jueves, noviembre 17, 2005

Visiones de la muerte: las fiestas de difuntos.



El tiempo de la cosecha y de los muertos
En todos los tiempos -a excepción de éste, al parecer próximo a su colapso-, los hombres han temido y reverenciado las fuerzas naturales y los cíclos cósmicos. Cada sociedad ha creado o imaginado dioses de acuerdo con su circunstancia y modo de vida, pero siempre basándose en lo que Carl Gustav Jung tuvo a bien llamar arquetípos. Así, los pueblos próximos al mar, que dependían de la pesca para vivir, imaginaron al océano como la gran madre -Los Yoruba de África, o los Japoneses y Tailandeses, por ejemplo-, mientras que los pueblos que dominaban la agricultura se dijeron hijos de la tierra, -los Celtas, los Mesoamericanos, los Griegos y Romanos en parte, me vienen a la mente-, y la reverenciaron como diosa. Conforme las sociedades de dichas culturas fueron creciendo, fueron agregando más dioses de acuerdo a sus necesidades: los pueblos campesinos que se hicieron comerciantes imaginaron dioses que les ayudaban en las transacciónes; los que se hicieron guerreros se encomendaron a sanguinarios númenes que les ayudaran en las conquistas; cada arte o tecknos (en el sentido de los griegos, reiriendose a todas las disciplinas del saber humano) tuvo que tener su propio padre divino. Así, los pueblos fueron enriqueciendo sus panteones, sin olvidarse nunca de los dioses fundacionales, los que los protegieron cuando comenzaban a civilzarse.
Las diosas madres podían estar adscritas tanto a la tierra como al mar, o a los dos. En ambos casos, las diosas siempre tenían un lado bondadoso y uno terrible, pues solo así el hombre religioso se podía explicar las desgracias de la naturaleza: ciclones, hundimientos, tsunamis eran las furias de las diosas del mar, mientras que los terremotos, las erupciones o los deslaves los de las madres tierra. En el caso de los pueblos aricultores, hijos de las diosas terrestres, el paso delas estaciones era elemento principalísmo para sus ritos: los tiempos de siembra, lluvias y cosecha era algo que debían dominar a la perfección, así que esos ciclos también fueron divinizados. En general, el tiempo ritual-sagrado para los pueblos agricultores quedó dividido en dos partes: el periódo donde la tierra es fértil, donde es posible sembrar y cosechar, y el periódo yermo, donde el invierno hace que la tierra se vuelva estéril, díscola y fria.
Para dichos pueblos lo más natural fue enterrar a sus muertos: la persona, una vez fallecida, regresaba al vientre de la madre primordial para ser parido otra vez -muchos enterramientos celtas, Mexicas, mayas, etcétera muestran al difunto dispuesto en posición fetal, como un bebé a punto de nacer a su nueva existencia-. Los muertos para estos pueblos tomaron un papel fundamental en el ciclo mágico: eran ellos los que nutrían las semillas durante el periodo fértil de la tierra. Eran los muertos los que, cuando eran favorables, permitían abundantes cosechas, o bien, cuando en sus furias desataban las sequias y las hambrunas.
Fue así que, para propiciarlos, muchos pueblos agricultores les ofrecían los primeros frutos de la cosecha, los primeros granos, el pan hecho con el primer trigo o las más jóvenes mazorcas de maíz. Era la forma de propiciar su gracia, de recordarlos y pedirles su intervención para el siguiente ciclo. Generalmente el periódo de la cosecha en las sociedades campesinas coincide con el inicio del otoño, es decir, cuando el ciclo bondadoso de la madre tierra está acabando, y comienza el ciclo oscuro.
De entre todos los mitos que tocan el tema quizá el que mejor lo ejemplique sea el de la griega Perséfone: dicha doncella, hija de Céres -diosa de la tierra y las cosechas-, es raptada por Hades, el rey del mundo de los muertos. La madre de la chica decide no hacer brotar más frutos de la tierra y los hombres comienzan a perecer de hambre. Zeus, el númen principal decide intervenir y decreta que Perséfone, ahora esposa del tenebroso Hades, pase la mitad del año con su madre, en la superficie de la tierra, y la otra parte en el inframundo con su marido. Así la dicotomía Hades- mundo de los muertos y aridez- Perséfone -primavera y fertilidad son dos partes del mismo cíclo, necesarios el uno para el otro. Los muertos y las cosechas quedan, en la mente de los pueblos campesinos, definitivamente ligados.
Halloween se pronuncia sowen
Tal vez la tradición que más ha influido en las modernas festividades de muertos es, junto con la católica, la celta. En la antigua religión celta se dividía el ciclo anual en ocho festividades principales. Cuatro de ellas coincidían con los equinoccios y solsticios del año, (Yule: 21 de diciembre; Ostara: 21 de marzo; Litha: 21 de junio; Mablon: 21 de septiembre) y cuatro con los periódos intermedios entre ellos (Samain:31 de octubre; Imbolc: 2 de febrero; Beltane: 30 de abril; Lughnasadh: 31 de junio). El Samain (Sowen es como se pronuncia), es la fecha en la cual se despide a la parte fértil y bondadosa de la tierra, la dadora de vida, y se da la bienvenida a la parte yerma y dadora de muerte de la madre. Para los celtas y otras culturas de tradición campesina esto no era ninguna contradicción: