la noticia de los hallazgos que se realizaron en el departamento de Mosqueta 198, en la céntrica y brava colonia Guerrero.Ahí habitaba José Luis Calva Zepeda, hombre de 37 años que se asumía como "escritor, dramaturgo y poeta". Lo cierto es que el hombre no pasará a la historia como autor de ningún libro o puesta en escena, sino por haber asesinado a Alejandra Galeana, su pareja sentimental, para después freir su carne e ingerirla.

Pero eso no es todo, la desafortunada Alejandra no fue la única víctima (y vianda) del supuesto escribano. Aparentemente ya una antigua novia del hombre y una sexoservidora habían formado parte de la dieta del que ya ha sido bautizado como "El poeta canibal".

El escritor y el homicidio

Desde siempre, la literatura ha estado ligada a la hemoglobina y al crímen. Desde obras como el Gilgamesh, La Iliada o la Odisea, el narrador se ha recreado en plasmar destripamientos, decapitaciones y asesinatos. Ni que decir que las tragedias griegas también eran pródigas en gore: escenas como la automutilación de Edipo (quien se saca los ojos), o la exhibición de la cabeza de Penteo en Las Ménades servian para impactar al respetable y hacerle asimilar las enseñanzas de los montajes griegos.
Quizá la primera vinculación directa entre las letras y los asesinos fue la obra de Thomas de Quincy titulada El asesinato como una de las bellas artes. En ella, el autor inglés satiriza acerca de las similitudes entre la creación artística y el crímen y proponiendo ver el asesinato más allá de la óptica moral para comenzar disfrutarlo como un acto estético. Para Quincy puede haber crímenes hermosos capaces de ser admirados, y ejemplifica con algunos de los ejemplos más sonados de la Inglaterra de su tiempo.
Pero no se crea que De Quincy era un ser amoral, pues como el mismo lo dice:
"permitidme que diga una palabra o dos a ciertos pedantes que se atreven a hablar de nuestra Sociedad (léase revista) como si en su tendencia hubiera algo inmoral. ¡Inmoral! ¡Dios me bendiga, señores! ¿Qué es lo que esa gente quiere dar a entender? Estoy y estaré siempre a favor de la moral y de la virtud y de todo eso, y afirmo y afirmaré siempre (pase lo que pase) que el asesinato es una forma de actuar impropia, altamente inadecuada, y no me importa decir que todo hombre que interviene en un asesinato tiene un modo de pensar muy incorrecto y unos principios muy erróneos (...) Pues si un hombre se deja tentar por un asesinato, poco después piensa que el robo no tiene importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar los sábados, y de esto pasa a la negligencia de los modales y al abandono de sus deberes. Una vez empezada esta marcha cuesta abajo, no se sabe nunca dónde hay que pararse. Muchos hombres han iniciado su ruina al cometer un asesinato de un tipo u otro, que en ese momento creyeron que no tenía la menor importancia".

Definitivamente, lo más perturbador en El asesinato como una... fue su desparpajo al colocar el homicidio al mismo nivel que la pintura, la escritura o la poesía; como un acto capaz de ser disfrutado no sólo en su ejecución, sino también en su contemplación. De Quincy ahonda en ese incómodo sentimiento de morbo, de esa atracción/ repulsión malsana que nos provoca el derramamiento de sangre, la contemplación de cadáveres y,en sí, la crueldad.

El asesino literario

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Marqués de Sade

Escribir sangre siempre ha sido muy atractivo para cualquier narrador; por otro lado, el vincular la obra con el escritor como persona siempre ha sido un molesto vicio de las sociedades. Pocos escritores vivieron tan en carne propia esto como Donatien Alphonse François de Sade (1740-1814), mejor conocido como El Divino Marqués o, simplemente como el Marqués de Sade.

Donatien escribió algunos de los libros más perturbadores de la historia de la literatura. Títulos tales como Filosofía del tocador o Las 120 jornadas de Sodoma siguen haciendo que los lectores se estremezcan mientras los leen. En su tiempo, se pensó que Sade había expermentado con todas las atrocidades que narra en sus obras, por lo que se convirtió en un paria que sufrió el cautiverio gran parte de su vida adulta (tanto en cárceles como en manicomios). Lo cierto es que Donatien, como todos los nobles de su tiempo, era bastante abusivo y sádico con sus criados (y con cualquier plebeyo que se le atravesaba), pero nunca pudo llevar a la realidad las atrocidades que narró. De hecho, casi toda su producción la escribió tras las rejas.

El que aparentemente sí fue más allá en la producción de sus obras fue Edgar Allan Poe (1809-1849), autor de joyas como El Gato Negro, El Barril de Amontillado o Berenice. Poe es un paradígma en la literatura occidental debido a que prácticamente fundó algunos de los géneros y subgeneros literarios sobre los cuales se cimentó gran parte de la narrativa del siglo XX, tales como el terros sicológico y la novela de detectives. Edgar Allan tuvo una vida tan nublada y turbulenta como su obra, pues fue adicto a alcohol y al opio, y falleció a los cuarenta años luego de una guarapeta de varios días. Sin embargo, quizá el espisodio más macabro de su vida tuvo que ver con su obra titulada El asesinato de Mary Roget, en donde narra el asesinato de una linda morena y su posterior análisis por parte de Augusto Dupin. Aparentemente, el autor norteamericano llevó a la realidad lo que escribió en la ficción.

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Imágenes relacionadas con el homicidio de Mary Roger. (Arriba, Izquierda). Daguerrotipo de Mary. (Arriba, Derecha) Cartél de una obra basada en el asesinato. (Abajo) Imágen de los pescadores rescatando el cuerpo de la Roger

En 1841, en una tabaquería llamada "John Andersou" de Manhatan, trabajaba una hermosa chica morena llamada Mary Rogers. Era amiga -y probablemente musa-, de algunos de los escritores más celebres de aquel tiempo, tales como Washington Irving, James F. Cooper (el autor de El último mohicano), y el propio Poe. La linda Mary era una mujer muy buscada por los clientes del negocio, y sostuvo amoríos con varios de ellos. Una mañana de verano, el cuerpo de Mary apareció en el río Hudson, luego de haber desaparecido tres días antes. Cerca del lugar en donde se encontró el cadáver se encontraron la faja, el chal, el pañuelo y la sombrilla de Mary, y en la hierba cercana al lugar se encontraron rastros de forcejeo.

De inmediato, y debido a la notoriedad de la víctima, se iniciaron las investigaciones. El primer sospechoso fue el patrón de Mary, el señor Anderson, con quien aparentemente sostenía un amorío y la acompañaba constantemente a su casa. Otro de los sospechosos fue David Payne, prometido de la muchacha, quien poco después del deceso se suicidó en el lugar del hallazgo por medio de una sobredosis de láudano. En su nota final se hallaron algunos indicios de su posible culpabilidad: "Aquí es el lugar", escribió. "Que Dios me perdone por mi malgastada vida".

Luego de la muerte de Payne, la policía dio por sentado que él era el culpable, por lo que dejó la investigación. Sin embargo, estudiosos posteriores han teorizado acerca de la probable culpabilidad de Poe en el homicidio de la Rogers. En primer lugar, el día de su desaparición fue vista con un hombre con que correspondía a la descripción del escritor: un hombre alto, moreno y vestido con una capa del ejército (Poe sirvió a las fuerzas armadas, pero desertó).

Sin embargo, lo que más apunta al posible involucramiento de Edgar Allan en el asesinato fue su cuento titulado El asesinato de Mary Roget, en el cual narra un asesinato prácticamente idéntico al de la empleada de la tabaquera, sólo ubicando su ficción en París y cambiando los nombres de los personajes. Los detalles en el relato son tan precisos y abundantes que pareciera que el autor estuvo en el lugar de los hechos. Paradójicamente, Poe jamás estuvo mencionado como sospechoso durante la investigación. Hay otra teoría que sostiene que el autor se influyó por las abundantes notas periodísticas que se imprimieron a raiz del asesinato de Mary, y que adquirió su información de dichas fuentes. De ser así, Poe puede ser considerado, además del padre del relato de detectives y de suspenso, el primero que realizó una obra de No ficción. Es probable que Poe se le haya delantado 123 años a Truman Capote y a su obra A sangre Fría.

Muerte en polaco

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El río Oder

Año 2000. Entre las heladas corrientes del río Oder, cerca de la ciudad polaca de Wroclaw, unos pescadores ven un cuerpo flotando. Al llevarlo a la orilla, las autoridades lo identificaron como Dariusz Janieszewski, dueño de una empresa de publicidad y miembro de mediana importancia de la comunidad. Janieszewski había desaparecido días antes, y en su cuerpo se encontraron huellas de tortura. La causa de su muerte se determinó como ahogamiento. El asesino, al parecer, una vez que lo torturó hasta cansarse, se limitó a atarlo y arrojarlo al río.
Tiempo después, el escritor Krystian Bala, egresado de filosofía con aspiraciones literarias edita su novela Amok. En ella, narra un asesinato demasiado similar al de Janieszewski. El libro, sin ser un exito en ventas, alcanzó cierta relevancia dentro del mundillo polaco de las letras, y gracias a esta fama, fue que un funcionario de la ciudad dio accidentalmente con algunos comentarios referentes a la obra de Bala en un foro de Internet.

De inmediato, la policía de Wroclaw arrestó al autor, a quien interrogó por setenta y dos horas. Finalmente, Bala fue liberado por falta de pruebas. La prensa se ensaño con las fuerzas del órden y con sus llamados "devaríos literarios". el escritor fue considerado una víctima de negligencia de las autoridades y de su desesperación por encontrar (o fabricar), algún culpable. Bala aparentemente no conocía a la víctima y no había ningún motivo para que el escritor hubiera matado al empresario. sin embargo, la policía no desistió, y mediante una investigación más detallada encontró que el filósofo había hablado con Janiszweski el día de su desaparición; además, se descubrió que el teléfono celular de la víctima, el cual no se encontró en su cadáver, había sido subastado por Internet cuatro días después del crímen. El vendedor: Krystian Bala.