la madre tierra tenía esos dos aspectos. La mitad oscura de la tierra era periodo de latencia, de muerte, sí, pero también de la vida que germina a partir de esa muerte. Esa noche el velo que separa el mundo de los vivos y el de los muertos se hace delgado, tanto, que seres de un lado pueden pasar al otro sin problemas. En esa fecha los Celtas (Y ahora sus herederos Wiccanos) reciben a los espíritus de los muertos con velas que les indiquen el camino, y les dejan ofrendas con manzanas y calabaza en las puertas de las casas. No todos los espíritus eran bondadosos, así que los celtas se ataviaban con disfraces de demonios y monsturos para espantar a los fantasmas maléficos. El Samain se cristianizó para convertirse en la víspera de todos los santos (All hollow even), y finalmente, en el globalizado Halloween.
Muerto se pronuncia Mizquili
Para los mesoamericanos, especialmente los mexicas de la meseta central, los ancestros fallecidos eran una presencia viva y latente, tanto, que dos de los meses de su calendario ritual -que constaba de 18 meses- ,estaban dedicados a ellos:Tlaxochimaco y Xocolhuetzi. En el primero se veneraba a los muertos chiquitos, a los niños, mientras que en el segundo se veneraba a los difuntos mayores. Era a ellos a quien se le ofrecían las primeras mazorcas de maíz de la cosecha, a los que se les daban los primeros tamales, los primeros frutos. Los mexicas, pueblo al mismo tiempo guerrero y campesino, dependían de la agricultura para sobrevivir, y los mizquili eran parte escencial para que la madre Coatlicue siguiera siendo generosa con su pueblo.
Curiosamente, los meses dedicados a los muertos en el calendario mexica generalmente coincidían con los meses actuales de Julio y Agosto. Fue hasta la conquista en que los evangelistas asimilaron la veneración a los muertos de los indígenas con la cristiana: la trasladaron al primero y dos de noviembre y la redujeron, de dos meses a dos días. (en algunos casos, y con algunas comunidades, a una semana).
La diferencia entre las fechas Celtas y Mexicas se explican en la variación de climas de los territorios que ocupaban las dos culturas. Los ciclos agrícolas de los Celtas, ubicados en los países europeos como Irlanda, gran Bretaña o Francia, concluían a mediados o finales de octubre. Mientras qué, en mesoamérica, la cosecha del maíz (el prot-alimento de estos pueblos), concluía aproximadamente en agosto. La latitud, la diferencia de terrenos, el clima más frio de los celtas influía en esas diferencias, pero el espíritu de las celebraciones era el mismo.
La muerte modelo Wall-mart.
En la sociedad occidental, tan desvinculada de la tierra y del ciclo campesino, la singnificación de la fiesta de difuntos no tiene sentido. Para una sociedad industrial como la que sufrimos a partir del iglo XIX el muerto es un producto gastado, un dshecho al que hay que procesar. Basta ver el proceso -que no ritual-, que sufre un recien fallecido: durante su agonía se encuentra solo, generalmente en algún hospital, y cuando ocurre el deceso es un médico quien lo dictamina. El hombre actual muere casi solo, únicamente con la compañia de profesionales asépticos que dictaminan su deceso y lo procesan como producto final. Llegan los embalsamadores y lo modifican, lo convierten en un maniquí para que pueda ser exhibido durante su funeral y n recuerde a los dolientes su estado. Ellos dirán "Está como dormido", engañandose. Finalmente, será sellado en un empaque llamado ataúd, y cremado, o bien, sepultado en alguno de aquellos cementerios que más bien parecen archiveros (muy a la gringa, por cierto), en donde será depositado y olvidado, pues a la muerte no se le recuerda mucho.
Mención aparte merecen los camposantos y panteónes. Quién haya visto una película de guerra gabacha, recordará el cementerio de Arlington -donde se sepulta a los soldados caídos en batalla-.Y verá la diferencia entre los panteónes anglsajones y los de otras latitudes -en específico, los latinoamericános-. Mientras que en el muhdo anglosajón los panteónes son uniformes, homogéneos, con una cruz o una lápida exactamente igual a las otras, los camposantos mexicanos y latinos son de una variedad encantadora: colores chillantes, lápidas hechas a mano, santos o cristos pedidos según la veneración de la familia del doliente. Cada tumba es individual, única, e incluso revela la naturaleza del muertito o de su familia, su clase social, o su cariño ante el finado.
De muertos de casa.
Recuerdo el deceso de mi abuela, en el 2000. Ella fue sepultada en un pueblo de Chihuahua, y velada en la casa de uno de mis tios. El día de su entierro, mis primos y yo, descendientes de ella, abrimos su fosa y la depositamos en su lecho final. Nosotros mismos la cobijamos y la despedimos. Ninguno de nosotros es campesino, ni estamos vinculados con la tierra de manera directa, pero sentimos el rito de la despedida del difunto, que al fin, es una ratificación de la vida. Recuerdo a mis sobrinos, bisnietos de la abuela recien enterrada, jugando encima de su tumba. A ninguno nos pareció ofensivo o irrespetuoso, simplemente era nuestra forma de decirle a la abuela Amelia que seguiría viva en nosotros.
Omar Delgado
2005

sábado, noviembre 12, 2005

El Diablo se apellida Nicholson


Recuerdo que, durante mi infancia, mi abuela fue la responsable de mi educación moral. Ella, toda una matrona de los altos de Jalisco, descendiente de revolucionarios y testigo de la guerra cristera, me educó en lo que solía llamar "Temor de Dios". En otras palabras, me llenó la infantil mente de miedos: niños desobedientes a los que se los tragaba la tierra, Espectros mutilados que llegaban en las noches a jalar las patas a los majaderos, brujas que se chupaban a los jovenzuelos que andaban de cabrones con las muchachas, y sobre todo, al Diablo.
El Demonio en la cosmovisión de mi abuela era real, tangíble y su obra se podia apreciar en las crueldades del ser humano y en las bromas macabras de la naturaleza. No era, para nada, cosa de risa. Ella se escandalizaba de las pastorelas, de las figuritas demoniacas con las que se acostumbra aderezar cualquier pesébere, de las cóplas canciónes que hacían referencia de manera chisca al maligno. "No hay que andar jugando con eso", siempre decía mientras se santiguaba, "Capaz y a uno de le aparece de a deveras". De hecho, recuerdo que alguna vez andaba cantando una canción de moda en aquellos tiempos "Pobre Diablo", de Emanuell , y ella puso el finale a mi interpretación con senda cachetada guajolotera que casi me tumba un diente.
Así fui creciendo con la figura del señor de los infiernos tal y como mi ancéstra lo dibujaba: terible, cruel, espantosamente cercano y tangíble, que podía asechar en cualquier esquina y llevarse a las llamas a los escuincles desobedientes (abuela dixit) . Y así fue, hasta que supe el apellido del diablo: Nicholson.
Entrando a los caminos de la pubertad, ví casi por accidente una película de moda en aquellos días: "Las brujas de Eastwick", en donde Don Satanás aparecía como todo lo contrario a lo que mi abuela me había dicho: era un diablo cachondón, aristócrata pero guarro, increiblemente divertido y desmadroso, cabrón, pero algo menso. Sobre todo, el diablo que encarnó (¿Quien m´s podía hacerl) Jack Nicholson en la película era todo un seductor, capaz de conquistar a tres bizcochos de pueblo (Ni más ni menos que a Cher, Susan Sarandon y Michelle Pfeiffer cuando todavía no parecían prófugas del Bottox), y más aún, tenerlas contentas y viviendo bajo el mismo techo... demonio pachucón, más propio de una película de Tin-Tan que de los versos de Dante o Miltón.
Me olvidé entonces del demonio de la Abuela. El chamuco ya no era alguien aterrador, sino un ídolo. Era Diablillo de gran labio y encanto del cual yo, como chamaco caliente que era, aprendí muchas cosas en el sublime arte del cachondeo y la conquista. Y por fortuna no fui el único: recuerdo que en aquellos tiempos muchos señores cuarentones se dejaron la coleta, se puieron lentes oscuros como de soldador y se vistieron de colores claros, tal y como lo hacía el Chamuco Nicholsoniano. Muchos jovenazos también ensayaban la sonrisa maléfica del individuo, o engalanaban la voz en un intento de lograr la tesitura del actor. En sí, aquel diablo barato de pueblo hillybilly gringo se volvió para muchos -incluido yo-, todo un paradígma, un ejemplo a seguir.
Pero eso sí, creo que muchos de los alucinamos con dicha película no le entendimos al final ¿Porqué le pasó eso al diablo, si se veía tan cabrón? Ese final lo comprendí a plenitud tiempo después, en mis relaciones amorosas, y que bien puede quedar resumido en las sabias palabra de mi abuelo:
"Mi´jo, acuerdate que el diablo es cabrón, pero las mujeres son más cabronas todavía".
Las brujas de Eastwick (Witches of eastick, 1986)), Director: Geroge Miller, Con Jack Nicholson, Cher, Susan Sarandon Y Michelle Pfeiffer. Warner Brothers.
Omar Delgado
2005

jueves, noviembre 10, 2005

Cómo seguir siendo Mexicano sin que a uno se le caiga la cara de verguenza.



Amigo, amiga:
¿Ya está hasta la madre de las pendejadas de su presidente?
¿Ha pensado correr a la primera embajada que encuentre y rogar por cualquier nacionalidad -volverse Nigeriano, Groelandés, Madagascarense o Polinesio, por ejemplo-, después de ver lo que hace Vicente Fox?
¿Se ha declarado más de una vez en este año ciudadano del mundo, habitante de la noche, o simple y llanamente apátrida?
Aquí lo comprendemos muy bien. Es una verguenza el presidente que nos tocó. Este tal Vicente Fox, advenedizo y rapaz gerente vuelto político, ha llegado a esa categoría gloriosa a la que pertenecen personajes tan excelsos como Abdalah Bucaram o Carlos Menem: la de los payasos cleptómanos y rastreros ante Washinton.
A nosotros los mexicanos, que por décadas nos enorgullecimos de nuestra política exterior, nos ha tocado ver en este sexenio una serie de desatinos por parte de nuestro gobernante que harían las delicias de cualquiera... que no haya nacido en este país. Ver a un Presidente de México mostrarse como el más servil de los vasallos frente al de Estados Unidos, observarlo enemistarse con el país anfitrión de una cumbre continental, mentarse la madre con un astro de futbol (El mismísimo pelusa, Diego Armando Maradona), descalificar al Presidente de Venezuela, afectar las relaciones de México con cinco de sus paises más cercanos -en geografía e idiosincracia-, es algo que nunca esperamos presenciar, pero que por desgracia nos tocó vivir.
Tal vez lo más trascendente de la Cumbre llevada a cabo en Mar de Plata, Argentina, fue el acuerdo a que se llegó por parte de los paises del cono sur. Naciones como Brasil, Argentina, Venezuela y Uruguay están tratando de buscar alternativas para el desarrollo de sus pueblos independientes de los Estados Unidos. Ahí, se consolidó el proyecto Bolivariano de Comercio de las Américas, un acuerdo comercial y político que une a estas naciones y que rechaza tajantemente al intervencionista ALCA (acuerdo comercial impulsado por Washinton en el cual, but of course, se lleva las reses más gordas). El acuerdo al que llegaron las naciones amigas es histórico, y es una pena que México, gracias a la desgracia de gobierno que tenemos, no forme parte de él por el momento.
A todos los Mexicanos dignos nos alegra la ruta que están tomando los paises hermanos. En verdad, nos enorgullecemos de MANDATARIOS (así, con mayúsculas), tales como Nestor Krishner o Hugo Chavez, quienes en una lección de dignidad dieron sabrosa patada en el hocico al emperador Bush. Asímismo, les deseamos la mejor de las suertes, y les ofrecemos nuestro más sincero apoyo.
Amigo, amiga, Mexican@ dign@: Ahora solo hay que esperar. Esperar a que este mal trago que pasamos se acabe pronto. Es tiempo de desear nunca más volver a tener a un idiota del tamaño e Vicente Fox en la presidencia, ni a un subnormal como Derbez en la cancillería. Recuerden que México somos más que sus gobernantes, y de que, con pasión y fuerza, podrémos llegar a tener en el 2006 un presidente tan digno como los que vimos en días pasados... !o qué pué¡
... Y por supuesto, Viva Bolivar, el Ché y Latinoamérica.
Omar Delgado
2005