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Bala en juicio

Sin embargo, faltaba una pieza para armar todo el caso: no había móvil para el crímen. La policía entonces buscó indicios entre los allegados de ambos, y encontró que Bala era amigo íntimo de la ex esposa del empresario en el tiempo de la desaparición. El escritor fue nuevamente capturado y, ahora sí, enjuiciado por homicidio. A pesar de que siempre defendió su inocencia, fue condenado a 25 años de cárcel por el asesinato del publicista. En su defensa, alegó que se había inspirado en el crímen para hacer su novela, y que se había documentado a través de la prensa escrita. Sin embargo, según las autoridades locales, los hechos plasmados en la ficción son demasiado exactos y la novela menciona datos que únicamente conocían las autoridades. Gracias a los truculentos hechos que rodearon su hechura, la novela Amok alcanzó el rango de best seller.

Ahora, si bien Bala cometió un homicidio que luego plasmaría en papel, y a pesar de que su crimen fue bastante sádico, no se compara al horror que los miembros de la policía judicial encontraron en un departamento del centro de la ciudad de México.

Hannibal López

Muchas paginas se tendrán que escribir todavía acerca de José Luis Calva Zepeda quien, junto con Juana Barraza, La Mataviejitas, y Raúl Osiel Marroquín, el Matagays de la Zona Rosa, conforma la triada de asesinos seriales mexicanos de principios del siglo XXI.

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José Luis Calva

Luego de su detención, Calva Zepeda se ha convertido en una triste celebridad. Desgraciadamente, la notoriedad que nunca alcanzó con su obra la obtuvo por la crueldad con la que trató a sus víctimas.

Un día de principios de octubre, Alejandra Galeana fue a visitar al que era su pareja en ese momento a su domicilio, un departamento de la colonia Guerrero. La visita amorosa acabó en tragedia cuando, mientras discutían, su pareja la asfixió hasta matarla.

José Luis Calva se dio cuenta de su situación cuando vio el cuerpo de la mujer tendido en su sala. No debió de ser una sensación nueva, pues el angelito ya había matado por lo menos a dos mujeres con anterioridad. Pasó varios días con el cuerpo, inhalando cocaina e ingiriendo alcohol. Cuando los despojos de Alejandra comenzaron a mostrar signos de putrefacción, Calva decidió descuartizar a su enamorada con el fin de desaparecer el cuerpo. Le cortó el brazo derecho y una de las piernas con un cuchillo de cocina; guardó el resto del cuerpo en un clóset; metió una de las pantorrillas en una caja de cereal. Tomó una sartén y frió algunas partes del cuerpo para, según él "dárselas a comer a los perros".

Mientras, la familia de Alejandra la buscaba con desesperación. El seis de octubre la madre de la víctima y sus hermanos se presentaron en el departamento de Calva Zepeda para preguntar por ella. El homicida les dijo que no la había visto en quince días y ellos, no muy convencidos, se fueron. De haber entrado, hubieran notado el olor a muerto que impregnaba la vivienda, y muy seguramente, habrían encontrado el cuerpo de Alejandra en el piso de la estancia.

Al no encontrarla, la madre dio aviso a la policía. Los agentes se presentaron nuevamente en los alrededores de la casa de Calva Zepeda. Luego de preguntar a una vendedora de dulces, confirmaron que Alejandra había ido a casa de su galán el día de su desaparición. Minutos después, los policias encontraban a la víctima regada por todo el departamento. Entre las pertenencias del poeta canibal, también se encontraban algunas películas tales como Hostal 2 y Hannibal. Lo que más les llamó la atención fue la foto del asesino de ficción Hannibal Lecter colgado en la estancia. También había borradores de novela, libros y poemas sueltos sobre el piso.

José Luis Calva Zepeda fue catalogado por los psicólogos de la policía como "psicópata con marcados rasgos narcisistas y tendencias sádicas", y puesto a disposición de las autoridades, quienes muy probablemente pedirán para él la pena máxima punible en el estado mexicano (50 años), por homicidio en primer grado con el agravante de profanación de cadáveres. Calva sólo será procesado por el asesinato de Alejandra, pero hay sólidos indicios de que pudo haber participado en, por lo menos, dos mas.

La vida de Calva Zepeda puede bien ser calificada como "errática". Huérfano a los dos años, sufrió constantes abusos por parte de una madre agresiva hasta que huyó de la casa, a los doce. Vivió intermitentemente en varios lugares, desde casas de amigos hasta el hogar familiar, y ejerció diversos oficios que van desde taxista hasta gerente de una escuela de computación. Sin embargo, el deseo de ser escritor siempre fue una constante en su vida: fue periodista aficionado, editó algunos poemarios (los cuales vendía en la plaza de Coyoacán), y montó algunas obras teatrales de su autoría, especialmente monólogos, entre los que destacan Réquiem por un alma en pena y La Parca del Metro.

Es evidente que el Caníbal de la Guerrero tenía una fijación por la muerte, visible en la temática de sus obras teatrales. Sus poemarios, por otro lado, muestran un marcado narcisismo. Los crímenes de Calva muestran un profundo resentimiento hacia la figura materna que proyectaba hacia personas de características similares a su progenitora: tanto Alejandra como Verónica Martínez, otra de sus víctimas, eran madres solteras, de alrededor de treinta años, que trabajaban como dependientas de farmacia.