viernes, noviembre 04, 2005

EL ASTILLERO de Juan Carlos Onetti: Análisis literario

La anécdota
Onetti nos relata en “El astillero”, la decadencia y muerte de Junta Larsen, apodado “Junta cadáveres”. La historia comienza cinco años después de que este individuo fuera expulsado de Santa María por el gobernador. Él es un hombre en sus cuarenta, de elegancia forzada y un pasado turbio que se irá dibujando en el transcurso de la novela. Larsen llega con ambición, a radicar a Puerto Astillero, ubicado a una hora de Santa María, y pide trabajo como gerente general en el astillero del lugar, propiedad de Jeremías Petrus. Al mismo tiempo, el taimado Larsen corteja a la hija de su patrón, una mujer hermosa, en la treintena, con retraso mental.
Interés hay detrás de la actitud de Larsen, pues espera heredar, al casarse con la única hija de Petrus, la fortuna del dueño del astillero; sin embargo, los hechos desmienten las pretensiones del hombre, pues encuentra la empresa naval arruinada, apenas habitada por dos empleados más, aparte del dueño mismo: Gálvez, el director administrativo, y Kunz, el director técnico. Gálvez, un hombre de edad indefinida, cínico y desparpajado, tiene en su poder una prueba que puede hundir a Jeremías Petrus: una acción de la compañía, falsificada, que en su momento mandó hacer el anciano dueño para capitalizar a la empresa.
Larsen comienza a intimar, y a ganarse la condescendencia (nunca la confianza), de sus dos compañeros, y de la esposa de Gálvez, una mujer encinta con la que el director administrativo vive en una covacha miserable. Este revela a Junta cadáveres, paulatinamente, algunos de sus secretos, como las ventas de activos (máquinas viejas, deshechos metálicos) que él y Kunz realizan para sobrevivir —ninguno ha cobrado sueldo, aunque la nómina lo registra, desde mucho tiempo atrás— y la existencia del certificado falso, que Gálvez guarda celosamente, esperando el momento de usarla para destruir a Petrus.
En un viaje de negocios, el anciano y Larsen se encuentran en Santa María, y el segundo le revela la existencia de la prueba inculpatoria. Petrus, un viejo senil, que vive de fantasías y promesas de futuras glorias para el negocio, le da a su prospecto a yerno la consigna de conseguir el certificado. Larsen, antiguo explotador de mujeres y dueño de un encanto persuasivo y patético, intenta conquistar a la mujer de Gálvez para conseguir el certificado. Cuando lo logra, la esposa del segundo le revela que esa misma tarde el director administrativo salió con rumbo a Santa María con la intención de hacer la denuncia. Petrus es encarcelado, y Larsen lo visita en la cárcel, donde escucha por última vez los desvaríos y esperanzas del viejo, quien le pinta un futuro próspero para el astillero y para ellos. Junta cadáveres regresa solo para seducir a la gobernata de Angélica Inés, y regresa a Santa Rosa. El final plantea la muerte de Larsen en Rosario, una semana después de su huída, víctima de la pulmonía, consecuencia de estar expuesto al frío del invierno Argentino.

Lo destacable. La narrativa
Onetti es artífice de una prosa densa y desesperanzadora, que se acciona por medio de algunos trucos de redacción, tales como el uso de frases largas y complejas, o la descripción de figuras poéticas que requieren elaboración lógica por parte del lector. Estos artificios crean una narrativa difícil, nunca aburrida, en la cual el lector tiene que ir a tientas, como si caminara a través de un pantano, dando a su lectura una velocidad media: una velocidad muy rápida lo haría incomprensible, mientras que una detallada en exceso haría que el lector se perdiera entre los pliegues de la novela. Este tipo de narrativa crea una sensación de cansancio, muy acorde con la situación narrada, y con la decadencia de los personajes.
Desde la redacción, algunas características de Onetti en su obra, “El astillero, son:
a) El uso de frases largas, con muchos incisos, frases subordinadas y coordinadas, que le exigen al lector una atención absoluta en la obra. Ejemplo: “...Dos días después de su regreso, según se supo, Larsen salió temprano de la pensión y fue caminando lentamente —acentuados, para quien pudiera reconocerlo, el balanceo, el taconear, la gordura, aquella expresión de condescendencia, de hacer favores y rechazar el agradecimiento— por la rambla desierta.
b) Descripción a través de acciones. Ejemplo “... Petrus sonrió de improviso entre las largas patillas chatas...”
“... Larsen esperaba inmóvil en el cajón, el cigarrillo colgándole con indolencia de la cara... “
c) Personalización de los objetos y las características de los mismos: “... rodeado de las camisas a cuadros de los camioneros...”
Otro ejemplo: “...El silencio se hizo un poco más que grave, como si se hubiera liberado de los murmullos que le habían estado mordiendo los bordes...”
Otro más: “... Los perros se acercaron a olerle el frío...”
d) Uso de frases complejas, perfectamente manejadas y delimitadas por medio de la puntuación. “...Saludó tocándose el sombrero y revisó todos sus cálculos acerca de la edad de la mujer. Estaban en el centro de una nube, concluidos e incrédulos, y ningún rumor llegaba para ayudarlos...” (Aquí Onetti corta la ambigüedad con el punto y seguido. El lector se percata de que el “estaban” y la frase siguiente, se refiere a los personajes y no a los cálculos de Larsen).
e) Las frases largas, profundamente descriptivas, también retratan, además de la escena, el estado de ánimo de los personajes. Ejemplo: “ ...Solitario en el mostrador, volviendo la cabeza hacia la tormenta y el río, hacia el origen impreciso del olor de podredumbre, a profundidades excavadas, a recuerdos muertos que se habían filtrado en el salón del Belgrano, Larsen pensó en la vida...”
f) Pleonasmos utilizados dentro de los diálogos internos de los personajes, que acentúan reflexiones y emociones de los mismos. Ejemplo: “... No hubo mujeres, sino una sola mujer que se repetía, que se repetía siempre de la misma manera...”
g) Uso de figuras poéticas complejas. Onetti huye los facilismos, y nos entrega imágenes que requieren una elaboración racional por parte del lector, lo que le da el ritmo a la prosa. Ejemplo: “ (Hablando de Angélica Inés)... Y como ella no era nadie, como solo podía dar en respuesta un sonido ronco y la boca entreabierta, embellecida por el resplandor de la salida, Larsen prescindió pronto de auditorio...”