Tengo la teoría de que un asesino serial, cuando comete un crímen, siempre mata simbólicamente a la misma persona; ya sea su madre o a sí mismo. Los asesinos misóginos (los que matan mujeres), matan una metáfora de su propia progenitora para vengarse de los maltratos (o la indiferencia), padecidos durante la infancia. Ejemplos de este tipo de criminal serían Ted Boundy, Goyo Cárdenas o el propio José Luis Calva.

También puede ser que el asesino se esté matando a sí mismo de manera alegórica. Esto sería una reacción del criminal contra una parte de su propio ser, de la cual reniega. Algo así como un autoreproche proyectado hacia otro ser humano (Te mato (me mato) por que, cuando era necesario, permitiste que te (me) pasara algo horrible). Ejemplos de este tipo de asesinos lo encontramos en John Wayne Gacy, Jeffery Dahmer o Raúl Marroquín. El abuso sexual durante la infancia es una constante en la vida de este tipo de asesinos.

Sin embargo, en el caso del Hannibal de petate, encontramos un elemento extra: el canibalismo. A pesar de que el niega haber ingerido partes de Alejandra, lo más probable es que mienta. El canibalismo ritual era frecuente en las culturas antiguas, y se daba debido a que, simbólicamente, los pueblos que la practicaban querían robar (a través de la ingesta), ciertas cualidades presentes en sus oponentes. El guerrero amazónico que se comía los ojos del enemigo quería adquirir su mirada; el mexica que ingería un poco de barbacoa de prójimo lo hacía por que quería compartir el poder de la víctima divinizada; el normando que bebía la sangre del adversario ambicionaba su valor.

Es probable que el canibalismo moderno también obedezca a esos impulsos tan atávicos. José Luis Calva ingirió a su novia debido a que deseaba incorporar algo de ella a sí mismo. Si tomamos en cuenta que sus víctimas, para él, eran una alegoría de la madre, es casi seguro que el asesino quería tener, para sí las cualidades de fuerza y agresividad que recordaba de su progenitora. En general, trataba de convertirse en una imagen tan amenazante como lo fue para él su cabecita blanca.

Conclusión

En al historia de la literatura, siempre han existido dos tipos de creadores: aquellos que generan su obra a partir de las lecturas y aquellos que lo hacen por medio de la experiencia adquirida en una vida aventurera. En el primer grupo podemos ubicar a Jorge Luis Borges y a J.R.R. Tolkien, dos ratoncitos de biblioteca que lograron crear maravillas desde un lugar tranquilo (Aunque en el caso del inglés tal vez no sea tan cierto, puesto que fue combatiente durante la primera guerra mundial y muchas de esas vivencias estan reflejadas, sobre todo, en El señor de los anillos).

En el segundo grupo podemos ubicar a aquellos que vivieron una vida digna de ser contada, y la contaron. Escritores como Ernest Heminway, Jack London y Jean Ray ejemplifican dicha estirpe.

Incluso podemos hablar de la existencia de un tercer grupo emparentado con el segundo. En el, estarían aquellos creadores que se dedican a explorar las catacumbas más umbrías del ser humano con el fin de retratarlo integramente. Dichos escritores escogen para sí mismos una vida decadente y brumosa con el fin de narrarla de primera mano. Dostoievsky, Baudelaire o Poe serían los paradígmas de esta tercera categoría.

Finalmente, tal vez los escritores asesinos han querido llevar esa premisa hasta sus últimas consecuencias. Ojalá y no sean imitados.

Omar Delgado

2007.

domingo, octubre 21, 2007

Matar al padre

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Gemelos

Uno de los postulados freudianos versa sobre el asesinato del padre. Según el barbón de Viena, el ser humano tiene que aniquilar simbólicamente a su progenitor para lograr la madurez, para evolucionar y convertirse el mismo en el padre.
Nunca se vió este postulado de manera tan inequívoca y torcida como en esta semana, cuando Cuahutemoc Cárdenas, candidato tres veces a la presidencia de la república, arrojó una loza de cemento sobre la tumba de su ilustre progenitor al pedir a los militantes perredistas que reconozcan al gobierno encabezado por Felipe Calderón.
Lázaro Cárdenas (1895-1970), padre de Cuahutemoc Cárdenas, fue uno de los generales que pelearon durante la Revolución Mexicana de 1910. Participó activamente en los gobiernos emanados de dicha gesta, hasta que él mismo fue elegido presidente de la república en 1934. En 1938, aprovechando la coyontura de la inminente guerra mundial, expropió la industria petrolera, (hasta entonces propiedad de empresas inglesas y norteamericanas) y fundó Petroleos Mexicanos (PEMEX), la paraestatal más productiva del país. Sin temor a exagerar, es posible decir que esta acción hizo que México dejara de ser una gigantesca hacienda y se convirtiera en un país del siglo XX.
Las ideas del general Cárdenas fueron progresistas en muchos aspectos. Inspirado por la naciente Unión Sovietica, creó el sistema de ejidos (extensiones de terrenos cultivables basado en la propiedad comunal), e instauró un sistema de educación pública y gratuita basándose en el sistema socialista. Esta acción (y muchas otras), le valieron la animaversión de los numerosos grupos sinarquistas y conservadores del país, muy especialmente, en aquellos radicados en el bajío (zona que comprende los estados mexicanos de Querétaro, Guanajuato, Jalisco, Colima y parte de Míchoacán y Zacatecas).
El general, como cualquier hombre de poder, tuvo aciertos y errores. Uno de ellos fue el designar como su sucesor a Manuel Ávila Camacho (1940-1946), político mocho que desmanteló o pervirtió muchas de sus propuestas.
Lo cierto es que, haciendo un balance histórico objetivo, Lázaro Cárdenas fue el mejor presidente mexicano del siglo pasado.
Es por eso que la actitud de su hijo Cuahutemoc es especialmente dolorosa para los izquierdistas mexicanos, pues al hacer semejante declaración, el ex candidato presidencial está malbaratando el legado de su padre. Me explico: Felipe Calderón llegó a la presidencia como consecuencia de un monumental fraude electoral (como el que sufrió Cuahutemoc Cárdenas en su momento). Además, el espurio es representante de ese segmento de la nación que combatió, armados con el fanatismo y el miedo de clase, las acciones del general Cárdenas. Los sinarquistas de ayer se fusionaron en el partido acción nacional (PAN), instituto político de derechas que llevó a Calderón a la presidencia (Es un decir).
Sin embargo, el emblemático Cuahutemoc Cárdenas ha ido más allá: ha hecho declaraciones que muestran su simpatía a abrir PEMEX a la inversión privada, acción que llevaría invariablemente a la "venta" de la paraestatal.
No está de más decir que la mayor parte de los ingresos que recibe el estado mexicano son generados por la empresa petrolera. Venderla llevaría irremediablemente a la quiebra de la economía nacional, amen de entregar un bien estratégico a empresarios que velarían por sus propios intereses por encima de los de la nación.
Al parecer hay que recordarles a estos politiquillos timoratos que la única patria del rico es el dinero.
Es una verdadera lástima que Cuahutemoc Cárdenas haya escupido de esa manera en el rostro de su padre y manchado un apellido que, aun ahora, a muchos mexicanos nos llena de orgullo. Con esto, el Minicárdenas ha pasado a formar parte de ese infame panteón de los traidores, juntito al subcomemierda Marcos, Pascual Orozco, Antonio López de Santa Anna, Agustín de Iturbide y Victoriano Huerta.
Lo peor es que no sólo es Cardenitas (lo llamaremos así de ahora en adelante para diferenciarlo de su padre), sino que una parte del partido de la revolución democrática (PRD), se han manifestado a favor de reconocer al presidente impuesto.
"Si hace como pato, camina como pato, se mueve como pato, es un pato", declaró la impresentable Ruth Zavaleta, presidenta de la Cámara de diputados y militante de dicho partido, refiriendose a la inevitabilidad de reconocer al chaparro hijo de puta como mandatario. La diputada Zavaleta, hay que decirlo, es parte de esa tribu perredista conocida como los Chuchos, proclive al fichaje político con quien mejor le pague.
Nunca como ahora necesitamos organizarnos y salir a las calles. Nunca como ahora necesitamos hacer valer lo que nos importa como mexicanos. Ante la caída de estos idolitos de barro, quien debe de tomar el timón para hacer de este México un país más justo somos nosotros. La izquierda es más, mucho más, que ese congal de quinta que es el PRD.
¿Por qué? Simplemente, porque este es el único país que tenemos.
Omar Delgado
2007

martes, octubre 16, 2007

La Santa Muerte y otros crímenes cinematográficos

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Y la flaca le dice a la señora: "Si vas a ver esa chingadera, te madreo"