Lo destacable. La atmósfera y los personajes
La prosa de Onetti remite al lector a una atmósfera oscura, decadente, tan corroída como los restos del astillero de Petrus. Sus trucos narrativos no hacen sino acentuar esta pesadez, la desesperanza de un lugar extinto, muerto, y de unos personajes que caminan pesadamente hacia su debacle.
Sus personajes son pesados (en el sentido de falta de ligereza, como muestra de vida), sin esperanza. Incluso, el único personaje que ríe lo hace por locura: Angélica Inés, la hija idiota de Jeremías Petrus, la risa de ella, más que iluminar, estremece. Es de carcajada agorera, tétrica, que proviene del caos, y no de la alegría. Onetti nos da, una y otra vez, muestras de esta atmósfera:
“... Me asusté por que era la primera vez en mucho tiempo que tenía aire de sentirse feliz...”
“... Señora —murmuró y quedaron mirándose fatigados, con una leve alegría, con un pequeño odio cálido, como si fueran de veras un hombre y una mujer...”
“... Había tenido una esperanza de interés, de salvación, y la había perdido: odiar a Gálvez, encontrar un fin en el odio, en la resolución d venganza, en el cumplimiento de la serie de actos necesarios para el desquite...”
Acerca de los personajes, Onetti nos retrata un ejército de fantasmas, tan decadentes como el mismo astillero, aferrados a su locura o a su odio como un medio de supervivencia: Larsen, tratando de ganar un futuro luminoso e inexistente; Gálvez, con su certificado falso, su promesa de venganza. El viejo Petrus y sus desvaríos. Las mujeres con Onetti están muy difuminadas, siendo las más relevantes Angélica Inés y su no-ser de la locura, la mujer de Gálvez, con su preñez sin esperanza y Josefina, la gobernata, con su cinismo agrio. El autor va dibujando los personajes poco a poco, mostrando cada una de sus facetas, todas opacas, conforme corren los acontecimientos. A los principales (Larsen, y en menor medida, Angélica Inés), los define tanto con descripción como por diálogos internos. En tanto, a los secundarios, los relega a dibujarse por medio de los actos. Incluso, llega a utilizar la descripción, tipo “Ficha policial”, para algunos de los menos importantes. Ejemplo “ (Hablando del doctor)... Pero él, Díaz Grey, este médico de Santa María, solterón, de casi cincuenta años de edad, casi calvo, pobre, acostumbrado ya al aburrimiento y a la vergüenza de ser feliz...”
En los diálogos internos, los más intensos son los de Larsen, siempre interpretados por l narrador. Ejemplo: “...estuvo analizando a las mujeres con una especie de aterrorizada fascinación, y acaso pensó que un Dios probablemente tendría que sustituir el imaginario infierno general y llameante por pequeños infiernos individuales. A cada uno el suyo, según una divina justicia y los méritos hechos...”.

Lo destacable. El narrador
Quizá uno de los rasgos más distintivos dentro de “El astillero”, de Onetti sea el uso del narrador. Este, según definición académica, sería un narrador en tercera persona, profundamente emparentado con uno de los personajes. (Larsen), y en menor medida con otros (Angélica Inés). Este narrador se proclama, a veces, conciencia colectiva de Santa María, testigo de los hechos, que oculta a veces los mismos en bien de la historia, y otras veces induce al lector. Ejemplo: “El escándalo debe haberse producido más adelante. Pero tal vez convenga aludir a él sin demora para no olvidarlo. De todos modos, debe haber sucedido antes de que Larsen mirara nuevamente la cara de la miseria, antes de que Poetters, dueño de lo de Belgrano, suprimiera las sonrisas y casi los saludos, antes de que terminara el crédito por las comidas y los lavados...”
A pesar de estas intromisiones, nunca llega a ser molesto, pues Onetti lo maneja con la suficiente ambigüedad como para impedir que el lector tenga la sensación de estar guiado, forzadamente, por una dirección dentro de la prosa. Algunas veces induce, pero no obliga.

Por qué leer a Onetti
El autor nos adentra en un pequeño universo frío, con personajes muertos por dentro, que aún caminan y respiran —a comparación de la Comala de Rulfo, este es un espacio lleno de muertos en vida, y no de muertos vivaces—. Onetti maneja las emociones del lector con maestría, alejándose de los facilismos y de las fórmulas hechas. Si bien, su prosa es difícil, nunca suelta el interés del leyente. Podría abusar del símil y compararlo con caminar en un pantano, en donde no se debe andar lento, pero tampoco muy rápido, pues ambas traerían como consecuencia el hundimiento del andante; a pesar de la espesura en los pasos, y de que el aire se enrarece a cada paso, el viajante quiere seguir, obsesionado por llegar al fondo.

Omar Delgado. 2004