El culto a la Santa Muerte es un fenómeno social que está alcanzando dimensiones importantes en el México moderno. No ahondaré mucho en ello, pues ya traté el tema por acá. Lo único que subrayo es que es sintomático que cultos como el de la Niña Blanca, Jesús Malverde o la Santería estén tomando fuerza en estos tiempos de incertidumbre social y personal.
Independientemente del culto, la sóla mitología de la flaca es lo bastante rica y compleja como para hacer una excelente ficción. Sólo basta en imaginarse lo que hubiera sido una película sobre el tema bajo la dirección de Guillermo del Toro, Carlos Enrique Taboada o cualquier otro cineasta talentoso...
Por desgracia, los que se apañaron la idea fueron los aleluyas.
Alabaré producciones atenta nuevamente contra la cinematografía mundial con La Santa Muerte (Paco del Toro, 2006), que ni siquiera merece el estatus de película. Esta chingadera no es sino un folletín religioso audiovisual; algo así como si a alguien se le ocurriera filmar pasquines como Atayala o El Aposento Alto. El esperpento fílmico de Del Toro (¡Que además tiene el descaro de piratearle su apellido a Don Guillermo!) trata de entrelazar tres historias que tienen como elemento común el culto a la Santa Muerte y sus (según los conspicuos realizadores) devastadoras consecuencias. En la primera, Ruby, (Karla Álvarez) una fresa ama de casa, decide recurrir a la Santa para salvar a su hija de un cáncer en el cerebro; en la segunda, un desempleado (Ramiro Huerta), cae en el culto buscando prosperidad; la tercera no es sino un vulgar triangulo amoroso en el que la cachonda Amaranta Ruiz usa a la huesuda para bajarle el marido a la comadre.
Las actuaciones de todo el elenco (incluida la Amarantita o el actor de origen colombiano Harry Geithner) no alcanzan ni siquiera el nivel de una pastorela de primaria; todos los personajes son caricaturescos, clichés sacados directamente de las más pueriles obras de Corin Tellado; el culto a la Santa Muerte es tratado de manera superfical y maniquea, y sobre todo, en todo el metraje de esta monstuosidad filmica se huele el hedor del discurso cristianoide. Los debates entre los personajes, acerca de la Biblia, el poder de Jesús y la maldad de la flaca llenan una gran parte de los largos minutos que dura este garrote vil cinemetográfico.
Tal vez lo más interesante de este filme es poder constatar la minúscula visión del mundo que tienen algunas iglesias cristianas, pues La Santa... está plagada de lugares comunes y simplificaciones de lo más burdo: Las mujeres y los jodidos son los débiles, pues siempre son ellas las que caen en el culto por ignorancia o desesperación; El hombre blanco, rico y exitoso es quien tiene la fortaleza de resistir a la idolatría; la noche es el territorio del diablo, pues las calles están plagadas de criminales y secuestradores (por supuesto, prietos y nacos), dispuestos a saltar sobre los buenos cristianos; el marido puede ponerle el cuerno a su vieja y con unas lagrimitas de arrepentimiento es perdonado (Finalmente, la culpable es la otra, por huila); los malos siempre acaban castigados de fea manera y la RELIGIÓN VERDADERA es el único camino posible para llegar a verdad. El clasismo y la misogínia son elementos constantes en el discurso que nos presentan.
Aclaro: no tengo nada contra los integrantes de las religiones cristianas. Muchos de ellos son personas agradables, honestas e inteligentes. Más bien pienso que, si yo fuera parte de alguna de estas iglesias, me encabronaría sobremanera que se quiera evangelizar al gran publico con productos tan oligofrénicos como La Santa Muerte. En verdad que los buenos cristianos merecen ser representados por un discurso mucho más inteligente que este espanto de película.
Aunque, en honor a la verdad, creo que La Santa... cumple el cometido de acercar a los espectadores a la religión. Sinceramente, después de que se prendieron las luces y salí al pasillo del Cine, no resistí el impulso de hincarme en la alfombra y gritar:
- ¡Diosito... Disculpame por haber visto esta chingadera!
(No les dejo el trailer. Los quiero demasiado como para hacerles eso. Lo que sí les recomiendo es que visiten el blog de la mismísima huesuda aquí)
Omar Delgado
2007

sábado, octubre 13, 2007

La caída de los ídolos

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Enardecidos jarochos derribando la estatua del expresidente mexicano Vicente Fox Quesada en el municipo de Boca de Río, Veracrúz, México.

A Lenin le tomó décadas ser tratado así...
A Vicente Fox, sólo un año.
(Vamos mejorando)

Omar Delgado
2007

miércoles, octubre 10, 2007

El clavel negro

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Y de repente, sin que nadie se lo pida, aparece el héroe.
Puede darse cita en cualquier época, pero tiende a hacerlo en los tiempos en los que la destrucción y el caos azotan un lugar y a una sociedad; cuando la muerte se ensaña con un grupo de gente indefensa. Es un personaje de extremos, pues surge durante un terremoto, una inundación o cualquier otro cataclismo. Pero especialmente brilla cuando el desastre es provocado por la estupidez y rapiña tan propias del ser humano.

Tal es el caso de Harad Edelstman, "El Clavel negro". Personaje bon vivant, seductor y aristócrata que tenía la costumbre de aparecer en los lugares en donde el hombre se cebaba con sus semejantes. Como parte del cuerpo diplomático de Suecia, estuvo en Noruega y en Berlín durante lo más crudo del nazismo, apoyando a la resistencia y protegiendo judios perseguidos por la locura facista; se hizo presente también en Guatemala ayudando a la guerrilla que peleaba durante una de sus muchas dictaduras militares. Sin embargo, muy especialmente, se le recuerda por la gallardía que mostró en los meses posteriores al golpe de estado que derrocó (Y asesinó), a Salvador Allende, en la República de Chile.
La película El Clavel negro (The black pimpernel, 2006), narra esos días sangrientos que precedieron al primer 11-S, cuando Edelstman ya había sido nombrado embajador de Suecia. Al personaje se le presenta como un ser humano, con fallas y vicios, pero también como un hombre de increible valor, capaz de arriesgar el pellejo abriendo las puertas de la embajada sueca a los perseguidos, tratando de proteger a la embajada de Cuba -la cual fue atacada luego de que Pinochet subió al poder-, o visitando el lóbrego estadio nacional para tratar de salvar la vida de su joven ayudante o de una cincuentena de prisioneros uruguayos.


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El verdadero Harald Edelstman (1937-1989)

La película tiene ciertas partes en donde se aprecia la intención del guionista de llevar la historia por los caminos del melodrama, entre ellos destacan la relación que entabla con la Comandanta (una solvente Kate del Castillo) o cuando la misteriosa Ana (la siempre cumplidora Lumi Cavazos), le revela su verdadera identidad. Estas partes son las más débiles del filme. Afortunadamente, la contundencia de los hechos y de las acciones del Edelstman histórico son lo suficientemente fuertes como para soportar estas licencias. La película, a pesar de estos baches, es memorable en muchos sentidos.
Destacable y conmovedora la escena en que el funcionario sueco abre las puertas de la representación diplomática para dar refugio a los perseguidos políticos; enorme la actuación de Daniel Jimenez Cacho como un militar con alma (eso es actuar y no mamadas); pero, sobre todo, soberbio el actor Michael Nyqvist en el papel del Clavel Negro. Tal vez lo que más estremece es que la mayoría de los hechos más espeluznantes de la película fueron reales, incluso que furon filmados en los mismos lugares en donde ocurrieron (el estadio nacional, por ejemplo)
Entre muchos otros méritos que tiene la película, el más importante es que nos recuerda que hubo un tiempo -no tan lejano como nos gusta creer-, en el que un gobierno legítimo podía ser derrocado por una runfla de bestias capaces de sacrificar miles de vidas en aras de un supuesto progreso o para eliminar un ficticio peligro para el país (¿A qué me suena, a qué me suena?).
Por fortuna, donde aparecen estos horrores, siempre aparecen los Edelstman, dispuestos a defender el valor máximo, ese que está por encima de ideologías, colores o doctrinas:
La vida humana.



Omar Delgado
2007

martes, octubre 09, 2007

De tu querida presencia...

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Ernesto:
Te escribo estas líneas, a sabiendas de que no las podrás leer; con plena conciencia de que te apagaron los ojos a balazos, hace cuarenta años, en un pueblo olvidado de Sudamérica.
Parece tan poco... Sólo cuatro décadas, menos de medio siglo, una nimiedad en términos históricos. Y sin embargo, si siguieras vivo, te asombrarías de lo tanto (¿O tan poco? ) que ha cambiado el mundo. Caminamos en un baldío lleno de revoluciones fracasadas, transformaciones permutadas al mejor postor; de antiguos libertarios venidos a burócratas; de guerrilleros transmutados en comediantes de quinta (con pasamontañas en lugar de nariz roja), de luchadores sociales a los que les dio por padrotear sus causas, de sueños de justicia hechos añicos. El hombre nuevo se ha tardado en venir. Seguimos siendo esa vieja humanidad que conociste, tan timorata y perdida, tan egoísta e indiferente.
Se nos perden a veces los sueños, Comandante. De cuando en cuando parece que se nos agota la fe. La inmensa mayoría se fue a ver el futbol y a votar por las oligarquías. Unos cuantos quedamos de pinches necios.
Cuanta falta nos has hecho.
Cuarenta años hace ya desde aquella mañana en la que preferiste un agujero en la nuca a renunciar a tu sueño, a aquel mundo justo y claro en el que tan vehemente creías, a aquel que intentaste construir en la Isla, y que trataste de diseminar por toda latinoamérica. Paradójico: uno de esos a quienes querías emancipar, uno de aquellos por los que estabas peleando, fue el que te mató. Fueron algunos de esos pobres que tan profundamente amabas aquellos que, en casaca militar, te arrancaron de la selva y te enviaron a la eternidad.
Quizá si hubieras vivido más tiempo, te hubieras degradado. Te hubiera crecido la barriga y el cinismo, y quizá en este momento estarías detrás de un escritorio de cedro, enfundado en un traje italiano, desdiciendote de tus revoluciones e ideales. Quizá, pero quizá no. Probablemente seguirías en campaña, con tu mochila llena de medicinas y poemarios; con la casaca repleta de municiones y el corazón lleno de utopías. Si... me gusta más pensarte así.
¿Sabes, Ernesto? En ocasiones flaqueamos. Andamos a veces tan saqueados de esperanza... Y sin embargo, tú eres uno de los que nos mantiene firmes. Cuando la duda y la desazón nos rompen el alma, sólo nos hace falta ver tu foto, esa que grabó tu rostro en la historia. Ahí te apreciamos con el rostro serio, viendo hacia un horizonte al que intentas llegar; es probable que, en el momento en el que te la tomaron, estuvieras vislumbrando esa sociedad más justa y menos jodida, esa por la cual diste el aliento.
Por fortuna, algunas de las semillas que arrojaste no cayeron en roca. Ahí esta Venezuela y su revolución Bolivariana; ahí está Bolivia (el país que fue tu patíbulo), gobernada por un hijo de la América india y en camino a su libertad.
Puede que estos brotes se pudran, como tantas otros; puede que no. De todos modos, aquí seguiremos, Comandante. Tu nos sigues guiando.
Hasta siempre.




Omar Delgado
2007

sábado, octubre 06, 2007

De homofóbia

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En la sociedad mexicana es normal que a los niños se les eduque para ser homófobos. El gay en nuestro país tiene un número de epítetos (joto, puto, maricón, puñal... etcétera), sólo comparable con los que se utilizar para denominar a la mujer promíscua. De hecho, todas estos vocablos forman una verdadera categorización científica de las conductas sexuales: joto es el homosexual pasivo; mayate, el activo; maricón, el amanerado (sea cual sea su rol); puto es el mujeril... etcétera.
Y no es para menos: ambos, el homosexual (sea mujer u hombre), y la aventurera son los grandes enemigos de la estructura machista: el primero, por infertil (pues en una sociedad falocrática es obligatorio tener descendencia), y para el caso de la segunda, por rebelarse contra el estatus de sumisión que cualquier fémina debe de asumir según los seguidores de Pedrito Infante.
La homofóbia es hermana de la misogínia. Ambas provienen y alimentan al grupo (dizque) dominante en una sociedad de este tipo: el hombre (blanco, pudiente, bienpensante y católico... Pero eso sí, bien hombre). Lo paradójico es que también muchas de las mujeres que sufren la imposición del machirrín generalmente son tanto o más homófobas que los hombres (Así como también son las mujeres las que más odian a las damas que son pródigas en sus favores). Esta es una asingatura pendiente para las feministas y feminazis: el aceptar y reflexionar acerca del papel que tienen las propias mujeres en estas conductas.
Contra lo que todo mundo piensa, muchas de nuestras mecánicas sociales no son herencia de los conquistadores hispanos, sino que vienen directamente del México precolombino. Los Mexicas eran unos misóginos y homófobos de primera división: a los homosexuales los castigaban con el empalamiento y los enterraban en ceniza; a las mujeres infieles, las apedreaban hasta morir. En general, todas las culturas del altiplano central (Mexicas, Tlaxcaltecas, Tarascos, Otomíes), practicaban una moral sexual desmesuradamente rígida. En otras latitudes, en cambio, las relgas eran mas laxas. Los totonacos de Veracruz, por ejemplo, no castigaban el homosexualismo ni el trasvestismo. Y que decir de los mixtecos de la costa, para quienes tener un hijo homosexual es una bendición. En la lógica que utilizan, el hijo gay será el que cuide a los padres en su vejez, cuando todos los demás hijos heterosexuales se hayan ido a formar sus propias familias. De ahí vienen las heróicas Muxes, las travestidas guerreras de el Itsmo de Tehuantepec, esas que diferencían a los hombres entre dulces y salados dependiendo si son campesinos o pescadores, esas que pintan de arcoíris los caminos de Juchitan.

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En México hay lugares en donde es demasiado peligroso ser homosexual: el bajío ultramegacatólico, tan lleno de iglesias y tan escaso de librerías, es un verdadero campo minado. En el sur las cosas son menos difíciles para ellos, pues si bien hay homofóbia, también hay más aceptación; Veracruz y Mazatlan son terra franca. El norte es ambiguo: en ciertas zonas el gay puede vivir tranquilamente (En particular, las zonas más industrializadas, como Monterrey o la Laguna), mientras que en otras su vida está en constante riesgo (Sinaloa y Durango son especialmente delicadas).
Yo provengo de una familia de la zona fronteriza, y nuestra actitud hacia la diversidad sexual siempre fue de aceptación (No me atrevo a decir tolerancia: odio esa palabra de derechista perdonavidas). De hecho, dos de mis primos se declararon abiertamente gays desde niños. Uno de ellos, apodado el "Muñeco", murió de VIH hace algunos años; la otra, la sobrina consentida de mi abuela, sigue manejando una tienda en Ciudad Juárez. A mi abuela, la matriarca Delgado, la señora cristera, nunca le causo conflicto alguno la orientación sexual de sus sobrinos (incluso, la presumía).
Yo, cómo todos los mexican chamacos, tuve mis ratos de homofóbia al hacer escarnio de los niños de, desde pequeños, mostraban sus tendencias: "mira, es jotito", "Le ha de gustar por detrás", "Te va a pegar con su bolsita". Me llevó bastante tiempo y esfuerzo estirpar esas ideas y actitudes tan arraigadas, aprendidas directamente del regazo de Sara García. Aun hoy, de cuando en cuando, se me escapa alguna expresión del tipo de "Vamos, nenitas". "Órale, putito", sin que esto signifique que sea un matagays en potencia. Simplemente, creo, son remimiscencias culturales, tan inevitables como los eructos.
¿Por qué les escribo esto? Creo que por alegría. Ayer dos buenos amigos, Alfredo y Enrique, formaron su sociedad de convivencia en la delegación Gustavo A. Madero, en la Ciudad de México. Tuve el gran honor de ser uno de sus testigos. Esta comunión de gustos, personas, maneras de ver la vida, modos de vivir la sexualidad, es una de las pocas cosas positivas que nos ha dejado la posmodernidad apocalíptica que nos tocó habitar.
Finalmente, es la diferencia lo que nos enriquece.
Omar Delgado
2007